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martes, 21 de enero de 2020

Difícil y necesario por @aveledounidad


Por Ramón Guillermo Aveledo


La crisis venezolana se agrava a causa del asalto a la Asamblea Nacional porque encierra a un gobierno resteado en el rincón de las posiciones más duras y empuja a la oposición hacia una calle ciega con todos sus peligros. La escalada antipolítica hacia la intransigencia es más bien un sumidero que chupa oportunidades de solución mientras al país va de mal en peor.

Ante la reacción nacional e internacional contra su despliegue militar del domingo 5, cuando nuestra tradición era una simbólica parada militar en homenaje a la representación nacional reunida, la primera orden fue no tocar a los diputados el martes 7.

Es de suponer que los mandos castrenses calibraron el daño hecho a la institución armada al hacerla objeto de una manipulación tan deslucida y no quisieron repetirlo, pero el martes 15 la decisión, anunciada por alguna piraña con ínfulas jaquetonas, fue confiar la represión en el centro de la ciudad y la “defensa heroica” del Capitolio ya invadido y ocupado a grupos de civiles armados con el encargo de impedir la entrada de parlamentarios, educadores y comunicadores.

El papel del componente militar en este caso fue de apoyo desde un segundo plano. Las insensateces se amontonan encima de la mala reputación del grupo gobernante y todo indica que lo que pretende, con predecible ayuda judicial, es huir hacia adelante que en este caso sería hacia abajo. Claro, la Tierra es redonda derechito y eventualmente hay salida.

En ese cuadro, a la oposición no parece quedarle opción distinta a atrincherarse. Porque a nadie le gusta que lo tomen por tonto. En realidad, tiene el capital del líder mejor posicionado, incrementado con lo ganado con los gestos valientes de la Asamblea. ¿Está dispuesta a invertirlo? Mientras tanto, la fantasía oficial de resistir se reduce a aferrarse a un poder que no sirve para nada que no sea mantenerse arriba, pura represión y propaganda, más nada. Posesión precaria de un aparato estatal cada vez más inservible pero, claro, posesión al fin. Entre tanto, se acumula la deuda social y se hincha la presión de la mala situación. La crisis no pasa, olvídate.

La crisis continúa y arrecia. Las mejoras en la burbuja del pedacito dolarizado del comercio minorista e importador son pasajeras por definición. Arrogante y bravucón adentro, el grupo en el poder no se acredita un milímetro afuera y Venezuela se hunde.


La solución a la crisis venezolana pasa por unas elecciones libres, pero ellas lucen hoy más lejanas que nunca, aunque quieran adelantar una convocatoria que las aparente. El gobierno como que no las quiere porque teme a sus resultados y la oposición como que no puede, porque teme a la reacción iracunda del segmento más duro de su público. Para llegar más o menos con bien a unas elecciones harían falta negociaciones y acuerdos, ambas malas palabras para los extremismos del todo o nada expertos en negar pero incapaces de proponer y en los días que corren, eso sí que se ve en algún punto entre lejano e imposible.

Entonces ¿Será que esto no tiene remedio? Lo tiene, si la sociedad le arruga la cara al liderazgo y le exige el entendimiento mínimo indispensable y si éste, con verdadero heroísmo, es capaz de ponerse a la altura de las circunstancias. ¿Difícil? Dificílisimo, pero nunca ha sido tan necesario.

a crisis venezolana se agrava a causa del asalto a la Asamblea Nacional porque encierra a un gobierno resteado en el rincón de las posiciones más duras y empuja a la oposición hacia una calle ciega con todos sus peligros. La escalada antipolítica hacia la intransigencia es más bien un sumidero que chupa oportunidades de solución mientras al país va de mal en peor.

Ante la reacción nacional e internacional contra su despliegue militar del domingo 5, cuando nuestra tradición era una simbólica parada militar en homenaje a la representación nacional reunida, la primera orden fue no tocar a los diputados el martes 7.

Es de suponer que los mandos castrenses calibraron el daño hecho a la institución armada al hacerla objeto de una manipulación tan deslucida y no quisieron repetirlo, pero el martes 15 la decisión, anunciada por alguna piraña con ínfulas jaquetonas, fue confiar la represión en el centro de la ciudad y la “defensa heroica” del Capitolio ya invadido y ocupado a grupos de civiles armados con el encargo de impedir la entrada de parlamentarios, educadores y comunicadores.

El papel del componente militar en este caso fue de apoyo desde un segundo plano. Las insensateces se amontonan encima de la mala reputación del grupo gobernante y todo indica que lo que pretende, con predecible ayuda judicial, es huir hacia adelante que en este caso sería hacia abajo. Claro, la Tierra es redonda derechito y eventualmente hay salida.

En ese cuadro, a la oposición no parece quedarle opción distinta a atrincherarse. Porque a nadie le gusta que lo tomen por tonto. En realidad, tiene el capital del líder mejor posicionado, incrementado con lo ganado con los gestos valientes de la Asamblea. ¿Está dispuesta a invertirlo? Mientras tanto, la fantasía oficial de resistir se reduce a aferrarse a un poder que no sirve para nada que no sea mantenerse arriba, pura represión y propaganda, más nada. Posesión precaria de un aparato estatal cada vez más inservible pero, claro, posesión al fin. Entre tanto, se acumula la deuda social y se hincha la presión de la mala situación. La crisis no pasa, olvídate.

La crisis continúa y arrecia. Las mejoras en la burbuja del pedacito dolarizado del comercio minorista e importador son pasajeras por definición. Arrogante y bravucón adentro, el grupo en el poder no se acredita un milímetro afuera y Venezuela se hunde.

La solución a la crisis venezolana pasa por unas elecciones libres, pero ellas lucen hoy más lejanas que nunca, aunque quieran adelantar una convocatoria que las aparente. El gobierno como que no las quiere porque teme a sus resultados y la oposición como que no puede, porque teme a la reacción iracunda del segmento más duro de su público. Para llegar más o menos con bien a unas elecciones harían falta negociaciones y acuerdos, ambas malas palabras para los extremismos del todo o nada expertos en negar pero incapaces de proponer y en los días que corren, eso sí que se ve en algún punto entre lejano e imposible.

Entonces ¿Será que esto no tiene remedio? Lo tiene, si la sociedad le arruga la cara al liderazgo y le exige el entendimiento mínimo indispensable y si éste, con verdadero heroísmo, es capaz de ponerse a la altura de las circunstancias. ¿Difícil? Dificílisimo, pero nunca ha sido tan necesario.

21-01-20





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