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jueves, 11 de julio de 2019

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO, por @Pontifex_es


CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA CON MOTIVO DEL ANIVERSARIO DE LA VISITA A LAMPEDUSA


HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Altar de la Cátedra, Basílica de San Pedro

Lunes, 8 de julio de 2019


Hoy la Palabra de Dios nos habla de salvación y liberación.


Salvación. Durante su viaje desde Berseba a Jarán, Jacob decide detenerse y descansar en un lugar solitario. Tuvo un sueño en el que vio una escalera apoyada en la tierra y cuya cima tocaba el cielo (cf. Gn 28,10-22). La escalera, por la que los ángeles de Dios subían y bajaban, representa la unión entre lo divino y lo humano, que se cumplió históricamente en la encarnación de Cristo (cf. Jn 1,51), una ofrenda amorosa de revelación y salvación por parte del Padre. La escalera es una alegoría de la iniciativa divina que precede a todo movimiento humano. Es la antítesis de la torre de Babel, construida por hombres que con sus propias fuerzas querían alcanzar el cielo para convertirse en dioses. En este caso, por el contrario, es Dios quien “baja”, es el Señor quien se revela a sí mismo, es Dios quien salva. Y el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, cumple la promesa de que el Señor y la humanidad se pertenezcan mutuamente, en el signo de un amor encarnado y misericordioso que da la vida en abundancia.

Frente a esta revelación, Jacob realiza un acto de entrega al Señor, que se traduce en un compromiso de reconocimiento y adoración que marca un momento esencial en la historia de la salvación. Le pide al Señor que lo proteja en el difícil viaje que tendrá que proseguir y dice: «El Señor será mi Dios» (Gn 28,21).

Como un eco de las palabras del patriarca, hemos repetido en el Salmo: «Dios mío, confío en ti». Él es nuestro refugio y fortaleza, nuestro escudo y armadura, ancla en los momentos de prueba. El Señor es refugio para los fieles que lo invocan en la tribulación. Por lo demás, precisamente en estas situaciones es donde nuestra oración se vuelve más pura, cuando nos damos cuenta de que las seguridades que ofrece el mundo valen poco y no nos queda más que Dios. Sólo Dios abre el Cielo al que vive en la tierra. Sólo Dios salva.

Y este confiar de modo total y extremo es lo que une al jefe de la sinagoga y a la mujer enferma en el Evangelio (cf. Mt 9,18-26). Son episodios de liberación. Ambos se acercan a Jesús para obtener de él lo que ningún otro les puede dar: la liberación de la enfermedad y la muerte. Por una parte, tenemos a la hija de una de las autoridades de la ciudad; por otra, tenemos a una mujer que padece una enfermedad que la convierte en una excluida, una marginada, una persona impura. Pero Jesús no hace distinciones: la liberación se concede generosamente en ambos casos. La necesidad coloca a las dos, a la mujer y a la niña, entre esos “últimos” que hay que amar y levantar.

Jesús revela a sus discípulos la necesidad de una opción preferencial por los últimos, que han de ser puestos en el primer lugar en el ejercicio de la caridad. Son muchas las pobrezas de hoy; como escribió san Juan Pablo II, los «“pobres”, en las múltiples dimensiones de la pobreza, son los oprimidos, los marginados, los ancianos, los enfermos, los pequeños y cuantos son considerados y tratados como los “últimos” en la sociedad» (Exhort. ap. Vita consecrata, 82).

En este sexto aniversario de mi visita a Lampedusa, pienso en los “últimos” que todos los días claman al Señor, pidiendo ser liberados de los males que los afligen. Son los últimos engañados y abandonados para morir en el desierto; son los últimos torturados, maltratados y violados en los campos de detención; son los últimos que desafían las olas de un mar despiadado; son los últimos dejados en campos de una acogida que es demasiado larga para ser llamada temporal. Son sólo algunos de los últimos que Jesús nos pide que amemos y ayudemos a levantarse. Desafortunadamente, las periferias existenciales de nuestras ciudades están densamente pobladas por personas descartadas, marginadas, oprimidas, discriminadas, abusadas, explotadas, abandonadas, pobres y sufrientes. En el espíritu de las Bienaventuranzas, estamos llamados a consolarlas en sus aflicciones y a ofrecerles misericordia; a saciar su hambre y sed de justicia; a que sientan la paternidad premurosa de Dios; a mostrarles el camino al Reino de los Cielos. ¡Son personas, no se trata sólo de cuestiones sociales o migratorias! “No se trata sólo de migrantes”, en el doble sentido de que los migrantes son antes que nada seres humanos, y que hoy son el símbolo de todos los descartados de la sociedad globalizada.

Aparece como algo natural el retomar la imagen de la escalera de Jacob. En Jesucristo, la conexión entre la tierra y el cielo es segura y accesible para todos. Pero subir los escalones de esta escalera requiere compromiso, esfuerzo y gracia. Hay que ayudar a los más débiles y vulnerables. Me gusta pensar, entonces, que podríamos ser nosotros aquellos ángeles que suben y bajan, tomando bajo el brazo a los pequeños, los cojos, los enfermos, los excluidos: los últimos, que de otra manera se quedarían atrás y verían sólo las miserias de la tierra, sin descubrir ya desde este momento algún resplandor del cielo.

Esta es, hermanos y hermanas, una gran responsabilidad, de la que nadie puede estar exento si queremos llevar a cabo la misión de salvación y liberación a la que el mismo Señor nos ha llamado a colaborar. Sé que muchos de vosotros, que habéis llegado hace tan sólo unos meses, ya estáis ayudando a los hermanos y hermanas que han venido recientemente. Quiero agradeceros este hermoso signo de humanidad, gratitud y solidaridad.








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domingo, 3 de marzo de 2019

Oscar Romero: Proclamación de la Transcendencia Humana, por @rafluciani




Rafael Luciani 02 de marzo de 2019

HOMILIA: LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

27 de Mayo de 1979

Queridos hermanos:

Circunstancias. Anécdotas: el capitán del barco al aprendiz de marinero que se mareaba al subir al mástil: “Mira para arriba”.

Desde que era seminarista escuché algo que hoy, en estas circunstancias, me viene muy a la mente y quisiera transmitirle a ustedes. Es la historia de un aprendiz de marinero que lo mandaron a componer algo en el mástil y desde aquella altura, al mirar el mar revuelto, se mareaba y estaba para caer; el capitán que se dio cuenta, le dice: ” ¡Muchacho, mira hacia arriba!”. Y fue su salvación. Mirando hacia arriba dejó de ver aquel mar revuelto que lo mareaba y pudo hacer su operación tranquilo.

– También aquí esta semana el ambiente ofrece la imagen de un mar alborotado y muchos se marean. Mirar para arriba… Tal la fiesta litúrgica de la Ascensión.

Digo que me viene esta comparación porque la mayoría de nuestros hermanos salvadoreños como que se encuentran así, viendo el mar alborotado de nuestra historia, confusos, casi pierden la esperanza. Y es oportuno cómo, en estas circunstancias de nuestra historia, aparece el año litúrgico ofreciéndonos hoy como un grito de alerta: ¡miran hacia arriba! Es la fiesta de la Ascensión del Señor. Aquel cuerpo de hombre, que es al mismo tiempo Dios, subiendo sobre el vaivén de las cosas de la tierra para situamos en una perspectiva de eternidad sobre las cosas que pasan: creo que es la mejor orientación en esta hora de confusiones.

Nuestro ambiente está muy tenso. Hay muchos muertos que ya se han presentado ante el tribunal de Dios a dar cuenta de su actuación en la vida; casi, diríamos, que la Patria se ha convertido en un campo de guerra. Hay muchos hogares de luto. Muchos sin duda tendrán la esperanza cristiana y orarán con serenidad, pero hay otros que anidan sentimientos de venganzas, de rencores, de violencia. Hay muchos heridos. Hay dos fuerzas en choque ensangrentadas y temerosas mutuamente. Hay mucho odio, hay mucho miedo, hay tensión y alarma; y el pueblo, bajo un Estado de Sitio como que se torna más tímido por una parte y por otra, tal vez, más agresivo. En una palabra, nos toca vivir esta celebración de la Ascensión del Señor cuando todo aquí abajo en la tierra nos invita a no evadir -el cristiano no huye- sino a encarnarse más en la historia pero con una perspectiva de cielo. El cristiano juzga la historia con criterios de eternidad.

viernes, 27 de julio de 2018

HOMILÍA DE S.E.R. BALTAZAR ENRIQUE PORRAS CARDOZO EN LA APERTURA DE SU MINISTERIO EPISCOPAL, por @CEVmedios




CEV 26 de julio de 2018
@CEVmedios

Queridos hermanos: con mi saludo cordial y fraterno, agradezco la presencia de todos ustedes, en el inicio de mi ministerio episcopal como Pastor y Administrador Apostólico de esta Iglesia arquidiocesana capitalina, en esta eucaristía compartida con el pueblo que peregrina en Caracas y que por Providencia divina coincide con la fecha aniversario del natalicio del más ilustre hijo de este pedazo de Patria, el Libertador Simón Bolívar. No es fecha para exaltar a un héroe prometeico, sino para rescatar los valores de libertad, igualdad, rompimiento de las cadenas de cualquier esclavitud, la exaltación de la civilidad por encima de las gestas guerreras, y la entrega generosa de la vida por la causa de los oprimidos.

La palabra de Dios que acabamos de proclamar y escuchar nos recuerda, en la primera lectura tomada del libro del Éxodo cuál no debe ser la actitud del creyente ante el forastero, la viuda, el huérfano o el necesitado de ayuda. Por vía negativa es un espejo de la tentación de omisión insolidaria subyacente a la situación omnipresente, dramática y angustiosa que vivimos por la pobreza e incluso miseria generalizadas.

sábado, 7 de julio de 2018

Homilía del acto Eucarístico en la Inauguración de la CX Asamblea CEV, por @CEVmedios





CEV 07 de julio de 2018

HOMILIA
ACTO EUCARISTICO
INAUGURACION ASAMBLEA EPISCOPAL JULIO 2018.

La oración de la Iglesia en esta hora tercia, ante la Presencia Real de Jesús Eucaristía, nos brinda algunas líneas que pueden orientar nuestras labores dentro del marco de la Asamblea Episcopal que estamos iniciando. Nos reunimos los Obispos de Venezuela para una de las dos Asambleas Ordinarias de acuerdo a los Estatutos de la CEV. Pero, "ordinaria", en este contexto no debe ser entendida como una acción cualquiera o sin referencia a la vida de nuestro pueblo, al cual pertenecemos y del que somos sus pastores. Es "ordinaria", que significa mantener viva la comunión entre nosotros mismos, los Obispos, con nuestros presbíteros y diáconos, laicos y miembros de la Vida Consagrada. "Ordinaria" porque se inserta en la vida cotidiana de nuestras comunidades.

Desde esta perspectiva, hay tres ideas que nos llegan de la Palabra de Dios proclamada en esta oración que estamos realizando: el acompañamiento que siempre nos hace Dios; la confianza puesta en Él y el compromiso por la paz del pueblo de Dios. En primer lugar, el salmista nos invita a reconocer que el Señor nos acompaña en todo momento. De allí que le pidamos nos muestre el camino a seguir puntualmente y así "cumplir su voluntad y a guardarla de todo corazón". En este reconocimiento le pedimos nos aleje de las vanidades y de los intereses particulares. Sólo así podremos cumplir su voluntad y disfrutar de la promesa que Él hiciera desde siempre. No es otra cosa que la liberación de la humanidad.

Una segunda idea, consecuencia de lo anterior, es la del la actitud de confianza que hemos de tener en el Dios de la liberación y de la vida. "Nada les falta a los que le temen" entona el salmista..."Los que buscan al señor no carecen de nada". Pareciera contradictorio cantar esta alabanza de confianza a Dios en los momentos que atraviesa nuestra nación y ante el sufrimiento de los más pequeños y desvalidos. Pero, esa fue siempre la experiencia del pueblo de Israel: aún en medio de las dificultades, en medio de los problemas y opresiones, fue invitado a confiar en Dios, quien cual pastor bueno, lo condujo en todo momento aún por cañadas oscuras y barrancos peligrosos.

Para ello, hemos de afinar nuestro compromiso: éste consiste en "buscar la paz y correr tras ella, apartarse del mal y obrar el bien", según las palabras del autor sagrado. Es un compromiso con el bien que nace en Dios y que es capaz de destruir toda maldad; a la vez, es un compromiso del creyente contra la corrupción, fruto del pecado: corrupción que nace por la falta de temor de Dios y la ruptura con la verdad.

Además de otras ideas importantes, con la gracia de Dios, estas tres ideas que recurren hoy en nuestra oración inicial nos orientan en esta Asamblea Episcopal. Asamblea, por otro lado, que se hace en comunión con el pueblo del Dios, al cual servimos y nos debemos. Con estas ideas, surgidas de la Palabra de Dios, podremos orientar nuestras reflexiones, nuestras deliberaciones y conclusiones, así como el mensaje que, ciertamente daremos. Como siempre, esta Asamblea reafirmará nuestro compromiso de pastores. Nos toca "hacer brillar la verdad en el amor". Y esa verdad, reflejo vivo de la Palabra que ibera (cf. Jn 8,32), es la que nos mueve para poder iluminar la vida de nuestra Iglesia y de nuestra nación.

Desde esa Verdad que libera, sencillamente, no sólo hablaremos, sino nos invitaremos mutuamente con todos los venezolanos, a denunciar y luchar contra la corrupción, presente en tantas personas e instituciones a lo largo y ancho del país. Es necesario fortalecer nuestra tarea evangelizadora para hacer resplandecer la luz que rompe todo tipo de tinieblas y que, a la vez, permite vislumbrar los auténticos horizontes de la libertad y de la justicia, que lo son del Reino de Dios. Estamos empeñados en promover la VERDAD, no parcialidades o pseudo-verdades, ni falsos positivos. Lo hacemos, por supuesto, desde la opción por la unidad, en la comunión con todos, sin excepción, recordando que el mundo creerá en Dios, al experimentar la fuerza de la unión entre nosotros y de nosotros con el pueblo de Dios, en especial los más sufridos.

Nuestro compromiso y responsabilidad se manifiesta en las acciones realizadas con total caridad pastoral: nos interesa el bien común de todo nuestro pueblo, no de sectores particulares; nos llama Dios a edificar la verdadera paz, sin condicionamientos ideológicos; nos exige el Señor el compromiso de ser buenos pastores dispuestos a dar la vida por toda nuestra gente. Y dar la vida, obra de amor y misericordia, es estar disponibles para el servicio, ser capaces de levantar a quien está caído y sostener al débil, y es hacer sentir que no somos ajenos al pueblo, a la gente, con sus gozos y alegrías, con sus problemas y dificultades. Para ello, contamos con la gracia que nos da el Espíritu Consolador.

Confiamos, precisamente en Dios. Un Dios encarnado, no lejano. Un Dios que, a través de nosotros, se hace presente a nuestro pueblo para contagiarle esperanza y aliento en medio de las dificultades. Si somos capaces de manifestar nuestra confianza en Dios, de seguro, las angustias y problemas bien serios que vive nuestro pueblo no les asustarán: pues, sencillamente, la gente sabrá entender que podrá confiar en Dios porque somos puentes con Él y porque somos capaces de llevar sus cargas pesadas, como lo supo hacer Simón de Cirene con Jesús.

De verdad que el Señor nos acompaña. Nos ofrece su gracia, su luz y sabiduría. Pero hay algo cierto también: nos ha colocado en medio de nuestro pueblo para que los hombres y mujeres de Venezuela sepan que Dios les acompaña. Somos nosotros, Obispos, presbíteros, diáconos, religiosos y religiosas y agentes laicos de pastoral, quienes debemos hacerles sentir la presencia y compañía de Dios en estos tiempos de tribulación y dificultades. Como se ha hecho siempre, la Asamblea de los Obispos debe contagiar a todo nuestro pueblo la confianza en el Dios que no nos deja solos. Por eso, la luz de su sabiduría secundará las propuestas y decisiones, las acciones y las esperanzas que han de ser promovidas desde acá.

Ante el Señor Sacramentado, iniciando nuestra Asamblea Episcopal, reafirmamos nuestra fe en Él. Sabemos en quién hemos puesto nuestra confianza. Que con las deliberaciones y responsabilidades asumidas en esta Asamblea Episcopal, se sienta que cumplimos con la Palabra de Dios, proclamada en la oración de Tercia: "Sabrán todas las naciones del mundo que el Señor es el Dios verdadero... y nuestro corazón será totalmente del Señor" porque, al seguir sus mandamientos anunciamos su Evangelizo de liberación y edificamos su Reino de amor, verdad y Justicia. Nos protege en ello, María de Venezuela, Nuestra Señora de Coromoto. Amén.

+Mario Moronta R., Obispo de San Cristóbal
I Vice-Presidente de la CEV


miércoles, 17 de enero de 2018

Homilía de Mons. Víctor Hugo Basabe en la celebración Eucarística de la visita 162 de la Divina Pastora en Barquisimeto




HOMILIA CON OCASIÓN DE LA EUCARISTIA POR LA
162ª VISITA DE LA DIVINA PASTORA A BARQUISIMETO
BARQUISIMETO 14 DE ENERO 2018

Queridos hermanos Obispos, sacerdotes, religiosas (os) seminaristas, agentes de pastoral y laicos de los distintos movimientos de apostolado seglar que, desde distintos rincones de Barquisimeto y de Venezuela han venido hoy a sumarse a la alegría y devoción del pueblo larense en ocasión de la 162 peregrinación de la Divina Pastora a Barquisimeto. Autoridades civiles, policiales y militares.

Queridos hermanos todos.

Permítanme expresar en primer lugar mi más sentido agradecimiento a mi hermano Mons. Antonio López Castillo, Arzobispo de esta Iglesia de Barquisimeto y al Comité organizador de esta gran fiesta de la devoción mariana por su deferencia al permitirme presidir esta Eucaristía.

Esta fiesta del amor de un pueblo por la Madre amorosa de Jesús y madre nuestra, se realiza en un marco muy particular.
A nivel litúrgico, estamos en el ocaso del II Domingo del Tiempo Ordinario. Un domingo en el que las lecturas propias de la Misa nos han invitado a vivir atentos en la escucha del Señor a imitación del pequeño Samuel y a seguir a Jesús a fin de que el encuentro con él transforme nuestras vidas y le dé sentido pleno a nuestra existencia, como ocurrió con aquellos dos discípulos que al escuchar el testimonio de Juan sobre el Maestro y luego de pasar la tarde con él vieron transformadas sus vidas para siempre.

En medio del contexto de este segundo domingo del tiempo ordinario. Pero desde las lecturas escogidas para esta solemnidad. Esta jornada mariana tan especial para el pueblo de Venezuela y, en particular para el pueblo larense, nos invita a recordar el amor de Dios por nuestra tierra, de manera especial, en momentos de dificultad como los que ahora vivimos, y a renovar nuestro amor y confianza filial para con María a quien Cristo nos donó como madre al pie la Cruz y quien ha querido hacer de Venezuela tierra privilegiada de su presencia al dársenos en la Coromoto de los llanos, en mi amada Chinita de Maracaibo, en Nuestra Señora del Valle de Margarita y todo el oriente, en la Consolación de Táriba de las montañas andinas, en la Divina Pastora de Lara y de toda Venezuela, y de tantas advocaciones bajo las cuales la venera este noble pueblo.

Ese amor de Dios por Venezuela lo debemos descubrir también, en el oráculo profético de Zacarías que escuchamos en la primera lectura. En él, debemos encontrar la voz reconfortante de Dios que nos anima a los venezolanos a no dejarnos ganar por la desesperanza y a pensar que se ha olvidado de nosotros.

Hoy es Venezuela, ese pueblo asediado por tantos males como el Israel del tiempo del profeta, a cuyo encuentro viene el Señor para recordarle que ha puesto su morada en medio de él para siempre. Hoy somos nosotros ese pueblo que en medio de tantas dificultades debe alegrarse por la certeza de que su Dios viene en su ayuda. Hoy somos nosotros los llamados a entender que nuestro destino como nación, no está en manos de un hombre, de un gobierno o de un imperio, que nuestro destino está en las manos de Dios y que por ende en buenas manos está.

Por eso, como el profeta, yo te digo hoy Venezuela, desde esta tierra de la Madre del Divino Pastor, aún en medio de tantas dificultades y angustias, ¡Alégrate y salta de gozo! Porqué el Señor tu Dios está en medio de ti!

También hoy, la voz agradecida de María que resuena en su cantico de alabanza en el salmo responsorial, debe ser la voz agradecida del pueblo venezolano reconociendo las tantas maravillas y las obras grandes que a lo largo de nuestra historia Dios ha realizado y tenemos certeza, continuará realizando en nuestro favor.

Hoy, a la luz del Evangelio proclamado, viendo el ejemplo de caridad y servicio de María que va a ponerse a disposición de su prima Isabel sabiendo que necesita de su ayuda y compañía, debemos disponernos a imitarlo y salir presurosos al encuentro de tantos hermanos que hoy en nuestra tierra están sumidos en la desesperación y angustia a la espera de que vayamos a su encuentro con una palabra de aliento, con un gesto de caridad y sobre todo, como mensajeros del amor y la esperanza divinas.

Contemplando el ejemplo y la disponibilidad de María, me vienen a la mente las palabras del p. Luis Ugalde SJ, en la sesión inaugural de la recientemente concluida CIX Asamblea Plenaria Ordinaria del episcopado venezolano. Ante la verdad del hambre y desolación en la que cientos de miles de nuestros hermanos están sumidos en la hora actual, a quienes creemos en Cristo en esta tierra, la realidad nos desafía a optar por el camino de la bendición o la maldición eternas de las que nos habla Jesús en el capítulo 25 del evangelista Mateo. Es la hora no sólo para decir que muchos venezolanos están con hambre, sedientos, enfermos, desnudos, presos y forasteros. Es más bien la hora del dar de comer, es la hora del dar de beber, es la hora del vestir la desnudes, es la hora de visitar y confortar al enfermo y al preso, es la hora de acoger a quien pasa por nuestras ciudades y pueblos buscando un mejor destino. Es la hora de elegir la senda de la bendición descubriendo el rostro de Cristo en el rostro sufriente de nuestro hermano. Que se multipliquen en nuestra tierra los gestos de caridad cristiana, que los discípulos de Jesús no nos excusemos en esta hora de la caridad que nos urge. Que como los discípulos ante la verdad de la multitud hambrienta que escuchaba a Jesús, cuando él les dijo “denles ustedes de comer”, no nos excusemos en el decir que no tenemos recursos suficientes, sino que, como aquel joven del cual nos habla el Evangelio, también nosotros nos dispongamos a poner en las manos de Jesús, hoy presente en las manos de nuestros agentes de pastoral social, nuestros cinco panes y nuestros dos pescados, con la certeza de que el milagro de nuevo se realizará.

No escojamos el camino de la maldición en el que se han empeñado quienes niegan que en Venezuela hay hambre y desnutrición. Quienes le cierran las puertas a quienes en el mundo quieren venir a nuestra ayuda negándose a la posibilidad de apertura de un corredor humanitario que permita hacer llegar a Venezuela alimentos y medicamentos. Quienes niegan –aunque lo ven con sus propios ojos- que miles de Venezolanos buscan que comer entre la basura. Quienes se empeñan en decir que en Venezuela todo está bien y que tenemos comida para alimentar a múltiples naciones, cuando la gran verdad es que en Venezuela cada vez más falta de todo y sobre todo alimentos. Quienes están empeñados en no entender que la causa fundamental de los males de Venezuela está en la persistencia en un modelo político económico y social, negador de Dios y por ende de la dignidad humana.

Delante de nosotros pues, una vez más está el camino de la bendición y la maldición. Hermanos creyentes en Cristo, escojamos la senda de la bendición para que un día sobre nosotros sean pronunciadas las palabras del Maestro que nos dice: “Vengan benditos de mi Padre, pasen al banquete preparado para ustedes desde la eternidad, porque tuve hambre y me dieron de comer, porque tuve sed y me dieron de beber, porque estuve desnudo y me vistieron, porque estuve enfermo y me visitaron, porque estuve preso y fueron a verme, porque cada vez que algo de esto hicieron con uno de mis hermanos más necesitados, conmigo lo hicieron.

Por otro lado, también en este domingo, de la mano del Santo Padre Francisco, la Iglesia universal celebra hoy la Jornada Mundial del migrante y del refugiado. Ella nos invita, a sensibilizarnos ante la realidad de millones de personas que en el mundo buscan refugio en otras tierras huyendo de la guerra, los desastres naturales, la pobreza, la persecución política o simplemente en búsqueda de mejores condiciones de vida que en su tierra no encuentran o les son expresamente negadas. En este último caso, no puedo dejar de sentir dolor y hacer mía la tristeza de tantas de nuestras familias venezolanas que hoy se ven tocadas por la migración de sus miembros a tierras desconocidas. Son ya millones de hermanos venezolanos, sobre todo jóvenes, los que se han marchado de nuestro país en búsqueda de nuevos horizontes y mejores condiciones de vida para ellos y para los seres queridos que dejan en su patria.

Hasta hace algunos años, Venezuela fue un país que acogió, protegió, promovió e integró a tantos hermanos que desde distintos lugares del mundo vinieron a esta tierra en búsqueda de un mejor futuro. Jamás pensábamos entonces, que llegarían estos días aciagos que hoy vivimos, en los que los venezolanos serían los que tendrían que marcharse de su país buscando ser acogidos, protegidos, promovidos e integrados en sociedades muchas veces hostiles a su presencia.

Encomendemos a la protección amorosa de la Madre del Divino Pastor, a tantos hermanos nuestros que hoy no están en este suelo que los vio nacer y del que quizás nunca pensaron tendrían que marcharse. Que ella guíe y custodie sus pasos y, en medio de las situaciones que les toque vivir, les mantenga en la certeza de que su Hijo Jesús está con ellos y les acompaña y bendice a donde quiera que vayan.

A ustedes queridos hermanos que hoy están fuera, les invito a mantenerse unidos a Cristo y a buscar la protección de su Santísima Madre. También, a tener presente que ésta tierra les espera con los brazos abiertos. Aquí nunca serán extranjeros, aquí están sus seres queridos y, sobre todo, aquí estará Venezuela esperándoles para que juntos emprendamos la tarea de reconstrucción de nuestro país cuando esta “peste” que hoy nos azota sea parte del pasado.

Ante la verdad de la migración, insisto también en llamar la atención a los jóvenes que están pensando en la posibilidad de marcharse del país. A ustedes les repito las palabras que tantas veces en mis encuentros con los jóvenes de Yaracuy he pronunciado y que en muchas ocasiones han sido molestas para quienes en el fondo se sienten tocados en su conciencia por la responsabilidad que saben les corresponde en este hecho. No son ustedes muchachos los que tienen que irse.

Si alguien tiene que irse de Venezuela, es quien es responsable de este desastre al que nos han conducido. Si alguien tiene que irse es quien es responsable de que miles de niños hayan ya atravesado la frontera de la desnutrición severa. Si alguien tiene que irse, es quien es responsable de que haya miles de venezolanos hurgando en la basura buscando un desperdicio para saciar el hambre. Si alguien tiene que irse, es quien es responsable de la corrupción que condena a los enfermos a morir de mengua por falta de atención en los hospitales insumos médicos y medicamentos. Si alguien tiene que irse de Venezuela, es quien está empeñado en pisotear la dignidad de los venezolanos al pretender convertirnos en mendigos y pordioseros dependientes sólo de las dádivas que ocasionalmente y clientelarmente nos ofrezcan.

Madre del Divino Pastor, Divina pastora de las almas a ti nos encomendamos.

En tus manos ponemos a toda Venezuela y su futuro. Consíguenos de tu hijo Jesucristo un corazón como el tuyo, dispuesto a la escucha, al servicio y al amor. También la sabiduría que necesitamos en esta hora para poder encontrar caminos de solución a tantos problemas que nos aquejan. Hoy, como en 1855, es todo el pueblo venezolano el que hace suyo el clamor del P. Macario Yépez, y te pide nos libres de tantas pestes que nos afligen. De la peste de la indiferencia para con tu Hijo Jesucristo que nos hunde en la desviación ética y moral y no nos permite reconocernos como hermanos hijos de un mismo Dios y hermanos en Jesucristo. De la peste de la indiferencia que nos postra en la comodidad y no nos permite entender que hay gente que necesita urgentemente de nuestro auxilio. De la peste de la indiferencia que no nos permite entender que el futuro de Venezuela no lo construyen unos pocos sino que será el fruto del esfuerzo de todos. De la peste de tanta corrupción política que ha conducido a Venezuela a la ruina moral, económica y social y que es causa de tanta muerte y destrucción en medio de nosotros.

Seguros estamos, que tú intercederás por nosotros. Desde ya te pedimos, oh Madre, que el próximo año, tu venida a Barquisimeto, se realice en el contexto de una fiesta de la libertad, que vengas sobre los hombros de un pueblo que unido a tu hijo Jesucristo y a ti como a su madre amorosa haya decidido asumir su destino y se haya decidido a re enrumbar a Venezuela por los auténticos caminos del progreso, la justicia, la solidaridad y la paz.

Viva La Divina Pastora
Viva el pueblo de Venezuela
Viva el pueblo de Lara
Sea alabado y bendecido por siempre Jesucristo.

Mons. Victor Hugo Basabe
Obispo de San Felipe
Prensa CEV
16 de enero de 2018