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jueves, 19 de diciembre de 2024

Homenaje a la hallaca / Antonio Pérez Esclarín @antonioperezesclarin

 


La hallaca, plato navideño por excelencia en Venezuela, es mestiza como su gente: síntesis de muchos pueblos, de muchos platos. Con los españoles, llegaron las aceitunas griegas y romanas, las alcaparras y almendras de los árabes, la  carne de gallina, res y cerdo de los pobladores de Castilla. Los indígenas contribuyeron con el maíz, e indígenas y africanos con el bijao.

Parece ser que la inventaron los esclavos que reguisaban los restos de las comilonas navideñas de sus amos dentro de sus típicos tamales o bollos de maíz. En cuanto a su nombre, lo más seguro es que provenga de la voz indígena “hayaca” que significa precisamente “bojote” o “atado”.

La hallaca ha pasado a ser expresión genuina de nuestra identidad y cultura. De hecho, en Venezuela, son inconcebibles las navidades sin hallacas, y, a pesar de la crisis, la gente se las ingenia para hacerse unas hallaquitas posiblemente más pobres, sin las abundancias de antes. En torno a su preparación, que constituye todo un ritual, suele unirse toda la familia. Luego, el intercambio o regalo de hallacas ha llegado a ser expresión privilegiada de aprecio y amistad. Si bien hay tantas variedades de hallacas como regiones o incluso como familias, pues cada una le añade su toque personal, por ser una fiesta de hondo contenido familiar, las mejores hallacas terminan siendo siempre “las de mi mamá”.

Resulta curioso que Don Andrés Bello, quien en su “Silva a la Zona Tórrida” se regodeó tanto con los frutos tropicales, no mencione la hallaca ni siquiera en la estrofa consagrada al maíz. Tampoco aparece mencionada por Bolívar ni siquiera en sus cartas personales e íntimas. Tampoco se encuentra ninguna huella de ella en los escritos de los viajes de Humboldt y Depons.

Sin embargo, nuestros escritores costumbristas van a meter a la hallaca en todas sus obras literarias. Nicanor Bolet Peraza, a mediados del siglo XIX, lleva a su extremo la alabanza a “las imponderables hallacas…sabrosísimo manjar que no conocieron ni cantaron los dioses del Olimpo”. Luis Manuel Urbaneja Archepol, en un cuento publicado en 1905, escribe: “En la madrugada pasamos por Maracay, y ya hemos dejado atrás a La Victoria. Esta noche comemos las hallacas en  Caracas, Dios mediante”. También van a meter en sus obras a la hallaca Rómulo Gallegos, Romero García en “Peonía”, Teresa de la Para en “Memorias de Mamá Blanca”, Mariano Picón Salas en “Viaje al Amanecer”, Antonia Palacios en “Ana Isabel”, y en general todos nuestros escritores más recientes. Rómulo Betancourt, famoso por su lenguaje barroco, las llamaba, en una frase que hizo historia, “las multisápidas hallacas”.

Para terminar y como regalo navideño, les ofrezco estas estrofas de Aquiles Nazoa:

Pasadme el tenedor, dadme el cuchillo, / arrimadme aquel vaso de casquillo

y echadme un trago en él de vino claro, / que como un Pantagruel del Guarataro

voy a comerme el alma de Caracas,/ encarnada esta vez en dos hallacas.

¡Hay, de sólo mirarlas por encima, / hasta un muerto se anima!

Pero desenvolvamos la primera, / que ya mi pobre espíritu no espera.

Con destreza exquisita, / corto en primer lugar la cabuyita

y con la exquisitez de quien despoja, / de su manto a una virgen pliegue a pliegue,

levantándole voy hoja tras hoja, / cuidando de que nada se le pegue.

Hasta que al fin, desnuda y sonrosada, / surge como una rosa deshojada,

relleno el corazón de tocineta / y de restos avícolas repleta,

mientras por sus arterias corre un guiso, /que levanta a un difunto, vulgo occiso.

pesclarin@gmail.com

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https://www.eluniversal.com/el-universal/197170/homenaje-a-la-hallaca

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viernes, 6 de diciembre de 2024

Educación productiva / Antonio Pérez Esclarín @antonioperezesclarin

 


En Venezuela, necesitamos con urgencia una educación que siembre el valor del trabajo, de las cosas bien hechas, de la responsabilidad, de la productividad, de la puntualidad. El pensar que, por ser país petrolero, somos ricos y que, en consecuencia, tenemos derecho a disfrutar de la renta sin necesidad de producir y de esforzarse, ha contribuido a profundizar nuestra pobreza. Venezuela es un país potencialmente muy rico, lleno de recursos y posibilidades. Pero sólo a través del trabajo asumido creativa y responsablemente, y mediante unas políticas vigorosas que promuevan la productividad, la eficiencia, la calidad y combatan la corrupción, el clientelismo, el amiguismo y la mentalidad limosnera, mesiánica y populista, convertiremos esas posibilidades en realidades, haremos de Venezuela un país próspero donde todos podamos vivir con dignidad.

El actual sistema educativo, raíz y fruto de una sociedad rentista y subsidiada, debe dar paso a una educación en y para el trabajo, germen de una sociedad de productores. La educación debe ser entendida y asumida como un medio para capacitar humana, política y laboralmente a la población, de modo que generemos los bienes y servicios de calidad necesarios para que todos podamos vivir dignamente. Esto debe llevarnos a asumir más creativamente la necesaria integración entre teoría y práctica, trabajo intelectual y trabajo manual, capacitación y formación, saber y saber hacer, unión entre empresas y escuelas. Las escuelas deben producir y las empresas deben enseñar. Se trata, en definitiva, de promover una cultura que asuma el trabajo –tanto manual como intelectual-y la necesidad de actualizarse y formarse permanentemente, como valores esenciales, como medios imprescindibles para lograr la propia realización y posibilitar una economía vigorosa que posibilite a todos el cumplimiento de sus derechos esenciales.

El problema es mucho más complejo y difícil que poner talleres en las escuelas, dotarlas de computadoras o repotenciar la educación técnica. El reto fundamental consiste en que la educación asuma en serio el trabajo y la producción. No como una materia o como un área, sino como un valor y como contexto que impregna toda la vida escolar que, en la actualidad, más que productora, es reproductora. En el sistema educativo se enseña a repetir, a copiar, pero no a inventar, a producir, a crear. Cambiar esta mentalidad va a suponer, entre otras cosas, que los centros educativos se conviertan en lugares donde se trabaja en serio, con puntualidad y disciplina, y se considera una tragedia cualquier pérdida de tiempo. El tiempo se pierde no sólo cuando no hay clases o cuando se asiste a la escuela unos pocos ratos, sino que también se pierde con los alumnos en el aula, cuando las actividades se limitan a copiar del pizarrón, llenar guías, o memorizar contenidos irrelevantes.

Asumir el trabajo como valor supone optar por una pedagogía activa, centrada en el hacer significativo del alumno y no en la palabra del docente, del libro o la computadora. El alumno aprende haciendo, construyendo, resolviendo, recreando, manipulando, preguntando, investigando. Sólo si los centros educativos se van convirtiendo en verdaderos talleres donde se trabaja en serio, organizada y cooperativamente, donde los aprendizajes tienen utilidad y no sirven meramente para pasar exámenes y ascender de un curso a otro, el alumno amará el trabajo y se hará trabajador. El trabajo, lejos de ser fuente de fastidio y aburrimiento, si es un trabajo que tiene sentido y responde a las necesidades e intereses del alumno, se convierte en una actividad gozosa y medio de crecimiento personal y comunitario. Debemos pasar del aprendizaje de la cultura a la cultura del aprendizaje y dotar a los alumnos de las competencias esenciales (lectoescritura, comunicación, cálculo, pensamiento) y las actitudes y valores fundamentales (curiosidad, responsabilidad, creatividad, emprendimiento, cooperación, orden, disciplina, honradez) necesarias para seguir aprendiendo siempre, y para participar de un modo no marginal en el mundo del trabajo. Se trata de ir desterrando la escuela enciclopédica y caletrera, por una escuela que se propone responder a la construcción de la nueva cultura que requieren los cambios científicos y tecnológicos. Escuela que enseñe a desaprender, a aprender, a comprender y emprender. En este sentido, dada la velocidad de los cambios tecnológicos, parece evidente que, más que formar para ocupaciones específicas que se modifican día a día, hay que privilegiar una formación general polivalente, orientada a desarrollar habilidades comunicativas, de procesamiento de conflictos en las relaciones humanas, de adaptación al cambio, analíticas y de solución de problemas. 

pesclarin@gmail,com

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jueves, 28 de noviembre de 2024

Liderar para servir / Antonio Pérez Esclarín @antonioperezesclarin

 


Crece en el mundo la decepción y la desilusión ante los políticos y ante la política que, con demasiada frecuencia, se ha ido alejando de la ética más elemental y ha sido penetrada por la corrupción, la ambición y la inmoralidad pues el ejercicio de la política se ha ido entendiendo ya no como un medio para buscar el bien común y servir a los demás, como es su objetivo y nos lo recuerda con insistencia el Papa Francisco, sino como ocasión para lucrarse y servir a sus intereses y los de los suyos. Esto permite la entrada a la política de personas ambiciosas, arribistas e inescrupulosas, carentes por completo de principios éticos.

En consecuencia, la transformación humanizadora de nuestro actual mundo va a requerir de un liderazgo de servicio. La expresión líder de servicio fue acuñada por Robert Greenleaf en “The servant as a leader”, (el sirviente como líder) ensayo que publicó por primera vez en 1970, donde afirmaba que el liderazgo de servicio comienza con un sentimiento natural de que uno quiere servir, primero servir. Si aspira a liderar o a obtener poder es precisamente para poder realizar su vocación de servicio. Lo primero no es mandar o tener poder. Es servir. Se trata de una opción personal de alguien que quiere dedicar su vida a hacer que otros se sientan y vivan mejor. Porque conoce sus fortalezas y sus debilidades, el líder de servicio se rodea de personas competentes y honestas, los mejores, único modo de lograr un servicio eficaz. Por ello, prefiere la competencia, la capacitación para el cargo, la moralidad y autonomía, al amiguismo, la ideología o la fidelidad politiquera.

Peter Senge llega a afirmar que estamos muy endeudados con Greenleaf por aportarnos este concepto, que fundamenta el liderazgo en el ser de la persona más que en su hacer. Su perspectiva también contribuye en gran medida a explicar la "falta de liderazgo" que existe en la mayoría de las instituciones contemporáneas, que están dirigidas por personas que han ascendido a posiciones de autoridad debido a sus capacidades técnicas o de toma de decisiones, conexiones políticas, deseo de riqueza y poder y sus habilidades para influir o incluso manipular y engañar. Sólo cuando la decisión de servir sirve de sustento a la formación moral de los líderes, el poder jerárquico que separa al líder de quienes son dirigidos no es fuente de corrupción. Según Greenleaf, si los líderes satisfacen las necesidades de quienes dirigen, es decir, si consideran que su trabajo, o razón fundamental de ser, es un genuino servicio, se desvanecería el potencial de corrupción por parte de las jerarquías.

A diferencia del liderazgo tradicional que es un liderazgo jerárquico, donde el líder ejerce su poder sobre las personas, el líder que sirve se centra principalmente en el crecimiento y el bienestar de las personas y las comunidades a las que pertenecen. Utiliza el poder para ayudar a las personas a potenciar sus talentos y satisfacer sus necesidades. Un líder servidor no se considera a sí mismo por encima de aquellos que lidera. En cambio, es el “primus inter pares”, “el primero entre iguales”. Es decir, el líder servidor ve a quienes lidera como compañeros a los que enseña y de quienes aprende.

Por esto, el líder de servicio es un formador de equipos consumado. Recurre a las fortalezas de sus seguidores y se vuelve un seguidor cuando es conveniente. Tal líder no dirige por decreto o dictamen. En vez de ello, él o ella lideran dejando que cada quien haga lo que hace bien. En este sentido puede funcionar como lo hace el director de una orquesta o el entrenador de un equipo. Se esfuerza por sacar lo mejor de cada persona y brillando ellos, se logran los objetivos comunes.

Ejemplo de vida, el líder de servicio, lidera e inspira, no vive de espaldas a los demás y comparte sus sacrificios y carencias. Manifiesta una gran coherencia entre su palabra y su vida. Porque el líder se pregunta qué puede hacer por los demás, escucha con atención y atiende con amabilidad a las personas, es capaz de oír los gritos de la miseria y el sufrimiento y se dedica a enfrentar y resolver las necesidades prioritarias de la gente. Entiende que su papel es sumar voluntades y soluciones, restar dificultades y problemas, multiplicar los bienes y servicios y dividirlos entre todos. Vive con serenidad los momentos difíciles y no pierde nunca el control y no ofende ni amenaza a nadie. Se dedica por entero a la solución de los problemas y asume con valor sus responsabilidades sin culpar a otros. No tolera la menor sospecha de deshonestidad y separa del cargo, sin titubeos, a los incompetentes, los ambiciosos, los soberbios, los violentos, los que empiezan a llevar una vida ostentosa o buscan ser admirados o temidos. Como asume que su liderazgo de servicio se orienta a mejorar la vida de las mayorías, y a la búsqueda del bien común, busca dejar las cosas mejor de lo que estaban antes.

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miércoles, 20 de noviembre de 2024

Educar con alegría / Antonio Pérez Esclarín @antonioperezesclarin

 


En estos tiempos tan inciertos y problemáticos debemos insistir en la pedagogía de la alegría, que es un valor fundamental del ser humano. Por ello, hay que proponerla y cultivarla. Al alumno hay que tratarlo con alegría que es el signo que acompaña siempre a cualquier tarea creadora. Hacer feliz a un niño es ayudarle a ser bueno. Si hay alegría, hay motivación, deseos de aprender. Si en los centros educativos brilla la alegría, habremos conseguido lo más importante.

 La alegría afirma la dignidad absoluta de cada alumno. Si el educador no se alegra por la existencia de su alumno, en el fondo lo está rechazando y negando. En consecuencia, la pedagogía de la alegría sólo será posible si cada educador acude con el “corazón maquillado” de dicha al encuentro gozoso con sus alumnos. El maestro o profesor debe ser el personaje más entusiasta y alegre del salón. Si él está alegre, convertirá su salón en una fiesta, pero si está amargado o aburrido, su clase será un fastidio. Un educador alegre se esfuerza por apartar sus preocupaciones y problemas y se mantiene siempre positivo y cercano, con una sonrisa en sus labios. Una sonrisa negada a un estudiante puede convertirse en un pupitre o una silla vacíos

Yo comprendo la estampida de cientos de miles de educadores que han abandonado las aulas porque lo que ganan no les alcanza para malcomer o para trasladarse al lugar de trabajo, y se dedican a otras actividades más productivas o han decidido abandonar el país con la esperanza de construir fuera, para ellos y sus familias, el futuro mejor que aquí se les niega. Pero los que nos quedamos, debemos emprender una reflexión profunda para que el quedarse no sea un acto de resignación y lamentaciones, sino que sea una opción decidida que se traduzca en trabajar por derrotar la resignación y el miedo, y afianzar la resiliencia, el compromiso y la solidaridad. Para ello, necesitamos ser educadores corajudos, valientes, creativos, que asumimos la educación como un medio fundamental para producir vida abundante para todos. Estamos en la sociedad del conocimiento y hay un consenso generalizado a nivel mundial de que la educación es el medio fundamental para combatir la violencia, construir ciudadanía y lograr un desarrollo humano sustentable. Para la reconstrucción de Venezuela y la gestación de un mundo mejor, los educadores somos imprescindibles. Por ello, si bien la crisis del país ha llevado a desprestigiar y abandonar la educación, no podemos ir contra la historia y vendrán pronto días en que la educación de calidad para todos pondrá los cimientos sólidos para una Venezuela próspera, productiva y en paz. Eso va a suponer, entre otras cosas, que la opción de quedarnos en Venezuela vaya acompañada de una revalorización de nosotros y de nuestra profesión de educadores, que por supuesto, debe traducirse en la exigencia de unos sueldos que nos permitan vida digna, la posibilidad de seguirnos formando, y realizar nuestro trabajo con entusiasmo, responsabilidad y creatividad. Si queremos acabar con la pobreza de la educación, debemos acabar primero con la pobreza de los educadores.

La pedagogía de la alegría debe impulsarnos también a convertir nuestros centros en lugares de vida, de defensa de la vida y de convivencia solidaria de modo que todos nos sintamos apoyados, valorados y atendidos. Los alumnos, en especial los más carentes y necesitados, deben sentirse en los centros educativos protegidos y queridos, de modo que quieran ir a la escuela, y que el tiempo que pasen en ella sea un tiempo grato, productivo, de amistad y que remedie alguna de sus carencias. Esto va a suponer agudizar los oídos para aprender a escuchar no sólo sus palabras y llantos, sino los temores, el hambre, la soledad, la tristeza, y cultivar palabras y gestos que siembren la valoración, la cercanía , y el amor.

.Atrevámonos a innovar, proponer, soñar, convertir nuestras actividades en una fiesta. La verdadera alegría, que no viene de afuera, de las cosas, sino que mana de adentro cuando se ha aprendido a vivir en la verdad y en el amor, es siempre subversiva de este mundo inhumano y excluyente. Es una alegría esperanzada, más fuerte que los cansancios y las aparentes derrotas. Esta alegría, que brota de la compasión y el compromiso, se convierte en fuerza para combatir todo lo que ocasiona tristeza y dolor, para así construir la civilización del amor, donde sea posible la felicidad para todos. 

pesclarin@gmail.com

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miércoles, 13 de noviembre de 2024

Educadores apasionados / Antonio Pérez Esclarín @antonioperezesclarin

 


Para salvar la educación que hoy agoniza y para convertirla en un medio imprescindible para el desarrollo humano, económico y social, necesitamos educadores con vocación, que gozan con lo que hacen, que acuden con ilusión, “con el corazón maquillado de alegría”, a la tarea difícil pero apasionante de educar. Educadores que entienden y asumen la trascendencia de su misión de construir personas y humanizar la humanidad. Educadores que aman apasionadamente su trabajo y provocan en los estudiantes las ganas de ser y de aprender porque son ellos y ellas apasionados del aprendizaje permanente, tienen un hambre insaciable de crecer como personas y de aprender permanentemente, pues cada nuevo aprendizaje, en vez de satisfacer su hambre, se la estimula. Por supuesto, esto sólo será posible si los educadores son respetados, valorados, y pagados adecuadamente, según la importancia y trascendencia de su labor. Pagar sueldos de miseria a los educadores supone desconocer la importancia de su labor y elegir el camino del subdesarrollo, la marginalidad y la violencia.

En su novela póstuma “El primer hombre” Albert Camus, filósofo y escritor francés, premio Nobel de Literatura, recuerda con especial cariño y agradecimiento a uno de sus maestros, el señor Germain: “Después venía la clase. Con el Sr. Germain era siempre interesante por la sencilla razón de que él amaba apasionadamente su trabajo… En la clase del sr. Germain la escuela alimentaba en ellos un hambre más esencial todavía para el niño que para el hombre, que es el hambre de descubrir. En las otras clases les enseñaban sin duda muchas cosas, pero un poco como se ceba a un ganso. Les presentaban un alimento ya preparado rogándoles que tuvieran a bien tragarlo. En las clases del Sr. Germain sentían por primera vez que existían y que eran objeto de la más alta consideración: se les juzgaba dignos de descubrir el mundo”.

No es fácil ser hoy en Venezuela un maestro apasionado, dada la difícil situación que les toca vivir, pero no hay duda de que los hay, que asumen con entusiasmo su labor, no se rinden ante las dificultades e incluso siguen subvencionando con su esfuerzo y sacrificio la educación de sus alumnos. No llevan medallas en el pecho, no son reconocidos ni premiados, pero son unos verdaderos héroes, que alimentan con sus vidas el corazón de la Patria. Sus clases son un viaje de aventuras por terrenos desconocidos, y el aprendizaje es siempre el descubrimiento de un nuevo tesoro que alimenta la autoestima y llena de alegría.

Todos ellos muestran un gran amor a su profesión y un gran amor a sus alumnos. Por ello quieren que vivan felices, dejan en sus casas los problemas y procuran que las clases sean divertidas y amenas. Nunca ofenden o humillan a alguien, privilegian a los alumnos con mayores dificultades y conciben los errores como obstáculos a superar en el camino, como retos a enfrentar entre todos. Por ello, no los castigan.

Los maestros apasionados creen en las posibilidades de superación de cada alumno, se alegran con sus éxitos, aunque sean parciales, y están siempre dispuestos a dar una nueva oportunidad. Se preocupan también por cómo y qué enseñan y quieren aprender más acerca de ambas cosas con el fin de ser cada vez mejores, para así poder ayudar más eficazmente a sus estudiantes, en especial a los más carentes y necesitados. Porque tienen un hambre insaciable de aprender, provocan las ganas de aprender en los demás. Para estos educadores, la enseñanza es una profesión creativa y audaz y la pasión no es una mera posibilidad, sino una realidad tangible.

En definitiva, los maestros apasionados son los que aman de manera absoluta lo que hacen. Enseñan a aprender y enseñar a ser, vivir y convivir, pues el verdadero objetivo de la educación, y en consecuencia la principal tarea de los educadores, es enseñar a vivir con autenticidad, a ser dueños de la propia vida, para convertirla en don y servicio a los demás. 


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miércoles, 6 de noviembre de 2024

La devaluación de la palabra / Antonio Pérez Esclarín @antonioperezesclarin

 


En estos tiempos de postverdad, estamos asistiendo a una creciente y gravísima devaluación de la palabra que expresa y mantiene la abrumadora devaluación de la ética y de la política. Vivimos intoxicados de retórica, de palabras huecas, sin verdad. Dichas sin el menor respeto a uno mismo ni a los demás, para confundir, para engañar, para ganar tiempo, para triunfar, para sacudirse de la propia responsabilidad. Ernesto Sábato deplora la pérdida del valor de la palabra y añora los tiempos en que las personas eran “hombres y mujeres de palabra”: “Algo notable –escribe- es el valor que aquella gente daba a las palabras. De ninguna manera eran un arma para justificar los hechos. Hoy todas las interpretaciones son válidas y las palabras sirven más para descargarnos de nuestros actos que para responder por ellos”.

Pero será imposible resolver los gravísimos problemas del país y del mundo, si la palabra no tiene valor, si lo falso y lo verdadero son medios igualmente válidos para lograr los objetivos, si proliferan libremente los bulos y las fake news, si ya nunca vamos a saber qué es verdad y qué es mentira, si no hay intención de cumplir con lo acordado y prometido. Vivimos en una especie de Torre de Babel en la que, al matar el valor de la palabra, es imposible comunicarnos y entendernos. Por ello, necesitamos un nuevo Pentecostés, que nos lleve a entendernos a pesar de hablar lenguas diferentes y nos llene a todos de valor para trabajar juntos y con desinterés por construir un país y un mundo mejor.

En consecuencia, necesitamos políticos y funcionarios que aprendan a callarse para poder escuchar el clamor de los que sufren y puedan escucharse a sí mismos, escuchar la voz de sus conciencias para responderse con sinceridad qué buscan, qué pretenden, y si les interesa la suerte de sus conciudadanos o les interesa más la suya. Políticos decididos a abandonar la retórica y la mentira, capaces de hablar tan sólo palabras verdaderas y amables, que no ofenden ni amenazan, que buscan unir y no dividir. No olvidemos que, como decía José Martí, “El mejor modo de decir es hacer”. O como expresa el viejo refrán castellano “Obras son amores y no buenas razones”. Sólo palabras-hechos, sólo la coherencia entre discursos y políticas, entre proclamas y vida, entre promesa y realidad, y la pasión inquebrantable por la verdad, nos podrá liberar de este laberinto que nos asfixia y nos destruye.

Políticos dispuestos siempre a evitar toda palabra falsa, ofensiva, hiriente, que siembra discordia o violencia. Recordemos que, por lo general, las peleas comienzan con insultos y los genocidas necesitan justificarse con la descalificación verbal del adversario, que crea las condiciones para el maltrato e incluso la desaparición física. ¿Por qué tenemos que ofender y considerar como enemigo a alguien sólo porque piensa de una forma distinta y pide rectificaciones profundas al palpar y sufrir los penosos resultados de las políticas implementadas?

miércoles, 30 de octubre de 2024

Necesitamos imitar a José Gregorio / Antonio Pérez Esclarín @antonioperezesclarin

 


La celebración el 26 de Octubre de los 160 años del nacimiento del Beato José Gregorio Hernández, posiblemente el personaje más conocido y querido en Venezuela, debería motivarnos a vivir y cultivar sus valores humanos y cristianos, tan necesarios para reorientar a Venezuela por los caminos de la reconciliación, la convivencia, la prosperidad y la paz. Entre ellos, la responsabilidad, la honestidad, el esfuerzo, su dedicación al estudio y el trabajo, su desprendimiento y generosidad que le llevaban a atender a los más pobres sin cobrarles e incluso les regalaba las medicinas, su fe valiente y encarnada en el servicio a todos, su respeto a los que pensaban de un modo completamente distinto a él, la piedad, el amor a la familia, a la iglesia y al país.

Si bien todo el mundo lo conoce como “el Médico de los pobres”, pocos saben que este trujillano eminente que nació en Isnotú el 26 de Octubre de 1864 y murió en Caracas, el 29 de junio de 1919, a los 54 años, atropellado por uno de los pocos carros que entonces existían, además de ser un médico eminente, fue un celebrado profesor universitario; un políglota pues hablaba francés, inglés, alemán, italiano; un gran investigador y un científico que se esforzó por incorporar los aparatos y adelantos de la medicina que aprendió en Europa y en Estados Unidos. Fue también filósofo, un hombre apasionado por su formación permanente, pero no para acumular currículo y creerse superior a los demás, sino para poder ejercer con calidad creciente su papel como profesor y como médico. Hombre de una gran piedad, de oración continua y misa diaria, testimonió con gran valor su fe católica, en momentos en que en los ambientes intelectuales donde él se movía, la fe y las prácticas religiosas se consideraban propias de gentes incultas, pues se pensaba que la ciencia estaba acabando con los fundamentos de la religión. Tres veces intentó hacerse sacerdote pero los problemas de salud se lo impidieron, y él, siempre fiel a la voluntad divina, comprendió y aceptó que Dios quería que ejerciera su apostolado como laico y viviera su profesión de médico como un verdadero sacerdocio al servicio de los demás.

Su figura adusta y seria, con sombrero de copa y traje negro formal, que aparece en las imágenes que abundan en todos los rincones de Venezuela, puede hacernos creer que era un hombre excesivamente serio y distante. Sin embargo, sabemos que le gustaban las fiestas, tocaba el piano, era buen bailarín, se enamoró en su adolescencia, y muchas jóvenes suspiraban por él y se ilusionaban con la esperanza de que José Gregorio se fijara en alguna de ellas. Amó siempre profundamente a Venezuela, se esforzó por modernizarla y sacarla del atraso y la miseria, y hasta muy pocos saben que fue uno de los primeros en alistarse como voluntario para combatir a las fuerzas extranjeras cuando, en 1902, siendo presidente Cipriano Castro, bloquearon las costas de Venezuela.

José Gregorio es un personaje apasionante, expresión de esos valores profundos sembrados por la familia en el corazón de esa Venezuela rural, retrasada y pobre, pero de una gran vitalidad. En tiempos muy difíciles, en una Venezuela devastada por las guerras, las enfermedades y la miseria, José Gregorio fue labrando su camino exitoso y ejemplar tanto en lo profesional como en el campo espiritual a base de esfuerzo, tesón y mucho sacrificio. Su beatificación y su esperada santificación, que esperamos sea muy pronto, debe ser una gran oportunidad no solo para conocer y admirar más y mejor a José Gregorio, sino para imitarlo y hacer nuestros sus valores y virtudes.

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miércoles, 23 de octubre de 2024

Compromiso por Venezuela / Antonio Pérez Esclarín @antonioperezesclarin

 


Si en verdad amamos a Venezuela y la queremos próspera, justa y en paz, deberíamos asumir la gravísima crisis que sufrimos como una extraordinaria oportunidad para el reencuentro, la reconciliación y la creación, abandonando de una vez los caminos del mesianismo, la intolerancia, la violencia, y la improductividad, para abocarnos a construir entre todos la Nueva República, que supere los gravísimos errores tanto de la Cuarta como de la Quinta. Para ello, en estos momentos tan difíciles, donde la crisis golpea con especial rigor a los más pobres y vulnerables que son las principales víctimas del hambre, la escasez, la especulación, la inflación, la corrupción, la inseguridad y la falta de oportunidades, me atrevo a proponerles a todas las personas de buena voluntad, chavistas, maduristas, opositores y a los que han perdido la esperanza y la confianza en el país y en los políticos, este sencillo compromiso por esta Tierra de Gracia, que Colón confundió con el Paraíso Terrenal y Dios la creó en un día en que estaba especialmente creativo y feliz.

“Nos comprometemos a tratar a los demás como deseamos que nos traten a nosotros, a respetarlos, a ser amables, tolerantes y compasivos, a perdonar, a practicar la solidaridad y la cooperación, a enterrar nuestros prejuicios e intolerancias, sin permitir que el odio y la venganza nos dominen y esclavicen.

Nos comprometemos a trabajar por la prosperidad, la justicia y la paz con dedicación y entusiasmo, a mostrar una conducta pacífica y respetuosa con todos. En consecuencia, renunciamos a la violencia física, psicológica y verbal, a las amenazas y persecución, como medio para resolver nuestras diferencias. Por ello, consideramos el camino electoral, objetivo, imparcial y respetuoso de la soberanía popular, como el medio idóneo para dirimir las diferencias y resolver en paz nuestros problemas.

Porque consideramos a Venezuela una gran familia, nos duele mucho la situación en que se encuentra y nos comprometemos a ser amables y compasivos con todos, especialmente con los más débiles y necesitados, los niños, los ancianos, los pobres, los enfermos, los encarcelados, los perseguidos, los migrantes y los que están pensando en irse. Nos oponemos a toda forma de dominación, manipulación y discriminación, y nos comprometemos a trabajar por una Venezuela próspera y justa, sin presos políticos, donde la Constitución regule el actuar y el decir de todos, con poderes autónomos que se regulen unos a otros, e instituciones eficientes que resuelvan problemas, donde la cédula y el pasaporte expresen la verdadera e igual ciudadanía de todos, sin discriminación alguna.

Nos comprometemos a trabajar por Venezuela con tesón, esfuerzo y responsabilidad para alcanzar un orden social y económico eficiente y justo, en el que todos tengamos iguales oportunidades. En consecuencia, nos comprometemos a actuar con honestidad y solidaridad, a alejarnos de la ambición, la corrupción, la especulación, la codicia y el parasitismo.

Muy conscientes de la importancia de la educación para un genuino desarrollo económico, social y humano, nos comprometemos a trabajar con dedicación y entrega por salvar y transformar la educación, de modo que todos los niños, niñas y jóvenes de Venezuela, sin importar su condición física, económica, racial, social o cultural, disfruten de una educación integral de calidad, y los educadores sean valorados y tratados según la trascendencia de su labor.

miércoles, 16 de octubre de 2024

Amar a Venezuela / Antonio Pérez Esclarín @pesclarin

 


Venezuela, repitámoslo con convicción y fuerza especialmente en estos días, es un país privilegiado, lleno de encantos y prodigios, que Dios lo debió crear en una tarde en que andaba especialmente feliz. Cuando en 1498, Cristóbal Colón llegó a tierras venezolanas, quedó tan impresionado con su belleza que creyó que había llegado al Paraíso Terrenal. Sus ojos ardidos de tanta luz y tanto verdor trataban en vano de captar toda la hermosura. Y de su asombro y admiración, brotó el primer nombre de Venezuela: Tierra de Gracia.

El nombre definitivo, Venezuela, hija del agua, nació del asombro de los hombres de Ojeda, en especial del italiano Américo Vespucio, ante el paisaje de esos palafitos a la entrada del lago de Maracaibo, que temblaban en el agua como garzas de madera.

Realmente, Venezuela tiene enormes potencialidades, y no sólo cuenta con inmensas riquezas de materias primas: petróleo, hierro, oro, aluminio, pesca, productos agrícolas y ganaderos, agua y potencialidades turísticas…, sino que es imposible imaginar un país más hermoso. Cuenta con un sol inapagable, playas exquisitas de aguas cristalinas sobre lechos de coral (Morrocoy, Los Roques, Mochima, Playa Colorada, Araya, Margarita, Choroní,, Cata, Adícora, Villa Marina…); ríos majestuosos que van culebreando entre selvas infinitas; desiertos y medanales que día y noche avanzan sin descanso con sus pies movedizos de arena; llanuras inmensas pobladas de historias, corocoras y garzas, donde los horizontes, como las estrellas, se van alejando a medida que uno los persigue; árboles frondosos que parecen sostener el cielo con sus brazos; lagos y lagunas encantadas, pobladas de leyendas y de magia; tepuyes, castillos de los dioses, que levantan sus frentes para asomarse al espectáculo increíble de la Gran Sabana; saltos, raudales y cascadas que van susurrando con sus labios de agua el amanecer de la creación; islas paradisíacas que parecen estrellas caídas en el inmenso cielo azul de nuestros mares; una enorme serranía habitada por el frailejón, el silencio y la soledad; pueblitos montañeros que se acurrucan en torno a su iglesia protectora y se trepan a las raíces de la niebla y del frío; una colosal montaña que agita su blanca bandera contra el cielo; en marzo y abril, Venezuela llamea en los brazos de sus curarires y araguaneyes; todas las tardes Dios se despide de nosotros en los crepúsculos de Lara y en los atardeceres de Juan Griego y acuna nuestros sueños con el guiño sublime del relámpago del Catatumbo.

 Pero la riqueza y belleza más importante de Venezuela es su gente: trabajadora, amistosa, creativa, alegre, amante de la libertad.

Pero Venezuela luce hoy enferma y débil, y para salir de esta larga crisis que ha generalizado la miseria y la confrontación, y ha expulsado del país unos ocho millones de habitantes, debe enfrentar un triple reto: el reto del reencuentro y la reconciliación, de modo que recuperemos y llenemos de sentido la democracia, entendida como un poema de la diversidad, con gobernantes capaces y profundamente éticos, ejemplos de vida; con instituciones eficientes, que resuelvan problemas y poderes autónomos que se regulen unos a otros, de modo que todos los venezolanos nos constituyamos en genuinas personas y auténticos ciudadanos, sujetos de derechos y deberes, iguales ante la ley. El segundo reto es cambiar el modelo estatista y rentista por un modelo eficiente y productivo, que asuma la educación, el trabajo y la producción como medios esenciales de realización personal y de garantizar a toda la población bienes y servicios de calidad. El tercer reto es lograr un desarrollo humano, con justicia y equidad, es decir, sin excluidos de ningún tipo, un desarrollo que combata con fuerza la pobreza, la miseria, el clientelismo, el populismo y todo tipo de discriminación y de violencia. A pesar de los graves problemas que estamos viviendo, los venezolanos no podemos renunciar a la esperanza y debemos seguir trabajando con tesón, ilusión y pasión, por constituirnos en una nación moderna, eficiente y solidaria, en la que todos podamos vivir con dignidad y, al mirarnos a los ojos, nos veamos y tratemos como conciudadanos y hermanos y no como rivales o enemigos.

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miércoles, 9 de octubre de 2024

Sueño y me comprometo / Antonio Pérez Esclarín @antonioperezesclarin

 


Educar es sembrar y cultivar la esperanza de que es posible transformar a Venezuela y recuperar y profundizar la democracia. Si no tenemos esperanza e ilusión, estamos muertos como educadores. Educar no puede ser meramente un medio para ganarse la vida, sino que tiene que ser un medio para defender la vida, para dar vida, para provocar las ganas de vivir con autenticidad y con libertad. Por ello, es imposible educar sin esperanza y nadie puede ser educador sin vocación de servicio. El verdadero maestro asume la aventura apasionante, y hoy, dolorosa y heroica por el pésimo sueldo y trato que recibe, de permanecer fiel a la tarea de implantar una sociedad justa y tolerante.

Hace tiempo leí la historia de un buen cura que se quejaba de que muchos se confesaban de haber tenido malos sueños, pero nadie se confesaba del pecado mucho más grave de no soñar. Todas las grandes conquistas de la humanidad comenzaron con el sueño de alguien o de algunos, y el compromiso tenaz y valiente de hacerlo posible. Por ello, fueron capaces de provocar el entusiasmo, y movilizar las voluntades y vidas de muchos, y el sueño se hizo realidad. Nada importante se ha logrado nunca sin esfuerzo, sin coraje, sin entrega. Por ello, los educadores somos los “disoñadores” de la nueva educación que gestará la nueva Venezuela. Es decir, la soñamos y la vamos diseñando con nuestro esfuerzo y compromiso.

Anatole France decía que nunca se da tanto como cuando se da esperanza, y que no hay peor ladrón que el que roba los sueños. A su vez, Paulo Freire, el Padre de la Educación Liberadora, en su obra “Pedagogía de la Esperanza” nos insiste en que la educación exige la convicción de que es posible el cambio, implica la esperanza militante de que los seres humanos podemos reinventar el mundo en una dirección ética y estética distinta a la marcha de hoy. “No entiendo –nos dice Freire- la existencia humana y la necesaria lucha por mejorarla sin la esperanza y el sueño… La desesperanza nos inmoviliza y nos hace sucumbir al fatalismo en que no es posible reunir las fuerzas indispensables para el embate recreador del mundo… No es posible luchar si no se tiene mañana, si no se tiene esperanza…No es posible pensar en transformar el mundo sin un sueño, sin proyecto. Los sueños son proyectos por los que se lucha. Su realización exige esfuerzo, coraje, vencimiento”.

Aceptar el sueño de una Venezuela reconciliada y próspera exige participar activamente en su creación. Perder la capacidad de soñar es perder el derecho a actuar como ciudadanos, como autores y actores de los cambios necesarios a nivel político, económico, social, educativo y cultural. Por ello, frente al “Pienso, luego existo”, raíz de la modernidad; el “Compro, luego soy”, basamento de la postmodernidad consumista y hedonista; o el “Me conecto luego soy” de la modernidad líquida, debemos levantar el “Sueño y me comprometo, y así voy siendo” de la esperanza activa. Sueño, soñamos, y nos comprometemos con coraje y entusiasmo a construir nuestros sueños de un país justo y libre.

Pero necesitamos educar la esperanza, para superar la ingenuidad y evitar que resbale hacia la desesperanza y la desesperación. Tan negativo es el discurso fatalista, inmovilizador, que renuncia a los sueños y niega la vocación histórica de los seres humanos, como el discurso meramente voluntarista y triunfalista, que confunde el cambio con el mero deseo o la proclama del cambio.

Necesitamos, por ello, de una esperanza crítica, no ingenua, que necesita del compromiso tenaz y combativo, y de una gran coherencia entre palabra y vida. En consecuencia, a seguir trabajando con entusiasmo, sin achantarnos ni rendirnos, por una Venezuela reconciliada y próspera, donde la defensa de la Constitución y de los Derechos Humanos nos señalen el camino y configuren nuestras actuaciones.

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miércoles, 2 de octubre de 2024

Pobre educación para los pobres / Antonio Pérez Esclarín @antonioperezesclarin

 


Estamos iniciando un nuevo año escolar, muy difícil y problemático, por la negativa del Estado de asumir en serio su deber de garantizar a todos una educación de calidad y retribuir dignamente a los educadores, como lo establece la Constitución. Lastimosamente, la educación va a seguir siendo un derecho negado a grandes sectores de la población, que no tienen acceso a ella o reciben una educación de muy baja calidad. Tenemos bachilleres que no entienden un texto sencillo, son incapaces de expresarse en forma oral o por escrito con claridad, y no pueden resolver problemas matemáticos simples. La educación de los pobres es cada vez más una pobre educación, lo que contribuye a mantener y aumentar su pobreza humana, social y económica.

Resultan alarmantes los pobres números de alumnos que se han inscrito en escuelas, liceos y universidades. Se calcula que la gravísima crisis que vivimos ha dejado sin educación a unos tres millones de niños y de jóvenes en edad escolar. Los salarios de los educadores son irrisorios y no les alcanzan para sobrevivir. Unos trescientos mil educadores han salido del país en busca de mejor vida, y muchos de los que todavía continúan, se dedican a otras actividades para poder comer Las escuelas de educación están prácticamente vacías, pues los jóvenes no quieren ser educadores. Hay un gravísimo déficit de profesores y en muchos centros no dan algunas materias por carecer de profesores; numerosas escuelas han dicho que sólo van a trabajar dos o tres ratos a la semana... A esto hay que añadir que sólo una tercera parte de las escuelas públicas están en condiciones para reiniciar las clases.

Nuestro sistema educativo reproduce y agiganta la desigualdad y la exclusión, y en la actualidad, la educación pública, en todos sus niveles, vive una situación lamentable. Lo más trágico es que, después de tanto discurso igualitario y tanta prédica de incluir a los excluidos, las políticas sociales y económicas tan desacertadas, impiden a millones cumplir su derecho a la educación y la poca que sobrevive está siendo subvencionada por el heroísmo y sacrificio de numerosos maestros y profesores que, a pesar de la difícil situación, siguen dando lo mejor en favor de sus alumnos. En cuanto a la educación privada, cada día más costosa pues a los gastos de funcionamiento y buena dotación deben añadir mejores salarios y bonos al personal, para que no se vayan, se mantiene con dificultad por el empeño y sacrificio de los padres para que sus hijos reciben la mejor educación posible.

Ante esta situación, es urgente que trabajemos todos, como lo viene promoviendo Fe y Alegría, por una Alianza o Acuerdo Educativo Nacional para que la educación se convierta en una auténtica prioridad del Estado y de la sociedad con políticas públicas consensuadas y permanentes. Si la educación es un derecho, es también un deber y responsabilidad de todos. Para salvar la educación, requisito indispensable para salvar a Venezuela, debemos iniciar una especie de cruzada nacional en la que nos involucremos todos: Estado, familias, sociedad, medios de comunicación, empresas, sindicatos, partidos políticos, iglesias, asociaciones de vecinos, organizaciones no gubernamentales…

miércoles, 25 de septiembre de 2024

Dialogar y negociar para salvar a Venezuela / Antonio Pérez Esclarín @pesclarin

 


Es hora de que todos asumamos nuestras responsabilidades ciudadanas y trabajemos por el bienestar de todos. No podemos seguir por el camino de la rivalidad y el enfrentamiento. Necesitamos acercarnos al sufrimiento de las personas con una actitud de respeto y compromiso por aliviarlo, volver a la Constitución y recuperar la confianza en nosotros y en la política. Cada palabra odiosa que se pronuncia, cada mentira que se dice, cada violencia que se comete, cada actitud que impide o retrasa las soluciones, nos empuja hacia una situación cada vez más inhumana.

Pasan los días y los numerosos problemas, en vez de resolverse, se agravan más. En Venezuela, a las mayorías nos resulta cada día más cuesta arriba sobrevivir, mientras unos pocos exhiben sin vergüenza sus fortunas y viven de espaldas al dolor de la gente. La educación y la salud están por el suelo, los sueldos y bonos no alcanzan para nada, enfermarse supone una tragedia, los apagones, la falta de agua y la escasez de gas y gasolina hacen que resulte muy difícil sobrevivir. Todo está dolarizado menos las pensiones y sueldos de los empleados públicos que resultan una humillación y una vergüenza. Por ello, muchos, perdida la esperanza, hacen planes para marcharse del país.

Por ello, es necesario retomar el camino del diálogo y la negociación. La primera condición para un diálogo verdadero es aceptar la verdad, reconocer al otro, asumir la responsabilidad de la situación que vivimos y mostrar verdadera voluntad de resolverla. No va a ser posible superar los problemas si los negamos, ,si seguimos empeñados en ocultar la verdad, si perseguimos al que piensa diferente, si repetimos que los problemas son producto únicamente de las sanciones económicas o de un complot mediático empeñado en presentar una visión falsa del país, y que los que claman por un cambio son fascistas y lacayos del imperio o personas con una visión ingenua de la realidad o sin corazón, que odian a los pobres y no quieren que progresen o se superen. “Por los frutos, los conoceréis”, nos dice el evangelio, y los frutos de esta revolución, en vez de sacar a las mayorías de la pobreza, nos ha hundido a casi todos en ella. Es evidente que los que se empeñan en mantener el actual rumbo, no sufren la escasez de medicinas, comida, luz, agua o gasolina y disfrutan de dólares baratos con los que pueden permitirse un nivel de vida de espaldas al sufrimiento de las mayorías. De ahí el desprestigio en que han caído numerosos políticos que niegan con sus vidas sus discursos redentores y su tan proclamado amor al pueblo. Tampoco va a ser posible negociar si uno se considera dueño de la verdad, y pretende aplastar al oponente al que considera su enemigo. Sería conveniente que los que se niegan a negociar, intentaran ponerse en los zapatos y angustias de los millones de pensionados que deben sobrevivir con pensiones de unos tres dólares al mes, después de haber cotizado muchos años y haber contribuido con su trabajo a levantar una Venezuela próspera, hoy destruida. ¿Acaso no les duele la sangría de capital humano, que rompe familias y proyectos al tener que abandonar el país en busca desesperada de una vida digna? ¿Cómo es posible que, sin cataclismos o guerras, hayamos convertido a Venezuela, un país con tantas riquezas y potencialidades, en uno de los más miserables de América? ¿Cómo seguir defendiendo unas políticas que son incapaces de detener la inflación, la corrupción, la inseguridad, privan a las mayorías de servicios esenciales y agigantan las desigualdades? No dudo que las sanciones han agudizado los problemas, pero resulta irresponsable culparlas de la crisis. El declive y la destrucción del país comenzó mucho antes de que se implantaran las sanciones. Además, las sanciones no impiden a una minoría vivir en la opulencia. Y si quieren que les quiten las sanciones, ¿por qué no desisten de las conductas y acciones que las ocasionaron?

Es la hora de demostrar con hechos un amor eficaz a Venezuela y a todos los venezolanos. No son tiempos para revanchismos o venganzas, para perseguir, derrotar y humillar al adversario, pero tampoco para negar o maquillar la terrible enfermedad que estamos padeciendo. La negociación solo tendrá éxito si se enmarca en el cumplimiento de la Constitución. 

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miércoles, 18 de septiembre de 2024

Es la hora de despertar / Antonio Pérez Esclarín @antonioperezesclarin

 


La larga y muy compleja crisis humanitaria que sufrimos debería impulsarnos a alimentar el espíritu de la reconciliación y del amor sincero a Venezuela y a los hermanos que tanto sufren, y dejar de un lado los enfrentamientos, la soberbia, el odio y el autoritarismo. ¡Basta ya de pugnas estériles, de actitudes arrogantes y de egoísmos destructores! ¡Es la hora de arrancar la política de la ideología y ponerla al servicio de una vida digna para todos! Para ello, hay que recuperar la ética y el valor para cambiar de rumbo y no seguir con prácticas y actitudes que nos siguen llevando al despeñadero. Es la hora de sustituir discursos por acciones, de derrotar la retórica con servicio y con trabajo eficiente, orientado a resolver nuestros gravísimos problemas...Es la hora de volver a la Constitución y cimentar sobre ella discursos, acciones y propuestas. Es la hora de pensar en Venezuela, de superar nuestras visiones mediocres, interesadas y egoístas y de abocarnos todos a combatir con valor el hambre, la miseria, la inseguridad, la impunidad, los pésimos servicios, el miedo, la resignación y la desconfianza. Es la hora de que fortalezcamos entre todos los dos pilares del progreso y la dignidad humana que hoy languidecen: la salud y la educación: el derecho a la vida y el derecho a un conocimiento profundo capaz de impulsar una economía próspera, al servicio del desarrollo humano. Es la hora de fomentar la imaginación creativa, la crítica y autocrítica, de superar el miedo, el fatalismo, la resignación y el individualismo para gestar la nueva Venezuela. Es la hora de recuperar la política, como modo de convivencia en la diversidad y de búsqueda del bien común. Es por ello, también. la hora de los auténticos políticos, con vocación de servicio, verdaderos estadistas, acérrimos defensores de los derechos humanos, intolerantes con la corrupción, cercanos a la gente, capaces de compartir su vida y sus problemas. Por ello, es la hora de dejar a un lado y para siempre a los politiqueros arribistas y corruptos, charlatanes y mentirosos, que utilizan el poder para lucrarse. Es también la hora de empresarios honestos, emprendedores, dispuestos a asumir riesgos por salvar a Venezuela, y que entienden que la economía debe estar al servicio de la vida y de todas las personas.

 En breve, necesitamos todos despertar el alma, aprender a mirar nuestras vidas, mirar el país y mirar a nuestros conciudadanos, sin importar su ideología, raza, religión, cultura, con ojos nuevos, cariñosos y compasivos. Necesitamos despertar del sueño de nuestra inconsciencia y nuestro egoísmo individualista a la verdad de lo que somos, a la necesidad de cambiar de valores y de rumbo. Despertar al convencimiento de que no somos un país rico sino que tenemos un país quebrado y en ruinas. Para salir de esta crisis tan profunda, van a hacer falta muchos sacrificios y esfuerzos, y el convencimiento de que no podemos seguir enfrentados ni caminar aislados, que necesitamos unir nuestras fuerzas y recuperar la política como espacio para el diálogo y la negociación. Despertar a la sencillez, la verdad, la humildad y la solidaridad; a la necesidad de una vida más humana y más justa para todos.

Un hombre verdaderamente libre como el Dalai Lama nos dice: “Estamos en este planeta como de visita. A lo más, durante 90 o cien años. Durante ese período, debemos tratar de hacer algo bueno y útil, debemos tratar de alcanzar la paz con nosotros mismos y ayudar a otros a compartir dicha paz. Si logramos contribuir a la felicidad de los demás, habremos encontrado la meta verdadera, el sentido de la vida”.

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miércoles, 11 de septiembre de 2024

Vivir como un regalo para los demás / Antonio Pérez Esclarín @antonioperezesclarin

 


Posiblemente, todos hemos oído estos versos del poeta hindú Tagore:

Yo dormía

y soñaba que la vida era alegría.

Desperté y comprendí que la vida era servicio.

Serví y encontré la alegría.

Ciertamente, la puerta a la felicidad nunca la abre el rencor, la envidia, los celos, la violencia, la maldad. La abren la amabilidad, el esfuerzo, la honestidad, la solidaridad, el servicio. No somos Tagore, pero a lo largo del día y de la vida nos encontramos con otras personas, cercanas o lejanas, y podemos hacer que, cuando se alejen de nosotros, se vayan más ilusionadas o más pesimistas, más seguras o más confundidas, más amables o más violentas.

Si servir es un privilegio, pues “hay más alegría en dar que en recibir”, aprovecha las oportunidades de servir que te ofrece la vida y da gracias por ellas. Acepta también agradecido lo mucho que recibes de los demás y trata de responderles con generosidad. Es lo que hacía Albert Einstein que llegó a escribir: “Cien veces al día recuerdo que mi vida interior y exterior depende del trabajo que otros están haciendo ahora. Por eso, tengo

.que esforzarme para devolver por lo menos una parte de esta generosidad, y no puedo dejar ni un momento vacío”.

Atrévete a vivir preocupándote por los demás, ocupándote de ellos, regalando sonrisas, saludos, palabras cariñosas y amables, sembrando vida, esperanzas, acercando corazones. Vive cada día como un regalo para los demás en los mil pequeños detalles que nos ofrece la vida. Sé amable, escucha intensamente, interésate en las cosas de tus familiares, compañeros y vecinos, felicítales por sus éxitos y logros, acompáñales y tiéndeles la mano en sus problemas. Cuando veas que alguien (chofer, cocinera, empleado, obrero…,) hace bien las cosas, felicítalo aunque no lo conozcas. Vive alegre y alegra, pues en el mundo hay demasiada tristeza, dolor y soledad. Haz que la gente se sienta valorada y querida. Evita toda palabra ofensiva. No permitas que la rabia, el desamor o la violencia de otros te arrebaten la alegría y la paz del corazón. Derrota la agresividad y la violencia con dulzura y amabilidad.

Tal vez sea oportuno recordar la historia de aquel jefe indio que le contaba a su nieto que sentía que dentro de su corazón habitaban dos lobos, uno amable y servicial, y el otro egoísta y violento, que se la pasaban siempre peleando. Cuando el nieto le preguntó cuál de los dos ganaría la pelea, el anciano le respondió con una amplia sonrisa: “Aquel al que yo alimente”. Podemos alimentar nuestra amabilidad o nuestro egoísmo, nuestro perdón o nuestro rencor, nuestra esperanza o nuestra desesperanza. Pero, para ello, debemos comenzar aceptando que dentro de nosotros habitan dos lobos, un lado positivo y un lado negativo, y que ganará el que alimentemos: si alimentas el egoísmo, actuarás con egoísmo y sembrarás dolor; si alimentas la generosidad, actuarás con generosidad y recogerás alegría, pues cada uno cosecha lo que siembra. Todos podemos llevar una vida rastrera, sin ideales ni metas, dedicados a sembrar dolor y malestar, o podemos levantarnos de nuestro egoísmo y comodidad para emprender el vuelo de una vida libre, servicial y generosa.. Todos tenemos una misión en la vida que debemos esforzarnos por conocer y realizar. Todos somos instrumentos de Dios que nos necesita para cumplir en este mundo su proyecto de amor.

Para ello, debemos fortalecer nuestra voluntad y nuestro carácter. De la comodidad, la flojera, la rutina, las quejas o la autoconmiseracíón no suele salir nada valioso o importante.

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