Francisco Fernández-Carvajal 14 de enero de 2023
@hablarcondios
— Figura y realidad de este título con el
que el Bautista designa a Jesús al comienzo de su vida pública.
— La esperanza de ser perdonados. El examen,
la contrición y el propósito de enmienda.
— La Confesión frecuente, camino para la
delicadeza de alma y para alcanzar la santidad.
I. Hemos contemplado a Jesús nacido en Belén, adorado por los pastores y por los Magos, «pero el Evangelio de este domingo nos lleva, un vez más, a las riberas del Jordán, donde, a lo treinta años de su nacimiento, Juan el Bautista prepara a los hombres para su venida. Y cuando ve a Jesús que venía hacia él, dice: Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1, 29) (...). Nos hemos habituado a las palabras Cordero de Dios, y, sin embargo, estas son siempre palabras maravillosas, misteriosas, palabras poderosas»1. ¡Qué resonancias tendrían en los oyente que conocían el significado del cordero pascual, cuya sangre había sido derramada la noche en que los judíos fueron liberados de la esclavitud en Egipto! Además, todos los israelitas conocían bien las palabras de Isaías, que había comparado los sufrimientos del Siervo de Yahvé, el Mesías, con el sacrificio de un cordero2. El cordero pascual que cada año se sacrificaba en el Templo era a la vez el recuerdo de la liberación y del pacto que Dios había estrechado con su pueblo. Todo ello era promesa y figura del verdadero Cordero, Cristo, Víctima en el sacrificio del Calvario en favor de toda la humanidad. Él es el verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo, muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando restauró la vida3. Por su parte, San Pablo dirá a los primeros cristianos de Corinto que nuestro Cordero pascual, Cristo, ha sido inmolado4, y les invita a una vida nueva, a una vida santa.
Esta
expresión: «Cordero de Dios», ha sido muy meditada y comentada por los teólogos
y autores espirituales; se trata de un título «de rico contenido teológico. Es
uno de esos recursos del lenguaje humano que intenta expresar una realidad
plurivalente y divina. O mejor dicho, una de esas expresiones acuñadas por
Dios, para revelar algo muy importante de Sí mismo»5.
Este
es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo,
anuncia San Juan Bautista; y este pecado del mundo es todo
género de pecados: el de origen, que en Adán alcanzó también a sus
descendientes, y los pecados personales de los hombres de todos los tiempos. En
Él está nuestra esperanza de salvación. Él mismo es una fuerte llamada a la
esperanza, porque Cristo ha venido para perdonar y curar las heridas del
pecado. Cada día, antes de administrar la Sagrada Comunión a los fieles, los
sacerdotes pronuncian estas palabras del Bautista, mientras muestran al mismo
Jesús: Este es el Cordero de Dios... La profecía de Isaías ya
se cumplió en el Calvario y se vuelve a actualizar en cada Misa, como
recordamos hoy en la oración sobre las ofrendas: cada vez que celebramos
este memorial del sacrificio de Cristo, se realiza la obra de nuestra redención6.
La Iglesia quiere que agradezcamos al Señor su entrega hasta la muerte por
nuestra salvación, y el haber querido ser alimento de nuestras almas7.
Desde
los primeros tiempos el arte cristiano ha representado a Jesucristo, Dios y
Hombre, en la figura del Cordero Pascual. Recostado a veces sobre el Libro
de la vida, la iconografía quiere recordar lo que nos enseña la fe: es el
que quita el pecado del mundo, el que ha sido sacrificado y posee todo el poder
y la sabiduría; ante Él se postran en adoración los veinticuatro ancianos
–según la visión del Apocalipsis8–,
preside la gran Cena de las bodas nupciales, recibe a la Esposa, purifica con
su sangre a los bienaventurados..., y es el único que puede abrir el libro de
los siete sellos: el Principio y el Fin, el Alfa y la Omega, el Redentor lleno
de mansedumbre y el Juez omnipotente que ha de venir a retribuir a cada uno
según sus obras9.
«A
perdonar ha venido Jesús. Es el Redentor, el Reconciliador. Y no perdona una
vez sola; ni perdona a la abstracta humanidad, en su conjunto. Nos perdona a
cada uno de nosotros, tantas cuantas veces, arrepentidos, nos acercamos a Él
(...). Nos perdona y nos regenera: nos abre de nuevo las puertas de la gracia,
para que podamos –esperanzadamente– proseguir nuestro caminar»10.
Agradezcamos al Señor tantas veces como ya nos ha perdonado. Pidámosle que
nunca dejemos de acercarnos a esa fuente de la misericordia divina, que es la
Confesión.
II. ¡El
Cordero de Dios que quita el pecado del mundo! Jesús se convirtió en
el Cordero inmaculado11,
ofrecido con docilidad y mansedumbre absolutas para reparar las faltas de los
hombres, sus crímenes, sus traiciones; de ahí que resulte tan expresivo el
título con que se le nombra, «porque –comenta Fray Luis de León– Cordero,
refiriéndolo a Cristo, dice tres cosas: mansedumbre de condición, pureza e
inocencia de vida, y satisfacción de sacrificio y ofrenda»12.
Resulta
muy notable la insistencia de Cristo en su constante llamada a los
pecadores: Pues el Hijo del hombre ha venido a salvar lo que estaba
perdido13. Él lavó nuestros pecados en su sangre14.
La mayor parte de sus contemporáneos le conocen precisamente por esa actitud
misericordiosa: los escribas y los fariseos murmuraban y decían: Este
recibe a los pecadores y come con ellos15.
Y se sorprenden porque perdona a la mujer adúltera con estas sencillas
palabras: Vete y no peques más16.
Y nos da la misma enseñanza en la parábola del publicano y del fariseo: Señor,
ten piedad de mí que soy un pecador17,
y en la parábola del hijo pródigo... La relación de sus enseñanzas y de sus
encuentros misericordiosos con los pecadores resultaría interminable, gozosamente
interminable. ¿Podremos nosotros perder la esperanza de alcanzar el perdón,
cuando es Cristo quien perdona? ¿Podremos perder la esperanza de recibir las
gracias necesarias para ser santos, cuando es Cristo quien nos las puede dar?
Esto nos llena de paz y de alegría.
En el
sacramento del Perdón obtenemos además las gracias necesarias para luchar y
vencer en esos defectos que quizá se hallan arraigados en el carácter y que son
muchas veces la causa del desánimo y del desaliento. Para descubrir hoy si
alcanzamos todas las gracias que el Señor nos tiene preparadas en este
sacramento, examinemos cómo son estos tres aspectos: nuestro examen de
conciencia, el dolor de los pecados y el propósito firme
de la enmienda. «Se podría decir que son, respectivamente, actos propios de la
fe –el conocimiento sobrenatural de nuestra conducta, según nuestras
obligaciones–; del amor, que agradece los dones recibidos y llora por la propia
falta de correspondencia; y de la esperanza, que aborda con ánimo renovado la
lucha en el tiempo que Dios nos concede a cada uno, para que se santifique. Y
así como de estas tres virtudes la mayor es el amor, así el dolor –la
compunción, la contrición– es lo más importante en el examen de conciencia: si
no concluye en dolor, quizá esto indica que nos domina la ceguera, o que el
móvil de nuestra revisión no procede del amor a Dios. En cambio, cuando
nuestras faltas nos llevan a ese dolor (...), el propósito brota inmediato,
determinado, eficaz»18.
Señor,
¡enséñame a arrepentirme, indícame el camino del amor! ¡Que mis flaquezas me
lleven a amarte más y más! ¡Muéveme con tu gracia a la contrición cuando
tropiece!
III.
«Jesucristo nos trae la llamada a la santidad y continuamente nos da las ayudas
necesarias para la santificación. Continuamente nos da el poder de
llegar a ser hijos de Dios, como proclama la liturgia de hoy en el canto
del Aleluia. Esta fuerza de la santificación del hombre (...) es el
don del Cordero de Dios»19.
Esta santidad se realiza en una purificación continua del fondo del alma,
condición esencial para amar cada día más a Dios. Por eso, amar la Confesión
frecuente es síntoma claro de delicadeza interior, de amor a Dios; y
su desprecio o indiferencia –cuando aparecen con facilidad la excusa o el retraso–
indica falta de finura de alma y, quizá, tibieza, tosquedad e insensibilidad
para las mociones que el Espíritu Santo suscita en el corazón.
Es
preciso que andemos ligeros y que dejemos a un lado lo que estorba, el lastre
de nuestras faltas. Toda Confesión contrita nos ayuda a mirar adelante para
recorrer con alegría el camino que todavía nos queda por andar, llenos de
esperanza. Cada vez que recibimos este sacramento oímos, como Lázaro, aquellas
palabras de Cristo: Desatadle y dejadle andar20,
porque las faltas, las flaquezas, los pecados veniales... atan y enredan al
cristiano, y no le dejan seguir con presteza su camino. «Y así como el difunto
salió aún atado, lo mismo el que va a confesarse todavía es reo. Para que quede
libre de sus pecados dijo el Señor a los ministros: Desatadle y dejadle
andar...»21. El sacramento de la Penitencia rompe todas las ataduras con
que el demonio intenta tenernos sujetos para que no vayamos deprisa hacia
Cristo.
La
Confesión frecuente de nuestros pecados está muy relacionada con la
santidad, con el amor a Dios, pues allí el Señor nos afina y enseña a ser
humildes. La tibieza, por el contrario, crece donde aparecen la dejadez y el
abandono, las negligencias y los pecados veniales sin arrepentimiento sincero.
En la Confesión contrita dejamos el alma clara y limpia. Y, como somos débiles,
solo una Confesión frecuente permitirá un estado permanente de limpieza y de
amor; se convierte en el mejor remedio para alejar todo asomo de tibieza, de
aburguesamiento, de desamor, en la vida interior.
«Precisamente,
uno de los motivos principales para el alto aprecio de la Confesión frecuente
es que, si se practica bien, es enteramente imposible un estado de tibieza.
Esta convicción puede ser el fundamento de que la Santa Iglesia recomiende tan
insistentemente (...) la Confesión frecuente o Confesión semanal»22.
Por esta razón debemos esforzarnos en cuidar su puntualidad y en acercarnos a
ella cada vez con mejores disposiciones.
Cristo,
Cordero inmaculado, ha venido a limpiarnos de nuestros pecados, no solo de los
graves, sino también de las impurezas y faltas de amor de la vida corriente.
Examinemos hoy con qué amor nos acercamos al sacramento de la Penitencia,
veamos si acudimos con la frecuencia que el Señor nos pide.
1 Juan
Pablo II, Homilía 18-1-1981. —
2 Cfr. Is 53,
7. —
3 Misal
Romano, Prefacio Pascual I. —
4 1
Cor 5, 7. —
5 A.
García Moreno, «Jesucristo, Cordero de Dios», en Cristo, Hijo
de Dios y Redentor del hombre, III Simposio Internacional de Teología,
EUNSA, Pamplona 1982, p. 269. —
6 Misal
Romano, Domingo segundo del Tiempo ordinario, Oración sobre las
ofrendas. —
7 Cfr. Sagrada
Biblia, Santos Evangelios, EUNSA, 2ª ed., Pamplona 1985,
pp. 1154-1155 —
8 Cfr. Apoc 19.
—
9 A.
García Moreno, loc. cit., pp. 292-293. —
10 G.
Redondo, Razón de la esperanza, EUNSA, Pamplona 1977, p.
80. —
11 Cfr. Juan
Pablo II, loc. cit. —
12 Fray
Luis de León, Los nombres de Cristo, en Obras
Completas Castellanas, BAC, Madrid 1957, I, p. 806. —
13 Mt 18,
11. —
14 Apoc 1,
5. —
15 Mt 11,
19. —
16 Jn 8,
11. —
17 Lc 18,
13. —
18 A.
del Portillo, Carta 8-XII-1976, n. 16. —
19 Juan
Pablo II, loc. cit. —
20 Jn 11,
44. —
21 San
Agustín, Comentario al Evangelio de San Juan, 29, 24.
—
22 B.
Baur, La Confesión frecuente, Herder, Barcelona 1974, pp.
106-107.
Tomado
de: https://www.hablarcondios.org/meditaciondiaria.aspx


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