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domingo, 25 de diciembre de 2022

Navidad vais alegres cantando / Gustavo J. Villasmil Prieto @Gvillasmil99

 



 


«Campanitas que vais repicando

Navidad vais alegres cantando»

Antonio Machín, «Navidad» (1954)


La vieja canción de Antonio Machín habría de acompañar por muchos años la Navidad del mío, un hogar zuliano asentado en Caracas cuyos niños crecimos hablando por teléfono con primos, tíos y abuelos marabinos mientras nuestros padres se esforzaban en mantener vivo el espíritu sencillo de aquellas fechas tan entrañables conteniendo a fuerza de gaitas, hallacas caseras y misas de aguinaldo el feroz embate del materialismo decembrino pintado de rojo y verde con granizados de escarcha y nieve artificiales.

Don Mario Briceño Iragorry, uno de mis autores indispensables, fue profético en su día al referirse a una Venezuela equivocada de rumbo en la que, como lo expone en «Mensaje sin destino: ensayo sobre nuestra crisis de pueblo» de 1942, se permitió la «derrota» a manos del arbolito y del «barbado San Nicolás» de la hispana representación de la escena de la Natividad del Señor que todo hogar venezolano de antaño con devoción confeccionaba. Aquella había sido –decía– una expresión palmaria del «relajamiento de nuestro espíritu» (1).

Ciertamente, siguiendo con el argumento del notable pensador trujillano, nunca como ahora fue tan ostensible la anemia espiritual venezolana; palidez terrosa la de su alma de sociedad adocenada, envilecida por un consumo más allá de sus medios y adicta a pacotillas importadas más o menos caras con las cuales paliar la pena de su propio fracaso histórico.

El daño infligido a Venezuela por el chavismo es de una extensión y profundidad aún no del todo valorables. Un daño muy superior al de las guerras civiles del diecinueve; lesión vital que má  s que material – inmensa por demás– ya se expresa tanto en su demografía como en su epidemiología e incluso en el carácter de sus gentes.

Daño que se aprecia también en la degradación de la Navidad y de su sentido, parangonable a la de una vida pública en la que todo gira alrededor de la satisfacción hasta de los más nimios caprichos de los poderosos frente a la mirada desesperanzada de las grandes mayorías, que se asoman a sus vitrinas para pasarles el dedo y luego saborearlo como el trágico Panchito Mandefuá del cuento de José Rafael Pocaterra. Ni negociaciones ni pretendidos «diálogos» podrán ser fecundos en un país moralmente maleado como el nuestro. La redención ética nacional, que debería estar en el centro de cualquier agenda de un país que aspire a superar los contubernios de dos décadas, no se vislumbra en una Venezuela en manos de sablistas de todo signo. Así estamos.

No puede haber «diálogo de paz» cuando las urbanizaciones de Caracas de llenan de «chekas» estalinianas en las que machacan en cuerpo y el alma a todo detenido pasándose «por el arco de triunfo» los más elementales derechos humanos. Como tampoco puede haber té con galletitas en México, París o Miraflores con miles de exiliados, de inhabilitados, de desterrados a los que se les niega un pasaporte, de pensionados abandonados al hambre y de enfermos sin opción real a tratamiento.

De allí que ofendan en lo más profundo lo mismo la cuña oficialista y la valla publicitaria anunciando el concierto más «intimo», que el destino turístico más exótico o la tienda de más «alta gama» mientras que el país real muere de mengua en un hospital público prácticamente abandonado.

Resulta cuando menos inmoral el llamado a entendimientos en una mesa repleta de cartas marcadas. Abofetean el rostro del venezolano las fotos en lejanos salones en los que su imagen se pierde entre «flashes», sonrisas sardónicas y poses estudiadas. Solo la clase política de un país moralmente enfermo puede proceder de tan frívola manera, sin reparar en que, evocando a Elías Pino Iturrieta en sus reflexiones sobre la obra de Briceño Iragorry, desde la precaria plataforma del pragmatismo nunca podremos «ascender a etapas superiores de convivencia y republicanismo», superar nuestra condición de pobre «republiquilla torcida y mocha» ni construir la república «hecha y derecha» a la que desde hace dos siglos aspiramos (2). Sin moral individual y republicana, nunca.

Siete millones y medio de los nuestros peregrinan esta noche por las calles del mundo sin nadie a quien dar un abrazo por Navidad. En ellos, en su dolor cotidiano, en sus nostalgias a cero grados y en sus lágrimas vertidas frente a la pantalla de un teléfono o computador despidiendo al padre o madre enferma vía «zoom», está la estampa vivida de nuestro fracaso como proyecto de país. Quiera el Altísimo que el «dulce cantar» de la Navidad que glosara en su canción el recordado bolerista de Sagua la Grande, también resuene en los corazones de la Venezuela de la diáspora, con la que nos hermanamos en esta noche entrañable en la que el Verbo se hizo carne para venir a vivir entre nosotros.

La Navidad propicia entre los venezolanos la ocasión para el afecto y la reflexión sobre lo que hemos vivido. Es tiempo introspección, no de saraos para aturdir el espíritu. No hay ni puede haber alegría en la Navidad de un país roto. Venezuela debe ser rescatada moralmente y con urgencia. Absolutamente nadie lo hará por nosotros.

Deseo a mis apreciados lectores una serena Navidad en familia, agradeciéndoles la atención que me dispensan y que aprecio inmensamente.

(1) Briceño Yragorry, M (ed.1972) “Mensaje sin destino: ensayo sobre nuestra crisis de pueblo”, Caracas. Monte Ávila Editores, 96p.

(2) Pino Iturrieta, E (2020) “Diez pensadores ineludibles: Mario Briceño Iragorry”. En: https://runrun.es/opinion/428301/mario-briceno-iragorry-por-elias-pino-iturrieta/

https://talcualdigital.com/navidad-vais-alegres-cantando-por-gustavo-j-villasmil-prieto/

http://aperturaven.blogspot.com/p/contactanos.html?m=1


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