La calma de hoy no es calma. Si escuchamos con atención, hay un río subterráneo rugiendo su cólera en cada rincón del mapa. Los criminales siguen destapando botellas de champaña, envanecidos en su aparente dominio de las circunstancias. Pero ya aquí nadie tiene el control sobre nada. El caos ha adquirido autonomía de vuelo. Y ellos están cada vez más solos en su borrachera de poder. Mientras tanto, el ruido de fondo se mantiene. El ruido de la ira. Es el “no más” escribiéndose en cada pecho. Es la incierta máscara de la calma. Es nuestro propio huracán en ciernes.
Si algo debemos terminar de entender los venezolanos es que hemos batallado sin descanso, entrado en profundos declives anímicos, vivido alegrías que se esfuman como burbujas y nos han vapuleado la esperanza decenas de veces, sí, pero a pesar de tanto, debemos prohibirnos la resignación. No nos podemos acostumbrar a tanta indecencia. No podemos permitir que conviertan nuestras vidas en un trapo sucio y mohoso arrojado al basurero de la historia. Ese sí sería el fin del país.
Por eso, insisto, nadie está en calma. Nada está en calma. El ruido de fondo es tan nítido como inquietante.
Que nadie se llame a engaño. Que el régimen no tome como victoria las calles vacías ni el grito apagado de los manifestantes. Que no se atreva a hablar de paz conquistada. Que no crea que “una vez más” venció al país (y no hablo de “país opositor” porque ya el adjetivo es tan estrecho como insuficiente). Que la pandilla del régimen no se solace en un brindis de triunfo. Porque aquí nadie puede brindar por nada mientras la ruina continúe su trágico discurso. Porque la gente sigue muriendo, menguando o partiendo. Porque el hambre permanece inalterable en los estómagos del venezolano. Porque nadie con poder de decisión ha movido un dedo para detener el derrumbe del país.


