ASDRÚBAL AGUIAR 13 de enero de 2023
@asdrubalaguiar
Los
estudiantes de la generación de 1921 en Venezuela,
cuyos huesos y a la intemperie terminan en la cárcel de La Rotunda – los “hijos
de papá y mamá” llamaba Hugo Chávez a
los de su época, a los de la generación de 2007 – han de ser tenidos como una
“inmensa reserva de generosidad” pues son “las fuerzas sanas y vivas del país”,
escribe José Rafael Pocaterra. Jóvenes entre los 14 a los 20 años, refiere
Pompeyo Márquez en su ensayo sobre “El siglo XX y los movimientos estudiantiles”
(2009), acusados de apoyar un paro de tranvías durante la larga dictadura
gomecista.
Pero les sucederán, más tarde, los de la generación de 1928. Emerge con un signo distinto y distintivo. Se coloca en los anales de nuestra república civil y democrática, transcurridos 30 años hasta 1958. Dominan, así, la escena del país desde la caída de Juan Vicente Gómez. ¿Qué les dio ese talante a estos muchachos que se estrenan con mítines en el Circo Metropolitano, encabezados por la mítica figura de Jóvito Villalba?
Allí
están Rómulo Betancourt, Carlos Irazábal, Pío Tamayo, Rodolfo Quintero, Juan
Bautista Fuenmayor, Ernesto Silva Tellería, Francisco Olivo, Augusto Malavé
Villalba, Mercedes Fermín, Miguel Acosta Saignes, Hernani Portocarrero,
Inocente Palacios, entre otros tantos. Villalba es reconocido como “uno de los
hombres auténticos de que puede ufanarse la Venezuela joven”, se dice.
La
cuestión la responde a cabalidad, sin ambages, Manuel Caballero: “Los
estudiantes de la Universidad Central de Venezuela comienzan a plantear una
nueva oposición, civil, y más doctrinaria”. Eran hombres de ideas, no solo unos
idealistas, menos traficantes de la política.
El
ecosistema político que avanza en Iberoamérica y España, al que no escapa
Venezuela, tras la dramática experiencia del Covid-19 y la generalizada
restricción del Estado de Derecho que ella provoca, tras 30 años de tensiones y
deconstrucciones se abre a otra etapa, que a buen seguro cubrirá otros 30 años
hasta 2049. Las mayorías ahora piden estabilidad y normalización en la vida
social. Buscan proyectos de vida, pero para sí. Acaso se encuentran escaldadas
o esquilmadas por las olas de violencia que ellas mismas atizaran y que
amainan. Coincide esto con la guerra de Rusia contra Ucrania.
Los
líderes de estas potencias, antes del aldabonazo en las puertas que separan al
Oriente de Occidente, han sido contestes en la inauguración de una Era Nueva
global y para las relaciones internacionales. Pero global en lo económico y
científico-tecnológico, mientras que sería doméstica o localista en sus
apreciaciones sobre la libertad.
En
suma, apuestan las gentes, así, por la serenidad de lo cotidiano, más hedonismo
y menos la zozobra que impone la brega colectiva por la democracia.
Chile
es un buen ejemplo. Tras las escenas de barbarie popular que catapultan a
Gabriel Boric al gobierno, su propuesta constitucional, propiciadora de la
fragmentación social e institucional termina siendo rechazada por quienes en el
día anterior le apoyaban. Otro tanto podría ocurrir en Colombia, tras las
revueltas incendiarias que llevan al poder a Gustavo Petro. Pero la óptica que
atrae puede mirarse en El Salvador y su «dictador digital», Nayib Bukele.
Mediando encubiertas ententes con las mafias del crimen o “maras”, ofrece
acabar con dureza los homicidios de estas, incluso apelando a una violencia sin
frenos legales para darle a la gente paz; que es lo quiere. Paz, así sea la de
las espadas o la de los sepulcros.
La
lucha opositora para una vuelta al orden constitucional y democrático que
concluye en Venezuela con el archivo de la manida “transición”, es indicativa
de las preferencias que buscan dominar. Se desmonta el Estatuto que la rige,
pues importa más el acceso a los dineros de la república en el extranjero, para
aliviar – se arguye – las penurias de quienes no se han beneficiado con la
economía de bodegones, al estilo cubano, impuesta por el régimen de Nicolás Maduro.
Las elecciones libres son vistas como una banalidad.
Todo
esto ocurre en el marco de ese cierre de esa etapa que se cierra inaugurando
otra. La caída del Muro de Berlín, la apertura de la Puerta de Brandemburgo, y
la emergencia de las revoluciones digital y de la inteligencia artificial
marcaron el tono. Habrá lugar, ahora, a la apertura de otra, sino distinta, sí
más clara en sus cometidos desestructuradores, cuando menos en Occidente; no de
lo social o institucional que conspire contra la seguridad que reclama el
«vivir tranquilos», sino de los valores éticos o universales representados en
el imperio de la ley como garantía de los derechos de todos y para todas las
personas. Se relativiza aquello que, tras la Segunda Gran Guerra del siglo XX
se juzgaba de existencial: el respeto de la dignidad humana mediando órdenes
constitucionales y democráticos que conjugasen en favor de la libertad.
El
fallecido Papa Benedicto, en discurso ante sus compatriotas alemanes, les hacía
presente el resultado de haber desafiado las ideas del Derecho y de la
Justicia, provocando el Holocausto y forjando, antes que un Estado una “cueva
de bandidos”. Tras el período de entreguerras, incluso se consolidan un gran
número de dictaduras militares y patriarcales en el lado americano nuestro. No
fue óbice, es lo que cabe recordar, para que las generaciones estudiantiles
tremolasen las banderas de la razón y los ideales que trascienden. Enfrentan al
dominio bruto de la fuerza y el historicismo.
Ante
el declive que sufre la generación estudiantil de 2007 en Venezuela, de la que
hace parte el exencargado presidencial Juan Guaidó, ahogada por las miserias un
liderazgo viejo y nuevo, pero de vieja factura y que es rezago de los años
agónicos del siglo XX, ¿emergerá otra, como causahabiente? O dicho en las
palabras del Betancourt del Pacto de Barranquilla, miembro de la generación de
1928, ¿tendrá la altivez, “en un país en el que la genuflexión cobarde es la
única actitud grata a los ojos de los gobernantes”?
ASDRÚBAL
AGUIAR
@asdrubalaguiar


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