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lunes, 21 de septiembre de 2020

Vía de escape por @polis360

 Por Piero Trepiccione


Todo sistema requiere de alimentación para sobrevivir. En el caso de los sistemas políticos, esto es aún más necesario. Cuando pasa el tiempo y no se dan cambios profundos que permitan una especie de oxigenación, los mecanismos institucionales se van ralentizando en sus respuestas a las demandas de la población. En consecuencia, comienza una fase de recalentamiento que puede provocar rupturas parciales o totales.

Es cierto que el tiempo de duración de un sistema político es muy relativo y puede estar sujeto a diferentes variables y condiciones, pero cuando entra en fase de desgaste y no se le alimenta, su mutación o finalización de ciclo puede estar cerca.


En Venezuela lo vimos claramente en el proceso político que se consolidó a partir de las elecciones democráticas de 1958, y que durante poco más de cuatro décadas regentó los destinos del país bajo un esquema bipartidista que permitía ciertos contrapesos institucionales. En los partidos que lo soportaron, Acción Democrática y Copei, fundamentalmente, no se dio un relevo natural en el liderazgo, sino más bien todo lo contrario.

El sistema estuvo fundamentado sobre una especie de “pluralismo tutelar”, según el intelectual Luis José Oropeza, cuyo basamento principal era la renta petrolera que generaba el consenso a partir de la repartición de beneficios desde el Estado. Esta práctica nefasta originó una partidocracia que fue restringiendo al máximo. Ante el crecimiento de las demandas sociales de la población venezolana, comenzó el colapso del sistema político a finales de la década de los noventa.

Afortunadamente, el cambio se logró a través de elecciones. Ese sistema, a pesar de sus errores, logró estructurar un basamento legal y cultural sobre la base de respaldo popular a las vías electorales como mecanismo de procesamiento de las diferencias en las disputas por el poder. Y en 1998, apareció en escena un actor político que dio al traste con el ciclo previo que habíamos tenido.

Como en todo ciclo que comienza, el chavismo generó las más amplias expectativas en la gran mayoría de la población. Logró aglutinar la suficiente legitimidad para cambiar el sistema y convertirse en actor hegemónico al frente del poder. La cuantía inmensa del ingreso petrolero le permitió hacer una redistribución para favorecer a todos los estratos de la sociedad venezolana. Pero, en un momento determinado, ocurrió exactamente lo mismo que en el sistema político que le antecedió. Se esfumaron los ingresos petroleros y se achicó el margen de maniobra.

A la par, este sistema construido a partir de 1999, no promovió la construcción de contrapesos sino más bien la hegemonía absoluta del poder. En ese escenario, se han venido cerrando todas las posibilidades de mutación para volver a obtener la legitimidad perdida. Las demandas sociales han crecido exponencialmente y las respuestas del Estado no existen o son casi nulas. El deterioro institucional avanza rápidamente y no hay capacidad de atender los problemas nacionales.

Hasta ahora lo que se plantea como vía de escape es una elección en unas condiciones, que en lugar de ampliar la participación para favorecer el comienzo de una solución al conflicto político, más bien, se cierra a un club de amigos para sostener el esquema de poder hegemónico cuyo desgaste masivo es más que evidente.

Si no tenemos oxigenación vamos a tener recalentamiento.

20-09-20

https://efectococuyo.com/opinion/via-de-escape-elecciones-venezuela/

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