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lunes, 24 de julio de 2017

El chavismo resto de naufragio por @ElNacionalWeb


Por Antonio Pasquali


Churchill fulminó un día a un ex correligionario pasado al partido rival calificándolo  de “única rata que vio subir a un barco hundiéndose”.

El símil de montarse estúpidamente en un barco que se va a pique ilustra perfectamente  la absolutista y antihistórica decisión, adoptada por el coronel-presidente Chávez, de subir Venezuela a la nao del  comunismo marxista después de que  cuarenta y seis países y territorios del mundo la habían abandonado dejando tras sí una espantable estela de casi cien millones de  muertos. Sucedió en un período en que la entera humanidad internalizaba el definitivo hundimiento del marxismo-leninismo encarnado en el difunto “bloque soviético”, el cual dejaría flotando en el proceloso mar de la historia  periféricos y poco relevantes restos a la deriva de ese gran naufragio, tipo  Corea del Norte o Cuba.

Tan desfasada y sadomasoquista decisión, monárquicamente adoptada por quien llevaba el reloj del devenir detenido en los años de la Guerra Fría y de la Teología de la Liberación, comenzó a reproducir en Venezuela –quince años después de caído el Muro de Berlín– la entera secuencia de desgracias ya padecidas y superadas en cuarenta y seis ámbitos mundiales: totalitarismo personalista, violación serial de leyes y costumbres, colectivismo, gulags, espionaje a tapete y escuadrones paramilitares, caótico centralismo económico, devastación de aparatos productivos, retraso tecnológico, hambrunas y destrucción de libertades esenciales, a las que la vesania chavista añadió, por suma vergüenza nuestra, otros cinco padecimientos casi desconocidos a las anteriores víctimas del comunismo: catastrófico aumento de una criminalidad impune, narcotráfico, inflación anual de hasta tres dígitos, picos de mortalidad por graves carestías médico-farmacológicas y un presidente modelo 1984 sermoneando implacablemente al país en retransmisiones obligatorias que promediaban los 40,02 minutos diarios. El coronel de marras no solo le endilgó a Venezuela un modelo político fenecido por mor de sus errores conceptuales, inhumanidad y pasmosa ineficiencia, sino que logró la hazaña de empeorarlo.


Chávez no venía en línea recta del comunismo como su hermano Adán o como Nicolás Maduro, el sucesor nombrado a dedo, quien en 1987, cinco años antes del intento chavista de golpe contra Carlos Andrés Pérez, ya era egresado de la escuela para la formación de cuadros políticos  “Ñico López” de La Habana y, se ha dicho, confidente de los cubanos en Venezuela y autor de los primeros intentos por lograr un contacto de Chávez con los Castro.  En 1992, año del asalto chavista a Miraflores, el derrumbe del comunismo ya era un hecho adquirido. Desde 1985 Gorbachov había incorporado al fosilizado vocabulario de la nomenklatura soviética los lubricantes términos de glasnost (liberalización) y perestroika (reorganización), el Muro de Berlín había caído en 1989 mostrando ese mismo año el camino a Checoslovaquia y Rumania, en 1990 a Polonia y Bulgaria y en 1991 a Hungría. Siempre en el crucial 1991 Gorbachov había disuelto la URSS, Yeltsin ilegalizado el PCUS y la humanidad declarado oficialmente extinguida la Guerra Fría, dando paso a los primeros tratados de desnuclearización.

Abundantemente visitado por admiradores, Chávez transcurre dos años, hasta 1994, en la cárcel de Yare, y no hay razón de sospechar insinceridad en sus declaraciones de 1998 a un periodista peruano: “No soy socialista” ni en las de 2004 a CNN: “No soy comunista… tengo aproximaciones al pensamiento socialista y progresista, pero no soy marxista”. Es en 2007 cuando comienza a oler a insincera y oportunista la declaración en uno de sus Aló, Presidente: "El PSUV no va a tomar las banderas del marxismo-leninismo porque eso es un gran dogma que ya pasó", pues dos años antes, en 2005, había declarado a un periódico caraqueño: “Llegué a pensar en una Tercera Vía… estaba confundido… hoy estoy convencido de que ella es imposible… Me convencí de que el camino es el socialismo". Pero es solamente el 15 de enero de 2010 cuando Chávez declara solemnemente ante la Asamblea: “Por primera vez asumo el marxismo”, afirmación que ya evidencia una salida programáticamente retardada del closet ya que  a) cuatro años antes, el 10.11.2005, había resumido su universal proyecto político  al vicepremier ruso Zhukov, en Miraflores, en términos más de una vez recordados en estos artículos: “Hacer de América Latina la Stalingrado de las ideas, para que sea lo que Rusia no pudo ser”, b) su intento de reforma constitucional socialista ya llevaba tres años de haber abortado en referéndum y c) su propósito también frustrado de instalar en Venezuela, a lo soviético, un partido único, el PSUV, que se había igualmente producido en 2006/2007.

Sea cual fuere el tempo bergsoniano de su acercamiento al comunismo, lo demostrable es que su comportamiento político  anterior a la breve renuncia de 2002 fue grosso modo el de un militar golpista estándar cruzado con toques de animismo religioso, mucho populismo,  propensiones izquierdosas y pragmático oportunismo político. Durante el ínterin del “Congresillo” en 1998 ordenó aprobar, porque le convenía electoralmente, una Ley de Telecomunicaciones enteramente redactada por su futuro enemigo el sector patronal. Su difusamente debatida y negociada  Constitución de 1999 es, con pocas excepciones, una carta magna aún válida que a lo sumo admitiría enmiendas pero estructuralmente democrática, defensora de derechos humanos, progresista, libertaria, modernizadora y pluralista, incluso con dos excepcionales e inéditas válvulas de seguridad: la del Art. 72 (referéndum revocatorio de medio período) y la de los Art. 333, 337 y 350 (restablecimiento popular de la democracia en caso de degradación). En su Reglamento de Radiodifusión sonora y Televisión  abierta comunitarias refrendada en enero 2002 (un último ejemplo), un entero capítulo versa sobre la obligación impuesta al concesionario de practicar el pluralismo político, “absteniéndose absolutamente de transmitir mensajes partidistas o proselitistas de cualquier naturaleza” (¡sic!).

Este fue el Chávez de una breve “fase A” inicial ya fuertemente autoritaria pero precomunista, que se autonegaría progresivamente en la “fase B” comenzando por su propia Constitución, cuya edición azul blandía día y noche ante las cámaras para despistar a la gente mientras la ponderaba cada vez más cual plomo en las alas de su proyecto revolucionario. En 2007 creyó llegado el momento de lanzar un referéndum constitucional para modificar 69 de sus artículos y proceder a la “edificación del socialismo”, que convertirían a Venezuela de “Estado democrático” en “Estado socialista”.

Aunque con estrecho margen, fue su primera gran derrota y la primera bocanada de oxígeno para la disidencia, que en su mejor coprolalia cuartelera calificó públicamente Chávez de “victoria de mierda”, jurando que no retiraría “ni una sola coma de su propuesta, la cual seguiría viva”. Así fue; rebautizó la propuesta Plan de la Patria 2013-2019, y la lanzó al ruedo en junio de 2012, nueve meses antes de su muerte; una suerte de Constitución-bis que, a solicitud de Maduro aprobó la Asamblea chavista en diciembre 2013, declarándola “de obligatorio cumplimiento en todo el territorio nacional”. Pero fueron los cubanos quienes, poco antes de la muerte de Chávez en fecha imprecisable,  lograron rematar en belleza el iter venezolano al comunismo (su gran prioridad estratégica) al imponer de heredero un obediente miembro del aparatchik, aquel mozo por ellos perfectamente condicionado a la inflexible ortodoxia marxista-leninista en la “Ñico López” de los años 80; y no caben dudas de que Maduro –un presidente que nunca dejó de enviar petróleo a los cubanos mientras sus compatriotas mueren por falta de medicamentos–  vino aplicando al caletre las lecciones recibidas sobre establecimiento de regímenes comunistas.

La historia también habrá de recordar, de paso, que con ocasión del Plan de la Patria los apologistas criollos del régimen superaron cualquier antecedente estalinista o ceausesquiano.  En uno de sus textos, aún en red, se asegura que “a la Biblia, el Corán, el Manifiesto Comunista, la Declaración Universal de los DD HH y otros documentos que han  marcado un hito en la historia religiosa, económica, política y social de la Humanidad, se sumó este mes, convertido en Ley de la República, el Plan de la Patria…obra maestra de…ese visionario que fue Hugo Chávez”.        

Todo esto huele hoy definitivamente a ridículo, patético y vetusto, a moho y  ballena muerta urgida de desinfectantes. Venezuela, que todo lo tuvo para ser la Suecia de Latinoamérica, da por perdidos en la desgraciada aventura chavista veinte años de progreso, fértil crecimiento demográfico, inmensas riquezas, pleno empleo y buena educación, actualización tecno-científica, mejor salud  y superior calidad de vida. Para medir el terrible desfase en el que hundió su país el coronel de relojes atrasados basta levantar la cabeza de la huerta nacional y otear un mundo que emprendió definitivamente nuevos caminos.

Milenarias y centenarias cosmologías, filosofías, concepciones del mundo, grandes ideologías y grandes utopías, históricos partidos políticos, poderosas centrales sindicales… todo ello ha ido derivando hacia una crisis irreversible por su incapacidad de comprender el mundo nuevo creado por otros ideales de vida, sobrecogedores avances tecno-científicos, inéditas vulnerabilidades, medios de destrucción masiva, temibles fundamentalismos, migraciones, longevidad y sobrepoblación, preludios de catástrofes ecológicas,  amenazas a lo humano de la robótica y la inteligencia artificial. Por doquier se respira aire de desestancamiento y antifosilización, de abandono de los viejos grandes sistemas cerrados, las weltanschauung o concepciones del mundo que todo lo pretendían abarcar y ya no permiten entender, desde ellas, el mundo nuevo.  Sobreviven como razones válidas solo las que se ubican en las fronteras de algo con algo y se ejercitan en un pensar inter, trans y multidisciplinario, allí donde sucede lo único que se cree vale la pena observar.

Esta universal e irreversible inanidad de muchas tradicionales balizas conceptuales, axiológicas, sociales y políticas con las que se pensó y entendió el mundo en otros momentos, reduce a episodios antihistóricos y grotescos los intentos de nadar contra las nuevas tendencias fuertes o de revivir pasadas quimeras políticas hoy execradas y abandonadas, como sería el caso de regiones intranacionales que persiguen independizarse en un mundo que viaja  hacia la unidad de la Familia Humana, o de regímenes desfasados que intentan reflotar ideologías y políticas ya irremediablemente naufragadas.

Hoy día, en el panorama mundial, nuevas ideas-fuerza van tomando la delantera: 

         a) el progresivo abandono –programático y hasta denominativo– del monolitismo doctrinario y fáctico de los grandes e históricos partidos: comunistas, socialistas, demócratas cristianos,  conservadores, liberales, demócratas, republicanos, derechas e izquierdas etc., cuya diversidad tiende a difuminarse y asimismo de las rígidas y omnímodas centrales sindicales, y su remplazo por pragmáticas fórmulas à la carte, negociaciones directas patrono-trabajadores, o eclecticismos otrora considerados heréticos (como la consigna “enriquézcanse, le conviene al país”, del PC chino),

         b) ante situaciones críticas gerenciadas por gobernantes demagogos, la asunción de políticas populistas, nacionalistas y antiinternacionalistas, antiglobalización y anti OIG, proteccionistas y aislacionistas, en ciertos casos extremistas, racistas o fundamentalistas, como es hoy el caso de varios países de la ex cortina de hierro y de parte del mundo islámico, parcialmente de Venezuela, de Turquía y (¡cosas veredes!) de Estados Unidos, y

         c) la búsqueda de inéditos, pragmáticos, suprapartidistas y algo eclécticos centros de gravedad política, sin autarquías mentales ni rémoras ideológicos, que tratan de combinar lo eficiente de la democracia representativa y del capitalismo con una sensibilidad social real y fáctica a la escandinava y con los imperativos ecológicos, en un ámbito de tolerancia y solidaridad universales.

Resto desfasado y disperso del naufragio marxista-leninista, el chavismo ha protagonizado el único intento de los últimos decenios por reintroducir en un cuadro político nacional –contra la tendencia mundial a su abandono–  un solo y monolítico partido controlado y presidido por el propio presidente de la nación; comparte con otros un estilo de gobierno fuertemente populista inclusive en lo económico que lo ha llevado a una cesación de pagos y al borde de la bancarrota, generando a la vez el modelo del presidente-predicador; ha invisibilizado todas las disidencias y negado con violencia armada los valores constitucionales del pluralismo, ubicándose en las antípodas de la tercera tendencia, hoy predominante y la de más porvenir.

Esta última, por la que habrán de pasearse quienes diseñen el poschavismo, nació en el crisol europeo y merece una breve consideración por la lección que contiene.

A mediados del pasado siglo, tras reconocer –como decía Simone Veil– que Europa había sido durante siglos una interminable sucesión de guerras hasta desembocar en las dos inmensas carnicerías mundiales del siglo XX, mentes iluminadas como las de Monnet, Adenauer, De Gásperi y Schuman imaginaron y dieron vida en 1957/1958 a una Europa comunidad de naciones; tal vez la decisión pacifista más importante de la historia de la humanidad. Terminaron prevaleciendo en esta los aspectos mercantiles, representados por la moneda única y, a los sesenta años, sobrevino la crisis. Principalmente suscitada por una reacción xenófoba a los flujos migratorios y cierta intolerancia a los poderes supranacionales de decisión, una marejada populista, proteccionista y separatista comenzó a conmover la Comunidad con epicentro en “la pérfida Albión” donde en junio  2016, con corto margen, ganó por referéndum  el brexit, el abandono de la Unión.

Europa temió durante meses por su decadencia o disolución, pero la “tercera vía” del pragmatismo suprapartidista (la que Chávez había execrado en 2005) impuso su irreprensible racionalidad y la salvó literalmente de un salto atrás que hubiera sido poco menos que una catástrofe para ella y el mundo. En marzo 2017, contra todos los pronósticos, Holanda borró prácticamente de su mapa político el partido socialdemócrata (conforme a la primera de las tres tendencias señaladas), pero derrotó estrepitosamente al populista ultraderechista y antieuropeista Geert Wilder en favor del centrista Rutte, mientras que en Alemania se da por cierta la victoria, en septiembre próximo, de Angela Merkel, columna mayor del europeísmo; siempre el pasado marzo, los 27 países miembros de la comunidad, al celebrar el sexagésimo aniversario de la firma del Tratado de Roma, declararon solemnemente:  

“Nuestra Unión es indivisa e indivisible… queremos que tenga la voluntad y la capacidad de desempeñar un papel fundamental en el mundo y de modelar la globalización”; en junio, importantes elecciones administrativas en Italia también pusieron en crisis al partido socialdemócrata, pero reflotaron al ex premier Renzi, europeísta, y casi liquidan a los movimientos M5 y Liga Norte, antieuropeistas y antimigraciones;  siempre en junio, Theresa May, piloto oficial del brexit, por poco pierde la silla ante el contrincante Corbin, europeísta, en una justa que debía más bien fortalecerla.

Pero el caso más eclatante y exitoso de “tercera vía” con derrota del populismo y del antieuropeismo, es el del francés Emmanuel Macron, un casi desconocido enarca treintañero de breve pasado político sin etiquetas, ganador en mayo de las elecciones presidenciales con 66% de los sufragios y convencido europeísta,  que barrió con el peligro que se cernía sobre su país: la llegada al Eliseo de la populista, antieuropeista, antimigraciones y cripto-fascista Marine Le Pen.        

 En 2005, como recordábamos, Chávez declaró a la prensa capitalina que acarició la hipótesis política de una “tercera vía” que le había resultado intransitable, por lo que había tomado la que él disfrazaba bajo el vago apodo de “socialista”. La dramática situación de la Venezuela de hoy muestra cuan equivocada fue esa decisión. Mientras la clase política del país no internalice esta dura lección de la historia y la objetiva imposibilidad de rehabilitar lo definitivamente hundido, el país seguirá flotando sin destino en el lento río del devenir cual miserable resto de un lejano naufragio, porque así lo decidió un infausto día un porfiado y desfasado cacique local.

23-07-17