Por Ángel R. Lombardi Boscán
Hoy me percato, aunque
muy tardíamente –tamaño despiste–, de que la sentencia más popular de Simón
Bolívar (1783-1830), citada una y mil veces: «Moral y luces son los polos de
una república, moral y luces son nuestras primeras necesidades» (Discurso de
Angostura, 1819), nunca se ha puesto en práctica luego de una andadura de más
de 200 años de historia republicana.
Es más, el mismo
Libertador es la antítesis de ese inmaculado aforismo, porque lo que hizo en su
vida de 47 años fue básicamente guerrear y matar. No conocemos ningún proyecto
educativo auspiciado por el Libertador como legislador, salvo intuir las
ventajas de la escuela lancasteriana y el significativo suceso de donar a la
Universidad Central de Venezuela El
contrato social (1762) de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778)
y Arte
militar de Raimondo Montecuccoli (1609-1680),
obras que pertenecieron a la biblioteca de Napoléon Bonaparte (1769-1821) y que
el general sir Robert Wilson obsequió a Bolívar.
El gesto, como tal,
delata las entrañas ideológicas de un Bolívar ilustrado política y
filosóficamente y, obviamente, al gran estratega y jefe de ejércitos. Esta
impronta militar que sella el nacimiento de Venezuela (1821) contradice sus
aspiraciones de transitar por una civilidad sin sobresaltos.
Y respecto a la moral, ese inédito cuarto poder, nunca
pudo ponerlo en práctica en su momento. Y su vigencia hoy entre los
bolivarianos que dicen seguirle, luce a desprecio luego de documentar los miles
de escándalos de corrupción que hoy tienen a la nación en quiebra.
Hoy la Historia de Venezuela que se enseña en las escuelas es una apología de la guerra y del militarismo, teniendo como eje la épica y mitología de los próceres de la Independencia. Historia es igual no solo a pasado sino a batallas y a olor a sangre. Solo que muy convenientemente maquillado como gesta fundacional, pulcra, heroica e intachable. Nada de indios imperiales, nada de negros levantiscos, nada de una España oscurantista, la nueva identidad nacional surgió de Bolívar (1842) y su épica. Lo demás fue convenientemente borrado. Eduardo Blanco (1838-1912) fue uno de los grandes artífices en presentar esta historia funeraria y trágica con traje de gala en su retórica y fantasiosa Venezuela heroica (1881).
Ya es hora de que
quienes enseñamos la historia sintamos espanto por el sepulcro y los espectros,
algo que para el gran poeta venezolano Rafael Cadenas (1930) es bastante obvio.
Su
poema Historia es todo
un tratado de intenciones:
Abro la ventana y veo un
ejército que recoge sus víctimas. Espectros que llevan en sus brazos espectros,
y adonde camino descubro sus bocas. La penuria de sus trajes no es nada frente
a la de sus ojos, y al pus del heroísmo, ¿qué decir de todo eso? Cuerpos
transparentes al sol, con tejido de fantasmas. Si olvido, aún sé que siguen
recogiendo victimas –apenas comienzan– y no hay fin, durará hasta la noche y
todas las noches y mañana y pasado mañana y después y siempre. Dentro de cinco,
nueve, cincuenta, doscientos años abriré nuevamente la ventana y la escena no
habrá variado. Los espectros serán los mismos otros, pero ella no se alterará,
no habrá modificación, una corrección de última hora.
El poeta en su
sensibilidad da en la diana al sostener inapelablemente que alrededor de toda
exaltación heroica hay pus mal oliente y un ejército de fantasmas. Esta
historia como monotonía e inutilidad confirma el fracaso del proyecto humano y
denuncia elegantemente al fenómeno de la guerra como un homicidio en masa
(Igino Giordani, 1894-1980).
La historia debe
inspirar para la vida y esta se desarrolla siempre en el presente. Y debe ser
una historia cuyas temáticas estén impregnadas de estímulos positivos basados
en la preservación de los derechos humanos, las causas justas y la
reivindicación de la paz.
A la historia hay que vaciarla de muerte y revestirla de
aire puro, arte, cultura, solidaridad y amor, condenando todas las carnicerías
humanas que se han suscitado como una locura gloriosa e irracional.
Para el poeta Rafael
Cadenas estamos condenados inexorablemente a repetir la historia como tragedia
y desolación. La recurrencia de las bombas y los conflictos que no remiten, el
llanto inconsolable de las víctimas, en su inmensa y devastadora mayoría:
civiles e inocentes en Afganistán, Siria, Palestina, Israel, Turquía,
Venezuela, Méjico, Ucrania y tantas otras geografías confirman tercamente la
necedad humana.
Ángel
Rafael Lombardi Boscán es Historiador, Profesor de la Universidad del Zulia.
Director del Centro de Estudios Históricos de LUZ. Premio Nacional de Historia.
19-08-21
https://talcualdigital.com/espectros-que-llevan-en-sus-brazos-espectros-por-angel-r-lombardi-boscan/
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