SILVIO WAISBORD 29 de mayo de 2017
Para
quien cree que el debate público debe estar basado en hechos demostrables, es
entendible el desánimo frente al ascenso de la posverdad. Hace unas semanas,
miembros de un sitio digital dedicado a verificar los discursos de funcionarios
públicos confesaban su desazón en vista de la impunidad de políticos que
continúan haciendo afirmaciones falsas, aun cuando sus mentiras hayan sido
desmentidas. Si a esto le sumamos la amplia presencia de convicciones falsas en
segmentos de la opinión pública, es entendible el escepticismo sobre el impacto
de la verificación de hechos.
