Una visión pesimista, respaldada por los hechos, tan visible como los propios fracasos de la oposición. Ángel Álvarez*, se inscribe como estudioso de la política y como politólogo, en esa corriente desarrollada en los países anglosajones que evalúan a los políticos con una dosis de realismo antes que cualquier emocionalidad. Sus opiniones son duras. Las primarias recuerdan la obra teatral Acto Cultural de José Ignacio Cabrujas y la experiencia histórica parece que no nos dice nada. Más aletargamiento y hastío en una sociedad frustrada.
En 1958, en plena transición democrática, había un programa mínimo y varios candidatos. A su vez, esos candidatos se comprometieron a ejecutar ese programa mínimo, cualquiera fuera el ganador de las elecciones, hoy tenemos varios candidatos, pero no hay un programa mínimo. Pareciera que en esa ecuación algo va a salir mal.
El contraste es acertado, aunque son situaciones, muy diferentes entre sí. Lo único parecido y lo que valida ese contraste es que, justamente, las fuerzas políticas que, en 1958, se acuerdan entre sí, en el pacto del 31 de octubre (bautizado luego como el pacto de Puntofijo), alrededor de un objetivo: Garantizar la gobernabilidad, para hacer posible que la democracia se consolidara. Eso se construyó sobre la base de la experiencia del trienio adeco (1945-1948) que, recordemos, es la primera experiencia de elección universal y directa en Venezuela. Primero para la constituyente del 45 y luego para las presidenciales del 48. Durante el trienio, las fuerzas políticas estaban más enfrentadas de lo que están hoy en día. Acción Democrática, Copei, URD y el Partido Comunista se enfrentaban en la calle, incluso de forma violenta, con heridos y muertos. A eso Betancourt le puso un adjetivo, a mi juicio, genial, él lo llamó la época del canibalismo político. ¿Qué se quería con el pacto del 31 de octubre? Suprimir el canibalismo político. Poner a todos los partidarios de la transición democrática en una misma agenda y después, también, con un programa común. Iban a competir y el resultado de las elecciones, iba a ser respetados por todos, que en la medida de lo posible constituyeran gobiernos de coalición y que ninguno jugara a tocarle la barraca a los militares para que dieran un golpe de Estado. Eso no lo tenemos en este momento.
Los venezolanos vamos a un hipotético líder de la oposición, del cual no conocemos un programa.
Yo iría más allá del programa. No conocemos para qué lo vamos a elegir. En el 58, sí estaba claro. Los venezolanos estaban eligiendo, no solamente para un programa, sino para ir a unas elecciones. Se estaba consolidando el proceso electoral. En estas primarias, hay aspirantes que se proponen competir en las elecciones presidenciales venideras, que quieren, además, ser candidatos de la coalición opositora contra el partido de gobierno. Pero esa no es la agenda de todos los candidatos. María Corina Machado, por ejemplo, ha sido absolutamente clara y Guaidó lo ha insinuado, aunque menos claramente, que ellos no están compitiendo para luego competir con Maduro, que ellos están compitiendo para ser los líderes de la oposición, en una agenda distinta que, no necesariamente, es la electoral. ¿Cuál será? Nunca la han dicho.
Vamos a elegir a un líder que automáticamente va encabezar un movimiento político y además va a contar con el respaldo, ya no de los partidos políticos, sino de la sociedad venezolana. Yo veo dos problemas. Uno, vamos a elegir a un nuevo Chávez, una persona que va a decidir adónde vamos y cómo vamos. Dos. Esta es la expresión más acabada de la antipolítica. ¿Qué diría usted?
Creo que hay un componente importante de antipolítica, entre otras cosas, porque los partidos, que son por definición las organizaciones de intermediación política en una sociedad, están en un estado de casi completa postración. Cualquiera que sea el candidato que resulte electo, incluso si está vinculado a un partido político, como Manuel Rosales o Henrique Capriles, tendrá las manos muy libres, respecto a las organizaciones políticas. Y ese es otro contraste con 1958. El acuerdo de ese año fue entre partidos, este más bien, es una elección para elegir a un líder que va a tener, sí, las manos muy libres. Pero compararlo con Chávez no creo que sea afortunado. En todo caso, sí es la elección de un líder personalista. No es la elección. ni de un programa ni de un partido.
Quien resulte electo va a decidir a su real saber y entender, ¿no era eso una característica de Hugo Chávez?
Es que Chávez no era solamente eso, él tenía un programa político claro. Y en este caso no creo que lo haya. Chávez sí era hegemónico en la formulación de ese programa político. Él no tenía competencia ni en el Movimiento Revolucionario 200 ni en el MVR y mucho menos en el PSUV. Es decir, Chávez era el líder único e incontestable. Nadie se atrevía a contradecir o rechazar lo que dijera, porque se exponía a consecuencias severas. Había disciplina con respecto a Chávez. Allí hay una diferencia importante. En segundo lugar, el enorme poder que Chávez concentraba, contrasta con el que pueda tener el ganador de las primarias, porque no hay ninguna forma de obligar a los perdedores, digamos, a obedecer la línea del ganador; perfectamente puede haber disidencia, sin ninguna consecuencia o sanción.
¿Cómo para imponer su propio proyecto?
Sí, Chávez tenía un proyecto político claro. A muchos no les gusta. En lo personal, a mí no me gustó nunca. Pero era un proyecto político de instaurar… lo que finalmente instauró, pues. Un proyecto de control político y social, altamente concentrado en sus manos, con restricciones económicas severas e inversiones populistas petroleras. Era el único proyecto político sin competencia. En cambio, aquí tenemos un proyecto de libre mercado, en manos de María Corina y un proyecto de reformismo social en manos de Rosales. Hay muchos proyectos y ninguna unanimidad entre ellos.
Creo que hay una falla de origen y, para utilizar una metáfora, va a provocar un movimiento sísmico. Ese movimiento sísmico va a demoler la gobernabilidad, la viabilidad de la transición política y seguramente quedará en pie las ruinas de lo que se intente construir. ¿Describe esta imagen lo que podría pasar?
Ese es un escenario posible, pero no sé qué probabilidad tiene. Hay otros escenarios, pudiera ser que nada cambie: llegamos a 2024, vamos a elecciones y Maduro las gana, con trampa o limpiamente, pero las gana. La oposición sigue fragmentada. Algunos irán por las protestas de calle, otros por el acatamiento y la saturación, otros por una crítica, pero sin atreverse a manifestarse de forma radical. Es decir, más o menos, lo que ha venido ocurriendo desde el año… ¿2000? ¡Qué sé yo! Sin mayor cambio y más bien una consolidación del madurismo como facción hegemónica de lo que queda del chavismo y un aletargamiento de la sociedad venezolana, sin mayor activismo. No sé si llamarías a eso un terremoto. Yo creo que el símil no aplicaría en este caso, sino más bien todo lo contrario a un terremoto. Sería, insisto, el aletargamiento de la sociedad y la política. Me atrevería a decir que es el escenario más probable, producto de la incapacidad que, en este momento, tiene la oposición de motorizar ninguna acción, en ninguna dirección, que tenga efectividad política. A lo sumo, estas primarias van a servir para elegir una vocería, que tal vez, con suerte, en el futuro, se convierta en un agente de interacción con el gobierno, en el que tal vez sea la contraparte en procesos de liberalización económica y política.