Fernando Mires 11 de noviembre de 2018
Sabotaje,
la tercera con Falcó, mantiene la línea que ha trazado a su alrededor Arturo
Pérez-Reverte. En todos sus niveles: Acción, suspenso, potencia narrativa,
erótica elevada al cubo y sobre todo, representación descarnada de la maldad
que anidaba en la España de la tantas veces mitificada Guerra Civil. Pero no me
voy a sumar esta vez al larguísimo listado de elogios, que a Pérez-Reverte le
sobran.
Baste
decir que es imposible leer sus libros y respirar con tranquilidad al mismo
tiempo. Esta vez solo me limitaré a rondar alguna de sus tesis. Sí, estimado
lector; usted leyó bien: tesis. No es que crea haber leído un libro científico
(Dios me libre) Cuando digo tesis me
refiero al hecho de que alrededor de la trama, no solo en este libro -pero en este de modo explícito- andan
circulando cuatro tesis que rozan puntos cruciales de la filosofía política
moderna. Y a riesgo de que Pérez-Reverte se espante si tiene la mala fortuna de
leer estas líneas, formularé mis tesis en el más estricto sentido académico:
1. La
novela Sabotaje nos demuestra que los conceptos acerca de lo bueno y de lo malo
son relativos y no absolutos. En sus páginas no hay buenos ni malos porque en
ellas tampoco hay causas buenas ni malas.
2. Existe
una diferencia radical entre la realidad de los intelectuales y la realidad-
real. La intelectualización de la Guerra Civil española ha prestado un pésimo
servicio a su historiografía. Ha llegado la hora de desmitificar los hechos.
Aunque “solo” sea con una novela.
3. Sin
embargo, y a pesar de todo, hay seres buenos y seres malos.
4. El
mal es banal cuando requiere de una justificación.
Y
ahora, como dijo Drácula, vamos por partes.
La
relatividad de lo bueno y de lo malo comienza con un epígrafe: La
Rochefoucauld: “hay héroes tanto en el mal como en el bien”. Eso significa que
para ser un héroe no se necesita ser bueno. La bondad -si tomamos en cuenta que
la mayoría de los héroes han sido grandes carniceros- puede convertirse incluso
en un obstáculo para la heroicidad. En otras palabras, no hay ningún motivo
para suponer que los fascistas eran mejores o peores que los comunistas. No hay
ningún argumento para creer que un muerto fascista es mejor que un muerto
comunista y viceversa. No hay ningún indicio para pensar que si los comunistas
hubiesen ganado la guerra habrían sido más condescendientes con el enemigo (en
cierto modo Franco salvó a Carrillo de convertirse en el Ceausescu español) No
hay ninguna razón para imaginar que Falcó era mejor o peor que Eva, su nunca
olvidada mujer-espía-soviética. De ahí que ese capítulo de sincerización entre
los dos agentes secretos, Falcó, al servicio de los franquistas, y el ruso
Pavel (Pablo) encargado policial de Stalin en España, sea uno de los mejor
logrados en la literatura política moderna. Cinismo pero también franqueza.
Crueldad pero también objetividad. Y, sobre todo, profesionalidad en el arte de
matar sin gusto ni amor, solo por necesidad.
Definitivamente
la novela de Pérez- Reverte no fue escrita para “macarras de la moral” (Serrat)
Tampoco para intelectuales de la guerra. Esa guerra -lo repite Falcó hasta el
cansancio- “no es mi guerra”. Y con esto pasamos a la segunda tesis.
Se la
tenía guardada Pérez-Reverte. Su inquina en contra de esa multitud de
intelectuales que desde todos los cafés de Europa, rodeados de los mejores
licores y aún mejores hembras, revivirían la teoría de la guerra justa, la del
comunismo en contra del fascismo, es más que evidente. Y justificada. Al final
nadie logró ocultar la terrible verdad formulada por el comunista Pablo “si los
republicanos dedicaran las mismas energías que destinaron a destruirse entre
sí, los fascistas habrían sido aniquilados hace tiempo”. Esa era la realidad
bruta. El deseo de matar precedía a la guerra. Así lo dice Pérez-Reverte: “El
comunismo y el anarquismo penetran en un pueblo que lleva siglos queriendo
ajustar cuentas consigo mismo y que en su mayor parte apenas sabe leer”.
Ya,
por cierto, Simone de Beauvoir en su ya casi olvidada novela Los Mandarines
había expuesto la encrucijada en la que se encontraban los intelectuales de
izquierda a mediados del siglo XX. O ser fiel a la verdad y revelar los
innumerables crímenes de Stalin, o callar, como hizo Sartre, con el pretexto de
“no hacer el juego al enemigo”. Dilema vuelto a presentar por Pérez-Reverte en
la figura trágica de Leo Bayard, premio Goncourt, seguidor de la causa
republicana y admirador incondicional de Stalin de quien fue otra de sus
víctimas, después de un macabro tramado tejido por Falcó.
Parece
ser cierto lo del humano que tropieza con la misma piedra. Similar
mistificación de los procesos revolucionarios la viví yo mismo desde una
perspectiva latinoamericana en los días que siguieron a la revolución cubana.
Era difícil declararse intelectual en esos tiempos sin profesar pleitesía a
Fidel Castro. Si Cortazar, García Márquez, Vargas Llosa lo hacían ¿qué quedaba
para nosotros, jóvenes y diletantes marginales? Tuvieron que pasar muchas cosas
para que ocurriera el deslinde, y aun así, algunos no fueron capaces de dar el
paso.
La
Habana fue durante los sesenta una olla cultural: congresos de escritores,
amores rojos, la casa de las Américas cobijando hasta a los poetas más despelotados,
como tan fieramente los ridiculizara Roberto Bolaño en los Detectives Salvajes.
¿De dónde viene esa libido intelectual por las revoluciones? Pienso que
Pérez-Reverte dio en el clavo cuando hizo declarar al desdichado Bayard: “Así
como la Inquisición no mermaba la dignidad clásica del cristianismo, esos
procesos (de Moscú) no mermarían las del comunismo”. No pudo ser mejor dicho:
la ideología era para Bayard un sustituto de la religión.
Así se
prueba una vez más que el largo proceso de secularización fue más institucional
que espiritual. En gran medida la separación entre iglesia y estado dejó en
muchos intelectuales una suerte de “vacío de Dios”, vacío que solo podía ser
llenado con algo que se pareciera un poco a la religión que denostaban. Los comunistas
llenaron ese vacío con el consumo de un marxismo teleológico desvinculado de
Marx y convertido en “el opio de los intelectuales” (Aron). Pocos, aún en
nuestro tiempo, tienen la prestancia de Pérez Reverte para ajustar cuentas no
solo con los mitos sino también con los mitómanos. Y en ese punto el gran
escritor fue implacable con los frívolos bienvivientes de las artes y de las
letras, comprometidos desde fuera con una república cuya realidad ignoraban.
Por eso Pérez-Reverte dejó a Hemingway, literalmente, en el suelo.
No así
a Picasso. Tal vez porque descubrió en Picasso algunas particularidades similares en Falcó. El mismo apasionado deseo
por las mujeres bellas; un mal disimulado gusto por el dinero y, no por último,
un cierto impulso destructivo que llevó al inculto Falcó a entender la pintura
de Picasso mejor que muchos de sus contemporáneos. Algo que advirtió Picasso
cuando dijo: “un cuadro es la suma de sus destrucciones”. Y luego dibujó a
Falcó sin cobrarle un franco. ¿Falcó la cara criminal de Picasso y Picasso la
cara artística de Falcó? Puede ser.
¿Significa
todo esto que Pérez- Reverte postula una suerte de nihilismo semi-nietzscheano
según el cual “¡Todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran
profesor” (Santos Discépolo)? ¿Qué recomienda un relativismo moral donde todo
es malo y bueno y ninguna de las dos cosas a la vez? ¿Un eclecticismo ético
donde todo está permitido si los deseos elementales así lo solicitan? Si
alguien piensa esto, no voy a defender a Pérez-Reverte, entre otras razones
porque la mejor defensa ya la escribió el mismo. Lo hizo en un libro. Uno de
sus mejores. Su título es precisamente Hombres Buenos ¿Qué es un hombre bueno
para Pérez-Reverte? Para responder a esta pregunta, hay que pasar a la tercera
tesis: Hay hombres buenos.
Según
Pérez-Reverte: “En España, en tiempos de oscuridad, hubo hombres buenos que
orientados por la Razón, lucharon por traer a sus compatriotas las luces y el
progreso. Y no faltaron quienes estaban en su contra”.
Dos
hombres, el bibliotecario Hermógenes Molina más conservador que liberal y el
almirante Pedro Zárate, más liberal que conservador, viajan a París,
arriesgando sus vidas entre bandoleros y agentes de la reacción hispana para
adquirir con fondos de la Real Academia los 28 volúmenes de la Enzyklöpedie de
D`Alambert y Diderot, prohibidos en España. Dos hombres amantes de la cultura y
del pensamiento cuyo único objetivo, según Pérez-Reverte, era traer luces a la
oscuridad, orientados por la razón.
Aunque
quizás usted no lo crea, Pérez- Reverte es platónico. Un hombre bueno es -según
el escritor- el que busca a la luz en medio de la oscuridad a través del
pensamiento. Pero va más adelante: para alcanzar la luz, un hombre bueno es
capaz de arriesgarlo todo. Y bien: eso es justamente lo que no hicieron los
intelectuales adictos al comunismo. Sabiendo que existía la luz (la verdad)
prefirieron no verla mirando para otro lado. ¿Y Falcó? ¿Era un hombre bueno? En
ningún caso. Hora entonces de pasar a la cuarta y última tesis. Falcó era un asesino,
pero – y esto es importante- no era un asesino banal.
Naturalmente,
me estoy refiriendo a la tesis siempre mal entendida acerca de la banalidad del
mal, según Hannah Arendt. De acuerdo a la filósofa política, el mal -de acuerdo
a Kant- es siempre radical, es decir, tiene su origen en las profundidades más
insondables del ser. Pero -y esta es la mayor monstruosidad- el mal puede ser
banalizado. Y por lo común, el mal, cuando se ejecuta es, por sus ejecutores,
banalizado. La banalidad del mal es simplemente la justificación del mal por
razones superiores.
En los
seres mediocres el mal se justifica por el cumplimiento de ordenes. En los más
elevados, por razones ideológicas. Falcó, apuesto e inculto, lo comete por
ordenes superiores a las cuales algunas veces transgrede. Pero jamás por
razones ideológicas. Al lado de los fascistas que mataban en nombre de una
tradición que nunca había existido y de los comunistas que mataban por un
futuro que nunca existirá, Falcó luce incluso honesto. Mataba simplemente
porque le pagaban. Nunca sintió deseos de matar, aunque, no podía ocultarlo,
arriesgaba siempre la posibilidad de morir. Nunca intentó justificar asesinatos
con ninguna razón, ni superior ni inferior. Era un hombre malo porque
sencillamente vivía un momento malo de la historia, uno donde todos se mataban
entre sí, sin misericordia ni perdón. Falcó, creo que una vez lo dije, era un
héroe de su tiempo. Nada más ni nada menos que eso.
A
diferencias de los Hombres Buenos quienes llegaron a ser entre sí, amigos,
Falcó nunca tuvo amigos, cuando más, leves circunstancias amistosas. Amores
tuvo solo uno, aunque evadía su evidencia. En Sabotaje, Eva no aparece
físicamente pero está más presente que nunca. Su presencia es su ausencia.
Falcó la amaba. En la profunda oscuridad de su alma ella era su única luz.
Falcó
era malo, pero malo con clase.
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