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miércoles, 19 de abril de 2017

Caerán los muros por @marconegron


Por Marco Negrón


Hace varios años que en nuestra ciudad, acosada por una inseguridad desbocada, los muros, una supuesta forma de protegerse de esta, se multiplican, crecen en altura y rematan con los más rebuscados artilugios: primero fueron los cascos de botella, luego las “concertinas” y ahora los cercos eléctricos. Algunos les vedan a los ciudadanos hasta el disfrute visual de espacios particularmente amables de la ciudad: La Estancia de Pdvsa, una institución pública, le niega al pasante el derecho a reposar la vista en su hermoso jardín; el muy privado Caracas Country Club ha interpuesto entre el ciudadano que atraviesa sus calles y el esplendor verde de sus campos de golf un tosco muro, ya bastante descascarado y rematado por una agresiva “concertina”. Algunas avenidas, antaño rodeadas de jardines y viviendas que miraban a la calle, se han convertido en siniestros túneles a cielo abierto por los que ninguna persona en su sano juicio se atrevería a caminar.

Calles enteras y hasta sectores urbanos completos, custodiados por garitas de vigilancia, han sido cerrados a los no residentes. La ciudad ha terminado dándole la espalda al espacio público, negándose a sí misma en tanto y en cuanto ciudad. Y la inseguridad no ha disminuido: Caracas, lamentablemente, sigue exhibiendo los índices de homicidios más altos del mundo.

En estos días de tensión y luchas por el rescate de la democracia algunos trastornados burócratas oficialistas se empecinan en prohibir el ingreso a uno de los municipios de la ciudad a quienes los cuestionan, para lo cual esgrimen el desopilante argumento de que ese territorio, que por lo demás perdieron estrepitosamente en las elecciones del 6-D, les pertenece. En su delirio han inventado una de las máquinas antiurbanas más extravagantes: los muros portátiles, formados por piquetes de guardias nacionales en atuendo de combate, portando planchas modulares de acero que permiten el bloqueo hermético de las calles, y respaldados, por si acaso, por tanquetas blindadas: que nadie pase, que nadie circule sin la autorización de estos pretendidos amos de la ciudad.


En esta columna se ha sostenido que esos muros no sólo son la negación de la ciudad sino que representan además el exacto contrario de una respuesta a la inseguridad, por lo cual es urgente su demolición: para rescatar el espacio público y poder volver a mirarnos en la cara los unos a los otros, para que el espacio privado y el público puedan dialogar y cuidarse mutuamente.

Monterrey, en México, aún lejos de los índices de criminalidad caraqueños tampoco es una ciudad segura. Hace unos años dos estudiantes de su prestigioso Instituto Tecnológico fueron asesinados entrando al campus, lo que alentó la idea de maximizar su cerramiento e incluso mudarse a un municipio más seguro. Sin embargo sus autoridades, en un inusual gesto de inteligencia y responsabilidad ciudadana, concluyeron que la respuesta correcta era la contraria: abrirse al público, integrarse a la ciudad y contribuir a elevar la calidad de su entorno urbano: en eso trabajan hoy.

También entre nosotros, junto con el anacronismo de vocación tiránica que ha medrado de la nación durante estos 18 años, caerán los murros que niegan la ciudad. Entonces el mejor homenaje que le podrá hacer nuestra Universidad Central a su creador, el maestro Villanueva, será abrirse en su cara sur sobre el hermoso Paseo Los Ilustres, creando edificios de contacto sobre ese borde con Los Chaguaramos y procurando su funcionamiento 24 horas al día los 365 días del año. Un desafío complejo pero que impulsará la transformación radical de Caracas. Para emprenderlo será necesario esperar a la salida del infortunio que ha resultado este régimen, que la ha hostilizado en todos los planos. Pero que debe empezarse a discutir, esbozando propuestas desde ahora mismo.

18-04-17




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