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lunes, 26 de diciembre de 2022

Preocuparme por el país / Rodolfo Izaguirre

 



Mi amigo Víctor Guédez padece una contracción muscular en la espalda que los médicos ya están tratando favorablemente. Asumo, sin ser profesional de la medicina, que se trata de un malestar indigno pero pasajero. Reconozco y acepto que es una referencia personal, individual, pero me afecta porque la imagen que tengo de él y de muchos de mis amigos es la imagen de seres sonrientes, cultos y sensibles; intelectuales de prestigio. Víctor ha demostrado conocer todo lo que debemos saber de los aforismos sin darse cuenta de que se estaba convirtiendo, él mismo, en el mejor y más sabio de los aforismos, es decir, en una renovada aspiración.

Me inquieta su salud pero con igual desaliento me preocupa la salud del país venezolano cada día con mayor fiebre y sin diagnóstico exacto de la enfermedad política que lo azota con impávida crueldad. Peor aun, siento que algo me desgarra por dentro y descubro con lágrimas de lástima y furiosa tristeza que el país que alcancé a tener y disfrutar hasta hace algunos años atrás, espléndido y ávido de democráticas promesas y un horizonte abierto a un destino lleno de certidumbres, evidencia estar hundido en la ciénaga pantanosa de un impresentable régimen militar.

Me complace que analicemos el comportamiento de los partidos políticos, que conozcamos sus avances, desventuras y equivocaciones, pero no  olvidemos que en 1908 la sociedad civil aplaudió a Juan Vicente Gómez. Romerogarcía dijo refiriéndose a Don Cipriano: se fue Atila, pero dejó el caballo y ochenta y tantos años mas tarde, la sociedad civil, es decir, nosotros, aplaudimos a Hugo Chávez. Manuel Caballero fue el primero que lo escribió en El Universal y yo lo dije solo al verlo en televisión: ¡Es un fascista! ¡Habrá qué estudiar con atención quiénes somos!

Me crispa mi propia desventura porque es la misma que sacude en la desdichada hora bolivariana el alma de muchos de mis compatriotas maltratados en países ajenos o extraviados en espacios como el Darién, donde la muerte gusta instalarse para que sus víctimas sucumban ante la impiedad de los países del mundo que miran hacia otro lado mientras adolescentes desgraciadamente marginales o de buena cuna mueren en el país venezolano abaleados por esbirros asalariados o fallecen víctimas de tuberculosis en El Algodonal después de recorrer el insensible rechazo de familias, clínicas y hospitales.