Páginas

Mostrando entradas con la etiqueta Ensayo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ensayo. Mostrar todas las entradas

sábado, 5 de junio de 2021

Francisco Herrera Luque y su tiempo: La victoria del outsider (II) por @prodavinci

Por Tomás Straka

El outsider y la historia

Todo indica que Herrera Luque llegó a la literatura a través de la historia. Boves, el urogallo parece ser la continuación de  Las personalidades psicopáticas y La huella perenne, dos compilaciones de ensayos aparecidas en 1969. Ambas lograron captar mucha atención, en especial La huella perenne, en la que estudia a un conjunto de psicópatas y otros trastornados de la historia y con la que gana el Premio Nacional de Medicina. Quien escribe no tiene claro el orden en el que Herrera Luque fue iniciando sus trabajos, pero el Boves parece ser un  largo ensayo sobre la más psicopática de todas las personalidades psicopáticas del pasado venezolano, pero que rompió las bordas y se convirtió en una novela. Como pasa con muchas novelas, es probable que Boves cobrara vida propia, se escapara de los límites del ensayo que, en efecto, escribió sobre el personaje y le demostrara que sólo en una novela podía desplegar toda su fuerza de antihéroe atormentado y contradictorio.

El matrimonio entre la psiquiatría y la historia tenía largos e importantes antecedentes, pero para finales de la década de 1960 era algo que se consideraba dejado atrás. En las Escuelas de Historia y las otras donde se estudiaba e investigaba la disciplina a nivel superior, la historia era considerada una ciencia social en la que las explicaciones de base biológicas básicamente no tenían lugar. Y no por razones irrelevantes. El biologicismo quedó muy desprestigiado después de la Segunda Guerra Mundial debido a muchas de sus consecuencias (el darwinismo social, la idea de razas superiores e inferiores, la inferioridad biológica de la mujer, las políticas eugenésicas… y por ahí hasta llegar a los nazis y los campos de exterminio), dando paso al marxismo y al funcionalismo que no veían ninguna necesidad de estudiar las razas, la antropometría, la herencia, para explicar aquello que la economía, las relaciones sociales o los valores explicaban suficientemente bien. Tal vez fueron muy extremistas en su desecho de lo biológico (hubo de esperarse al desarrollo de la genética y la neurociencia para que volviera a ser tomado realmente en cuenta), pero en su momento lograron disipar demasiadas cosas que demostraron ser pseudo ciencia.

Ya dentro de lo específicamente venezolano, el hecho de que la sociología pesimista -como en un juego de palabras sus críticos denominaron a la positivista- consideró que por razones de clima y raza estábamos condenados a vivir bajo la fusta de los Gendarmes Necesarios. Debido a ello la democracia requería, por sobre todas las cosas, desmentirla. En consecuencia, a la corriente mundial contra el biologicismo se unieron muy rápido las dinámicas del país.  Veamos un caso, que con mucha probabilidad no le fue indiferente al joven Herrera Luque: para 1951, cuando Carlos Siso recibe el premio del Instituto de Cultura Hispánica por La formación del pueblo venezolano, el conjunto de sus ideas raciales y geográficas aún estaba más o menos vigente, y de cualquier modo lo estaba lo suficiente como para que los regímenes de Venezuela y España, muy aliados entonces, lo aplaudieran a través de una de las instituciones clave de la diplomacia cultural del franquismo. Pero sólo siete años después, en 1958, en la recién fundada Escuela de Historia, un libro como el Siso ya parecía antediluviano.

Así las cosas, la “Neurosis de los hombres célebres de Venezuela”, de Lisandro Alvarado (1893), o un estudio aún sugestivo como la Psicopatología del Libertador (1916), de Diego Carbonell, no se ocupaban de asuntos que en realidad les interesaran a los historiadores del momento. Asimismo, el célebre trabajo de Eduardo Fleury Cuello, Estudio antropométrico de la colección de cráneos motilones (1953), no podía animar demasiado a un estructuralista o a un marxista de la nueva camada de antropólogos. Aún lo genético no se había desarrollado lo suficiente como para demostrar que, más allá de los excesos de la eugenesia y el racismo, no todo estaba equivocado en lo de la carga hereditaria de las personas y las poblaciones.  Y aunque un joven historiador recién llegado de su postgrado en México, Elías Pino Iturrieta, ya se asomaba con su muy renovadora Mentalidad venezolana de la emancipación (1971), lo subjetivo, lo inconsciente, la psique, como aspectos esenciales para entender la historia, aún necesitaban esperar un buen par de décadas para difundirse.

De modo que si ha de buscarse una escuela de Herrera Luque, ésta se encontraba en la medicina, no en la historia de la época. Los médicos, por razones obvias, siguieron muy interesados en los temas de herencia, y por esa vía continuaron con la antropología física que ya no entusiasmaba a los historiadores. La tesis de Herrera Luque en la Universidad Central de Venezuela, Bosquejos para una interpretación antropológica de Venezuela, está en esta línea, y la que hizo para su doctorado, los citados Viajeros de Indias, era una continuación de este esfuerzo, pero ya con las herramientas de la psicohistoria. Herrera Luque afirmará que en esa obra “están ya los principios fundamentales que en los años venideros desarrollé en el ámbito literario”. En España estudió bajo dirección de José López Ibor, pero es muy probable que se encontrara, si no lo había hecho ya en Caracas, con la obra de Gregorio Marañón, la gran figura, en realidad el creador, de la psicohistoria en el mundo hispánico. La huella perenne y Los viajeros de Indias son esencialmente trabajos de la psicohistoria española. Incluso en el estilo desenfadado y ágil de su prosa es posible identificar alguna afinidad, consciente o inconsciente, con Marañón.

En la década de 1970, paralelamente a sus novelas, escribió un conjunto de ensayos sobre personajes históricos, o del presente político de entonces, pero que ya estaban pasando a la historia, como Rómulo Betancourt y Gustavo Machado, y algunos francamente históricos. El más famoso de todos fue el dedicado a Simón Bolívar, que le dio título al libro en el que los compiló, Bolívar de carne y hueso, y otros ensayos (1983). Se trata de un texto obligatorio para quien quiera entender a esa alma tan compleja, llena de baches, contrastes y agitación, que fue la de Simón Bolívar. ¿Y cómo no recordar cuando leemos al “ensayo biológico” que Marañón le dedicó a Enrique IV de Castilla? ¿No parece La huella perenne el libro de un discípulo de Marañón, con esos reyes perturbados que estudia, como Pedro El Cruel y Juana La Loca, todos en la línea de Enrique IV El Impotente?

Así Herrera Luque terminó de delinear su perfil de outsider. Cercano a la psicohistoria española cuando en Venezuela no era leída por nadie -o por casi nadie-, tributario de los grandes médicos de una generación anterior, interesado en ensayos “biológicos” de la historia -como Carbonell y Marañón-, cuando la acusación de biologicista bastaba para desacreditar a cualquiera, y, encima, novelista; no había modo de que los historiadores lo vieran algo distinto a un intruso. Al principio, según ha podido recoger quien escribe, su Boves, el urogallo fue leído entre los historiadores con el mismo deleite con el que lo leyó el resto de los venezolanos. Los problemas comenzaron cuando, cada vez más, la gente empezó a citarlo a él y no a los historiadores profesionales, como su referencia en temas históricos: el temido “lo leí en Herrera Luque”. Eran los tiempos en los que Germán Carrera Damas lideraba un giro copernicano en los estudios históricos venezolanos, cambiando de arriba a abajo la forma en la que se la veía en la academia.  Irreverente, crítico, autor de dos revisiones fundamentales, la de la figura histórica de Boves y la del culto a Bolívar, aparecidas respectivamente en 1964 y 1969, su encuentro con Herrera Luque fue cuestión de tiempo. Se leyeron y apreciaron mutuamente, aunque no sin diferencias, en especial en torno a la capacidad de una novela para sentar tesis histórico-historiográficas.

¿Fue ésa la intención de Herrera Luque a la hora de escribir sus novelas? Aunque es algo que merecería una investigación mayor, todo indica que sí. En ellas parece cumplir un programa, recorre la historia venezolana y da una explicación de la misma. Y una, además, presentada de forma divertida y sugerente.  Herrera Luque afirmó que sus historias son “verídicas” y “verosímiles”. Con respecto a lo primero, cabe la matización de que también aclaraba que eran fabuladas, pero con respecto a lo segundo, no cabe duda de que todo lo que escribió, si no lo fue, al menos parece ser muy verosímil. ¿Cómo no iba a aparecer un montón de personas citándolo a la hora de hablar de historia?

sábado, 29 de mayo de 2021

Francisco Herrera Luque y su tiempo: El triunfo del outsider (I) por @prodavinci

Por Tomás Straka

“Eso lo leí en Herrera Luque”. La frase, repetida con mucha frecuencia, generaba espanto entre los historiadores. Algunos tramontaban en furia, otros apenas dejaban asomar un gesto de displicencia, pero a todos, o a casi todos, disgustaba. Y no eran los únicos. Otro tanto pasaba con los escritores, críticos y académicos del mundo de la literatura. Si lo del escritor muy popular menospreciado por el establishment cultural es casi un cliché, el caso de Francisco Herrera Luque (1927-1991) se muestra especialmente certero. No obstante, como suele suceder, a treinta años de la muerte de quien fue considerado una especie de intruso en la literatura y la historiografía, es tan venerado y leído más que nunca. Incluso la academia poco a poco empieza a hacer las paces con él. Es, por lo tanto, propicio el momento para revisitar su obra. ¿Qué dijo, o cómo lo dijo, para entusiasmar a tantos venezolanos? ¿Por qué eso generó tantas prevenciones en los especialistas? Como en la trama de una biopic, ¿carecieron de razones quienes daban un paso atrás de susto cuando oían aquello de “lo leí en Herrera Luque”?

El presente ensayo espera ofrecer algunas hipótesis al respecto. La idea de base es que el impacto, a favor y en contra, que generó Herrera Luque fue un síntoma del universo de las ideas venezolanas en el último tercio del siglo pasado. A la larga, como indica el título, el intruso parece haber ganado la batalla, pero eso no significa que los motivos de quienes lo rechazaron siempre estuvieron desencaminados, sobre todo de cara a las formas de ver las cosas en la época; ni que la victoria represente un aval a todas sus ideas vistas el día de hoy. El texto tiene tres partes. En la primera trataremos de entender de qué era un outsider, de fuera de qué fronteras estaba y, por lo tanto, a cuáles penetró, tal vez sin proponérselo, para conquistar un pedazo muy importante del territorio que otros consideraban su coto. Es decir, el contexto. La segunda ya se refiere a lo específicamente historiográfico (una de las fronteras que traspasó), donde el problema adquiere una complejidad que probablemente la mayor parte de los no especialistas, e incluso alguno de ellos, no se imaginan. La tercera se centra en las ideas específicas que sostuvo sobre la historia venezolana. En alguna medida, esto fue lo más importante para la mayor parte de sus lectores, después del placer en sí mismo que hallaron leyéndolo. Cuando alguien señala como fuente de un dato o de una interpretación que “lo leí en Herrera Luque”, generalmente lo hace en referencia a la historia de Venezuela. 

¿Outsider de qué?

sábado, 30 de enero de 2021

Un siglo de inclusión social por @prodavinci

Por Roberto Briceño-León

A partir de una reflexión introductoria sobre los conceptos de oclusión e inclusión social, Roberto Briceño León (1) realiza hace un detallado recorrido por varios de los muy complejos y decisivos procesos de ampliación y profundización de los espacios de integración que tuvieron lugar en el siglo XX. Este texto es parte del libro La sociedad en el siglo XX venezolano

Poco antes de concluir el siglo pasado, hicimos una encuesta en la que les preguntamos a los entrevistados si ellos pensaban que la sociedad venezolana debía mantenerse como estaba, vivir algunas reformas o cambiar totalmente. Más de la mitad de los consultados, un 56%, opinó que debía cambiar por completo. El 42% dijo que había que hacer reformas, y solo un ínfimo 1,4% declaró que debía de conservarse en el estado en el que se encontraba (2). Los deseos de cambio eran sorprendentes. ¿Qué había pasado en aquel siglo que requiriera transformaciones de tal envergadura? ¿Fueron tan malos esos 100 años?

sábado, 20 de enero de 2018

Una visión de centro para la reconstrucción por @roca023


Por Roberto Casanova


I

Un país por reconstruir

1. La situación actual de Venezuela requiere, a quienes continúan bregando por un mejor país, alternar la acción pública entre dos modos: el modo rebeldía que impulsa a rechazar, en cualquier contexto, a la dictadura que oprime, roba y empobrece, y el modo reconstrucción que incita a emprender la forja de un porvenir de libertad, justicia y prosperidad. No son modos excluyentes. De hecho, se precisan mutuamente. La lucha por desalojar del poder a la minoría usurpadora será fortalecida si se prefigura, con acciones y palabras, el futuro deseable. Pero ese futuro no llegará si esa rebeldía no tiene éxito hoy. Y aunque es cierto que en diversos contextos la reconstrucción empezará propiamente después de la dictadura, incluso allí el diseño de los cambios necesarios y el desarrollo de capacidades para materializarlos tienen que comenzar ahora.

2. Venezuela es un caso inaudito de una sociedad que, sin haber vivido un conflicto bélico, presenta los síntomas característicos de una posguerra. La capacidad destructiva del socialismo, agravada por la rapacidad, la arrogancia y la incompetencia de los grupos que monopolizaron el poder, tiene en Venezuela un caso que pasará a los anales de la historia. El sufrimiento humano ocasionado por la revolución, en su intento de implantar un proyecto neocomunista, es inconmensurable y la tarea de la reconstrucción será enorme. Esta demandará lo mejor de los venezolanos: inteligencia, magnanimidad, fortaleza. También les exigirá claridad en el diálogo de las ideas.

II

La vigencia del debate doctrinario

3. En ocasiones se argumenta que el país no necesita más diagnósticos y que las soluciones a sus problemas son evidentes, que no es tiempo de debates doctrinarias. Esto es un error. Basta preguntarse, solo como ejemplo, si acaso son equivalentes una política orientada a regular directamente el proceso económico a una política destinada a promover el orden macroeconómico y la libre iniciativa privada. O, de manera similar, si no hay diferencia entre una política social basada en una supuesta justicia redistributiva a una política social que ayude a las personas a desarrollar sus capacidades productivas. En estas opciones subyacen distintas visiones de la sociedad, de la economía, del Estado. En otras palabras, diferentes doctrinas económico políticas.

4. En realidad, cada política pública o cada cambio institucional se apoya, inevitablemente, en una interpretación de la realidad, una valoración de prioridades, una escogencia de medios. El ejercicio del poder no es reducible a un asunto de técnicas y de gerencia. El debate entre doctrinas es una dimensión inseparable de la política. La política, en un sentido profundo, trata de la representación, difusión y evolución de visiones alternativas de la sociedad. Desde esta perspectiva es comprensible cómo una misma política pública puede parecer razonable o desatinada para diferentes sectores: ello depende de las visiones de las cuales tales sectores son portadores.

5. Una estrategia de reconstrucción para Venezuela puede inspirarse en la llamada economía social de mercado. Esta es la expresión de una doctrina más amplia que integra ideas provenientes de la ciencia económica, el derecho, la politología, la sociología, la filosofía y la moral. Esa doctrina fue llamada ordoliberalismo por algunos de sus creadores. Con tal término querían indicar que la libertad debe ser el valor fundamental en una sociedad moderna y que ella es compatible con la creación de un orden social próspero, justo y pacífico.

III

La economía social de mercado

6. Un programa triple. El ordoliberalismo es, en primer lugar, un programa moral que asume a la dignidad y a la libertad como los valores esenciales a los que una sociedad civilizada debe aspirar. Los otros valores que también promueve –la propiedad privada, la responsabilidad individual, la paz social, la subsidiariedad y la solidaridad– se articulan de diversas formas con esos valores centrales. Es una propuesta moral compatible con el sistema de los derechos humanos [1]. El ordoliberalismo es, en segundo término, un programa de investigación científica que se caracteriza por su perspectiva sistémica. Concibe a la economía como un sistema basado en un conjunto de reglas –en parte diseñadas, en parte productos evolutivos– que sirve de marco a incontables decisiones individuales que generan un orden no diseñado por nadie en particular. Parte, además, de la idea según la cual la economía, como sistema, no es comprensible si no se considera su constante interacción con los otros sistemas de la sociedad: el político, el jurídico, el moral, el cultural, el ambiental. De allí su carácter interdisciplinario. El ordoliberalismo es, por último, un programa político, amplio y flexible, que puede ser adaptado, con la debida sensatez, a distintas realidades nacionales. Veamos algunos de sus postulados básicos.

7. La competencia. Solo una economía de mercado es compatible con la libertad de las personas y permite, por tanto, el despliegue de su capacidad creadora y de su espíritu emprendedor. Esa es, claro está, una idea central de la economía social de mercado. Pero –y he aquí una muestra de mesura de esta doctrina– no es cualquier economía de mercado de la que se habla. Se trata, específicamente, de una economía en la que exista la mayor competencia posible entre los agentes económicos o, lo que es igual, en la que no existan monopolios ni carteles. En un mercado como ése la única forma de progresar es produciendo y haciendo cosas que los demás consideren valiosas. Su surgimiento, sin embargo, no es algo que ocurrirá enteramente por sí solo. Ha sido y será necesario que el proceso político moldee el marco de instituciones dentro del cual se desenvuelva el proceso económico. Instituciones surgidas de la evolución histórica (como la propiedad privada) tienen que ser así complementadas con otras conscientemente diseñadas (como la política antimonopólica). Esta “constitución” económica busca asegurar a cada quien un ámbito de acción propio y la posibilidad de descubrir y aprovechar oportunidades en el entorno. La competencia, cabe agregar, no es un principio que debe aplicarse solo a los actores privados y bien puede extenderse a la prestación de diversos servicios gubernamentales (salud, educación, seguridad social, etc.). Así, el ciudadano, beneficiario del financiamiento público, sería empoderado y tendría libertad para elegir el proveedor que le preste mejor servicio.

8. La estabilidad económica. La economía social de mercado sostiene que el esfuerzo por crear un orden de competencia será inútil si no se garantiza la estabilidad del valor del dinero. El logro de tal objetivo requiere sustraer de los gobiernos el poder para cubrir sus requerimientos financieros mediante la emisión de moneda. Todo gobierno es propenso, sea por falta de visión o por irresponsabilidad, a claudicar ante esa incitación y deben crearse las barreras institucionales para evitarlo. Este es un principio hoy ampliamente compartido y no es casual que la inflación, tan vieja como el poder gubernamental sobre el dinero, haya sido controlada en la mayoría de los países. De cualquier modo es importante entender que la inflación es más que un problema monetario. Es también un problema fiscal y, en última instancia, político. Los gobiernos que dependen críticamente del gasto para mantener su legitimidad y/o el apoyo de grupos de intereses pueden verse impulsados, agotadas o seriamente limitadas sus otras fuentes de financiamiento, a acudir al financiamiento monetario para cubrir sus déficits. Y ello siempre ha tenido nefastas consecuencias en las condiciones de vida de la población.

9. La inclusión social. La economía social de mercado sostiene también que la dinámica de un mercado competitivo puede dejar al margen a personas o grupos. En tal sentido, las personas son pobres, en la mayoría de los casos, por estar excluidas no por ser explotadas. Es importante, además, trascender la visión de la pobreza como un asunto solo relativo a bajos ingresos o pocos activos. ¿Cómo puede lograrse entonces la superación de la pobreza? Expresado en forma concisa: ayudando a las personas a desarrollar sus capacidades y promoviendo oportunidades para que puedan ejercerlas de acuerdo con sus planes particulares. La sociedad y el Estado deben hacer lo requerido para que todas las personas disfruten de las mínimas condiciones para vivir dignamente, adaptándose a un entorno económico en constante cambio. Pero según la economía social de mercado ello debe hacerse –otra muestra de sensatez– de tal manera que, en sintonía con el principio de subsidiariedad, las personas desarrollen y mantengan capacidades productivas que les permitan responsabilizarse de sus vidas (a menos que sean afectadas por circunstancias adversas cuya ocurrencia no puede atribuírseles).

10. La productividad como eslabón. La productividad y su constante crecimiento es un factor clave para entender la propuesta de la economía social de mercado. Solo una economía competitiva impulsa a las empresas a ser cada vez más productivas, disminuyendo sus costos y sus precios relativos. El principal beneficiario de esa dinámica es, desde luego, el consumidor, es decir, todos (esta es, de hecho, una de las razones para calificar como “social” a una economía de mercado competitiva). Ahora bien, empresas cada vez más productivas pueden ofrecer empleos de creciente calidad y mejores remuneraciones. Estos empleos serán ocupados por personas con mayores capacidades productivas. Personas mejor remuneradas expandirán los mercados y las oportunidades para el emprendimiento. El mayor dinamismo de una economía como ésta le hará capaz de generar la masa de impuestos necesaria para financiar, por una parte, los bienes públicos que impulsen aún más la actividad económica y, por la otra, una política social que hagan más productivas a las personas. Dentro de este círculo virtuoso el crecimiento de la productividad es, pues, el eslabón que une el crecimiento económico y el bienestar social.

11. El ambiente. El énfasis que se coloca en la productividad puede conducir al “productivismo”, desconociéndose los efectos desfavorables del crecimiento de la economía sobre otras dimensiones de la vida social y sobre el entorno. Los aspectos ecológicos, en particular, han sido ampliamente considerados por la economía social de mercado. Al respecto, su posición es que vivimos una crisis ambiental (y se equivocan quienes lo niegan) pero no se trata de una crisis apocalíptica (y exageran quienes así lo plantean). Frente a tal crisis es necesaria la participación del Estado, de las empresas y de la sociedad en general. La relación armónica entre mercados y ecosistemas es posible si se crea un marco institucional adecuado y se diseñan políticas públicas apropiadas. En muchas ocasiones la correcta asignación de derechos de propiedad permitirá resolver los problemas de sobre explotación de bienes públicos. Algo poco sorprendente pues los bienes que no son poseídos por alguien en particular, individuo o grupo, suelen recibir poco cuidado. En los casos en que tal asignación de derechos de propiedad no sea viable es necesario que la regulación estatal exija a los particulares que internalicen en sus costos el impacto que su acción tenga sobre el ambiente. De cualquier modo, la solución del problema ambiental va más allá de arreglos institucionales y políticas públicas y el desarrollo de una mayor conciencia ecológica en la ciudadanía es imprescindible.

12. El poder y la captura de renta. La importancia que la economía social de mercado otorga a la libertad le lleva a considerar cuidadosamente la problemática del poder. La amenaza a la libertad aparece con mayor fuerza, como es obvio, cuando el poder se concentra en pocas manos. La competencia, clave de ese equilibrio, puede ser falseada o limitada. También lo pueden ser los diversos programas que normalmente ejecuta un Estado. Por ello uno de los temas centrales del ordoliberalismo es el equilibrio en la distribución del poder. Debe prestarse especial atención a cómo lograr que instituciones políticas y económicas no sucumban ante la presión de grupos de interés y sirvan genuinamente a la ampliación de las posibilidades de acción de los ciudadanos. La noción de instituciones “extractivas” es reciente y diversos autores consideran el fenómeno que dicha noción describe como la causa cardinal del fracaso económico de los países. Pero hace mucho tiempo los fundadores de la economía social de mercado ya habían señalado la perversión que significaba la captura del Estado por los grupos de poder y la necesidad de enfrentarla con firmeza.

13. La democracia y sus límites. Una sociedad es plural cuando los distintos poderes (político, económico, religioso, cultural, etc.) no se acumulan en las mismas manos. En una sociedad como esa resulta difícil que grupos de poder sean capaces de mantener un sistema de opresión duradero sobre el resto de los ciudadanos. Por otra parte, en una sociedad plural es improbable que una mayoría pueda adoptar medidas discriminatorias ni crear privilegios de ninguna naturaleza. Este hecho puede entenderse como una limitación a la voluntad de la mayoría. Y efectivamente lo es. Nada puede ser realmente ilimitado en materia política. En una democracia lo más importante es que los ciudadanos no estén sometidos a un poder superior y arbitrario y que puedan obligar a sus gobernantes a actuar con apego a principios que garanticen la libertad. Solo un Estado que establezca, a la vez, la libertad y la responsabilidad de los ciudadanos puede hablar legítimamente en nombre del pueblo, plantea el ordoliberalismo.

14. Cultura y capital social. Una economía social de mercado no funcionará igualmente bien en cualquier contexto social. La valoración social del trabajo, el sentido de continuidad y del ahorro, el respeto a la propiedad ajena, el deseo de autonomía y el manejo de la incertidumbre, la responsabilidad y la honradez, entre otras actitudes, son esenciales para garantizar el buen desempeño de esa economía. Es difícil imaginar que ella pueda operar adecuadamente sin el llamado “capital social”, es decir, la mutua confianza que nace de la disposición de las personas a comportarse con decencia y responsabilidad. El mantenimiento y desarrollo del civismo y del espíritu comunitario es pues otra de las preocupaciones de la economía social de mercado. No es un asunto que simplemente relegue a otras esferas del pensamiento social y de la acción política.

15. Un nuevo humanismo. La economía social de mercado tiene, como puede apreciarse, raíces humanistas. En su fundamentación se encuentra una visión realista pero esperanzada del hombre, una antropología filosófica en conexión con una opción moral. No es casual que varios de los pensadores que le dieron forma se inspiraran en sus convicciones cristianas, tanto católicas como protestantes. Aunque en realidad ella puede asociarse, sin dificultad, a filosofías sociales seculares que también colocan al ser humano en el centro de sus reflexiones y prácticas. La economía social de mercado no es, al fin y al cabo, una doctrina confesional.

16. Desde esta perspectiva moral, teórica y política, la economía social de mercado ofrece un conjunto de postulados estratégicos: equilibrar el poder en nuestras sociedades, liberar al Estado y a la economía de la captura de renta, garantizar la estabilidad macroeconómica, promover las capacidades productivas individuales, incentivar la competencia y el emprendimiento, ofrecer oportunidades educativas a todos, apoyar solidariamente a los sectores rezagados, proteger el ambiente, dialogar públicamente sobre los asuntos colectivos. Estos son postulados que pueden ser ampliamente compartidos. Ellos resuenan favorablemente en quienes defienden la libertad y el emprendimiento, pero también en quienes se preocupan por la pobreza y la desigualdad. La economía social de mercado se caracteriza por su carácter centrista.

IV

En el debate de las ideas

17. Las nociones de izquierda y derecha han sido objeto, durante mucho tiempo, de largos e intensos debates. Es común escuchar que tales nociones perdieron vigencia, si es que alguna vez la tuvieron. Se afirma que ellas corresponden a idearios rígidos (que no pueden adaptarse a las diferentes sociedades), insuficientes (que dejan de lado asuntos relevantes) o superados (que pueden ser integrados, en parte, en otras visiones). Estas afirmaciones, sin embargo, contrastan con el uso generalizado que de tales nociones se continúan haciendo. Izquierda y derecha siguen siendo útiles en la política. En realidad, estos términos permiten aún distinguir posiciones sobre temas relevantes. Ello aplica no solo a viejos temas sino también a otros recientes. La crisis ecológica, por ejemplo, no es un asunto “transversal” que no encaje en la distinción izquierda vs. derecha: no resulta difícil identificar una ecología de izquierda y una de derecha. Los términos en cuestión no son pues “cajas vacías” que, en cada contexto histórico, puedan ser llenadas con cualquier contenido (a pesar de que estos contenidos efectivamente hayan variado a lo largo del tiempo: a fines del siglo XVIII el liberalismo era izquierda que se oponía al conservadurismo monárquico, de derecha).

18. En términos muy estilizados puede decirse que, en la actualidad, las posiciones de izquierda enfatizan el valor de la igualdad, acusan al mercado de generar pobreza y desigualdad, plantean la necesidad de la intervención del Estado para regular a la economía y para redistribuir la riqueza. Las posiciones de derecha, por su parte, privilegian la libertad y la propiedad privada, afirman que la desigualdad es inherente a la condición humana y solo aceptan como posible la igualdad ante la ley, acusan al Estado de ser fuente de distorsiones e inequidades y proponen limitar su ámbito de acción. Existen, desde luego, matices dentro de estas posiciones. No toda la izquierda, por ejemplo, niega al mercado aunque siempre lo subordine a la acción estatal; esta posición contrasta con otras que aspiran a eliminar la propiedad privada e instaurar la planificación centralizada. De modo semejante, dentro de la derecha existen diferentes posiciones con respecto al Estado, desde quienes proponen un Estado mínimo, limitado a funciones policiales y de seguridad, hasta un Estado limitado que debería tener también responsabilidades en materia social. Tanto en la izquierda como en la derecha hay defensores de la democracia y de la autocracia. Hay también nacionalistas en uno y otro extremo. En realidad, dadas estas diferencias, quizás resulte mejor hablar de derechas e izquierdas, en plural. Aun así, el núcleo de ideas que las distingue sigue teniendo validez.

19. Las sociedades son siempre más complejas que las doctrinas que creamos para interpretarlas y actuar en ellas. En la defensa de la libertad ha sucedido que se haya prestado poca atención a la concentración del poder económico y éste haya acabado estrechamente asociado al poder político. Se han generado así instituciones excluyentes y, en casos extremos, la búsqueda de la libertad económica ha conducido a su negación en lo político. Ha ocurrido incluso que regímenes que se declaran liberales han establecido políticas nacionalistas y proteccionistas, negando la libertad que decían defender. De modo semejante, gobiernos de izquierda han ocasionado, en procura de la igualdad, el crecimiento del Estado, la violación de la propiedad privada y de la libertad, el surgimiento de castas dominantes. Así, posiciones de izquierda y de derecha han acabado concentrando el poder en manos de algún sector, promoviendo la captura de renta y violentando la libertad. En la práctica, dichas posiciones han parecido girar en torno a la disputa por el poder. ¿Quién debe mandar en una sociedad, el poder económico privado o el poder de las élites que ocupan al Estado?, parece ser la pregunta cuya respuesta las ha enfrentado.

20. La economía social de mercado defiende la libertad y la propiedad privada (algo que la haría de derecha), pero entiende que la desigualdad es fuente de conflictos y debe ser enfrentada (lo cual la haría de izquierda). Para el logro de ambos objetivos propone, ante todo, garantizar la competencia, expresión de la libertad para elegir. Asume que la competencia es un medio no solo para el logro de objetivos económicos como el crecimiento o la eficiencia, sino también (y, quizás, principalmente) un medio para frenar el poder de agentes y organizaciones económicas. Por otra parte, reconoce que la competencia en el mercado conlleva siempre el surgimiento de desigualdades pero que estas, lejos de ser perjudiciales para el bienestar, son expresión del dinamismo y progreso de la economía. De cualquier modo, este tipo de desigualdad puede y debe ser minimizado mediante una política social subsidiaria que ayude a las personas a desarrollar y actualizar sus capacidades productivas, laborando así en empleos de creciente calidad. Pero la economía social de mercado advierte sobre otro tipo de desigualdad, la asociada al poder y sus privilegios. Un reto es entonces dar forma a instituciones justas, al servicio del interés general. Un Estado no capturable no será fuente de desigualdades y podrá centrarse en el cuidado de la competencia y en el desarrollo de las capacidades productivas de la gente. Así, en síntesis, una economía de mercado puesta al servicio del equilibrio social debe impedir al poder político ser una fuente de privilegios, debe suprimir las estructuras monopólicas y debe hacer prevalecer en todos los casos la libertad. Se ve pues que el centrismo de la economía social de mercado descansa en sólidos postulados y dista de ser expresión de simple pragmatismo [2].

21. La economía social de mercado es crítica de lo que puede llamarse capitalismo rentista, producto del intervencionismo estatal y de la acción de los grupos de interés. Rechaza también al socialismo, inevitablemente estatista, que hoy mantiene maniatadas a sociedades como la cubana o la venezolana, y que pretende ser la única forma de mejorar las condiciones de vida de los sectores populares. Se distingue, asimismo, del llamado neoliberalismo y de la indiferencia que este ha demostrado, en diversos países, por los aspectos sociales y políticos del desarrollo.

V

Antecedentes de una doctrina

22. La economía social de mercado permitió la extraordinaria recuperación económica de Alemania Occidental finalizada la Segunda Guerra Mundial. Ella se convirtió, en su momento, en una opción doctrinaria para quienes no se identificaban con un liberalismo permisivo que no quiso o no pudo hacer frente a la concentración del poder económico, por una parte, ni con el totalitarismo (tanto comunista como fascista) y su temible concentración del poder político, por la otra. La economía social de mercado surgió como una manera concreta de combinar la libertad y el bienestar de las personas con un orden político orientado a evitar la acumulación de poder de cualquier naturaleza. Y aunque la propia Alemania se haya alejado algo de estas ideas, la economía social de mercado permanece como una valiosa referencia.

23. En su momento, la economía social de mercado fue calificada como una “tercera vía”. Esta fue, sin embargo, una idea poco afortunada. Muchos entendieron que ella promovía una economía de mercado pero intervenida por el Estado. Fue necesario que algunos pensadores ordoliberales precisaran que, en realidad, no existía una alternativa a una economía de libre mercado que no fuese alguna forma de colectivismo. Para ellos el dilema entre libertad y opresión era fundamental y no debía ser minimizado. Pero todavía hay quien piensa hoy que la economía social de mercado está a mitad de camino entre el liberalismo y el socialismo. Es un error que nace del abuso del término por otras doctrinas como la socialdemócrata. La economía social de mercado promueve, sin reservas, un sistema económico de libre mercado y competitivo. Mantiene que el gobierno debe ayudar a perfeccionar ese sistema mediante adecuadas reglas: su función no es intervenirlo o sustituirlo. La economía social de mercado, en su versión originaria, no es intervencionista.

24. La economía social de mercado no constituye un cuerpo intelectual cerrado. No es el “modelo alemán” a copiar sino una manera de acercarse, a partir de determinados valores morales, con prudencia y con sentido de la interdependencia social, a los diversos problemas económicos de cada realidad nacional. Se podría, incluso, invertir la relación y afirmar que fueron los alemanes quienes, recuperando la sensatez, arribaron a esas ideas, tal como lo han hecho luego, en otras circunstancias, distintas sociedades. La economía social de mercado es, en definitiva, economía de sentido común y el ordoliberalismo, un liberalismo sensato. Por ello no sería sorprendente que muchos compartiesen esa doctrina sin saber de su existencia.

VI

Hacia una estrategia de reconstrucción

25. Varias líneas de acción definen, desde una perspectiva que se inspira en la economía social de mercado y que atiende a la especificidad de Venezuela, el desafío de la reconstrucción. El país debe pasar:

i) De un régimen usurpador a una república genuina.
ii) De un régimen de “enchufados” a un Estado sin “toma corrientes”.
iii) De la hiperinflación a la responsabilidad macroeconómica.
iv) De una petrosociedad a una sociedad pospetrolera.
v) De la concentración económica a un pueblo de propietarios.
vi) De la dictadura económica a una economía de emprendimiento, inclusiva y sostenible.
vii) De los monopolios gubernamentales al empoderamiento ciudadano.
viii) De una política social discapacitante a una política social capacitadora.
ix) Del centralismo al federalismo.
x) Del estatismo y el militarismo a la civilidad.
xi) De la crisis de la política a una nueva democracia.

Estas grandes líneas de acción, que se refuerzan mutuamente, pueden servir de marco para diseñar y ejecutar políticas específicas. El esbozo de tales líneas será el tema de un próximo artículo.

 ***
Notas:

[1] Es común que se incluya también a la “justicia social” como uno de los componentes del proyecto moral que constituye a la economía social de mercado. Ese es, sin embargo, un término equívoco. Basta aclarar aquí que para la economía social de mercado, la justicia social no se basa en la creencia según la cual el enriquecimiento de una parte de la sociedad es la causa del empobrecimiento de otra parte de ella. En una sociedad moderna los ingresos son obtenidos por cada quien en un proceso dinámico que depende, en última instancia, de la valoración que haga la sociedad de los bienes que la persona produce o de los servicios que presta. En ese sentido, los ingresos no son repartidos sino ganados. Ello no significa que una elevada concentración de la riqueza no sea algo odioso para muchos o que no existan modos ilegítimos de enriquecerse. Ambos problemas pueden, evidentemente, comprometer las posibilidades de convivencia pacífica y de desarrollo de las sociedades.
[2] Diversos autores defienden hoy ideas muy cercanas a las de la economía social de mercado, al parecer sin saber de ella. En un libro relativamente reciente, por ejemplo, se puede leer: “En una economía socialista, el sistema político controla los negocios; en un sistema capitalista de compinches, las empresas controlan el proceso político. La diferencia es mínima: en cualquier caso, la competencia no existe y la libertad se reduce. Sin competencia, la vida económica se convierte en injusta, favoreciendo a los conectados. La competencia es el ingrediente mágico que hace que el capitalismo funcione para todos” (Zingales, Luigi. A Capitalism for the People: Recapturing the Lost Genius of American Prosperity, USA: Basic Books. 2014).

19-01-18

http://prodavinci.com/una-vision-de-centro-para-la-reconstruccion/


domingo, 7 de enero de 2018

Todorov sobre el uso de la ideología en el comunismo por @prodavinci


Por Tzvetan Todorov


“Analizar la ideología totalitaria no basta para describir la realidad de los países en los que prospera. Aunque la ideología desempeña un importante papel en la lucha por la conquista del poder, en el seno del Estado comunista asume una función cada vez más decorativa y ritual, porque en esos momentos forma parte de los medios, no de los fines. En este sentido ese Estado no es verdaderamente una teocracia secular, o ideocracia, como se ha podido pensar. El poder ya no tiene más finalidad que sí mismo, aunque sigue siendo necesario mantener el mito comunista.

Encontramos una confirmación de este cambio en un documento publicado recientemente, el diario del dirigente comunista búlgaro Georgi Dimitrov, que mantenía contacto frecuente con Stalin y sus colaboradores más próximos entre 1934 y 1948, y que tomó nota de las palabras que intercambiaban. Las estudio en el capítulo titulado «Stalin de cerca». Tienen que ver sobre todo con la política exterior de la URSS. Ahora bien, Stalin no sólo no hace nunca exposiciones doctrinales, lo que podría explicarse por las circunstancias, sino que además advierte expresamente a sus interlocutores contra la tentación de tomar al pie de la letra los eslóganes ideológicos. Reconocer la supremacía de los principios ideológicos habría creado una forma de legitimidad, a saber, la fidelidad a la doctrina, que sería independiente a la voluntad del jefe. Es tanto como decir que habría abierto una brecha en el monismo totalitario. Stalin no tiene el menor escrúpulo en contradecir los dogmas abstractos e incluso sus propias afirmaciones, y por eso el jefe tiene que reescribir constantemente la historia del partido y rodearse de colaboradores jóvenes en detrimento de los viejos bolcheviques. Los viejos podrían recordar el pasado y reivindicar los principios que se defendieron en otros tiempos, mientras que los jóvenes deben su ascenso exclusivamente a la voluntad de Stalin, por lo que su sumisión es incondicional. Ya Orwell había observado estas características del totalitarismo.

La finalidad es conquistar y conservar el poder, y el medio (eventual), las bonitas construcciones ideológicas. Encontramos ejemplos de cómo se aplica esta máxima a lo largo de todo el período en que Dimitrov toma notas. Durante el pacto germano-soviético (y por lo tanto nazi-comunista), Stalin no siente la menor repugnancia ideológica en colaborar con Hitler. Para él lo único que cuenta es que los países europeos se debiliten mutuamente debido a esa larga guerra. Un año después incluso propone a Hitler unirse al pacto tripartito (Alemania, Italia y Japón) y convertirlo en cuatripartito. En cuanto empieza la invasión alemana, se olvida de toda referencia ideológica y sólo reivindica la guerra patriótica contra Alemania. La ideología hace las funciones de una máscara de la que sólo puede decirse que es útil o dañina. La de Hitler traiciona a su autor. Afirma que los demás pueblos son inferiores, así que ¿cómo pretende que lo apoyen? La de Stalin proclamará las ideas de igualdad y paz, y poco importa que en realidad exija la sumisión y practique la violencia. Después de la guerra reprocha a los dirigentes de la Europa del Este que empleen palabras como «sóviets», «comunismo» y «dictadura», ya que hablar de estas cosas es contraproducente, puede asustar a los indecisos y alertar a los aliados, que se han convertido en hostiles. Basta con actuar. La ideología se ve reducida a una pura forma más o menos cómoda. El fondo es apropiarse del poder.

viernes, 5 de enero de 2018

La crueldad ideológica de los totalitarismos por @prodavinci


Por Wolfgang Gil Lugo



“Mi pueblo está destruyéndose por la falta de conocimiento”
Oseas (4:6)



“Si no tienen pan, que coman pasteles” es la despectiva frase que se le atribuye a María Antonieta, quien no mostró compasión por el hambre del pueblo francés durante los días previos a la revolución.

Era la actitud característica del Ancien Régime, como se le denomina a esa etapa histórica. Lo más razonable sería pensar que, con el fin de las monarquías absolutas, se acabaría el desprecio por el pueblo en los regímenes donde los gobernantes son elegidos por medios democráticos. No fue así.

¿Cómo aparecen los psicópatas políticos en las repúblicas modernas? Aparecen en un escenario de perversión política que tiene lugar cuando el electorado se convierte en cómplice de la corrupción y la impunidad. De esa manera surgen los tiranos contemporáneos, quienes no sienten compasión ni empatía y son inmunes a cualquier remordimiento. Hacen gala de crueldad ideológica al causar dolor y miseria a los débiles e indefensos.

Hay un desprecio prerrevolucionario y otro revolucionario. Las revoluciones pretendieron acabar con las clases sociales y terminaron imponiendo nuevas clases dominantes más autoritarias y tiránicas. Este hecho paradójico parece que escapa a muchos intelectuales malamente autocalificados de progresistas, a pesar de las evidencias de que, en Corea del Norte, el comunismo se convirtió en una monarquía absoluta y hereditaria, mientras en Cuba la cosa va por el mismo camino.

A los gobiernos totalitarios les interesa crear un tipo de fanático, el conformista obediente, que no encuentra ninguna contradicción entre la ideología y el régimen. Todorov escribe:

domingo, 12 de noviembre de 2017

EL PODER DETRÁS DEL PODER (un ensayo: nuevamente publicado en POLIS) por @FernandoMiresOl


Por Fernando Mires


El presente texto (13.4.1914) intenta analizar los vínculos que se establecen entre la representación política y los elementos menos representativos del poder. Partiendo de la base de relaciones interpersonales duales, se intentará indagar, usando entre otros, ejemplos cinematográficos, acerca de los vínculos contraídos entre esas dos dimensiones del poder al nivel de lo político propiamente tal.

Cabe precisar que el texto ha sido escrito en clave de ensayo, es decir, no se trata de un artículo de opinión relativamente extenso sino de un ensayo breve.

1. El Amo y el Sirviente

Si uno afirma que El Sirviente es un clásico del cine, creo que nadie va a estar en desacuerdo. Me refiero a ese legendario filme del año 1963 dirigido por Joseph Losey cuyo guión fue escrito nada menos que por Harold Pinter (Premio Nobel de Literatura, 2005) y en el cual brilló como nunca el gran actor británico Dirk Bogarde secundado por James Fox y Sarah Miles.

Convendrá precisar por qué digo “un clásico” y no, por ejemplo, una gran película. La razón es una: hay magníficos filmes, algunos superiores a los llamados clásicos, pero aún así, no son clásicos. La pregunta pertinente es entonces: ¿Qué es un clásico?

Sin intentar definir, osaré una respuesta: “Un clásico es una obra que se trasciende a sí misma”. Trascendencia que en el caso de El Sirviente actúa en dos sentidos. Por una parte, su tema puede ser enlazado con otros; es decir, se trata de un filme discursivo. Por otra, el mismo filme puede ser visto de modo distinto en diferentes periodos. Esa al menos ha sido mi experiencia.

Las veces que he echado a rodar el video El Sirviente –no pocas- ha sido inevitable para mí conectar su tema con situaciones que trascienden al filme. Por la misma razón, cada vez lo veo de un modo diferente. Así sucede con las grandes obras de arte. Como me confesó un amigo pintor: “Cada vez que miro a la Gioconda, ella me sonríe de distinta manera”.

sábado, 11 de noviembre de 2017

EL PODER DETRÁS DEL PODER, por @FernandoMiresOl



Fernando Mires 10 de noviembre de 2017

El presente texto intenta analizar los vínculos que se establecen entre la representación política y los elementos menos representativos del poder. Partiendo de la base de relaciones interpersonales duales, se intentará indagar, usando entre otros, ejemplos cinematográficos, acerca de los vínculos contraídos entre esas dos dimensiones del poder al nivel de lo político propiamente tal.

Cabe precisar que el texto ha sido escrito en clave de ensayo, es decir, no se trata de un artículo de opinión relativamente extenso sino de un ensayo breve.

1. El Amo y el Sirviente

Si uno afirma que El Sirviente es un clásico del cine, creo que nadie va a estar en desacuerdo. Me refiero a ese legendario filme del año 1963 dirigido por Joseph Losey cuyo guión fue escrito nada menos que por Harold Pinter (Premio Nobel de Literatura, 2005) y en el cual brilló como nunca el gran actor británico Dirk Bogarde secundado por James Fox y Sarah Miles.

Convendrá precisar por qué digo “un clásico” y no, por ejemplo, una gran película. La razón es una: hay magníficos filmes, algunos superiores a los llamados clásicos, pero aún así, no son clásicos. La pregunta pertinente es entonces: ¿Qué es un clásico?