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domingo, 28 de marzo de 2021

Carlos Romero: “Venezuela dejó de ser un país importante” por @prodavinci

 

Por Hugo Prieto

Perdimos dos pilares que le permitieron a Venezuela jugar un papel en la política internacional. La condición de país democrático y una industria petrolera con participación en el mercado mundial. Igualmente, perdimos la brújula política. De tal modo que nadie sabe a ciencia cierta hacia dónde navega este barco escoriado. 

El país sigue a la deriva, pero el Gobierno tiene su proyecto. El Estado comunal, cuya concepción y propósito no es otra cosa que aumentar el autoritarismo y el control político. No se crea que la tibieza, el marasmo en el que estamos inmersos, se va a prolongar indefinidamente. Estamos en una situación límite, bordeando el abismo de la guerra civil. Quien habla en esta ocasión es el internacionalista Carlos Romero*.


Venezuela navega como un témpano de hielo, a la deriva. Diría, sin menoscabo a la verdad, que la sensación es que no vamos a ninguna parte. 

Lo primero que tenemos que observar es cómo está la situación venezolana. Y diría que no la podemos ver a través de un solo espejo o una sola opción. Yo creo que hay tres Venezuelas que, en este momento, se intercambian, tienen relaciones, pero que se orientan en horizontes distintos. Primero, la Venezuela social. La Venezuela popular. La Venezuela de la clase media. Los que se van, los que se quedan, los que no les alcanza el dinero. Los que cobran 300.000 bolívares en una quincena. Los que viven la amenaza de enfermarse, pensando más en los costos de las medicinas y los tratamientos médicos que en la propia salud. Después está la Venezuela civil electoral. La que discute la política en el plano institucional, legal, electoral. O en el plano del apoyo que la oposición tiene afuera o que el Gobierno tiene afuera. Es decir, ese mundo político. Cada vez más distante de la Venezuela social. En tercer lugar, está la Venezuela oficialista. Digamos, el Gobierno, que sí tiene una orientación y muy clara. Y es sumamente peligrosa para todos los venezolanos. Es la orientación del Estado comunal. Esas tres Venezuelas se van juntando, confunden mucho y hacen más difícil determinar, caracterizar, qué situación es la que estamos viviendo. 

La confusión se advierte, notoriamente, en la Venezuela política. Gobierno y oposición toman direcciones opuestas. ¿Hay un punto de coincidencia? Creo que a nadie le importa. Es una Venezuela empantanada, viscosa. ¿Cuál es su percepción?

Primero, lo que no veo. En Venezuela no hay un juego político. ¿Por qué? Porque ni el Gobierno reconoce a la oposición ni la oposición reconoce al Gobierno. Es decir, son paralelas. Dos gobiernos. Cada quien piensa que es su jefe de Estado. Cada quien piensa que es su institucionalidad. Entonces, no puede haber negociación, si no hay juego político y reconocimiento del otro. Segundo, tiene que haber un ambiente favorable al acercamiento. ¿Lo hay? En este momento no lo hay. Yo creo que estamos en una situación límite, donde el tema social está por encima del tema político. Sólo el 10 por ciento de la población, creo, lee noticias o está pendiente, por ejemplo, de si eligieron o no a los rectores del CNE. Si se va o no a elecciones. Mientras el Gobierno frustra cualquier posibilidad de acercamiento. Pero tiene su programa, que es la tercera Venezuela, la Venezuela del Estado comunal. Ahí hay una contradicción. 

Si hace mención al Estado comunal y además lo califica de peligroso, creo que tiene una idea de lo que significa eso.

Significa un avance hacia un modelo de autoritarismo mayor. De eso no queda la menor duda. Es decir, el Estado comunal y la concepción del Estado comunal implica –para el Gobierno– tener el control total de la vida social, de la vida política, de la vida internacional. Lo estamos viendo. Cada vez son más radicales los voceros del Gobierno, cada día están controlando más. Medidas financieras, medidas económicas, medidas presupuestarias (caso universidades), eso es control. Y se aplica bajo la égida de las sanciones y de la política de máxima presión (por parte de Estados Unidos). Entonces, hay que responder de esa manera. ¿Qué está pasando con las vacunas, por ejemplo? Si hubiera una posibilidad de que es posible compartir la atención a este problema, habría un giro hacia la oposición y el sector médico. ¿Lo hay? No lo hay. Mientras el Gobierno se centra en el tema del Estado comunal y marea a la oposición con la posibilidad incierta de un consenso, la vida social –por la pandemia, por la prolongada crisis económica y por el éxodo– se vuelve, cada vez más, más crítica y más dura. 

La pandemia vino como anillo al dedo para que el Gobierno acelere la creación del Estado comunal. 

La balanza se ha inclinado a favor del oficialismo, que concentra un mayor porcentaje del poder –las fuerzas armadas, la institucionalidad y el reconocimiento de más de 100 países–. Es decir, la dualidad de poder no es exactamente grado cero. Algo que deberíamos tener muy claro es que en Venezuela no hay una guerra civil, porque eso implicaría la división de las fuerzas armadas y que el poder de fuego esté en manos de dos o tres sectores. No es cierto –ni es comparable– lo que afirman algunos dirigentes de oposición cuando dicen que esto es igual a Siria. No es así. Además, en Siria se mezclan elementos regionales, religiosos, ideológicos, internacionales, que no están en la pantalla del caso venezolano. 

¿Cuál es el problema fundamental que hay en Venezuela?

Aquí hay un régimen que fracasó en su proyecto (el socialismo del siglo XXI) y cada día está tapando los huecos inventando otra cosa. Ahora está con el Estado comunal y puede ser que luego venga con otra cuestión. Pero viéndolo como una escalera de caracol, el Gobierno no va subiendo, va bajando. Pero se mantiene –entre otras cosas ya mencionadas– porque detenta los mecanismos de represión. Estamos en un contexto muy difícil, porque la pandemia, de alguna manera, detuvo las posibilidades de la oposición. 

¿En qué posición está Venezuela en relación con el mundo? Nosotros teníamos un recurso –el petróleo– con presencia en la economía mundial. Eso se perdió. Teníamos una diplomacia petrolera. Actualmente, ¿dónde estamos? 

Venezuela tuvo dos pilares en su ejercicio político internacional después de la caída de Pérez Jiménez. El pilar democrático y el pilar petrolero. Ambos, en este momento, están cuestionados. La producción petrolera se vino a menos, al igual que la capacidad industrial para procesar el petróleo. Y no es ningún secreto que ha habido un enorme retroceso democrático en el país. Ahora bien, éste es un país fragmentado, que tiene dos perspectivas, dos narrativas y no es fácil responder a tu pregunta. El chavista te va a decir que «éste es un gobierno revolucionario que está presionado por el imperialismo» y el opositor te va a decir que «éste es un gobierno autoritario apoyado por el eje del mal –Rusia, Irán, China, Cuba, Turquía–». Ni siquiera hay consenso en la descripción de Venezuela en el contexto internacional. Quienes estudiamos esta materia tratamos de entender cuál es la importancia de Venezuela. Y la importancia es básicamente mediática, porque es un tema de interés hemisférico, tanto para Estados Unidos como para los países latinoamericanos. Pero también es un tema de interés para los países amigos del Gobierno. Pero ninguna de las dos visiones tiene perspectivas de ser incorporadas a una situación de consenso. Ese punto intermedio es analítico, es un modelo ideal, no existe en la vida práctica.

La impresión de que el país es un témpano de hielo que navega a la deriva tiene asidero en la realidad. 

Pudiera mencionar cuatro elementos que hacen ver a Venezuela como un país que dejó de ser importante. No desde el punto de vista mediático, sino desde la perspectiva de sus recursos y de sus instrumentos. Uno, Venezuela sigue siendo un país petrolero –por sus enormes reservas de crudo–, pero ya no tiene una industria petrolera. Son dos cosas distintas. Dos, Venezuela ya no es democrática. Tres, Venezuela ha perdido un porcentaje importante de su población (alrededor del 20 por ciento). Cuatro, Venezuela perdió la brújula política. ¿No hemos llegado a una guerra civil?, menos mal. ¿No ha habido invasión extranjera?, menos mal. ¿El país no se ha fracturado desde el punto de vista territorial?, menos mal. Todo eso es verdad. Pero aquí no hay capacidad para saber para dónde va a navegar el barco. Es decir, el proyecto del Estado comunal que es tan falso como el proyecto del socialismo bolivariano. El proyecto de la oposición, a mi modo de ver, es muy retórico, muy abstracto. No lo entiende la señora del barrio. Todo eso lleva a una situación límite y creo que eso es lo más relevante. 

En esa imagen de la escalera de caracol, sencillamente, vamos bajando por los peldaños. ¿Hasta qué punto?

No hemos caído por el precipicio, no hemos llegado a la guerra civil. Todavía en Venezuela, con todo lo que ha pasado, tenemos la capacidad para evitar que lleguemos a una situación final. Es decir, estamos en el límite de una crisis total, pero aún no hemos llegado a ella. ¿Y eso qué implica entonces? La posibilidad de frenar esa bola de fuego, que se alimenta de esos cuatro componentes que mencioné con anterioridad.

                                               Fotografía de Carlos Romero por Alfredo Lasry | RMTF.

Mañana, la Venezuela social va a vivir peor que hoy. Creo que hemos llegado a la convicción de que no hay fondo. Entonces, no hay incentivos para salir de esa situación límite. 

Yo espero que no te alarme lo que te voy a decir, pero algunos economistas amigos me han dicho que este año pudiera haber crecimiento económico positivo en Venezuela. El mercado petrolero está favoreciendo a nuevos socios de Venezuela y la producción ha subido a 500.000 barriles. Es decir, hay algunos elementos que indican que la difícil situación que se vivió en 2019, se ha venido superando, ligeramente, en 2021. Yo sé que eso genera ruido, porque tenemos una narrativa de que esto va en continuo descenso. Así mismo, creo que el Gobierno ha tomado nota de que no las tiene todas consigo. Por ejemplo, cuando Trump perdió las elecciones, ellos pensaron que Biden era el Che Guevara, que iba a haber una reducción de las sanciones y de la política de máxima presión. No ha sido así. Biden recibió una herencia y la ha continuado. Por otra parte, la oposición no tiene las condiciones que tuvo en 2019, pero las puede volver a tener. Eso depende mucho de las condiciones y los apoyos internacionales.  

¿Y esa leve mejora nos aleja de la situación límite? 

Todavía hay capacidad en Venezuela –siempre y cuando contemos con el apoyo de la comunidad internacional (incluidos los países amigos del Gobierno)– para buscar una salida política electoral, que nos ahorre la posibilidad de ir a la guerra civil. Ése es mi temor fundamental, que lleguemos a una situación de guerra civil en Venezuela.

Sinceramente, no veo esa posibilidad.

Hace 20 años, nadie la veía en Libia.

Tenemos una sociedad anestesiada, cercada por las penurias de la crisis y el impacto de la pandemia. 

Pero eso es una coyuntura. La historia nos recuerda, con episodios concretos, que esta situación de marasmo, de tibieza, de empate catastrófico –muy comentadas, de hecho–, pueden dar un viraje. No estoy anunciando que el viraje va a ser violento y sanguinario. No hemos llegado a esa situación. Yo lo que quiero alertar, y responsabilizo a los sectores políticos del país, es que tengamos en cuenta que si seguimos así vamos a la guerra civil. Para mí ése es el elemento más peligroso que tenemos en este momento. En países donde hubo posiciones de fuerza distintas –Guatemala, El Salvador, Nicaragua– no pensaron que iban a una guerra civil, pero la historia se encargó de demostrar lo contrario. Aquí no hemos tenido posiciones de fuerza distintas. Por lo tanto, no podemos decretar que ha sido eso. Pero sí tenemos que tener conciencia de lo catastrófico, de lo cruel, que sería, para una sociedad que está en suspenso como la nuestra, terminar en una guerra civil.

Lo que voy a decir es una obviedad, pero lo obvio, a veces, es necesario. La política es movimiento. La política es una expresión clara de la vida. Así como el petróleo sigue siendo el motor de la economía mundial, la política es el motor de la vida institucional y social de un país. Ciertamente, el Gobierno de Biden acusó recibo. Pero hasta ahí. No hay un elemento nuevo sobre la mesa. ¿Qué opinión tiene sobre la actitud del Gobierno de Estados Unidos?

El acuse de recibo que significa la herencia –el reconocimiento de Guaidó como presidente, seguir con la ruptura de relaciones con el gobierno de Maduro, seguir con las sanciones y la política de máxima presión, el cerco petrolero y la ayuda a los migrantes venezolanos– es el mismo paquete que tenía Trump, prácticamente ha sido trasladado a la política exterior (con relación a Venezuela) de Biden. Me preguntas ¿por qué no ha hecho más nada? Y yo me pregunto ¿es que tiene que hacer otra cosa? ¿Acaso no recibió la herencia de un país enfrentado frontalmente con el régimen de Venezuela? ¿Que trató de imponer, por todos los medios, una dualidad de poder y se comprometió con los venezolanos en llevar una política exterior alineada con Europa y los países del Grupo de Lima para presionar por una salida política electoral? Es lo mismo que dicen actualmente. 

Si no ha hecho otra cosa, cabe preguntarse ¿se acabaron las cartas? ¿Se acabaron las opciones, las alternativas? ¿Hasta aquí llegamos?

No. Simplemente, las cartas que Biden tenía sobre la mesa eran: cambio de régimen, enfrentamiento bilateral o negociación multilateral, pareciera que ha jugado la carta de la negociación multilateral. Es decir, de buscar un consenso a nivel internacional para buscar una salida política, democrática y electoral. Eso es lo que han dicho claramente los voceros del gobierno de Biden. A mí me dio la impresión –en plena elección estadounidense– que el gobierno de Maduro pensó que el mandado estaba hecho, que Biden era débil. Que no estaba obsesionado con Venezuela. Y que iba a haber un campo de negociación. Ésa ha sido la postura de Arreaza, de Maduro y de Luis Eduardo Martínez (diputado de AD por Monagas). «Esto lo arreglamos con los amigos que tenemos allá». Y la oposición, que cometió el error de endosar la política de Trump, y no comprender que los Estados Unidos tienen un interés nacional, que iba a ser interpretado, ganara Trump o ganara Biden, creía que se iba a perder todo lo logrado con Guaidó por el hecho de que Biden llegó a la Casa Blanca. Bueno, se equivocaron ambos. Biden ha seguido con la línea menos costosa en estos momentos. ¿Cuál es la línea menos costosa? Aceptar la herencia. 

Un político sensato e inteligente siempre va a elegir la vía menos costosa. 

 ¿Por qué lo menos costos? Porque está empantanado con los temas domésticos. Ha salido bien en ese plano, pero los más de 60 días que han transcurrido en política exterior han sido decepcionantes. A Arabia Saudita le vende armas, pero la ataca por violación de los derechos humanos y particularmente con el tema del asesinato del periodista (Jamal Khashoggi). Dice que no va a intervenir en guerras sin fin (forever war) y bombardea una posición en Siria. Dice que va a mejorar las relaciones con China y la cumbre de Anchorage (Alaska) fue un desastre. Y, por si fuera poco, lo que le dijo a Vladimir Putin. Entonces, ¿cómo es la cosa? En materia de política exterior, Estados Unidos está muy complicado y por tanto el caso de Venezuela no es prioritario. 

¿Por cuánto tiempo podemos seguir navegando a la deriva?

A la deriva va navegando el país, pero el Gobierno tiene su proyecto. Ir trancando, trancando y trancando. Alentando cosas. Lo vimos en la elección parlamentaria. Alentó a una oposición que sacó muy pocos votos. Entonces, la situación de inercia no es para el Gobierno, que más bien se beneficia de la situación crítica que tenemos. Pero esta situación de inercia va a durar un tiempo más, mientras el Gobierno conserve los factores claves de poder. 

***

*Politólogo y Doctor en Ciencias Políticas. Profesor titular en la Universidad Central de Venezuela.

28-03-21

https://prodavinci.com/carlos-romero-venezuela-dejo-de-ser-un-pais-importante/

 

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