Carlos Raúl Hernández 07 de marzo de 2016
@CarlosRaulHer
Se
desconoce al Poder Legislativo de frente, sin titubeos, sin ambages, sin
excusas, y se le arrebatan por la fuerza sus atribuciones constitucionales
inseparables que le dan razón de ser. Parecido actuó Alberto Fujimori en el
golpe contra el Congreso de 1992. La enorme, abismal, escandalosa diferencia
(política, no ética) es que Fujimori un par de meses antes había ganado las
elecciones, era la fuerza ascendente, la esperanza de los peruanos, un outsider
que derrotaba al sistema político institucional. En Venezuela es exactamente al
revés, lo contrario, las antípodas. La masiva victoria opositora en diciembre,
la sistemática fuga de respaldo gubernamental desde entonces y el bloqueo de
los mecanismos constitucionales, crean un status en el que la cúpula de poder
rechazada, con apoyo menguante, es un poder de facto. Es un esqueleto sin
músculo, con polifracturas y sin porvenir.
La
mayoría de los peruanos había votado por Fujimori para salir de una situación
parecida a la de hoy en Venezuela, creada por un gobierno de la misma estirpe
populista: hiperinflación, recesión, delincuencia, violencia, control de la
calle por grupos armados irregulares, escasez, corrupción, incompetencia. Aquel
solitario insurge ante eso y luego da el golpe de Estado contra el Parlamento,
al que acusa de boicotear su plan de gobierno. Su argumento es que va enderezar
la situación, cosa que efectivamente hizo, y hoy después de 24 años, los
peruanos le agradecen y están cerca de premiarlo a través de su hija. Realizó
una profunda reforma económica y aplastó a los terroristas de Sendero Luminoso.
En cambio el único punto de apoyo del gobierno venezolano es la capacidad de
coacción que mantiene prestada a un alto costo en materia de concesiones a
quienes la controlan.
Caballos y flautas
En la
práctica es una cesión de poderes formales a quienes manejan la fuerza, a
cambio de un tiempo precario que también derrochan. Si ese tiempo se utilizara
como Fujimori, posiblemente tendría racionalidad, pero es para profundizar los
errores y cebar aún más la bomba de la crisis. Las medidas que anunciaron,
lejos de atacar los problemas, apenas medio atienden los síntomas y preanuncian
nuevas medidas, en peores condiciones, a la vuelta de meses o días. Con las
decisiones del TSJ, disfrutan una apariencia de poder que ante el mundo y el
país, por el contrario, desnudan una temible precariedad. Apelan al viejo
expediente fidelista: actuar como si tuvieran la sartén por el mango. Intentan,
como de costumbre la radicalización, para hacer sucumbir a los ingenuos en un intercambio
de lenguaradas de fuego y propuestas inoperantes. Vuelve el infantil ¡calle,
calle, calle¡ de lamentable recordación.
Otra
forma de ansiedad es declarar salidas ilusorias que colocan el debate en la
polarización política que buscan los que no tienen otra cosa que ofrecer. Caer
en el juego agónico del Gobierno es la peor opción, hacer lo que él espera, una
confrontación sobre “el método” y no sobre medicinas y alimentos. Cuentan que
la ciudad griega de Sibaris (de donde viene el término sibarita) entró en
guerra con la vecina Crotona, cuyos generales conocían muy bien las costumbres
de sus enemigos. En la batalla “atacaron” la caballería sibarita con música de
flautas, en vez de armas, y los caballos abandonaron el combate y se pusieron a
bailar. No hay que actuar por reflejos condicionados. El Gobierno lo integran
unos cuantos señores con flautas, una cúpula aislada, mientras la enorme
mayoría de la dirección del PSUV, desde el principio se distanció de maniobras
que ponen en peligro la existencia del partido.
Gobierno de Unidad
Un
grupo de militares retirados que participaron en el golpe del 4F publicó un
documento en el que llaman a un gobierno de Unidad Nacional, cosa que refleja
el sentimiento de gran mayoría del chavismo que no participa en la cúpula
retraída y ojalá ese grupo cobre fuerza y obtenga apoyo en sus planteamientos.
Todas estas operaciones de birlibirloque, de magia de feria que hace la cúpula,
sacar conejos de los sombreros en la empresa inútil de ganar tiempo perdido
para volverlo a perder, se producen mientras avanza la carreta que chirrea
amenazas estremecedoras. Default de Pdvsa y del Estado en general, crisis
humanitaria, escasez de alimentos, de medicinas. Colas interminables para
conseguir escasos bienes, neurosis colectiva, incubación de odio, colapso de la
vida civilizada, como siempre es el socialismo.
El
servicio eléctrico es una ineluctable amenaza, una variable incontrolable,
asociada a la escasez de agua y a la violencia. Un grupo humano que en cuadro
tan complicado, tan terrible para la ciudadanía, se dedique a hacer jugarretas
sin futuro, malabarismos de feria y profundizar la crisis en vez de buscar
apoyo de todas partes para resolverla, es la mejor manera de definir al
gobierno. Mide a quienes lo integran y cuál es el margen de confianza que
merecen. Cuenta Vargas Llosa en El pez en el agua que en la monumental crisis
producida por Alan García entonces, la sociedad peruana creó un gran movimiento
nacional de rechazo a sus políticas a propósito de la posible intervención de
los bancos. En vez de discutir “el método” para deponerlo, todo el mundo se
movilizó a dar el debate sobre la crisis y sus opciones. El país entero se
desplazó hacia ese movimiento nacional y el Presidente se escogió entre dos de
sus expresiones. Fujimori y Vargas Llosa.

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