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miércoles, 4 de enero de 2023

Benedicto XVI Discurso ante el Parlamento Alemán: reflexiones sobre los políticos y la justicia

 




VISITA AL PARLAMENTO FEDERAL

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Reichstag, Berlín
Jueves 22 de septiembre de 2011

 

Ilustre Señor Presidente Federal,
Señor Presidente del Bundestag,
Señora Canciller Federal,
Señor Presidente  del Bundesrat,
Señoras y Señores Diputados

Es para mi un honor y una alegría hablar ante esta Cámara alta, ante el Parlamento de mi Patria alemana, que se reúne aquí como representación del pueblo, elegido democráticamente, para trabajar por el bien común de la República Federal de Alemania. Agradezco al Señor Presidente del Bundestag su invitación a pronunciar este discurso, así como sus gentiles palabras de bienvenida y aprecio con las que me ha acogido. Me dirijo en este momento a ustedes, estimados señoras y señores, también como un connacional que por sus orígenes está vinculado de por vida y sigue con particular atención los acontecimientos de la Patria alemana. Pero la invitación a pronunciar este discurso se me ha hecho en cuanto Papa, en cuanto Obispo de Roma, que tiene la suprema responsabilidad sobre los cristianos católicos. De este modo, ustedes reconocen el papel que le corresponde a la Santa Sede como miembro dentro de la Comunidad de los Pueblos y de los Estados. Desde mi responsabilidad internacional, quisiera proponerles algunas consideraciones sobre los fundamentos del estado liberal de derecho.

domingo, 7 de octubre de 2018

Virtuoso: "Toda esta grave crisis humanitaria tiene una clara causa política", por @opinionynoticia




Redacción OyN 06 de octubre de 2018
@opinionynoticia

En un Aula Magna repleta, este jueves 04 de octubre tuvo lugar la Lectio Brevis, clase magistral con la cual el rector de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), Francisco José Virtuoso, dio inicio oficial al año académico 2018-2019 y ofreció las directrices que guiarán a la institución.  

El acto protocolar comenzó con la juramentación oficial de Virtuoso como rector para el período 2018-2022, luego de ser ratificado el pasado 30 de junio por el Consejo Fundacional, máximo órgano de la universidad.

En su carácter de canciller de la UCAB, el cardenal Baltazar Porras, administrador apostólico de la Arquidiócesis de Caracas, fue el encargado de presidir esta ceremonia. En el podio lo acompañaron Rafael Garrido, provincial de la Compañía de Jesús en Venezuela y presidente del Consejo Fundacional de la UCAB; además del cuerpo de autoridades académicas de la universidad, conformado por el vicerrector académico, Gustavo Peña; el vicerrector administrativo, Gustavo García; el vicerrector de identidad, Desarrollo estudiantil y extensión social, Néstor Luengo; y la secretaria, Magaly Vásquez.

Porras felicitó a Virtuoso por su labor y manifestó sentirse honrado por lo que representa la universidad como institución para la sociedad venezolana. Exhortó a la comunidad universitaria a trabajar para vencer las dificultades que atraviesa el país.

jueves, 6 de septiembre de 2018

Intervención de Patricia Carrera Arocha en el Parlamento Europeo




Bruselas, 3 de septiembre de 2018 ante la Comisión de Peticiones del Parlamento Europeo

¿Qué sería de los Estados sin la gente?

Muy buenas tardes a todos. Soy Patricia Carrera. Una venezolana que se está volviendo loca de ver tantos muertos por violencia, hambre y enfermedad en Venezuela. El año pasado pedí a los ciudadanos del mundo que me acompañaran responsablemente en la defensa de las libertades individuales de nuestros hermanos, haciendo nosotros mismos lo que jamás debimos delegar en los partidos políticos. Venir a hablar aquí de crisis humanitaria, caos político y social, éxodo multitudinario, inseguridad personal y jurídica, secuestro de instituciones, violación reiterada y sistemática de la Constitución y los derechos humanos, todo como consecuencia del ejercicio gubernamental más corrupto, forajido, antidemocrático, ilegítimo e inepto del orbe; sería perder el tiempo. Esa situación es internacionalmente pública y notoria, por lo que no requiere de más elementos probatorios.

sábado, 2 de junio de 2018

PADRE LUIS UGALDE: “NOS UNE ALGO EN COMÚN: LA INDIGNACIÓN Y LA REBELDÍA CONTRA LA DICTADURA”



Luis Ugalde SJ 31 de mayo de 2018

Nos encontramos aquí juntos en busca de una unidad superior para responder al intento fraudulento de perpetuar desde el poder la dramática negación de la vida que reina en Venezuela. Aquí todos somos distintos, cada uno con su propia historia, su pertenencia grupal y su conciencia, pero nos une algo común: la indignación y la rebeldía contra la dictadura que niega la vida a los venezolanos y cierra el paso a los cambios imprescindibles para que el pueblo de Venezuela tenga vida.

1– Ustedes saben que soy sacerdote católico. Permítanme que, desde las fuentes de mi identidad, comparta con ustedes, no mi religión, sino una profunda sabiduría que trasciende a cualquier parcela religiosa y es patrimonio común de toda la humanidad.

Uno de los primeros libros de la Biblia nos presenta cómo el joven pastor de ovejas Moisés se sintió llamado a liberar su pueblo sometido a la esclavitud en Egipto. Sintió que desde la misteriosa zarza ardiendo Yahvé le decía “quítate las sandalias de los pies, porque el sitio que pisas es terreno sagrado” (Éxodo 3,5). Me atrevo a decir que ahora, en esta magna asamblea, a cada uno de nosotros desde nuestra propia conciencia se nos dice “quítate las sandalias de los pies, porque el sitio que pisas es sagrado”.

sábado, 6 de enero de 2018

DISCURSO DE OMAR BARBOZA EN AN, por @OmarBarbozaDip



Omar Barboza Gutiérrez 05 de enero de 2018

Con humildad republicana comienzo por agradecer la confianza a los colegas Diputados que han votado favorablemente para que asuma durante este período que comienza, la función de presidir esta Asamblea Nacional en la cual reposa la legítima representación del pueblo venezolano.

Esta designación no la interpretamos como un honor o una distinción personal, sino como el encargo de una gran responsabilidad histórica, en cuyo cumplimiento empeñaremos el máximo esfuerzo para no defraudarlos, y sobre todo para servirle bien al pueblo venezolano que hoy lleva la carga más pesada de la grave situación nacional. Para ello solicito el apoyo y la comprensión de todos para que podamos servir al interés nacional y a los mejores sueños de la juventud venezolana.

Lamentamos comenzar afirmando que  nos encontramos ante el riesgo cierto de la disolución de la República en medio de la anarquía y la ausencia del Estado de Derecho. Nos corresponde entonces la tarea de un buen médico que debe determinar la causa real de una enfermedad que puede convertirse en terminal, y de lo acertado de su diagnóstico dependerá la posibilidad de recuperar la salud, la vida del enfermo. En nuestro caso, el paciente se llama Venezuela.

Pudiéramos hoy hacer una larga lista de las calamidades que están sufriendo nuestros ciudadanos, y del fracaso de las distintas políticas sectoriales que ha implementado este gobierno. Podemos, incluso, proponer soluciones por separado a cada uno de los problemas, pero esos enfoques parciales de la realidad que pueden ser muy útiles en otro contexto, nos conducirían a concentrarnos en las consecuencias, descuidando lo fundamental que es el origen del desastre que vivimos.

Es imprescindible determinar la causa matriz que ha convertido a nuestro país, con tantos recursos humanos y naturales, en una fábrica de pobres. Para saber hacia dónde vamos, es muy importante saber dónde estamos parados.
En ese sentido consideramos que existen suficientes evidencias para asegurar que la crisis general, que incluye la social, la económica, la institucional, y la moral, tiene como causa principal la pretensión del grupo que hoy gobierna a nuestro país, de imponerle al pueblo de Venezuela un modelo que representa un populismo totalitario que utiliza la intervención del Estado y el control de casi todos los poderes públicos para amparar la corrupción y la ineficacia, mientras destruye la producción nacional y las empresas del Estado.

Con ese propósito, desconoce los valores y reglas democráticas, utiliza la fuerza para impedir la expresión libre del pensamiento, y al Poder Judicial para darle apariencia de legalidad a sus atropellos. Cuando la sociedad democrática unida se expresó claramente en contra de ese modelo por la vía democrática, tal como ocurrió en las elecciones parlamentarias de diciembre de 2015, entonces decidieron desconocer la voluntad popular que eligió legítimamente a esta Asamblea Nacional, y para ello violaron todas las normas para designar a un Poder Judicial controlado por el oficialismo; que luego para evadir el control constitucional de la Administración Pública Nacional, declaró arbitrariamente en lo que ellos llaman desacato a esta Asamblea Nacional.

Decisiones como esa, por parte del oficialismo con fines totalitarios, constituyen las razones fundamentales de la crisis general que hoy amenaza con la destrucción del país y con enterrar los mejores valores de la auténtica venezolanidad. El hambre, la falta de medicinas, la inseguridad personal y jurídica, el atraso, el deterioro creciente de la calidad de vida, la inflación más alta del mundo llegando a la hiperinflación, son consecuencias directas de las políticas de quienes pretenden eternizarse en el poder.

Es el cambio profundo del modelo que hoy gobierna a Venezuela, el propósito fundamental que debemos perseguir para superar de manera definitiva la presente crisis y evitar que se pueda repetir en el futuro. La tarea es inmensa, reconstruir al país, restablecer la vigencia de Estado de Derecho, y crear las condiciones para que el modelo democrático que representamos les garantice a todos la oportunidad de progresar en libertad, impulsando el crecimiento con justicia social, teniendo a la educación como principal instrumento de cambio, y dándole prioridad a lo hecho en Venezuela. Debemos recuperar el tiempo perdido, e incorporarnos  junto a los países con visión de futuro, que respetan la propiedad privada, reconocen la realidad de los mercados globalizados, y saben que estos son los tiempos de la economía del conocimiento, de la innovación y de la tecnología, y que esa es la vía segura para garantizar una mejor calidad de vida y superar la pobreza en la que se encuentra gran parte del pueblo venezolano.

La Mesa de Unidad Democrática, desde su nacimiento definió la estrategia de la acumulación de fuerzas por la vía democrática hasta obtener el poder político y establecer un Gobierno de Unidad Nacional como la manera de lograr la reconciliación nacional, que no podía provenir de la violencia, para así poder emprender unidos la tarea de la reconstrucción del país y la vigencia de sus instituciones. Esa estrategia correcta en función del interés nacional, llegó a convertir a su tarjeta electoral en la más votada en la historia de Venezuela y nos condujo al gran triunfo en las elecciones parlamentarias de 2015. A partir de allí cometimos los errores de que las diferencias entre distintos factores de la Unidad, más las maniobras del oficialismo para sembrar intrigas entre nosotros, le permitió al gobierno cumplir con su objetivo estratégico de crear desencuentros y desconfianza entre nosotros.
El peor error que podemos cometer en estos momentos es tratar de determinar quiénes fueron los responsables; lo importante es que todos demostremos capacidad para rectificar y mirar hacia adelante.

Ante el crecimiento sin precedentes del deterioro de la situación nacional, tenemos el deber político y ético de reconstruir la  unidad, y para hacerlo tomar en cuenta el sentido de urgencia que debemos darle a los pasos necesarios para lograrlo. Ninguna aspiración personal o partidista, por legítima que sea, debe impedir que nos ´pongamos de acuerdo para actuar unidos en función de asegurar el destino de prosperidad y libertad que merecemos los venezolanos. Estamos ante una emergencia nacional que es el Cambio político para que cambie la situación del país, y toda la dirigencia democrática al lado del pueblo debe incorporarse unida de verdad para lograrlo.

Entre los diferentes escenarios de lucha por el cambio, los venezolanos en su inmensa mayoría estamos de acuerdo con buscar una solución democrática a la crisis que vivimos, y que debemos llegar a ella  por la vía pacífica, ya que todos anhelamos la paz, pero no la impuesta por la fuerza, sino la que derive del respeto al derecho de todos los ciudadanos. Lo que está en juego es el porvenir de nuestra nación, y para determinar el rumbo que debemos tomar solo está legitimado el pueblo venezolano expresando libremente sin ninguna presión que pretenda torcer su voluntad, qué es lo que quiere para Venezuela. Por eso creemos que el principal deber de la dirigencia nacional es crear las condiciones para que se produzca una solución democrática sobre la cual todos tengamos razones para respetarla.

En ese sentido, se justifican los esfuerzos que están haciendo los partidos de la Unidad Democrática con participación internacional, para lograr las condiciones que nos permitan avanzar hacia un acuerdo a pesar de las profundas diferencias entre oposición y gobierno. Y como quiera que en las confrontaciones como la que se vive en Venezuela, la primera víctima es la verdad, debemos entender que ambas partes tenemos fortalezas y debilidades, y que para tener éxito en estas conversaciones ninguna de las partes debe pretender la rendición de la otra. Lo importante de estos procesos es que no perdamos de vista cuáles son los objetivos de fondo que debemos lograr, y en nuestro caso, unas elecciones presidenciales rodeadas de todas las garantías para que cada venezolano ejerza su derecho libremente, debe constituir el objetivo central.

Asimismo, debe formar parte de esas conversaciones el restablecimiento de la institucionalidad democrática, comenzando por dejar sin efecto el llamado desacato de esta Asamblea Nacional, para que en pleno ejercicio de sus atribuciones Constitucionales se dedique a buscar soluciones para los problemas de la gente, defendiendo como siempre sus derechos.

En esta ruta para lograr que las cosas cambien profundamente en Venezuela, es muy importante la concientización, la organización, y el papel que jueguen instituciones y factores fundamentales en el camino que nos queda por andar. En este punto quiero hacer un reconocimiento especial a la Conferencia Episcopal Venezolana por la valiente posición que ha tenido en la defensa de las libertades y el llamado permanente para que se permita un canal humanitario. Sabemos que las otras iglesias que hacen vida en el país comparten las mismas preocupaciones.

Los proyectos totalitarios ponen en riesgo la libertad de expresión, y la mejor demostración es lo que ha sucedido con varios medios de comunicación nacionales e internacionales en Venezuela. Pero tenemos la esperanza de que los medios que han sobrevivido en el país, aún con sus limitaciones, seguirán cumpliendo con su misión de decir la verdad junto a los medios internacionales; al igual que lo están haciendo periodistas y articulistas nacionales y extranjeros. Para todos ellos el reconocimiento de esta Asamblea Nacional y del pueblo venezolano.

La comunidad internacional del mundo democrático ha demostrado, tanto a través de sus gobiernos como de sus parlamentarios, la convicción que tiene de que en Venezuela los que están en juego son los valores democráticos y el respeto a los derechos humanos. Su actitud en defensa de la legitimidad de esta Asamblea Nacional, así como su acompañamiento en el esfuerzo por lograr acuerdos para buscar una salida pacífica y democrática, compromete por siempre el agradecimiento de los demócratas de nuestro país.

De manera especial, agradecemos la buena voluntad que han tenido muchos países del mundo para atender y darle acogida a la inmensa cantidad de venezolanos que se han ido porque ya no soportan las consecuencias del fracaso de este gobierno. A esos países le pedimos, especialmente a los latinoamericanos, que cuando les soliciten su hospitalidad no olviden que quienes se la están solicitando, son las hijas y los hijos de la patria de Bolívar.

En consecuencia, con lo expuesto anteriormente procuraré el mayor consenso para orientar nuestra gestión de manera principal a lo siguiente: En lo político, la reconstrucción de la unidad democrática como alternativa para el cambio tendrá todo nuestro apoyo. Asimismo daremos toda la contribución que esté a nuestro alcance para colaborar con los esfuerzos que se vienen haciendo en favor de un acuerdo que permita una solución democrática a la crisis nacional. Siempre estaremos dispuestos al diálogo con todos los sectores del país, incluso con los del oficialismo que quieran dialogar sobre temas de interés nacional.

En el ejercicio de nuestras atribuciones constitucionales seguiremos cumpliendo con la obligación del control político de la Administración Pública, y denunciaremos todos los actos del Gobierno Nacional que violen la Constitución y las Leyes, o afecten  al Patrimonio Público. En cuanto al trabajo legislativo propiamente dicho, impulsaremos la aprobación de leyes prioritarias, tal como lo hicimos con la Ley de Producción Nacional, aunque sus trámites se lleven solo hasta la segunda discusión, mientras dure el bloqueo inconstitucional al trabajo de esta Asamblea; pero como nosotros sabemos que el Cambio cada día está más cerca, debemos estar preparados dentro del Poder Legislativo con un Banco de Leyes ya tramitadas en esta instancia, cuya aplicación en su momento le de viabilidad legal a los cambios que vienen.

En lo social, pienso llevar a la primera reunión ordinaria de esta Asamblea Nacional, que será el próximo martes, la propuesta de promover con toda la fuerza posible una Alianza Nacional para la Solidaridad Humanitaria. La idea central es estimular a toda la sociedad venezolana, con la participación de todos los entes privados y públicos que lo quieran hacer, a formar parte de una acción nacional concertada para concretar la solidaridad de todos con el pueblo venezolano que sufre como consecuencia de esta crisis. El próximo martes llevaré la discusión de este tema a la sesión plenaria que celebraremos. Creemos que todos los que podamos hacer algo, debemos ponernos la mano en el corazón para apoyar a los que hoy sufren, mientras sustituimos a este modelo generador de pobreza.

Esta es una actividad que por su motivación y objetivos, debe ser apoyada por encima de las diferencias políticas entre opositores y oficialistas, se trata de ayudar a las venezolanas y venezolanos que necesitan nuestro apoyo para atender sus necesidades básicas, y eso debe estar por encima de las diferencias políticas. Si como Asamblea Nacional no tenemos los recursos económicos para financiar una tarea tan inmensa, sí tenemos la voluntad y el deber de promover la expresión de solidaridad por parte de todos los venezolanos que queramos ayudar a nuestros hermanos.

En esta etapa del país, presidir la Asamblea Nacional defendiendo los valores democráticos, es una tarea compleja y difícil que muchas veces no cuenta con la comprensión de quienes hacen exigencias como si estuviéramos en una situación de normalidad democrática. Por eso en relación a la directiva que hoy concluye sus funciones, es justo reconocer el gran esfuerzo de Julio Borges defendiendo esta institución en Venezuela y ante el mundo. Asimismo, desde aquí le enviamos un abrazo de solidaridad a Freddy Guevara; y nos complace reconocer la labor de Dennis Fernández dejando en alto a la mujer venezolana con su inteligencia y capacidad de trabajo.

A pesar de las graves dificultades por las que atravesamos, quiero enviarle un mensaje de fe y esperanza al pueblo venezolano. Vamos a rescatar la unidad nacional por el cambio para que podamos impulsar nuestra lucha comenzando por derrotar la resignación y la desesperanza. No debemos entregar el futuro de Venezuela sin luchar, ni permitir que nos expropien nuestro derecho a cambiar por la vía democrática a los responsables de este desastre.

Hoy le rendimos un homenaje sincero y eterno a los que han caído en esta lucha y le hacemos llegar un abrazo de solidaridad a sus familias. Es importante que los presos y perseguidos políticos sepan que no están solos, que la gran mayoría del pueblo y esta Asamblea Nacional está con ellos, y que uno de los objetivos importantes de esta lucha es la libertad de todos para que puedan volver a ejercer sus derechos constitucionales.

La Quinta República ha fracasado estruendosamente, vamos a construir juntos la República del futuro, la del progreso con justicia y libertad,

Que Dios bendiga a Venezuela y nos ilumine para servirle bien al pueblo venezolano.

Muchas gracias…

jueves, 24 de marzo de 2016

EL DISCURSO DE CUBA, por @BarackObama



Barack Obama 23 de marzo de 2016

Buenas tardes Presidente Castro, al gobierno y al pueblo de Cuba. Gracias por la bienvenida que me ha extendido; a mi familia y a mi delegación. Por más de medio siglo, ver a un presidente de los Estados Unidos aquí en Cuba era impensable, pero este es  un nuevo día. Es un nuevo día entre nuestros países.

[palabras acerca del fallecimiento de un soldado en el norte de Irak]

sábado, 20 de febrero de 2016

Discurso ante la AN de Venezuela, por @oariascr





Oscar Arias Sánchez 17 de Febrero de 2016

Señor Henry Ramos, Presidente de la Asamblea Nacional; Señoras Diputadas, Señores Diputados; amigas y amigos:


viernes, 29 de enero de 2016

Discurso de Humberto García Larralde: Economía venezolana sufre el peor descalabro de la historia



Veintiocho de enero de 2016

En la Academia Nacional de Ciencias Económicas y Sociales tuvo lugar este miércoles la asunción a la presidencia del profesor Humberto García Larralde para el período 2016-2018. A continuación una síntesis de su discurso.

viernes, 15 de enero de 2016

El gob debe cumplir con los dictámenes de los org internacionales porque tiene jerarquía constitucional afirma @delsasolorzano



Catorce de enero de 2016

Ante la situación en Venezuela de presos, exiliados y perseguidos políticos, la reiterada violación de los Derechos Humanos, que coloca al país como el más violento del mundo, es urgente el acatamiento estricto de la Constitución Bolivariana de Venezuela, específicamente en su artículo 23 y se cumpla de inmediato toda la normativa internacional relativa a tratados pactos y convenciones sobre los Derechos Humanos suscritos por la nación.

Así lo manifestó la diputada a la Asamblea Nacional por la mesa de la Unidad Democrática Delsa Solorzano, durante el marco del debate sobre el Proyecto de Acuerdo de Exhortación de cumplimiento de las Decisiones, Resoluciones, Opiniones o Actos dictados por Organismos Internacionales de Derechos Humanos.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

DISCURSO DE @ChuoTorrealba; PRONUNCIADO EL DÍA DE LA VICTORIA



Chuo Torrealba 07 de diciembre de 2015

“¡Comenzó el Cambio, Venezuela! Hoy tenemos razones para celebrar: el país pedía un cambio y ese cambio comienza hoy.

La agenda de la paz reinó y la agenda de los ciudadanos se impuso. El voto logró vencer democráticamente a un gobierno que no es democrático.

sábado, 28 de febrero de 2015

Intervención del Diputado Omar Barboza en el debate sobre el supuesto Golpe de Estado, por @PartidoUNT

Viernes 27 de febrero de 2015

Ciudadano Presidente, colegas Diputados: Este debate es motivado por la afirmación de la colega Segunda Vicepresidenta, en el sentido de que el documento presentado por los señores periodistas afirma que la República está asediada por un supuesto documento inconstitucional.

Nosotros consideramos que tanto la colega Segunda Vicepresidenta como los señores periodistas, tienen un gravísimo error de apreciación, porque la República Bolivariana de Venezuela realmente está asediada por la escasez, por el alto costo de la vida y por la inseguridad personal que ha convertido a esta Patria nuestra en un país lleno de colas para buscar comida, para buscar medicinas, para buscar protección policial.

Aquí lo que está ocurriendo es que frente al fracaso estruendoso de las políticas económicas del Gobierno, que ponen en grave riesgo los programas sociales del Estado venezolano, el Gobierno, en vez de reconocer sus errores y rectificarlos en beneficio del país, ha tenido una conducta contumaz de insistir en las mismas causas que generaron las consecuencias que hoy tienen a Venezuela sufriendo esta grave crisis.

Entonces, como no admiten sus errores, crean una matriz publicitaria: “Es la guerra económica, la guerra económica es la causante de que el pueblo esté como está”. Pues resulta, que eso no les dio resultado, porque el 80% de los venezolanos, en todas las encuestas, dicen que no es cierto que sea la guerra económica, y lo dicen con mucho fundamento.

Este Gobierno que tiene ya más de 15 años, ha tenido los ingresos económicos más altos que cualquier gobierno de la historia; ha manejado una gran fortuna; ha controlado todos los poderes públicos a los cuales ha partidizado, y por eso ha hecho lo que ha querido con los recursos que le pertenecen a todos los venezolanos, es totalmente responsable de lo que está ocurriendo en este país. Nadie le va a creer que alguien de la oposición o de otros sectores tuvo nada que ver con la ejecución de estas políticas económicas desastrosas, cuyas consecuencias está sufriendo el pueblo de Venezuela.

Ahora bien, como no funciona porque no tiene ninguna credibilidad la estrategia de la guerra económica, ahora se vienen con un montaje de un supuesto golpe de Estado con base a un supuesto documento inconstitucional, y es inconstitucional porque en ninguna parte de la Constitución se habla de transición; pero, por supuesto, que políticamente se entiende que la transición se produce, por ejemplo, si renuncia el Presidente de la República y hay que convocar a nuevas elecciones. Si el Presidente, como es su derecho porque está electo por el pueblo, decide no renunciar, pues simplemente se mantiene el curso del Gobierno constitucional; pero tampoco existe en la Constitución el Socialismo del Siglo XXI, y lo utilizan en todos los documentos oficiales sin que nadie proteste por eso.

Entonces, resulta que fracasado el argumento de la guerra económica, hace falta otro argumento, que tampoco es rectificar, es hacer un montaje sobre un supuesto golpe de Estado, para decirle al pueblo de Venezuela que no son responsables de lo que son totalmente responsables, porque lo que pasa es que un golpe de Estado en marcha les impide hacer lo que deben hacer en beneficio del pueblo.

Empieza un nuevo show, al Alcalde Antonio Ledezma lo fueron a detener de manera represiva, sorpresiva, no le dieron el chance ni siquiera de citarlo para que expusiera lo que tenía que exponer ante los tribunales; fue detenido en esa forma tan agresiva y violenta, porque evidentemente la intención no era hacer justicia, era ejecutar una venganza política y poner en la calle una matriz de opinión que desviara la atención del pueblo de Venezuela de lo que realmente está ocurriendo: Un desastre que está tan mal manejado por el Gobierno, que por no rectificar, puede convertir esta grave crisis en un debacle muy doloroso para las instituciones, para la producción nacional, incluso para garantizar la paz entre los venezolanos.

Nosotros lo que exigimos es una profunda rectificación, y vamos a seguir promoviendo, como hemos promovido siempre, el cambio político por la vía democrática, porque tenemos la seguridad de que la gran mayoría del pueblo de Venezuela nos va a acompañar para tener una mayoría indiscutible en esta Asamblea Nacional cuando se celebren las elecciones parlamentarias y, desde allí, iniciar un profundo cambio político en Venezuela, que comience por poner a esta Asamblea Nacional al servicio del pueblo y no al servicio de un Gobierno que está de espaldas a los intereses del pueblo y del interés nacional. Esa es nuestra posición.

Es todo, ciudadano Presidente

Prensa UNT

@PartidoUNT

domingo, 7 de diciembre de 2014

MARIO VARGAS LLOSA EXPLICA SUS POSICIONES POLÍTICAS

Fuente: La Nación. Argentina 07 de diciembre de 2014

CONFESIONES DE  UN LIBERAL LATINOAMERICANO
Reproducimos el discurso que Mario Vargas Llosa dio en el 5to Lindau Meeting on Economic Sciences, una reunión que se hace cada dos años al sur de Alemania y que convoca a más de una decena de Premios Nobel y cientos de estudiantes de todo el mundo, en agosto de 2014

LINDAU, Alemania.- Agradezco muy especialmente al Consejo de los Encuentros Lindau con ganadores del Premio Nobel y a la Fundación Encuentros Lindau por invitarme a dar esta conferencia, pues de acuerdo a sus “considerandos”, han tomado en cuenta no sólo mi labor literaria sino mis ideas y opiniones políticas.

Créanme si les digo que esto es algo bastante novedoso. En el mundo en el que suelo moverme, ya sea en Latinoamérica, Estados Unidos o Europa, cuando alguna persona o alguna institución rinde tributo a mis novelas o ensayos literarios, usualmente agrega de inmediato frases como “aunque discrepamos con él”, “a pesar de que no siempre estamos de acuerdo con él” o “esto no implica que aceptemos sus críticas u opiniones sobre cuestiones políticas”. Aunque ya me he acostumbrado a esta bifurcación de mi persona, me alegra sentirme reintegrado por esta prestigiosa institución, que en vez de someterme a un proceso esquizofrénico, me ve como un ser humano unificado: un hombre que escribe, piensa y participa del debate público. Me gustaría creer que ambas actividades forman parte de una realidad única e inseparable. Pero ahora, para ser honesto con ustedes e intentar responder a la generosidad de esta invitación, siento que debería explayarme con cierto detalle sobre mis posiciones políticas. Y no es tarea fácil. Mucho me temo que no alcance con decir -tal vez fuese más sabio decir que “creo ser”- un liberal. Ya de por sí, ese término entraña una primera complicación. Como bien saben, “liberal” tiene significados distintos y usualmente antagónicos, dependiendo de quién lo use y en qué contexto. Mi difunta y querida abuela Carmen, por ejemplo, solía decir que un hombre era liberal para referirse a sus costumbres disolutas, alguien que no sólo no iba a misa sino que además hablaba pestes de los curas. Para ella, el prototipo que encarnaba esa idea de “liberal” era un legendario ancestro mío que un buen día, allá en mi Arequipa natal, le dijo a su esposa que iba hasta la plaza del pueblo a comprar el diario, para nunca más volver. La familia no tuvo noticias de él durante 30 años, hasta que el fugitivo caballero murió en París. “¿Y por qué se escapó a París ese tío liberal, abuela?”. “¿Y a dónde más si no a París, hijito? ¡Para corromperse, por supuesto!” Esta anécdota tal vez esté en el remoto origen de mi liberalismo y de mi pasión por la cultura francesa.

En Estados Unidos y en el mundo anglosajón en general, el término “liberal” tiene connotaciones izquierdistas y a veces suele asociárselo con el socialismo o con posturas radicales. En contrapartida, en Latinoamérica y España, donde la palabra fue acuñada en el siglo XIX para describir a los rebeldes que luchaban contra la ocupación napoleónica, me llaman liberal -o peor aún, neoliberal-, para exorcizarme o desacreditarme, porque la perversión política de nuestra semántica ha transformado el significado original del término -el de un amante de la libertad que se alza contra la opresión- hasta darle una connotación conservadora o reaccionaria, vale decir, un término que cuando es usado por un progresista, es sinónimo de complicidad con todas las explotaciones e injusticias que padecen los pobres del mundo.

En Latinoamérica, el liberalismo fue una filosofía intelectual y política progresista que en el siglo XIX se oponía al militarismo y a los dictadores y que aspiraba a la separación entre la Iglesia y el Estado y al establecimiento de una cultura civil y democrática. En la mayoría de esos países, los liberales fueron perseguidos, exiliados, encarcelados o ejecutados por los regímenes brutales que con pocas excepciones -Chile, Costa Rica, Uruguay y paremos de contar-, prosperaron en todo el continente. Pero en el siglo XX, la aspiración de las elites políticas de vanguardia era la revolución, y no la democracia, y esa aspiración era compartida por muchísima gente que quería copiar el ejemplo de la guerrilla de Fidel Castro y sus “barbudos” de Sierra Maestra.

Marx, Fidel y el Che Guevara se convirtieron en íconos de la izquierda y la extrema izquierda. Dentro de ese contexto, los liberales fueron considerados conservadores, defensores del status quo, tergiversados y caricaturizados a tal punto que sus verdaderos objetivos políticos y sus ideas genuinas sólo tenían llegada a círculos muy pequeños, mientras que grandes sectores de la sociedad eran ajenos a ellos. Esa confusión sobre el liberalismo estaba tan extendida que los liberales latinoamericanos se vieron obligados a dedicar gran parte de su tiempo a defenderse de las distorsiones y ridículas acusaciones que recibían por derecha y por izquierda.

Recién en las últimas décadas del siglo XX, las cosas empezaron a cambiar en Latinoamérica, y el liberalismo empezó a ser reconocido como algo profundamente distinto del marxismo extremo y de la extrema derecha, y es importante mencionar que eso fue posible, al menos en la esfera cultural, gracias al valiente esfuerzo del gran poeta y ensayista mexicano Octavio Paz y de sus revistas Plural y Vuelta. Tras la caída del Muro de Berlín, el colapso de la Unión Soviética y la transformación de China en un país capitalista (por más que autoritario), las ideas políticas también evolucionaron en Latinoamérica, y la cultura de la libertad hizo importantes avances en todo el continente.Más allá de eso, para mucha gente sigue siendo difícil asimilar el verdadero sentido de la palabra “liberal”, y para complicar aún más las cosas, ni siquiera los liberales parecen poder ponerse de acuerdo del todo sobre lo que significa el liberalismo y lo que significa ser un liberal. Quien haya tenido oportunidad de participar de alguna conferencia o congreso de liberales sabrá que esos encuentros suelen ser de lo más divertidos, ya que las discrepancias prevalecen sobre el acuerdo y porque como solía ocurrir con los trotskistas, cuando existían, todo liberal es a la vez un hereje y un sectario en potencia.

Como el liberalismo no es una ideología, vale decir, no es una religión dogmática laica, sino más bien una doctrina abierta y en evolución, que en vez de forzar la realidad para que ceda, se acomoda a la realidad, existen entre los liberales profundas discrepancias y las más diversas tendencias. Respecto de la religión y otros temas sociales, los liberales como yo, agnósticos y propulsores de la separación entre la Iglesia y el Estado y defensores de la despenalización del aborto, el matrimonio homosexual y las drogas, solemos ser ásperamente criticados por otros liberales que tienen opiniones opuestas sobre estas cuestiones. Esas diferencias de opinión son saludables y útiles, ya que no violan los preceptos básicos del liberalismo, a saber, democracia política, economía de mercado y la defensa de los intereses individuales por sobre los intereses del Estado. Hay por ejemplo liberales que creen que la economía es el campo donde deben resolverse todos los problemas, y que el libre mercado es la panacea para los problemas, desde la pobreza hasta el desempleo, desde la discriminación hasta la exclusión social.

Esos liberales, que son como verdaderos algoritmos vivientes, muchas veces le hacen más daño a la causa de la libertad que los marxistas, primeros campeones de la absurda teoría de que la economía es la base de la civilización, fuerza impulsora de la historia de las naciones. Eso es simplemente falso. Son las ideas y la cultura las que marcan la diferencia entre civilización y barbarie, y no la economía. La economía por sí sola, sin el puntal de las ideas y la cultura, tal vez produzca óptimos resultados en los papeles, pero no le da sentido a la vida de las personas, ni les ofrece a los individuos razones para resistir la adversidad, mantenerse unidos en la compasión, o vivir en un ambiente de verdadera humanidad. Es la cultura, ese cuerpo de ideas, creencias y costumbres compartidas -entre las cuales debe incluirse obviamente también la religión-, la que da vida y aliento a la democracia y permite la economía de mercado, con su matemática fría y competitiva de recompensar el éxito y castigar el fracaso, para evitar que todo degenere en una lucha darwiniana en la cual, como dijo Isaiah Berlin, “la libertad de los lobos es la muerte de los corderos”. El libre mercado es el mejor mecanismo existente para generar riqueza, y cuando se lo complementa con otras instituciones y usos de la cultura democrática puede impulsar el progreso material de una nación a los espectaculares niveles a los que nos tiene habituados. Pero el libre mercado es también un instrumento implacable que sin el componente espiritual e intelectual que aporta la cultura, puede reducir la vida a una feroz batalla egoísta a la que sólo sobreviven los más aptos.

Por lo tanto, el valor central del liberal que yo aspiro a ser es la libertad. Gracias a esa libertad, la humanidad ha podido hacer su viaje de las cavernas a las estrellas y la revolución informática, y progresar desde las variadas formas de colectivismo y asociaciones despóticas hacia los derechos humanos y la democracia representativa. Los cimientos de la libertad son la propiedad privada y el imperio de la ley. Ese sistema garantiza las menores formas de injustica posibles, produce el mayor progreso material y cultural, frena con mayor eficacia la violencia y genera el mayor respeto por los derechos humanos. Para este concepto de liberalismo, la libertad es un concepto único e integral. La libertad política y la libertad económica son inseparables, como las caras de una moneda. Y como en Latinoamérica la libertad no es entendida de esa forma, la región ha sufrido varios intentos fallidos de gobiernos democráticos. Eso ocurrió ya sea porque las democracias que emergieron después de las dictaduras respetaron la libertad política pero rechazaron la libertad económica, que produjo inevitablemente más pobreza, ineficiencia y corrupción, o porque condujeron a gobiernos autoritarios convencidos de que sólo con mano dura y represión podría garantizarse el funcionamiento del libre mercado. Esa es una peligrosa falacia que quedó demostrada en países como Perú, durante la dictadura de Alberto Fujimori, y Chile, bajo Augusto Pinochet. El verdadero progreso nunca ha surgido de regímenes como esos. Así se explica el fracaso de las llamadas dictaduras “del libre mercado” de Latinoamérica.

Ninguna economía libre puede funcionar sin un sistema de justicia eficiente e independiente, y ninguna reforma tiene éxito si se implementa sin el control y la crítica de la opinión pública que sólo son posibles en democracia. Quienes creyeron que el general Pinochet era la excepción a la regla porque su régimen obtuve éxitos económicos luego descubrieron, junto con las revelaciones del asesinato y tortura de miles de ciudadanos, que el dictador chileno no solo era un asesino, sino un ladrón que tenía cuentas con millones de dólares en el exterior, como el resto de los dictadores latinoamericanos. La democracia política, la libertad de prensa y el libre mercado son los cimientos de la posición liberal. Pero así formuladas, esas tres expresiones poseen una cualidad abstracta y algebraica que las deshumaniza y las aleja de la experiencia de la gente común. El liberalismo es mucho, mucho más que eso. Básicamente, es tolerancia y respeto por el otro, y especialmente por quienes piensan distinto, por quienes practican otras costumbres, veneran a otro dios o a ninguno. Al aceptar convivir con quienes son diferentes, los seres humanos dieron el paso más extraordinario en el camino hacia la civilización. Fue una predisposición o un deseo que precedió a la democracia y que la hizo posible, y que contribuyó más que cualquier descubrimiento científico o que cualquier sistema filosófico a contrarrestar la violencia y a aplacar el instinto de controlar y matar en las relaciones humanas. Es también lo que despertó una natural desconfianza en el poder, en cualquier poder, y que es como una segunda naturaleza de nosotros, los liberales.

El poder es inevitable, salvo en esas encantadoras utopías de los anarquistas. Pero el poder sí puede ser controlado y contrarrestado para que no se exceda. Es posible despojarlo de sus funciones no autorizadas que oprimen al individuo, ese ser que para nosotros, los liberales, es la piedra angular de la sociedad, y cuyos derechos deben ser respetados y garantizados. La violación de esos derechos desencadena inevitablemente una espiral de abusos que como ondas concéntricas, barren con la idea misma de justicia social.

Defender a los individuos es la consecuencia natural de creer en la libertad como valor individual y social por excelencia, porque en el seno de una sociedad, la libertad se mide por el nivel de autonomía del que gozan los ciudadanos para organizar sus vidas y trabajar en pos de sus objetivos sin interferencias injusticias, vale decir, la lucha por la “libertad negativa”, tal como la definió Isaiah Berlin en su célebre ensayo. El colectivismo era necesario en los albores de la historia, cuando los individuos eran simplemente parte de una tribu y dependían del conjunto de la sociedad para su supervivencia, pero empezó a declinar a medida que el progreso material e intelectual permitieron que el hombre dominara la naturaleza y superara el miedo al rayo, a las bestias, a lo desconocido y al otro, todo aquel que tenía otro color de piel, otro idioma y otras costumbres. Pero el colectivismo ha sobrevivido a través de la historia en esas doctrinas e ideologías que sitúan los supremos valores de un individuo en su pertenencia a un grupo específico (la raza, la clase social, la religión o la nación). Todas esas doctrinas colectivistas -nazismo, fascismo, fanatismo religioso, comunismo y nacionalismo-, son enemigos naturales de la libertad y feroces enemigos de los liberales. En todas las épocas, ese defecto atávico, el colectivismo, ha levantado su horrenda cabeza para amenazar a la civilización y arrastrarnos de vuelta a la era del barbarismo. Ayer tomó el nombre de fascismo y comunismo; hoy se lo conoce como nacionalismo y fundamentalismo religioso.

Un gran pensador liberal, Ludwig von Mises, siempre se opuso a la existencia de partidos liberales porque sentía que esas agrupaciones políticas, al intentar monopolizar el liberalismo, terminaban desnaturalizándolo, encasillándolo, y forzándolo a entrar en los estrechos moldes de la lucha partidaria por el poder. Por el contrario, Mises creía que la filosofía liberal debía ser una cultura general compartida por todos las corrientes y movimientos políticos coexistentes en una sociedad abierta y prodemocrática, una escuela de pensamiento que nutriera a los socialcristianos, los radicales, los socialdemócratas, los conservadores y los socialistas democráticos por igual. Hay mucho de verdad en esa teoría. De eso modo, en el pasado reciente, hemos visto casos de gobiernos conservadores, como los de Ronald Reagan, Margaret Thatcher y José María Aznar, que impulsaron profundas reformas liberales. Al mismo tiempo, hemos visto a líderes presuntamente socialistas, como Tony Blair en Inglaterra, Ricardo Lagos en Chile, y actualmente José Mujica en Uruguay, que implementaron políticas económicas y sociales que sólo pueden ser calificadas como liberales.

Aunque el término “liberal” sigue siendo una mala palabra que todo latinoamericano políticamente correcto tiene obligación de detestar, desde hace un tiempo, hay ideas y actitudes esencialmente liberales que han comenzado a infiltrarse por derecha y por izquierda en el continente de las ilusiones perdidas. Eso explica por qué en años recientes, las democracias latinoamericanas no han colapsado ni han sido reemplazadas por dictaduras militares, a pesar de las crisis económicas, la corrupción y el fracaso de tantos gobiernos para alcanzar su potencial. Por supuesto que algunos siguen allí: Cuba tiene esos fósiles autoritarios, Fidel Castro y su hermano Fidel, que tras 54 años de esclavizar a su país, se han convertido en los líderes de la dictadura más larga de la historia latinoamericana, así como la desafortunada Venezuela, que de la mano del presidente Nicolás Maduro, el sucesor a dedo del comandante Hugo Chávez, sufre ahora las políticas estatistas y marxistas que muy pronto convertirán a Venezuela en una segunda Cuba. Pero son dos excepciones, y hay que enfatizarlo, en un continente que nunca antes había tenido una sucesión tan larga de gobiernos civiles surgidos de elecciones relativamente libres. Y existen casos interesantes y alentadores como el de Brasil, donde primero Lula da Silva y luego Dilma Rousseff, antes de llegar a la presidencia, abrazaron la doctrina populista, el nacionalismo económico y la tradicional hostilidad de la izquierda hacia los mercados, pero que tras asumir el poder, practicaron la disciplina fiscal y fomentaron la inversión extranjera, la inversión privada y la globalización, a pesar de que ambos gobiernos se sumieron en la corrupción, como ha ocurrido siembre con los gobiernos populistas, y finalmente fracasaron en la continuidad de la reforma.

Más que la revolución, el mayor obstáculo actual para el progreso en Latinoamérica es el populismo. Hay muchas maneras de definir “populismo”, pero tal vez la más exacta sea que es una forma de demagogia social y económica que sacrifica el futuro de un país a favor de un presente efímero. Con un discurso fogoso imbuido de bravatas, la presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner ha seguido el ejemplo de su marido, el fallecido presidente Néstor Kirchner, con nacionalizaciones, intervencionismo, controles y persecución de la prensa independiente, políticas que han llevado al borde la desintegración a un país que es, potencialmente, uno de los más prósperos del planeta. Otros tristes ejemplos de populismo son la Bolivia de Evo Morales, el Ecuador de Rafael Correa y la Nicaragua del comandante sandinista Daniel Ortega, quienes en varios aspectos, siguen implementando el centralismo del control estatal que tantos estragos ha causado en todo nuestro continente.

Pero son las excepciones y no la regla, como era hasta hace poco en Latinoamérica, donde no sólo se están desvaneciendo los dictadores, sino también las políticas económicas que mantuvieron a nuestros pueblos en el subdesarrollo y la pobreza. Hasta la izquierda se ha mostrado reacia a faltar a su palabra de privatizar las jubilaciones -ya se ha hecho en 11 países latinoamericanos, hasta la fecha-, mientras que la izquierda de Estados Unidos, más reaccionaria, se opone a la privatización de la seguridad social. Son todos signos positivos de cierta modernización de la izquierda, que sin reconocerlo, admite que el camino hacia el progreso económico y la justicia social pasa por la democracia y los mercados, algo que los liberales venimos predicando en el desierto desde hace mucho tiempo. De hecho, si la izquierda latinoamericana ha aceptado las políticas liberales, tanto mejor, por más que las disfracen de una retórica que lo niega. Es un paso hacia adelante que deja entrever que Latinoamérica finalmente se estaría deshaciendo del lastre de las dictaduras y el subdesarrollo. Se trata de un avance, al igual que el surgimiento de una derecha civilizada que ya no cree que la solución a los problemas es golpear la puerta de los cuarteles, sino más bien aceptar el voto y las instituciones democráticas y hacerlas funcionar.

Otra señal positiva del incierto escenario latinoamericano actual es que el acendrado y antiguo sentimiento antinorteamericano que recorría el continente ha disminuido notablemente. Lo cierto es que hoy, el sentimiento antinorteamericano es más fuerte en ciertos países de Europa, como Francia y España, que en México o Perú. Es cierto que la guerra en Irak, por ejemplo, movilizó a vastos sectores de todo el espectro político europeo, cuyo único denominador común parecía ser no el amor por la paz sino el resentimiento y el odio hacia Estados Unidos. En Latinoamérica, esa movilización fue marginal y estuvo prácticamente confinada a los sectores de la izquierda más radicalizada, aunque en los últimos días el apoyo de Estados Unidos a la invasión israelí a la Franja de Gaza y la feroz masacre de civiles ha revivido un sentimiento antinorteamericano que parecía haberse desvanecido.

Ese cambio de actitud hacia Estados Unidos reconoce dos razones, una pragmática y otra del orden de los principios. Los latinoamericanos que conservan el sentido común entienden que por razones geográficas, económicas y estratégicas, las relaciones comerciales fluidas y sólidas con Estados Unidos son indispensables para nuestro desarrollo. Además, la política exterior norteamericana, en vez de apoyar a las dictaduras, como hacía en el pasado, ahora apoya sistemáticamente a las democracias y rechaza las tendencias autoritarias. Eso ha contribuido ostensiblemente a reducir la desconfianza y la hostilidad de las filas democráticas latinoamericanas frente a su poderoso vecino del norte.

Ese acercamiento y esa colaboración son cruciales para que Latinoamérica avance rápidamente en su lucha para eliminar la pobreza y el subdesarrollo.

En los últimos años, este liberal que habla ahora frente a ustedes se ha visto enredado con frecuencia en la controversia, por defender una imagen real de Estados Unidos, que las pasiones y los prejuicios políticos han deformado, en ocasiones, hasta el punto de la caricatura. El problema que enfrentamos quienes intentamos combatir esos estereotipos es que ningún país produce tanto material artístico e intelectual antinorteamericano como el propio Estados Unidos -país natal, no olvidemos, de Michael Moore, Oliver Stone y Noam Chomsky-, al punto que uno se pregunta si el antinorteamericanismo es uno de esos astutos productos de exportación fabricados por la C.I.A. para hacer posible que el imperialismo manipule ideológicamente a las masas del Tercer Mundo.

Antes, el antinorteamericanismo era especialmente popular en Latinoamérica, pero ahora se produce en algunos países europeos, especialmente en aquellos que se aferran al pasado que ya fue, y que se resisten a aceptar la globalización y la interdependencia de las naciones en un mundo en el que las fronteras, antes sólidas e inexpugnables, se han vuelto porosas y cada vez más difusas. Por supuesto que no todo lo que pasa en Estados Unidos es de mi agrado. Lamento, por ejemplo, que muchos estados todavía apliquen ese horror que es la pena de muerte, al igual que muchas otras cosas, como el hecho de que la represión está por encima de la persuasión en la lucha contra las drogas, a pesar de las lecciones que dejó la Prohibición. Pero en el balance de sumas y restas, creo que Estados Unidos es la democracia más abierta y funcional del mundo, y la que tiene mayor capacidad de autocrítica, que le permite renovarse y actualizarse más rápidamente en respuesta a los desafíos y las necesidades de un contexto histórico en cambio. Es una democracia que admiro justamente por lo que temía el profesor Samuel Huntington: una formidable mezcla de razas, culturas, tradiciones y costumbres, que han logrado coexistir sin matarse unas a otras, gracias a la igualdad ante la ley y la flexibilidad de un sistema que hace lugar en su seno para la diversidad, bajo el denominador común del respecto por la ley y por el otro.

En mi opinión, la presencia de 50 millones de personas de origen latinoamericano en Estados Unidos no amenaza la cohesión social o la integridad del país. Por el contrario, potencia a la nación, aportando una corriente de vitalidad cultural de enorme energía, en la cual la familia es un bien sagrado. Con su deseo de progreso, su capacidad de trabajo y su aspiración al éxito, esa influencia latinoamericana será de gran provecho para una sociedad abierta. Sin renegar de sus orígenes, esta comunidad se está integrando con lealtad y cariño a este nuevo país, y forjando fuertes vínculos entre las dos Américas. Y eso es algo de lo que puedo dar fe casi en carne propia.

Cuando mis padres ya no eran jóvenes, se convirtieron en dos de esos millones de latinoamericanos que emigraron a Estados Unidos en busca de oportunidades que su país no les ofrecía. Vivieron en Los Ángeles durante casi 25 años, ganándose la vida con sus manos, algo que nunca habían tenido que hacer en Perú. Durante muchos años, mi madre fue obrera textil en una fábrica llena de mexicanos y centroamericanos, entre los cuales hizo excelentes amigos. Cuando murió mi padre, pensé que mi madre regresaría a Perú, como él le había pedido. Pero ella decidió quedarse, vivir sola, e incluso solicitó y obtuvo la ciudadanía estadounidense, algo que mi padre nunca quiso hacer. Más tarde, cuando los achaques de la edad la obligaron a volver a su tierra natal, siempre recordó Estados Unidos como su segunda patria, con orgullo y gratitud. Para ella, nunca hubo incompatibilidad en sentirse peruana y estadounidense al mismo tiempo: ni el menor atisbo de un conflicto de lealtades. Y creo que el caso de mi madre no es excepcional, y que hay millones de latinoamericanos que sienten lo mismo y que se transformarán en puentes vivientes entre dos culturas de un continente que hace cinco siglos fue integrado a la cultura occidental.

Tal vez este recuerdo sea más que una evocación filial. Tal vez, en este ejemplo veamos un atisbo del futuro. Soñamos, como suelen hacer los novelistas: un mundo libre de fanáticos, terroristas y dictadores, un mundo de distintas razas, credos y tradiciones, coexistiendo en paz gracias a la cultura de la libertad, en el que las fronteras sean puentes que hombres y mujeres pueden cruzar en pos de sus objetivos, y sin más obstáculo que su suprema y libre voluntad.

Entonces, ya no hará falta hablar de libertad, porque será el aire que respiramos, y porque todos seremos verdaderamente libres. El ideal de Ludwig von Mises de una cultura universal, imbuida de respeto por la ley y por los derechos humanos, se habrá hecho realidad.

Traducción de Jaime Arrambide


martes, 25 de marzo de 2014

«Se premia en mí la obra realizada por todo un pueblo»



Discurso íntegro de Adolfo Suárez cuando recogió el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia de 1996

Majestad, Alteza Real, Sr. Presidente de la Fundación, Sr. Presidente del Principado, Autoridades, Sra. Ministra, Señoras y Señores,

Quiero que mis primeras palabras sean de gratitud a S. M. la Reina, que nos honra con Su presencia, a S.A.R. el Príncipe de Asturias -que nos preside-, a la Fundación, al Jurado que ha tenido a bien otorgarme el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, a las personas y entidades que apoyaron mi nominación y a todos cuantos asisten a este acto. Creo que se premia en mí la obra realizada por todo un pueblo: en definitiva, la forma y el talante con que se llevó a cabo la transición española a la democracia.

En esta empresa creo que participaron todos los españoles, empezando por S. M. el Rey D. Juan Carlos I que la propició y la amparó, y creo también que la responsabilidad de la tarea me corresponde y que el éxito es de todos los españoles.

Creo que la concordia entre los hombres y los pueblos, en el orden nacional y en el ámbito internacional, debe seguir siendo un ideal permanente de la humanidad. Su consecución -y lo estamos viendo desgraciadamente en nuestros días- es, sin embargo, difícil. Pero cuando se logra, alcanzamos momentos estelares en la humanidad. Con frecuencia se confunde la concordia con el conformismo y con la uniformidad y creo que nada tiene que ver con ellos. Su raíz estriba precisamente en el pluralismo, la libertad y la solidaridad. Sin ellas no es posible la concordia. La concordia jamás se impone, se busca en común y se realiza con el esfuerzo de todos.

La lucha política, la controversia, el debate, el disentimiento, el conflicto no constituyen una patología social. No son acontecimientos negativos. Al contrario, a mi juicio, reflejan la vitalidad de una sociedad.

En toda comunidad política existen siempre distintos estratos de opinión; las discrepancias son por tanto naturales, pero hay uno, a mi juicio el básico, el que se refiere a las razones últimas y esenciales que afectan a la raíz de la propia convivencia, en que creo es necesaria la coincidencia de todos y el consenso de la inmensa mayoría, y ese consenso es el cimiento de una sociedad perfectamente moderna. Cuando ese consenso se destruye sobreviene la discordia y nuestro mundo ofrece dramáticos ejemplos de todo esto. Y así como la concordia es capaz de hacer crecer las cosas más pequeñas, la discordia es capaz de destruir las cosas más grandes.

Ese consenso se ciñe a muy pocas cosas y esenciales cuestiones. Tal vez solamente a una: la voluntad firme y profunda de convivir en libertad. Y eso más que una idea es a veces una "creencia", o al menos funciona como tal. Ortega señalaba que a las ideas las sostenemos nosotros pero que las "creencias" son las que nos sostienen a nosotros. Y desde ellas vivimos en común, es decir, convivimos. La convivencia democrática se basa en "creencias". Por tanto, también creemos en los derechos humanos. Creemos en la libertad, en la igualdad, en la justicia, en la solidaridad. Creemos en la democracia y en el Estado de derecho.

En España estas "creencias" se hicieron tangibles en la transición política. Hoy son la coincidencia básica que se fundamenta en el pacto que nos constituye como Estado social y democrático de derecho.

En la transición nos propusimos todos los españoles la reconciliación definitiva. Y quisimos acabar con el mito de las dos Españas, siempre excluyentes y permanentemente enfrentadas. Pensamos que España o es obra común de todos los españoles, de todos los pueblos que la forman y de todos los ciudadanos que la integran, o simplemente no es España.

La transición fue, sobre todo, a mi juicio, un proceso político y social de reconocimiento y compresión del "distinto", del "diferente", "del otro español", que no piensa como yo, que no tiene mis mismas creencias religiosas, que no ha nacido en mi comunidad, que no se mueve por los ideales políticos que a mí me impulsan y que, sin embargo, no es mi enemigo sino mi complementario, el que completa mi propio "yo" como ciudadano y como español, y con el que tengo necesariamente que convivir porque sólo en esa convivencia él y yo podemos defender nuestros ideales, practicar nuestras creencias y realizar nuestras propias ideas. Creo que nadie, en política democrática posee la verdad absoluta. La verdad siempre implica una búsqueda esforzada que tenemos que llevar a cabo en común, desde el acuerdo de convivir y trabajar juntos. A esta convivencia libre y pacífica, a esa concordia, nos impulsa como necesidad no solamente el pasado histórico, sino el presente y el futuro. Esa concordia está fundada en realidades comunes económicas, sociales y políticas que, a mi juicio, son indiscutibles.

Todos los españoles teníamos que llegar -sin abdicar de nuestras propias ideas y creencias- a un acuerdo esencial, a un pacto fundamental de concordia que es necesario renovar cada día. Creo que así lo hicimos bajo el amparo de la Corona. Así creo que lo debemos seguir haciendo en torno a la Constitución y su cumplimiento y en torno a la Monarquía y a esa realidad común que se llama España. Ese acuerdo ha de reflejar lógicamente la necesidad que tenemos de afrontar juntos, en forma solidaria, el futuro, que a todos nos concierne y hasta la energía, la esperanza y el optimismo con que debemos hacerlo.

Creo que la piedra angular sobre la que, en nuestra transición, se asentó la democracia, consistió, precisamente, en la implantación política y vital de la concordia civil. Y eso debíamos conseguirlo desde el pluralismo que, realmente, se daba entre nosotros. Desde la tolerancia y desde la libertad.

El ánimo común para buscar la concordia y la consolidación de este pacto fundamental de convivencia política fue la que permitió la adopción de las decisiones esenciales de la transición: el reconocimiento de los derechos humanos y las libertades públicas, la aprobación de la Ley para la Reforma Política, las amnistías que permitieron la vuelta de los exiliados de hacía casi cuarenta años, la celebración de las primeras elecciones generales libres, la construcción política del consenso, la elaboración y aprobación de los Pactos de la Moncloa y, por último, la aprobación y promulgación de nuestra vigente Constitución.

Alguien ha dicho que en la Transición conseguimos los españoles en doscientos días lo que no habíamos logrado en doscientos años: que en nuestras cárceles no hubiera un sólo preso político, que en el extranjero no hubiera un solo exiliado por sus ideas y que la ley fuera igual para todos los españoles.

Señoras y Señores,

En la transición trabajamos un grupo de personas con todo el pueblo español por la comprensión, la tolerancia, el diálogo y la concordia. Hemos intentado e intentamos desarrollar los viejos hábitos de la prepotencia, la intolerancia, el dogmatismo, la discordia y la insolidaridad. Ese fue -y sigue siendo- mi talante personal y político. En algún momento he llegado a pensar que yo fui víctima política de la práctica de la concordia. Pero si así fue, me enorgullezco de ello.

Alteza Real,

Si la concordia fue posible hace veinte años, pese a los obstáculos que a ella se oponían, creo que no podemos dudar de la capacidad de los españoles de hoy y del futuro que Vuestra Alteza representa.

Hemos demostrado nuestra aptitud para la convivencia en libertad. Hoy debemos consolidar nuestra voluntad de concordia. Hemos conseguido, desde ella, nuestra integración en la Unión Europea y en los más importantes foros internacionales. Hoy España está abierta al mundo y el mundo valora los esfuerzos realizados desde la transición.

Hoy, sobre todo, los españoles somos conscientes de que cualquier violación de los derechos humanos o de la dignidad de la persona, que se produzca en nuestro país o en cualquier otro lugar del mundo, constituye asimismo una violación que se hace a nuestros derechos y a nuestra dignidad personal. Y debemos actuar con la solidaridad debida y con la eficacia necesaria.

La España de hoy, con sus luces y sus sombras, apenas tiene que ver con las zozobras de la España de ayer. Somos un pueblo que ha superado muchísimos problemas en estos años, pero que debe seguir aprendiendo la gran lección de la concordia, de la convivencia en libertad y en justicia.

En el futuro yo creo que España podrá superar cuantas dificultades se le planteen y realizar su decisiva aportación a la concordia de las naciones. Y para ello creo que los españoles puede que sólo tengamos que hacer una cosa: cultivar, día a día, allí donde nos encontremos, la buena semilla de la concordia.

Muchas gracias.