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viernes, 30 de marzo de 2012

Un enemigo del pueblo


Por Federico Vegas en Prodavinci 25 de Marzo, 2012

“Un enemigo del pueblo” es una obra de teatro escrita en el año 1882 por Henrik Ibsen. Trata sobre el doctor Thomas Stockmann y su conflictiva relación con una ciudad donde el balneario es la principal atracción turística.
El doctor Stockmann descubre en el agua una bacteria contaminante, capaz de poner en riesgo la salud de toda la población. Cuando le explica a su hermano, alcalde de la ciudad, que el balneario necesita ser reconstruido y deben cambiar todas las tuberías, el alcalde no quiere creer en algo que requeriría miles de coronas y cerrar las instalaciones por 2 años.
Stockmann acude a dos periodistas y les pide publicar un articulo en “El Mensajero del pueblo”. Cuando ya están por imprimir la noticia, aparece el alcalde y logra convencerlos de que es una locura lo que están por hacer, pues tendría efectos terribles en la economía de la ciudad.
Entonces Stockmann decide hacer una junta y plantearle a los ciudadanos el problema. Luego de una larga deliberación, el alcalde da un veredicto que todos apoyan: ”Un hombre que puede alcanzar semejantes insinuaciones ofensivas contra su ciudad natal, debe ser un enemigo de nuestra comunidad”
Stockmann se convierte en un paria. Sus hijos son expulsados de la escuela, es desalojado de su casa, lo despiden del puesto de medico oficial del balneario, y se inicia una campaña para impedirle ejercer la medicina.
Para colmo, su suegro le dice que ha dispuesto una herencia para su esposa y sus hijos, la cual está invertida en acciones del balneario. Si el Dr. Stockmann sigue con la investigación, el donará todas las acciones a una obra de caridad. La fortuna del suegro proviene de una factoría donde se curten pieles, que, de paso, es el origen de la contaminación de las aguas.
*
La primera vez que vi al doctor Thomas Stockmann, el papel estaba en manos de un Steve MacQueen barbudo y pasado de kilos, nada que ver con el héroe ultra-cool, cruel y magro de “Bullit”. Parece que el propio MacQueen insistió en llevar la obra de Ibsen al cine y representar un personaje que no parecía encajar en la imagen que los fans tenían del actor.
Como una secuela de la obra de teatro, las primeras audiencias no aprobaron la película y los estudios ni siquiera dejaron que llegara a las salas comerciales. Hoy es difícil conseguirla, pero vale la pena hacer el esfuerzo. Uno de los momentos culminantes es cuando Stockmann, sabiéndose perdido, ofrece su declaración más descarnada:
–Hace algunos días habría defendido valerosamente mis derechos si hubieran querido hacerme callar, como aquí acaba de ocurrir. Pero hoy ya no me importa. En estos últimos días he estado pensando mucho, tanto que he tenido miedo de volverme loco. Pero a la postre ha triunfado la verdad en mi espíritu. Por eso estoy aquí. En comparación con lo que voy a decir, no tiene ninguna importancia haber demostrado que las aguas del balneario están contaminadas.
El público grita:
–¡Nada del balneario! ¡No queremos que se hable del balneario!
El doctor Stockmann continúa:
–Está bien, no se preocupen. Sólo voy a hablarles de un nuevo descubrimiento que acabo de hacer. He encontrado que las fuentes de nuestra vida moral están envenenadas y toda la estructura de nuestra comunidad cívica está fundada sobre el apestado suelo de la falsedad.
*
En nuestra actual representación nacional de la obra de Ibsen, más de un siglo después, la ecuación parece haberse invertido. Ahora el gobierno propone que son los burgueses y los periodistas quienes han inventado la contaminación. Es comprensible que al gobierno le resulte insoportable que se ponga en duda la imagen de un balneario socialista e impoluto, y califique de fábula y fórmula política la noticia de que su propia factoría envenena las aguas del pueblo.
Quizás haya algo más que también resulta engorroso y doloroso, algo que opera de una manera refractaria en un momento histórico caracterizado por una trágica y desaforada conexión entre el destino del presidente y el destino de la nación. Si a esta promocionada fusión sumamos todo el misterio, el suspenso y las erráticas versiones sobre la salud del presidente, es inevitable que ese mismo misterio y suspenso se filtre a la visión de la salud de ese otro organismo mayor y colectivo llamado Venezuela. Y así, el estado del cuerpo de un solo individuo tiende a conjugarse, por la compleja carga que tienen las metáforas, con la esencia del sistema circulatorio del país. Este estado de cosas hace más cruel y enrevesada la sospecha de que las aguas están envenenadas, y de que nuestras estructuras se apoyan en ese apestado suelo de la falsedad que Ibsen nos revela.
*
Veamos como termina “Un enemigo del pueblo”. La familia Stockmann está acosada, pero permanece unida. El doctor les comenta:
–Todavía es un secreto; pero vengo de hacer un gran descubrimiento…
La señora Stockmann, exclama bastante extrañada:
–¿Otro descubrimiento?
–Sí, otro –responde el doctor congregando a todos en torno suyo– Escúchenme: El hombre más poderoso del mundo es el que está más solo.
Su hija Petra le toma las manos cariñosamente y susurra:
–Papá.
¿A partir de cuántas valientes soledades se construye la grandeza de un país?
Tomado de: http://prodavinci.com/2012/03/25/artes/un-enemigo-del-pueblo-por-federico-vegas/

martes, 6 de diciembre de 2011

¿Por qué odiamos?




Por Umberto Eco 6 de Diciembre, 2011

En años recientes he escrito acerca de racismo, la construcción psicológica del enemigo y la función política de expresar odio hacia el “otro” o desprecio por el concepto de diversidad. Pensaba que ya había dicho todo lo que tenía que decir acerca del tema, pero en una conversación reciente con mi amigo Thomas Stauder emergieron nuevos puntos —o, al menos, nuevos para mí—. Esta fue una de esas discusiones después de las cuales uno no puede recordar quién dijo esto o quién dijo aquello, pero nuestras conclusiones coincidieron.

La gente tiende, con una tontería más bien presocrática, a ver el amor y el odio como alternativas necesarias y simétricas entre sí. O sea, que si no amamos algo debemos odiarlo, y viceversa. Obviamente, sin embargo, hay un número infinito de matices entre ambos polos. Incluso si empleamos metafísicamente los términos, el hecho de que yo ame las pizzas no quiere decir que odie el sushi —simplemente, me gusta menos que la pizza—. El hecho de que ame a alguien no significa que odie a todos los demás; lo opuesto del amor fácilmente podría ser la indiferencia. Yo amo a mis hijos y soy indiferente al conductor de taxi que me recogió hace un par de horas.

Pero el punto real es que algunos tipos de amor son aislantes, exclusivos. Si estoy enamorado locamente de una mujer, espero que ella me ame a mí y no a otros (al menos, no en la misma forma). En forma similar, una madre siente un amor apasionado por sus hijos y desea que ellos la amen en una forma especial, y nunca se sentiría obligada a amar a los hijos de otra gente con la misma intensidad. El amor, entonces, en su propia forma es egoísta, selectivo y posesivo.

Por supuesto, está el mandamiento que nos dice que “amemos” a nuestros vecinos —a los 7 mil millones de ellos— como nos amamos a nosotros mismos. En la práctica, no obstante, este mandamientos nos exhorta a no odiar a nadie; no espera de nosotros que amemos a un desconocido en la misma forma que amamos a nuestros padres o nietos.
Yo amo a mi nieto más que, digamos, a un cazador de focas a quien nunca he conocido. Esto no quiere decir que no me importaría en absoluto si un hombre al otro lado del mundo pereciera, pero siempre me sentiré más conmovido por la muerte de mi abuela que por la de un extraño.

El odio, por otra parte, puede ser colectivo; de hecho, bajo regímenes colectivos en particular, debe ser colectivo. Cuando yo era niño, el Partido Fascista me pidió que odiara a todos los hijos de Albión, y, cada noche, Mario Appelius recitaba por la radio su ritual “Que Dios maldiga a los ingleses”. Eso es lo que dictadores y populistas desean —y también las religiones, entre sus facciones fundamentalistas— porque el odio hacia un enemigo común une a la gente y la hace arder con el mismo fuego.

El amor calienta el corazón sólo hacia unas cuantas personas selectas; el odio calienta los corazones de todos los que están en tu bando, y puede movilizar a un grupo a discriminar a millones de seres: una nación, un grupo étnico, personas cuya piel tiene un color diferente al tuyo o gente que habla un idioma diferente. Un italiano racista puede odiar a todos los albanos o rumanos o gitanos. Umberto Bossi, líder del Partido de la Liga del Norte en Italia, odia a todos los italianos del sur (y, dado que su salario es pagado parcialmente con los impuestos de los sureños, se trata de una obra maestra de malevolencia, al unir el odio con el placer de añadir insulto a la herida). Cuando era primer ministro, Silvio Berlusconi dejó en claro que odiaba a los jueces y pidió al pueblo que hiciera otro tanto, y que también odiara a los comunistas, aunque eso pudiera significar conjurar visiones de ellos donde ya no existían.

El odio, en consecuencia, no es individualista sino generoso e inclusivo, acogiendo a muchedumbres con un solo aliento. Sólo en las novelas se nos dice que es hermoso morir por amor; y usualmente el héroe más digno de ser emulado es aquel que encuentra su fin al derrotar al villano —el odiado enemigo—.

La historia de nuestra especie ha estado marcada más por el odio, las guerras y las matanzas que por actos de amor, que son inherentemente menos cómodos y también bastante fatigosos si se extienden más allá del círculo inmediato de nuestro egoísmo. Nuestra atracción por los deleites del odio es tan natural que los líderes manipuladores no tienen el menor problema para cultivarlo; mientras tanto, en ocasiones parece que somos alentados a amar sólo por personajes ficticios nada atractivos que tienen el hábito desconcertante de besar a leprosos.

Tomado de: http://prodavinci.com/2011/12/06/artes/%c2%bfpor-que-odiamos-por-umberto-eco/?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed%3A+Prodavinci+%28Prodavinci%29

viernes, 19 de agosto de 2011

Jesús Soto, el hijo de Bolívar


Por Candelaria Monroy, 11/08/2011

La inauguración de un Museo como el que Jesús Soto obsequió a Ciudad Bolívar fue la mayor prueba de arraigo y compromiso del artista con su tierra natal. En compañía de Villanueva se embarcó en la maravillosa aventura de situar una colección de la vanguardia de su época a orillas del Orinoco para quienes, como él, deseaban tener contacto con el arte más contemporáneo y hasta entonces no habían tenido la oportunidad.

Convertido en artista consolidado, Soto no sabía vivir sin buscar la luz que el trópico le otorgaba y solía decir que aquella luz no la conseguía en Europa.

El Maestro Soto no olvidó nunca a Jesús Rafael, el niño que corría por Ciudad Bolívar con ganas de pintar, ni al joven que dibujaba carteles para anunciar las películas que por entonces se proyectaban en aquellos predios. Tampoco olvidó jamás que aquel lugar del planeta, exuberante en naturaleza, lleno de colores y magia traídas por el Orinoco, era su lugar de origen.

Cuando los medios se lo permitieron, luego de mucho trasnochar cantando con cuatro y guitarra por locales en París y de bregar en la construcción de su propuesta creativa, no dejó de viajar a Venezuela y de convivir entre los dos países.

El hijo mayor de la señora Emma, pese a la distancia geográfica, bien supo transmitir este sentido de pertenencia a su prole. Enfundado en sus sempiternas guayaberas, porque eran frescas e ideales en un trópico como el nuestro, disfrutaba con los muchachos de arepas de harina amarrilla, que eran sus preferidas, o de un buen lau-lau, rico manjar obsequio de aguas guayanesas.

Tan fue así, que Cristóbal e Isabel se dedicaron a aprehender y difundir buena parte del patrimonio cultural de nuestra tierra: a través de la danza una y de la música tradicional venezolana el otro. Quienes han tenido la oportunidad de (re) conocerles saben bien que tienen su sístole y su diástole entre las dos culturas que dan sostén a sus raíces.

Los hijos del Maestro conocieron de primera mano el sueño de su padre por la edificación de aquel Museo y la primigenia razón de su existencia: la gente de Ciudad Bolívar y los venezolanos de aquél rincón telúrico que no tenían acceso a ese particular mundo del arte. Nadie conoce más que ellos los esfuerzos de Soto por intercambiar obras con sus contemporáneos para forjar la colección con un objetivo primordial: que fuera abierta a todos y todos pudiésemos disfrutar de ella.

Es por este motivo que su defensa por la integridad de las obras que alberga el Museo en Ciudad Bolívar no se puede confundir con una cuestión personal con fines pecuniarios de ninguna índole. Si su padre legó en ellos la potestad de gestionar ese patrimonio con el indispensable apoyo del Estado y las instituciones venezolanas, fue porque sabían de dónde provenía su interés por la consolidación y sostenimiento de ese espacio que con todo desprendimiento soñó de pequeño.

Es tarea de todos los venezolanos apoyarlos en esta labor para que el esfuerzo del padre del arte cinético, nuestro Jesús Soto, no se pierda entre escaramuzas burocráticas de turno y su voluntad se sostenga en el tiempo.

No es comprensible que la llamada “intervención” de la que ha sido objeto el Museo haya tenido lugar tras el despido por parte de la Fundación Soto de quien era su Directora, Mayrim Porras, hija de Teodardo Porras, Director de la Gobernación del Estado Bolívar, en los términos en los que se ejecutó con un grupo de hombres armados.

Sería justo y conveniente que obtengamos por parte de las instituciones con competencia en la materia una pronta respuesta sobre esta cuestión que nos atañe a todos.

candelariamonroy@gmail.com

Publicado por:
http://www.aporrea.org/ddhh/a128252.html