Luis Ugalde 13 de enero de 2023
El mayor peligro no es la pobreza
material, sino la resignación espiritual a la actual agonía social, económica y
política; rendirse a una Venezuela sin vida y sin futuro
En
Venezuela amanece el año nuevo en pobreza integral: pobre el Estado, pobres las
empresas, pobres las escuelas y las universidades, pobres los servicios
públicos… Hasta la banca es pobre. De miseria los salarios e ingresos de
millones de trabajadores y jubilados, sobre todo del sector público. Todo
gracias al “socialismo del siglo XXI”. No hay mentira oficial que pueda tapar
esta realidad. Es necesario reconocerla y enfrentarla unidos para derrotarla.
El mayor peligro no es la pobreza material, sino la resignación espiritual a la actual agonía social, económica y política; rendirse a una Venezuela sin vida y sin futuro.
La
Conferencia Episcopal Venezolana (CEV) todos los años empieza
enero con una Asamblea para auscultar los signos vitales del país y de la
propia Iglesia, para definir tareas y compartir su visión con todos los
venezolanos. Por su parte los venezolanos, católicos o no, que no se resignan a
la derrota, se preguntan por el aporte de la Iglesia; no faltan quienes temen
que se someta y acomode a la actual gran derrota nacional. Más allá de las
excelentes exhortaciones episcopales de los últimos años, los católicos y
Venezuela entera necesitamos ahora una sacudida espiritual para levantarnos y
ponernos en marcha para la urgente reconstrucción del país.
La
Escritura nos ofrece una luz en Los Hechos de los Apóstoles que narra los
primeros pasos de la naciente Iglesia en Jerusalén. Un día dos apóstoles de
Jesús Pedro y Juan, al entrar como judíos fieles al templo a orar, se
encontraron con un paralítico tendido en el suelo pidiendo limosna. Pedro le
dijo “no tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo,
el Nazareno, levántate y camina” (Hechos de los Apóstoles 3,5-11) y el
paralítico se levantó ante el asombro de sus familiares y conocidos y se
transformó en testigo de esa fuerza espiritual de Jesús que cambia todo. Hoy
con esta Venezuela tullida y limosnera no tenemos futuro sin una fuerte
sacudida espiritual. Levantarse en nombre de Jesucristo no es un individualista
“sálvese quien pueda”, sino un amor radical que hace brotar la solidaridad con
rescate de las instituciones públicas y el trabajo conjunto para el bien común,
para el renacer de la República de ciudadanos frente a nuestra actual situación
de habitantes resignados y desarticulados llorando la pérdida de la renta
petrolera y su Estado. La sociedad civil, no es una abstracción, sino una
realidad que nos transforma a millones de resignados, dispersos y tullidos en
productores solidarios de riqueza sociopolítica.
Para
esa transformación no basta un buen documento del Episcopado, sino que millones
de venezolanos que somos Iglesia nos preguntemos “que puedo aportar yo”. Al
pasar de pedir a dar, descubrimos que cuanto más damos, más riqueza espiritual
tenemos y fuerza para renacer como país unido.
La
Iglesia universal está en una reflexión sobre su identidad “sinodal” que renace
como comunidad desclericalizada caminando juntos y descubriendo lo mucho que
podemos aportar unidos.
Política
renacida
Sin
una sana política de pacto social solidario, no hay República. En medio del
actual espantoso desprestigio de la política, necesitamos descubrir lo mucho
que cada uno podemos aportar y lo imprescindible que es para el renacer
político del país. Transformación del poder público que hoy sufrimos como
dominio y latrocinio que ha degradado a la nación a ser un mendigo inválido
postrado a la puerta del templo. El renacer de la sociedad civil enterrará el
corrompido cadáver político (presente hoy de diversas maneras en el gobierno y
la oposición) y alimentará las fuerzas renovadoras nacidas de ese espíritu que
pone en pie nuestra acción responsable. Sabemos por experiencia que, en medio
de los desastres, el solidario amor al prójimo se convierte en una indomable
fuerza espiritual que transforma todo porque nos transforma a nosotros. Miremos
a las miles de parroquias, capillas, comunidades de base, grupos apostólicos o
activos servidores de la salud y educación… Somos muchos y es mucho lo que
hacemos, pero todo ello es una mínima parte del potencial que necesitamos
activar. La Iglesia caminando juntos con espíritu sinodal, aporta una fuerza
transformadora que se multiplica cuando su voz y su ejemplo se vuelven
convincentes para el conjunto del país. A pesar de la depresión, Venezuela no
se resigna a la actual situación de agonía y de muerte. Tenemos como país un
objetivo humano compartido y el compromiso de lograr juntos vida y libertad.
Necesitamos que los derechos humanos florezcan y que los ideales democráticos expresados
en la constitución regresen con unas elecciones democráticas, libres y justas
en una Venezuela que no está sola sino acompañada de los países democráticos
del mundo. Producir nuevas realidades y como soberanos elegir las autoridades,
desde el presidente hasta el alcalde del pueblo más pequeño.
La
vida del país, hoy postrado en la indigencia, viene con
el renacer de la educación de calidad y de los medios de comunicación social
libres, de las empresas productoras, del trabajo bien remunerado y del respeto
a la opinión ajena que libera a los presos políticos y a los perseguidos y
obedece y aplica una constitución rescatada.
Eso
significa lo que dice Pedro - y nuestra Iglesia- al pueblo venezolano hoy
postrado y sin fe en su enorme potencial espiritual: “En nombre de Jesucristo
levántate y camina”.
Luis
Ugalde


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