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jueves, 27 de abril de 2017

LA BARBARIE LATINOAMERICANA, por Jorge Gómez Arismendi



Jorge Gómez Arismendi 26 de abril de 2017

Actualmente en Venezuela, hay 11 militares como ministros en diversas carteras del gobierno como Justicia, Agricultura, Pesca, Vivienda, Alimentación, Obras Públicas y Energía. El carácter militar del régimen chavista es indiscutible en ese sentido. Mal que mal, su creador y principal líder, Hugo Chávez era un coronel. Por ejemplo, en 2005 y ya siendo gobernante, Chávez creó mediante un decreto un cuerpo militar especial, el comando general de la Reserva Nacional, con autonomía presupuestaría y que obedecía directamente al presidente. Además, mediante tal decreto Chávez recuperó su rango soldadesco, perdido al ser dado de baja en 1992 cuando hizo su fallido golpe militar. Pero no lo recobraba como coronel, sino como comandante en jefe de las fuerzas armadas venezolanas. Porque con esa medida, Chávez unificó el rol de presidente con el grado de comandante militar. Una sutileza no menor, que sin embargo, contraviene la necesaria sumisión del poder militar al poder civil en cualquier democracia decente. Porque aunque Chávez perdiera la presidencia en una elección, seguiría siendo comandante de las fuerzas armadas venezolanas ¿Les suena eso?

En el fondo, Hugo Chávez tenía mentalidad de regimiento, igual que un Pinochet o un Franco. De hecho, su primera acción pública no fue una campaña electoral sino un golpe de Estado. Ya como presidente, democráticamente electo, Chávez siguió, sin embargo, pensando con la bota militar. Por eso, frente al sutil proceso de militarización venezolana, en 2005, Andrés Oppenheimer advertía: «si Chávez hace la mitad de lo que dice, su reestructuración de las fuerzas armadas -y su distribución de armas a civiles- será una traba formidable a la democracia en Venezuela, no importa cuánto tiempo esté Chávez en el poder, ni quién lo suceda». Y lo reemplazó Maduro, quien siguiendo la mentalidad militar de Chávez, en 2013 hablaba de conformar su gabinete al modo de estados mayores. En 2014, asignó a los militares la distribución de alimentos. Hoy ya viste de militar inclusive. Eso aunque, como diría Étienne de la Boétie, es solo un hombrecillo que ni siquiera ha husmeado una sola vez los campos de batalla.

Como una burlona paradoja, días atrás, Nicolás Maduro anunció su plan para expandir la Milicia Nacional bolivariana a 500.000 miembros. El proceso estaría a cargo del general Vladimir Padrino López, quien es ministro de Defensa desde 2014. Posteriormente anunció la implantación del “Plan Zamora” para hacer frente a la supuesta amenaza de golpismo, supuestamente incitado desde Washington. Dicho plan iniciaría su fase verde, según Maduro, lo que implica que toda la estructura militar, policial y civil del Estado venezolano este movilizada. ¿Contra quién? Contra los civiles; los propios venezolanos.

Si alguno pensó que América Latina había dejado atrás el lastre del militarismo y las dictaduras militares, Venezuela hoy nos recuerda todo lo contrario.

Sin embargo, la izquierda latinoamericana, tan reacia ―supuestamente― a las dictaduras, sobre todo militares, es condescendiente con esta situación. Incluso muchos de sus líderes parecen apoyar tal proceso de clara extensión de la lógica de los cuarteles, es decir, de la militarización  de la vida civil venezolana. Es más interesante aún porque hay evidencia de sobra para asumir que en Venezuela se está cumpliendo el sueño húmedo de cualquier dictador militar latinoamericano, de derecha o izquierda, el de poder convertir un país en un cuartel. Tal condescendencia se explica por un detalle que Chávez tenía, era un promotor del socialismo. Pero lo que la izquierda parece obviar es que esa misma adhesión explica el proceso de militarización y dictadura que sufre hoy Venezuela.

Porque lo cierto es que en su afán por instalar el socialismo del siglo XXI, Chávez pensó como militar y no como un demócrata. Porque su fuerza militar creada por decreto no era ni será algo distinto a las SS de Adolfo Hitler o las camisas negras de Mussolini. Porque su proyecto nacional Simón Bolívar de 2007 no apuntaba a otra cosa que poner a la economía y la vida social venezolana bajo el mando de los militares. Es decir, buscaba convertir a Venezuela, no en una gran fábrica como soñaba el déspota de Lenin, sino en un gran regimiento. Porque en el fondo, digámoslo con honestidad, la aspiración de crear una economía socialista, centralmente planificada, es aspirar a crear una economía militarizada. Por ello, la pretensión socialista siempre ha terminado siendo el camino hacia una economía basada en el racionamiento, que liquida el pluralismo democrático e impulsa la implantación de una dictadura, donde los ciudadanos deben enrolarse como tropa o sufrir la persecución. ¿No es eso acaso lo que ocurre hoy en Venezuela? Sí. Y aquello no es producto de la acción de la oposición ni del imperialismo, como aluden los socialistas y chavistas, sino del intervencionismo del gobierno y de la pretensión de llevar la seguridad de los cuarteles a la vida civil. Es decir, de convertir Atenas en Esparta.

Al socialismo latinoamericano no le gustan las botas militares, salvo que estas apoyen sus regímenes aplastando cráneos de opositores al socialismo. En otras palabras, su rechazo a la intromisión de militares en la política no está fundada en una ética democrática sino instrumental. La solidaridad de los pueblos parece estar condicionada a la adhesión ideológica. Es triste ver que el respeto por los derechos humanos más básicos y el pluralismo democrático, este supeditado a criterios espurios. El silencio de líderes y políticos latinoamericanos frente a lo que ocurre en Venezuela es realmente asqueroso.

Sin embargo, lo anterior no exime a las derechas del continente. Porque la barbarie latinoamericana tiene relación con que aún se siente pasión por el militarismo. Porque pocos lo rechazan de manera tajante, como una intromisión ilegítima del poder militar en los asuntos civiles y políticos. Esto, que parece obvio, no lo es tanto si consideramos que tanto derechas como izquierdas, parecen obviar aquello y ver con buenos ojos diversas dictaduras militares o militarizadas. En otras palabras, de la boca para afuera, muchos se quejan del azote de la bota militar contra los cráneos. Pero todo cambia según el color del uniforme que acompaña a la bota y según la mollera que sufre. Así, la barbarie continental es que los líderes siguen aceptando botas militares y dictaduras, siempre y cuando los uniformados estén de su lado. Con desazón debo decir que creo que Latinoamérica no ha abandonado el lastre del militarismo, la noción del caudillo, del líder decidido y sin contemplación. Y todos lo esperan y avalan, silenciosamente, sean de derecha o izquierda. Pero claro, por qué habría de extrañarnos, si en el fondo lo que se rechaza muchas veces no es la dictadura militar en sí, sino ciertas dictaduras militares.

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