Américo Martín 12 de abril de 2016
Permítanme,
mis estimados lectores (“ociosos” los llamaba Cervantes) una anécdota personal
que creo ilustrativa de lo que aquí se va a decir. El 7 de julio 1969 salí
tranquilamente del Cuartel San Carlos donde viví durante 2 años y medio. Por
decreto pacificador del presidente Caldera volvía a la calle, libre de cárceles
y “conchas”. Quedaban algunos presos, lo que me convirtió en portador de sus
esperanzas. Rodeado de amigos, periodistas y con mis dos pequeñas hijas
enredadas en mis piernas, cumplí el encargo. Solo guardo los recortes y fotos
de Ultimas Noticias, los demás se extraviaron en medio de amargos o divertidos
avatares. Transcribo parte del escrito de Jesús Petit Medina.
El ex
presidente de la FCU Américo Martin exigió que el Congreso dictara una ley de
amnistía porque la lucha por la libertad de los presos políticos no debía
limitarse a pedir indultos presidenciales.
El
problema, pensé entonces y sigo en lo mismo ahora, es el miriñaque de
distinguir cuáles de los políticos estaban encausados por violar leyes, que
supuestamente serían delitos “no políticos”. Era un ardid para no abrir rejas
por temor a la opinión adversa. El viejo tema de la libertad ciudadana con su
elenco de derechos consagrados como tales por una larga historia. El derecho de
pensar, el de hablar, el de escribir, el de transitar y manifestar sin la
réplica ominosa de la censura, la peinilla, el fusil, el gas del bueno.
La
Amnistía es medida de justicia pero sobre todo es expresión de inteligencia
política. Escuchar a quien reclamaba la amnistía de Chávez y sus compañeros del
4F, considerarla ahora una peligrosa forma de impunidad, da una medida de la
pobreza intelectual y moral de estos disparatados gobernantes. Esgrimieron
pendones, no aceptaron que los suyos fueran calificados como delincuentes o
asesinos. Para ellos eran presos políticos movidos por un proyecto en nombre
del cual se alzaron –armas empuñadas- contra un presidente constitucional,
consciente de la independencia de los tribunales y de la función contralora del
Congreso. Mataron, dispararon, desplegaron blindados, y con todo se les liberó
con el argumento de que hicieron eso movidos por una razón política.
Repetía
Caldera la exitosa pacificación de su primer gobierno. Ex guerrilleros, ex
policías de la dictadura como el terrible Miguel Silvio Sanz recuperaron su
libertad en medio de una sinfonía de calurosos aplausos. Alguno podrá argüir,
de cara a lo que estamos presenciando, que “nunca segundas partes fueron
buenas”, pero sin dudar que, bien formulada, Amnistía equivale a pacificación
de los espíritus
Mienten
a sabiendas cuando hacen de López un “asesino”, todo para negarle el beneficio
de la libertad, calumniar la noble causa de la Amnistía y posar con aire
ofendido porque no se les sepulte para siempre en ergástulas. El juicio que se
ha seguido a López, así como los de Ledezma, Rosales, Ceballos y los muchachos
y los policías metropolitanos sañudamente maltratados, ha sido universalmente
tachado de falaz y tendencioso. ¡Y que nadie les mencione la generosidad que
liberó a su convicto y confeso demiurgo, antes de la culminación del proceso!
Además
de su sentido humano, la Amnistía –insisto- lleva una carga política. Bajo la
tormenta, la violencia, el despojo del estado de derecho, y la propensión a la
justicia con la propia mano, puede ser un gran gesto destinado a cimentar la
paz, el diálogo sincero y la confluencia de factores para levantar a nuestro
abochornado país de la tumba en que pretenden sepultarlo.
Tomado
de: http://americomartin.com/de-amnistias/

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