Carlos Raúl Hernández 12 de abril de 2016
@CarlosRaulHer
En las
democracias normales, ser dirigente político comporta por igual satisfacciones
y sacrificios, aunque la sociedad los detesta por las primeras, sin valorar los
segundos. Las elites económicas y culturales solo comienzan a apreciar esos
“mediocres, ignorantes, deshonestos políticos”, y las virtudes de una gris y
democracia, luego que los pierden. Pero en las entronizaciones autoritarias, la
política es drama puro, y quienes asumen la lucha se juegan la libertad y la
vida, rodeados de vociferantes y cabecitas locas que desde el confort –ahora de
las redes sociales–, les piden acciones
infantiles e imponen líneas. Van alborotando todo lo que tocan. Eso vivimos
largo en estos 17 años de Venezuela y se compara con muchas situaciones
parecidas. La torpeza del militarismo prusiano –apoyado por los grupos de poder
y las clases medias–, terminó en la aniquilación de Alemania en la Primera
Guerra.
Los
dirigentes democráticos recogieron los vidrios de la derrota, dieron la cara
ante el mundo por unos generales pomposos, ineptos y tunantes, y constituyeron
la débil y deshilachada República de Weimar. Y los sectores mencionados, en vez
de protegerla, la desestabilizaron para ellos recoger el poder del piso. Pero
vino Hitler. Cae el zarismo en febrero de 1917 y debían rodear a Kerensky para
defender la libertad naciente, pero las elites lo abandonaron. Y vinieron Lenin
y Stalin. Dirigir de acuerdo a lo que “quiere-la-gente” es no dirigir, entre
otras porque a una entelequia no se le puede instruir sobre las repercusiones
de lo que desea. Nadie está de acuerdo con ajustes económicos o medidas de
austeridad, pero no hacerlo conduce al noveno círculo. Dirigir contra lo que
“quiere-la-gente” en teoría conduce a la pérdida de apoyos.
“Gente” en la cabeza
Pero…
¿quién es la gente? A Pérez lo destituyeron porque lo quería-la-gente, unos
grupúsculos de revolucionarios, resentidos históricos y sifrinos, no así a
Caldera aunque terminó con 7% de aprobación sin que nadie intentara derrocarlo.
En este momento a la oposición, como de costumbre, le toca jugar fútbol maya,
solo que en vez de pelota con una granada. La dualidad entre el ambicionado
vellocino de Referéndum Revocatorio y las denostadas elecciones regionales.
Unos plazos traicioneros que se fijaron para “salir de Maduro” (la salidita la
llaman algunos chuscos) parece otro callejón sin idem y ya los de siempre
blanden que elegir gobernadores sin ese paso previo es “traición” y toda la
retahíla de ripios contra los partidos y su ansia de “puestos”. Al liderazgo le
ha tocado una sopa amarga de insultos por hacer lo correcto, pero también la
miel de ganar la AN, por no oírlos.
Pero
al parecer terminan de divorciarse de esa fauna de estrategas, savonarolas y
torquemadas de papel. Pudiera ser que el gobierno tuviera dos opciones
ganar-ganar. O niega de plano el RR, –muy probable, para cachetear a los
adversarios– o le abre paso a una acción
más que incierta tal vez fatal para sus promotores. Se deben recoger firmas de
20% del Registro Electoral, 3.900.822, en términos que decida el CNE, curvas,
rectas, planas como las del matemático Jorge Rodríguez o geométricas como las
de Kandinsky y no hay que recontar los mitos urbanos y cortapisas sobre esa
recolección. Luego la revocación debe obtener más de los 7.587.532 votos de
Maduro en 2013, para que él quede silbando iguanas. Esa votación ocurrió en un
final de fotografía contra Capriles, después de una campaña dramática en la que
la abstención se redujo al mínimo histórico. El gobierno, en un eventual
revocatorio este año jugará simplemente a la abstención.
El verdadero revocatorio
Lo
boicoteará, y le quitará la fuerza emocional de entonces. Habría que vender
entradas para boxeo de sombra, una pela platónica. La abstención del PSUV
tendrá el efecto demoledor de eliminar el secreto del voto, piedra angular en
la estrategia opositora, lo que afectará a los empleados públicos y a muchos
otros. Después del 6D el liderazgo democrático ha caído en la autotrampa de
poner plazos que terminan traicioneros, en vez de insistir en que no hay atajos
de ningún tipo, sino hacer la tarea. La tentación de los dados, Rosalinda,
facilita disturbios como eso de que cada uno tiene “su método”, porque con
método todo se resuelve. No conviene olvidar que el problema es una relación de
poder a tres y es allí donde se estará el desenlace. La próxima fase del método terrenal –sin olvidar
que hay milagros e imponderables– es ganar abrumadoramente las regionales.
Ese es
el verdadero revocatorio, que gente del gobierno piensa impedir y más bien
habría que salir al paso a ese plan. Hay que cuidarse de que la brega por RR
contribuya indirectamente a esos fines enroscados. Recuperar el Zulia, rescatar
Aragua, Táchira, Mérida, Barinas, Anzoátegui y Carabobo, entre otras. Ese es el
verdadero revocatorio. El liderazgo no consiste en hacer saltar de emoción a
sus seguidores todos los días, para luego terminar en llanto a la hora de la
verdad, sino obtener victorias y finalmente la victoria. Después vendrán las
reconciliaciones con los que difamaban. Una de las inolvidables secuencias del
6D es haber visto cómo los que escupían a los colaboracionistas, sin mediar
palabras se cambiaron el saco y comenzaron a dar recomendaciones sabias a la
nueva mayoría. Lo que digan no importa.

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