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sábado, 7 de septiembre de 2024

La incierta calma… / Leonardo Padrón @Leonardo_Padron



La calma de hoy no es calma. Si escuchamos con atención, hay un río subterráneo rugiendo su cólera en cada rincón del mapa. Los criminales siguen destapando botellas de champaña, envanecidos en su aparente dominio de las circunstancias. Pero ya aquí nadie tiene el control sobre nada. El caos ha adquirido autonomía de vuelo. Y ellos están cada vez más solos en su borrachera de poder. Mientras tanto, el ruido de fondo se mantiene. El ruido de la ira. Es el “no más” escribiéndose en cada pecho. Es la incierta máscara de la calma. Es nuestro propio huracán en ciernes.

Si algo debemos terminar de entender los venezolanos es que hemos batallado sin descanso, entrado en profundos declives anímicos, vivido alegrías que se esfuman como burbujas y nos han vapuleado la esperanza decenas de veces, sí, pero a pesar de tanto, debemos prohibirnos la resignación. No nos podemos acostumbrar a tanta indecencia. No podemos permitir que conviertan nuestras vidas en un trapo sucio y mohoso arrojado al basurero de la historia. Ese sí sería el fin del país.

Por eso, insisto, nadie está en calma. Nada está en calma. El ruido de fondo es tan nítido como inquietante.

Que nadie se llame a engaño. Que el régimen no tome como victoria las calles vacías ni el grito apagado de los manifestantes. Que no se atreva a hablar de paz conquistada. Que no crea que “una vez más” venció al país (y no hablo de “país opositor” porque ya el adjetivo es tan estrecho como insuficiente). Que la pandilla del régimen no se solace en un brindis de triunfo. Porque aquí nadie puede brindar por nada mientras la ruina continúe su trágico discurso. Porque la gente sigue muriendo, menguando o partiendo. Porque el hambre permanece inalterable en los estómagos del venezolano. Porque nadie con poder de decisión ha movido un dedo para detener el derrumbe del país.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

La casa grande, por @Leonardo_Padron




Leonardo Padrón 18 de diciembre de 2018

Tiempo de tormenta. Turno de decisiones. Clima de borrasca y viento. Luz difícil.

Desde hace meses no dejo de recibir invitaciones a charlas, conversatorios y tertulias que gravitan alrededor del mismo tema: las razones para seguir apostando por el país, para quedarse y lidiar, para no irnos en desbandada. No es un tema fácil. Es complejo por inédito, por extraño a nuestro hábito, por subjetivo y personal. Es un tema espinoso por el espinoso país que hoy vivimos. Por el caos que nos rodea. Por la violencia de la marea que golpea nuestras certidumbres y ataduras. Ahora bien, ocurre que habitualmente uno no anda explicando las razones que tiene para no irse de su casa. Uno, simplemente, está, permanece, hace hogar en ella. Construye familia. Teje su día a día. Come allí, duerme en ella, la pasea descalzo, se demora en sus ventanas, erige su biblioteca, pone su música, domestica su almohada, conoce sus ruidos y caprichos. Es el lugar donde pugnas con tus gripes, tus despechos o tus resacas. El espacio donde ocurren tus epifanías y descalabros. Donde más has celebrado la navidad, los pequeños triunfos y cada nuevo centímetro de altura de tus hijos. Mi casa, si me pongo específico, limita al norte con la fiesta que es el Caribe, al sur con la selva fantástica de Brasil, al oeste con kilómetros de vallenato, cumbia y hermandad y al este con la vastedad del Atlántico y ese litigio histórico, otra vez de moda, que es Guyana. Mi casa tiene el techo azul casi todo el año. Mi casa es un clima de mangas cortas y risa fácil. Mi casa tiene un catálogo de playas irrepetibles. Y si la camino a fondo me topo con la belleza de sus abismos de agua, con la neblina a caballo de sus páramos, con sus árboles redondos, con su sol de tamarindo y papelón. Mi casa tiene 30 millones de habitantes. Tiene un océano de mujeres hermosas, nocturnas y sensuales. Mi casa es una geografía vehemente y delirante. La han llamado Tierra de Gracia, Pequeña Venecia, Norte del Sur, El Dorado, Crisol de Razas, Paraíso Perdido. En mi casa se baila en todas las esquinas, se toma cerveza sin piedad, se coleccionan abrazos, se hace el amor en cada vestíbulo, y se hace el humor hasta el amanecer. En mi casa está mi infancia, mi ventana y mi lámpara, mi postre favorito, mi carro, mi lista de amigos, mi cine recurrente, mi ruta de librerías, mi estadio de beisbol, mi zona de costumbre y apegos. El sol nace y se pone en mi casa. Resulta que mi razón de ser, lo que me explica y define,  limita por todas partes con mi casa. Este es el domicilio de mis entusiasmos y obsesiones. Tengo una vida entera en ella. Y una vida entera es mucho tiempo. Es todo el tiempo. Una vida amueblada por mis años, mis logros y mis mejores fracasos.  Y sucede que a pesar de todo eso, tengo que explicar por qué no me quiero ir de mi casa.

viernes, 30 de septiembre de 2016

LA POLÍTICA COMO ESPECTÁCULO, por @Leonardo_Padron



Leonardo Padrón 29 de septiembre de 2016

Aún no salgo de mi asombro. El país entero esperaba el pronunciamiento de la MUD el lunes pasado. La expectativa era absoluta. Mas aún, porque el fin de semana previo la MUD había hecho algo inédito, inesperado, como fue convocar a diversos sectores de la sociedad civil para exponerles su propuesta y, a la vez, escuchar opiniones, sopesar ideas, alimentar el contenido que se urdía en esas horas claves. Es tradición: los políticos prefieren hablar, les cuesta escuchar. Eso los hace muchas veces distanciarse del pulso real de la calle, patinar sobre el fango de su soberbia, perder el norte dentro de la brújula. Por eso fue tan bien recibida la noticia de que la MUD abriría sus puertas a otras voces. Y, efectivamente, así ocurrió. Reunidos en un salón del Hotel Pestana, en Caracas, miembros de las distintas toldas políticas estaban allí, sentados,  atiborrados de café y agua, recibiendo el desfile de opiniones y sugerencias de distintos sectores de este complejísimo país. Yo mismo tuve la oportunidad de ser invitado, de dejar caer algunas ideas, de proponer matices o ángulos de la realidad que podrían obviarse con facilidad en la vorágine de los hechos. Insisto, muchas veces he sido convocado a tertulias políticas y generalmente uno los oye monologar sin pausa, y termina con la sensación de haber sido solo audiencia, público en primera fila, sin más utilidad que ser receptor y no interlocutor. Esta vez fue distinto. Oían, anotaban, evaluaban, asentían o no, pero casi nunca interrumpían. Estaban allí para escuchar. Es como si hubieran roto las reglas del club para ampliar con urgencia la membrecía. Eso solo se puede catalogar de instinto de supervivencia. Ante el desmoronamiento del país, y lo crucial del momento, lo más sensato era escuchar otras voces. Fueron, cómo no, tres días de lucidez.