Rafael Quiñones 12 de abril de 2016
Las
instituciones son “Las reglas de juego en una sociedad, o, formalmente, los
constreñimientos u obligaciones creados por los humanos que le dan forma a la
interacción humana”. Si hay alguna actividad humana en sociedad donde es
imperativo tener instituciones, es la violencia, donde por lo general las
reglas de juego determinan que sólo el Estado tiene la potestad de ejercerla
(lo que Weber llama Monopolio de la Violencia Legítima). Pero el chavismo, en
su búsqueda de crear una hegemonía
política en que no existieran contrapoderes que regularan su dominio sobre
Venezuela, manifestó desde el principio su deseo de destruir todas las
instituciones. Obviamente todas las Revoluciones de la Modernidad tienen como
fin anular las instituciones vigentes para reemplazar por las otras, las
revolucionarias, las que crean un nuevo orden social. Pero el chavismo,
emulando al hitlerismo, no buscaba destruir el Estado para sustituirlo por
otro, sino que no existiera ninguno. Sin instituciones no hay regulación del
poder, y así se reina de manera absoluta por medio del caos.
La
ruptura de toda institucionalidad, más allá de la autoridad carismática de
Chávez (Weber nuevamente), obviamente genera desintegración social. Si la
sociedad sólo se organiza de acuerdo a los caprichos del caudillo carismático,
la población se convierte en masa, perdiendo
su capacidad de organizarse en colectivos conscientes y por lo tanto no
hay sociedad. Se concreta esto porque de esta forma existe el terreno fértil en
sociedad para que toda vida social sea ocupada por el Estado. Pero como hemos
dicho, el Estado como tal ha sido destruido para encarnarse en el caudillo
carismático que a su vez se arropa toda representación de la nación y de los
colectivos que hacen vida en ella. La desintegración social que auspicia el
convertir la sociedad en masa es peligrosa, ya que el pensamiento de las masas
es automático, dominado por asociaciones estereotipadas y clichés registrados
en la memoria, sirviéndose de imágenes de la realidad pero no de experiencias
de la realidad en concreto. Esto lleva que para comprender la realidad las
masas no busquen las pruebas palpables por medio de la experiencia para
comprenderla, sólo le es necesario las imágenes en su mente que se encadenan
para definir esa realidad, sugestionándolas para actuar por medio de la
violencia.
Si el chavismo ha disuelto los lazos
institucionales para hacer una transición de una sociedad de clases sociales
(con instituciones políticas representativas) a una de masas (donde toda
representación es en torno al caudillo mesiánico), la sociedad entra en lo que
se llama Anomia: Un ente en proceso de desintegración. Pero las sociedades como
los organismos vivos se resisten a morir y tratan de reconstruir algún tipo de
institucionalidad, y en el caso venezolano, unas nuevas normas de interacción
humana, que macabramente están fundadas en la lógica de la violencia. Una
institucionalidad que el Estado no ha dudado en aliarse y fortalecer para
dominar la nación.
Una de estas nuevas instituciones es el
pranato, una mega-organización delictiva que intenta crear una integración
paraestatal de carácter autoritario en
Venezuela. El pran originariamente era el líder informal de los presos en las
cárceles venezolanas (el término parece haberse importado desde
Centroamérica) y por lo tanto dirigía la
vida delictiva dentro de un penal. Con el desarrollo de la Revolución
Bolivariana, estos “líderes negativos” empezaron a ocupar todos los espacios de
poder de las cárceles venezolanas, inclusive las estatales, para luego integrar
grandes asociaciones delictivas que operan fuera de la cárcel, cristalizando
gigantescas sociedades delictivas que van desde simples actos de sicariatos,
tráficos de drogas y extorsiones (tanto dentro como fuera de las prisiones)
hasta la protección de comunidades enteras en los centros rurales y urbanos del
país. Hay fuertes indicios periodísticos que esas organizaciones funcionan con
el estímulo y consentimiento del Estado venezolano, para reforzar más su poder
en la sociedad, creándose en las zonas populares las llamadas “Zonas de paz”,
donde la acción policial está prohibida por el gobierno. Pero la lógica de
estas organizaciones está lejos de querer una subordinación política
Otra macabra institución violenta que se ha
masificado en Venezuela, es el linchamiento. Ante el vacío originado por un
Estado que no monopoliza la violencia, la ciudadanía institucionaliza acciones
de masas que con una eficacia casi quirúrgica, concretan la tortura y ejecución
de delincuentes. En esta situación, las comunidades se organizan y matan a
criminales de poca monta (y en muchos casos, civiles inocentes) con unos
procedimientos casi militares, que muchas veces culminan con la incineración de
la víctima viva. Esto es muy frecuente en los procesos de interacción entre las
zonas clase media con las clases populares, donde toda presencia de ciudadanos
de estratos bajos es vista como una potencial amenaza, procediendo a su
linchamiento como “ataque preventivo”.
Las clases populares a su vez, crean en su
interacción con las clases medias y altas, instituciones violentas propias para
regular su interacción social y así satisfacer sus necesidades, cobrando
"vacunas" para costear la compra de servicios públicos a particulares
ante la crisis del Estado y sus atribuciones. Un ejemplo específico de esto fue
cuando habitantes de un sector popular de Pampatar, en la Isla de Margarita,
bloquearon la salida de los vecinos de una urbanización de clase media
imponiéndole una curiosa suerte de secuestro, exigiendo un pago en metálico
para costear el pago de las cisternas de agua potable que necesitaban en su
barrio justo al lado.
Podríamos enumerar una gigantesca lista de
nuevas instituciones sociales en la Venezuela actual que se han masificado y
hecho dominantes sobre la lógica de la violencia. Una seudo-institucionalidad
que socializa la psique de los ciudadanos en el no reconocer humanidad en los
otros, donde los diferentes ya no son
pares ni siquiera competidores, sino enemigos. Una dinámica completamente
coherente con el ethos que motiva la lógica de este gobierno y su expresión pura en la confrontación
física y la violencia, subsidiando el Estado esta forma de violencia
para-estatal.
Vale
destacar que si un Estado tiene el deber de monopolizar la violencia, no es
sólo para garantizar la paz. Si se monopoliza la violencia es para garantizar
la civilización, porque solo la civilización crea la paz. Y la paz se conquista
para obtener justicia, porque la justicia es la base fundamental de la
civilización. Una civilización injusta se construye sobre la arena y ésta no
sobrevive por mucho tiempo a una tormenta.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Para comentar usted debe colocar una dirección de correo electrónico