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miércoles, 24 de marzo de 2021

Cota 905: “Soy médico. No tengo nada” por @WillyMcKey

Por Willy McKey

Mientras en la memoria global de la pandemia se recordará que los balcones servían para aplaudir a los trabajadores de la salud durante los primeros meses de aislamiento, en un lugar de Caracas las ventanas sirven para grabar el desespero de un médico encañonado por criminales.

Un hombre ruega que no lo maten, mientras dos hombres armados lo despojan de su moto. A metros de ahí, en el túnel de El Paraíso, el enfrentamiento entre las bandas de la Cota 905 no deja pasar a los vehículos que pretenden acceder a ese lado de la autopista.

La voz del hombre que ruega tiene el volumen suficiente para ser registrado por la cámara de un teléfono desde un apartamento vecino:

“Yo soy médico. Soy médico, hermano. No… yo no… hermano, es que yo soy médico. Te lo juro. Mira mi carnet. Yo trabajo en el Clínico, hermano. Hermano, te lo juro. Soy médico, te lo juro. No tengo nada”.

Cada una de esas palabras es dicha mientras un arma apunta hacia su cuerpo, amenazando con asesinarlo por circular en su moto por un lugar que en ese momento era campo de batalla, territorio en disputa, punto de honor entre las bandas criminales de la Cota 905.

Grita que es un médico. Ni siquiera en la más cruel de las guerras se apunta con indolencia a un médico. Aún así, lo grita presa del miedo a la amenaza legítima de la muerte. Y lo repite, sumando que no tiene nada, porque sabe de qué es capaz quien lo encañona. Ha atendido a sus víctimas, ha atendido a sus victimarios y ha atendido a sus iguales.

Y su voz llega hasta las ventanas de quienes oyen su oración repetirse: ¨Soy médico, te lo juro. No tengo nada”.

Nada.

No tiene certeza alguna. No tiene quien lo proteja. No tiene aliento.

No tiene sueldo. No tiene vacunas. No tiene manera de saber si tiene futuro.

No tiene sino esa moto y su carnet, convertidos en botín y escapulario.

“Soy médico, te lo juro” y repetirlo como quien se ancla a una oración pagana y colectiva.

“Soy médico, te lo juro. No tengo nada”.

Nada.

Excepto el miedo y todo cuanto pueda hacer en ese momento.

¿Sabríamos cómo se salvó de un disparo si no pudiéramos oír sus gritos, gracias a alguien que documenta el instante en que ruega por su vida?

Solo.

Sin que alguien sepa cómo ni qué gritar.

Sin que se asome un “¡Déjalo!” que pueda cambiar el objetivo de quien apunta hacia los balcones.

Sin más ánimo posible que el del espectador de una guerra ajena, en la que todos menos quienes pelean somos la víctima.

Y aquella frase como argumento final, una verdad que de tan rotunda duele y sirve de resumen: “Soy médico, te lo juro. No tengo nada”.

Nuestros médicos no tienen nada.

Nadie tiene nada cuando se tienen los pies y la vida puestos en una tierra donde mandan los delincuentes.

Nadie. Nada. Nunca.

“La moto, la moto… ¡Dame acá la moto!” y oímos un disparo.

“Pira pa’ allá… ¡pira pa’ allá! ¡Pira! ¡Pira!” mientras uno se roba el bolso y el otro lo mantiene en la mira.

“Cuidado… ¡cuidado que vio pa acá!” desde el miedo de las casas en silencio y esas ventanas que no aplauden, porque son el escenario de una guerra.

En 1948, después de la Segunda Guerra Mundial, la Convención de Ginebra decidió actualizar y unificar las múltiples versiones que existían del juramento hipocrático, ese compromiso que hacen los médicos desde que los discípulos de Hipócrates entendieron como leitmotiv de la medicina dedicar su saber al servicio de la humanidad.

Aquella versión terminaba con la frase “Hago estas promesas solemnemente, libremente, por mi honor”. Y el honor, en los griegos, estaba muy vinculado con la noción del areté: una noción casi inaprehensible de la virtud que se convirtió en el eje principal de la formación de los jóvenes y el ideal de Isócrates, mediante la educación y la experiencia política de comprender la existencia de el-otro.

Esa voz que grita para salvarse intenta explicar que trabaja en el Clínico Universitario, un lugar donde se juntan la medicina y la educación universitaria, en un país donde ambas disciplinas del intercambio humano se sostienen tan solo por una cosa: areté, la virtud.

Esa voz que grita para salvarse pone en evidencia la crisis, nuestra crisis.

En medicina, el término crisis sirve para resumir un momento en el curso de una enfermedad en el que se hace más grave y el paciente corre el riesgo de sucumbir, pero también nombra el proceso contrario, cuando algunas decisiones y reacciones derivan en la recuperación del paciente.

Y esa noción de crisis también proviene de la medicina hipocrática.

Habrá una escena, en la memoria pandémica, protagonizada por médicos y balcones que miran hacia una guerra que pone en evidencia nuestras crisis.

Sin Estado. Sin “voz del Pueblo”. Sin los cursis clichés de las crónicas pandémicas.

En cada “Soy médico. No tengo nada” está un umbral de crisis, de nuestra crisis.

La crisis de quienes no pueden tener nada más que la vida puesta en la mira de otros, de los violentos, de los sin ley.

Un territorio en disputa donde ser médico es saber que no tienes nada.

Ni tú. Ni nadie. Nada.

20-03-21

https://prodavinci.com/cota-905-soy-medico-no-tengo-nada/

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