Humberto García Larralde 05 de diciembre de 2024
Los
camaradas de antaño recordarán que, cuando les “bajaban la línea” –el informe
del buró político–, ésta se concentraba en precisar quiénes constituían “el
enemigo principal” de la lucha revolucionaria. Tal enfoque analítico no dejaba
de tener sentido, a pesar de estar concebido en términos de un “enemigo” y no
de un adversario político. Las propuestas de aquella izquierda fracasaron,
…felizmente. Pero la idea de aislar al contendiente y neutralizar o ganarse a
los que aparecen como sus aliados, está en la base de cualquier estrategia de
confrontación política… como también militar. Tiene pertinencia para definir
cuál es el obstáculo principal que confrontan, hoy, las fuerzas democráticas
venezolanas.
Lo que puede llamarse “madurismo” –es decir, el grupo que se ha adueñado del poder–, es resultante de una degradación sostenida de una propuesta, inicialmente encarnada en Chávez, que lució atractiva, en su momento, para muchos venezolanos. El bienestar creciente que les prometía la democracia bipartidista a lo largo de la segunda mitad del siglo pasado había dado paso a una percepción de injusticia, producto del estancamiento económico, no obstante los esfuerzos del gobierno de CAP II por enderezar el rumbo con un programa de reformas. Contra todo ello insurgió Chávez. Invocó la gesta independentista para “refundar la Patria”, removiendo las trabas que se interponían a que el “Pueblo” disfrutase de la libertad y de la prosperidad por la que había luchado el Libertador. Su propuesta llevó a desmantelar las instituciones de la democracia representativa para asumir, directamente, la repartición del ingreso petrolero, cosechando el rédito político provisto por el salto en los precios del crudo.


















