Fernando Mires 08 de abril de 2016
Hasta
hace poco existían tres vías en el proceso que lleva a la implantación de una
dictadura: la golpista, la revolucionaria y la combinación de ambas. Los
latinoamericanos que vivimos la política del siglo XX estábamos acostumbrados a
la primera. Ocurría casi siempre en una mañana, muy temprano: una junta de generales
anunciaba que el presidente había sido depuesto. Retumbaba el himno nacional.
Después venía la masacre.
La
otra vía era la de las revoluciones. El cuadro también es familiar: tropas
rebeldes entran en la capital y el líder máximo pronuncia un discurso
histórico. Al cabo de un tiempo, al calor de juicios sumarios y ejecuciones,
comenzaba a nacer una nueva clase de Estado más cruel y brutal que la anterior.
La
combinación de ambas vías ha sido también usual. Ocurrió por ejemplo en el
Octubre ruso y en el Enero cubano. En el primer caso Lenin caracterizó a
la revolución como de “obreros, campesinos y soldados”. En el segundo, Castro
mantenía contactos con oficiales del ejército de Batista, entre ellos el coronel
Barquin, cuya tarea sería rendirse en el momento asignado.
La
forma democrática de gobierno mantiene hoy su hegemonía formal. Los generales
ya no son bien vistos en el poder. Difícil será que Trujillo, Somoza, Videla,
Pinochet, resuciten. El general Raúl Castro es solo representante de una rancia
estirpe de gorilas en extinción. Hitler, Mussolini y Franco son un pasado ya
lejano. Sin embargo, eso no significa que las alternativas dictatoriales han
desaparecido.
Las
dictaduras actuales son más sutiles. Sus orígenes no son cuarteleros sino
electorales. Ya en el gobierno, utilizan el fervor originario para demoler
progresivamente las instituciones en nombre de “el pueblo”. El Ejército y la
Policía son convertidos mediante sobornos en estamentos del gobierno. Los
poderes del Estado, en apéndices del ejecutivo. Las asociaciones empresariales
y obreras, corporavitizadas. El respeto al orden político deviene en culto a la
personalidad del máximo líder.
La vía
electoral hacia la dictadura no es, aunque así lo parezca, un invento
latinoamericano. La patente histórica la tiene Adolf Hitler quien, gracias a
notables éxitos electorales logrados desde 1928, pudo hacerse del poder en
1933.
De la
misma manera, el peligro de la destrucción de la democracia por medio de autoritarismos
electorales es hoy más grande en Europa que en América Latina. Tanto en la
Hungría de Orban, en la Polonia de Kaczinski o en la Turquía de Erdogan, los
libretos parecen haber sido sacados de los baúles del “socialismo del siglo
XXl” latinoamericano, aunque sus ideologías nacionalistas y xenofóbicas
aparezcan como antagónicas (tan antagónicas como parecían ser en el pasado las
ideologías estalinistas y las fascistas)
La
madre de todas las neo-dictaduras electorales, de las actuales y de las que ya
asoman, es, para no variar, Rusia. Putin ha continuado por vías ideológicas
diferentes el camino trazado por Lenin y Stalin. Es el mismo camino que conduce
a la conversión de Rusia en centro de la reacción antidemocrática mundial.
A
algunos puede parecer exagerado el dibujo de una amenaza dictatorial en Europa,
sobre todo si se toma en cuenta que los diversos gobiernos nombrados, aparte de
ser extremadamente autoritarios, se diferencian ideológicamente entre sí. No es
lo mismo, en efecto, el catolicismo ultramontano de gobiernos como el de
Hungría, Polonia, o el que dice profesar Marine Le Pen, que el islamismo
otomano que levanta Erdogan y que el cristianismo ortodoxo al que adhiere de
modo oportunista Putin.
Evidentemente,
no es lo mismo. Pero sí es lo mismo el hecho de que todos recaven su
legitimidad política en dogmas religiosos (pre-políticos). También es cierto
que si bien Orban y Le Pen son abiertamente pro-rusos, Kaczinski todavía no lo
es. Mas, a Putin, lo que más interesa en estos momentos no es ganar simpatías
sino desestabilizar políticamente a Europa. Y lo está consiguiendo. Todos los
nuevos movimientos sociales europeos, incluyendo los de extrema izquierda, y
todos los gobiernos ultranacionalistas recientemente emergidos, levantan sus
banderas en contra de la unificación de Europa. Una Europa fragmentada, está
casi de más decirlo, conviene más a Putin que una Europa unida.
La
conexión que objetivamente se da entre las migraciones masivas y el auge de las
derechas nacionalistas y teocráticas, trabaja a favor de los planes del
mandatario ruso. Si atendemos a las estadísticas que muestran como de cada
cinco refugiados que llegan a Alemania cuatro huyen de los bombardeos
ruso-sirios y no de ISIS, veremos en que medida la crisis migratoria que acosa
a Europa tiene que ver no muy poco con el proyecto desestabilizador de Putin.
No se
trata por supuesto de que Putin esté fraguando ocupar una parte de Europa, como
lo hizo una vez Stalin. Pero sin dudas está en sus planes crear zonas de
influencias valiéndose de gobiernos y movimientos con tendencias afines, cuando
no dictatoriales, por lo menos extremadamente autoritarios.
En
términos escuetos es posible decir que mientras más nacionalistas y
autoritarios son los nuevos gobiernos europeos, más amplia es el área de
influencia de Putin. Así como Stalin se sirvió de los partidos comunistas,
Putin se sirve de los partidos, movimientos y gobiernos ultranacionalistas.
El
nacionalismo y la xenofobia a los que hay que sumar el “antieuropeísmo de los
europeos” parecen ser más fuertes y atractivos que el ideal comunista de
ayer. Por de pronto, la (contra) revolución nacionalista y antidemocrática ya
no es un fenómeno periférico. El “Frente Nacional” lepenista e “Iniciativa para
Alemania”, por ejemplo, acosan no solo a dos gobiernos sino a los dos estados
más centrales de Europa.
Naturalmente,
en la mayoría de los países europeos existen reservas democráticas. El problema
es que sus representantes no parecen tomar conciencia de la magnitud y cualidad
de los peligros que acechan. Todavía no logran entender que la condición
democrática no se define solo votando, sino asumiendo una actitud
militante frente a los enemigos de la democracia vengan estos de donde vengan,
sea del terrorismo islamista o de los movimientos ultranacionalistas endógenos.
No ha habido jamás –eso es lo que solo muy pocos quieren reconocer- una
democracia sin enemigos.
Bajo
formato de tesis podríamos afirmar que mientras en Europa la vía electoral
hacia la no-democracia, vale decir, hacia la erección de gobiernos autoritarios
con incrustaciones dictatoriales –así son y serán las dictaduras del Siglo
XXl- mantiene una tendencia ascendente, en América Latina ha comenzado
recientemente a perfilarse una línea descendente
Las
derrotas electorales experimentadas por Cristina Fernández en Argentina, Evo
Morales en Bolivia y Nicolás Maduro en Venezuela, parecen testimoniar ese
descenso. Sin embargo, todavía es temprano para dictar la última palabra. Nadie
puede asegurar cien por ciento si ese descenso será transitorio o definitivo.
En
Argentina la situación dista de ser irreversible. Si llega a serlo, dependerá
en gran parte del rumbo político que tome el gobierno de Macri. Cierto es que
las medidas económicas recientemente puestas en rigor por el presidente están
destinadas a des-cristinizar tanto la administración como la economía del país.
Pero el éxito de Macri, por muy eficaz que sea su gestión empresarial, será
medido en términos políticos los que estarán determinados por su capacidad de
atraer a votantes del peronismo no-cristinista. Eso dependerá a su vez de la
aptitud del gobierno para implementar programas sociales que lo alejen de la
imagen de inescrupuloso neo-liberal que busca endilgarle el cristinismo.
En
Bolivia nadie sabe si la derrota en el plebiscito destinado a eternizar al
Presidente será el comienzo del fin del evismo o una fase que permitirá su
perdurabilidad. No es un misterio para nadie que la oposición boliviana, si
bien puede unirse en torno a la palabra NO, es muy difícil que lo haga
alrededor de programas y liderazgos comunes. También es cierto que a Morales le
quedan algunas cartas por jugar. Por el momento está jugando con mucha
agresividad la “carta marítima” en contra de Chile. El propósito es claro:
Morales intenta transformarse de líder social en un líder de un amplio
movimiento nacionalista situado por sobre “izquierdas y derechas” en el mejor
estilo de los presidentes del antiguo MNR.
En
Venezuela, después de la derrota de la AN, el gobierno ha optado por tender una
barricada jurídica alrededor de la entidad parlamentaria. De hecho, Maduro ha
decidido gobernar con prescindencia del Parlamento. Eso significa que el
venezolano ya ha dejado de ser un gobierno político para transformarse en una
fortaleza jurídica-militar por el momento inexpugnable. A favor del gobierno
juegan hoy como ayer las clásicas divisiones al interior de la oposición.
Después de haberse subido a última hora al carro electoral los radicales de
siempre han vuelto a bajarse exigiendo una movilización de masas en la que
ellos no tendrían la menor incidencia.
En
suma, ni en Europa ni en América Latina la suerte política está echada. El
futuro, por ser futuro, continúa siendo incierto. La gran diferencia es que,
mientras en Europa la vía electoral hacia la dictadura cobra cada día más
fuerza, en América Latina se encuentra cada vez más desdibujada. El
cristinismo, el evismo y el chavismo continúan vigentes. Pero por el momento se
encuentran a la defensiva. Lo mismo se puede decir del castrismo después del
tsunami emocional y político desatado por la visita de Obama a Cuba.
Tanto
en Europa como en América Latina la lucha antidemocrática ha optado por la vía
electoral. Se trata de la misma vía a la cual, bajo ninguna condición y en
ningún momento deben renunciar los demócratas. Por esa misma razón, cada
elección, hasta la aparentemente más insignificante, será, a partir de estos
momentos, muy decisiva. Lo que en ambos continentes está en juego –ese es otro
punto en común- no son unos escaños más o menos. Se trata de la reedición de
una de las más antiguas luchas políticas: es la que se dio y es la que se sigue
dando entre democracia y dictadura.
Por
cierto, no faltaran quienes tildarán la deducción final del presente artículo
como electoralista. Solo puedo responder afirmativamente: Si: es una
deducción electoralista. Y la razón es una sola: mientras los golpes de
estados, las revoluciones, los asesinatos políticos, las conspiraciones de
pasillo y las matanzas, eran capítulos de la lucha política en el pasado
reciente, hoy los capítulos definitorios son, guste o no, las elecciones. Tanto
allá como acá.
Después
de todo, algo hemos avanzado. Hoy hasta las dictaduras deben ser elegidas. A
derrotarlas entonces. No hay otro camino.

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