Páginas

Mostrando entradas con la etiqueta Populismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Populismo. Mostrar todas las entradas

martes, 14 de marzo de 2017

El populismo en EEUU, @carlosvilchezn



Por Carlos Vilchez Navamuel, 10/03/2017

El historiador, Roberto Azaretto nos explica que “En realidad hay antecedentes de presidentes de los EEUU que fueron considerados populistas. El primero, el abogado y general de milicias Andrew Jackson, que frustró la reelección de John Quincy Adams, hijo de uno de los “Padres Fundadores” de esa nación”.

Mientras que el periódico The Guardian, publicó un artículo en enero pasado que decía entre otras cosas que “Los presidentes estadounidenses más exitosos, desde Franklin D Roosevelt a Reagan hasta Bill Clinton, han sido populistas hasta cierto punto. Pero los líderes de ambos partidos también han sido cautelosos de la tendencia del populismo a caer en demagogia”.

El 30 de junio de 2016 aún presidente de los EEUU, Barack Obama se declaró populista porque lucha por la justicia social, “Me preocupo por la gente pobre, que está trabajando muy fuerte y no tiene la oportunidad de avanzar. Y me preocupo por los trabajadores, que sean capaces de tener una voz colectiva en su lugar de trabajo… quiero estar seguro de que los niños están recibiendo una educación decente… y creo que tenemos que tener un sistema de impuestos que sea justo”, expresó Obama. “Supongo que eso me hace un populista”, agregó el mandatario estadounidense.

En España, el periódico, El País, publicó recientemente un artículo de Héctor E. Schamis, Consejero Académico del Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina (CADAL) y profesor en el Centro de Estudios Latinoamericanos y en el programa “Democracy & Governance” de la Universidad de Georgetown. El escrito titulado: “Trump y el populismo latinoamericano, Una analogía que solo genera confusión”. Explica entre otras cosas que “Más que populismo latinoamericano, Trump expresa los viejos temas de la “presidencia imperial”, esa institución muy americana y siempre propensa a rebasar sus límites constitucionales. Quienes ven a Perón y Chávez en Trump, consecuentemente también deberían verlos en Roosevelt, quien se quedó cuatro periodos consecutivos en el poder. O habría que ver ese mismo populismo en George W. Bush, quien libró dos guerras por medio de una virtual abdicación del Congreso al concederle autonomía para hacerlo. O en Obama, quien desde 2014 en minoría, no obstante, escogió legislar mediante decretos ejecutivos”. (Las negritas son nuestras)

Pero ¿qué entendemos cómo populismo? El diccionario de la Real Academia Española define la palabra populismo como la tendencia política que pretende atraerse a las clases populares. Otra definición dice: Tendencia política que dice defender los intereses y aspiraciones del pueblo

El escritor y periodista cubano Carlos Alberto Montaner escribió sobre el tema un artículo que tituló: ¿Estamos en presencia de un gobierno populista? En el escrito nos menciona lo que para él son los 11 rasgos definitorios de un gobierno populista que aquí resumimos:
  1. Anti elitismo: se culpa a la élite política, económica, o simplemente urbana.
  2. El exclusivismo: sólo “nosotros” (quienes detentan el poder) somos los auténticos representantes del pueblo. 
  3. El caudillismo: se cultiva el aprecio por un líder que es el gran intérprete de la voluntad popular. (Hitler, Mussolini, Perón, Fidel Castro, Juan Velasco Alvarado, Hugo Chávez). 
  4. El adanismo: (por Adán) la historia comienza con ellos. El pasado es una sucesión de fracasos. 
  5. El nacionalismo: una nefasta creencia en la propia superioridad que conduce al proteccionismo o a dos reacciones aparentemente contrarias. 
  6. El estatismo: o la acción planificada del Estado, y nunca el crecimiento espontáneo y libre de la sociedad y sus emprendedores. 
  7. El clientelismo: concebido para generar millones de estómagos agradecidos que le deben todo al gobernante que les da de comer y acaban por constituir su base de apoyo. 
  8. La centralización de todos los poderes. El caudillo o la cúpula dominante controla el sistema judicial y el legislativo. 
  9. El control y manipulación de los agentes económicos, comenzando por el banco nacional o de emisión, que se vuelve una máquina de imprimir billetes al enloquecido dictado del Ejecutivo. 
  10. El doble lenguaje. La semántica se transforma en un campo de batalla y las palabras adquieren una significación diferente. “Libertad” se convierte en obediencia, “lealtad” en sumisión. 
  11. La desaparición de cualquier vestigio de cordialidad cívica asociado a la tolerancia y la diversidad. Se utiliza un lenguaje de odio que preludia la agresión. http://www.elblogdemontaner.com/estamos-en-presencia-de-un-gobierno-populista/

Ahora que muchos analistas políticos y periodistas se refieren al presidente de los EEUU como populista, sería importante hacer el ejercicio que recomienda Montaner en su artículo con el gobierno de Trump, pues nos parece exagerado definir a su gobierno como populista, una cosa es que una persona sea populista y otra muy distinta que su gobierno lo sea. En este caso no califica por la institucionalidad que aún existe en ese país.



miércoles, 9 de noviembre de 2016

EL RETORNO DE LAS ILUSIONES Y EL CAMBIO RADICAL, por H.C.F. Mansilla



H.C.F. Mansilla 08 de noviembre de 2016

Los estudios favorables al populismo, que a comienzos del siglo XXI son una verdadera legión, atribuyen una relevancia excesiva a los (modestos) intentos de los regímenes populistas de integrar a los explotados y discriminados, a las etnias indígenas y a los llamados movimientos sociales dentro de la nación respectiva. Resumiendo toda caracterización ulterior se puede decir aquí que estos estudios presuponen, de modo acrítico, que las intenciones y los programas de los gobiernos populistas corresponden ya a la realidad cotidiana de los países respectivos. Es decir: los análisis proclives al populismo desatienden la compleja dialéctica entre teoría y praxis y confunden, a veces deliberadamente, la diferencia entre proyecto y realidad.

sábado, 10 de octubre de 2015

Todos quieren ser populistas, @Urruchurtu



Por Pedro Urruchurtu, 05/10/2015

Hoy Venezuela vive una realidad expresada en dos visiones: la del régimen, en la cual ya nadie cree y se evidencia con el más de 80% de impopularidad que Maduro tiene y que parece que seguirá subiendo; y la de la oposición, en su rol de venderse como alternativa, de vender esperanza y de hacer que la gente se aferre a lo único que le queda: la fe, sin aprovecharla como debe, repitiendo los errores del pasado una vez más. Es temporada de promesas, de discursos rimbombantes y de proyectos que, para la magnitud de las elecciones en puertas, parecen más ofertas de candidatos a alcaldes que a diputados.

En todo lo anterior hay una verdad lapidaria: no se puede seguir hablando con mentiras a quienes tienen más de 16 años oyéndolas; mucho menos debe decirlas el sector opositor que se supone está en contra de la verdad oficial y que se jacta de hablar de cambio, porque al final lo único que están promoviendo, lejos de transformar nuestra tragedia, es agudizarla. Me cuesta creer que ese sector opositor siga creyendo que la mejor manera de vender un cambio sea manteniendo lo que ya existe; usted no puede combatir el populismo siendo populista ni combatir el chantaje gubernamental chantajeando al electorado y estigmatizando sus preocupaciones.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Las consecuencias negativas del Estado Benefactor están a la vista, @carlosvilchezn



Por Carlos Vilchez Navamuel, 17/09/2015

Las experiencias en diferentes países con Estados benefactores son claras, el fracaso es el común denominador, los Estados estatistas y benefactores son poco eficientes, gastan en demasía, crean élites y gollerías en la función pública, encarecen los servicios, elevan los impuestos y producen corrupción,  esto ha sucedido aún en países donde la mayoría de ciudadanos se saben son  honestos como es el caso de Suecia, donde el Estado Benefactor sucumbió, Suecia se dio cuenta de esto hace muchos años y por eso cambió su modelo político y económico, sin embargo mientras eso sucedía en el norte de Europa, en el sur de ese continente, países como Grecia convirtieron al Estado Benefactor en una piñata para políticos, sindicatos y funcionarios públicos y algunos beneficios para los ciudadanos sobre todo en el retiro y las pensiones.

lunes, 10 de noviembre de 2014

El populismo como la gripe se expande en Iberoamérica, @carlosvilchezn


Por Carlos Vilchez Navamuel, 08/11/2014

La definición de populismo no está clara, algunos diccionarios nos explican que el concepto nace con el Movimiento político ruso de finales del siglo XIX que aspiraba a la formación de un estado socialista de tipo campesino, contrario a la industrialización occidental. Wikipedia nos dice que “El populismo en sentido positivo, lo que define es un sistema en el que el poder recaiga más en el pueblo que en sí mismo, no en que los políticos profesionales gobiernen para la mayor comodidad del pueblo, mientras que en el sentido negativo “El populismo con una significación peyorativa, que es la principalmente usada, es el uso de “medidas de gobierno populares”, destinadas a ganar la simpatía de la población, particularmente si ésta posee derecho a voto, aún a costa de tomar medidas contrarias al estado democrático”.

Hace nueve años, Enrique Krauze escribió un artículo que tituló “Decálogo del populismo Iberoamericano” En resumen nos decía que: 1) El populismo exalta al líder carismático. 2) El populista no sólo usa y abusa de la palabra: se apodera de ella. 3) El populismo fabrica la verdad. 4) El populista utiliza de modo discrecional los fondos públicos. 5) El populista reparte directamente la riqueza. 6) El populista alienta el odio de clases. 7) El populista moviliza permanentemente a los grupos sociales. 8) El populismo fustiga por sistema al “enemigo exterior”. 9) El populismo desprecia el orden legal. 10) El populismo mina, domina y, en último término, domestica o cancela las instituciones de la democracia liberal. http://elpais.com/diario/2005/10/14/opinion/1129240807_850215.html

Flavia Freidenberg, experta en Latinoamérica en la Universidad de Salamanca, define este palabra así: “El populismo puede ser entendido como un estilo de liderazgo caracterizado por la relación directa, carismática, personalista y paternalista entre líder-seguidor, que no reconoce mediaciones organizativas o institucionales, que habla en nombre del pueblo, potencia la oposición de éste a “los otros”, busca cambiar y refundar el statu quo dominante; donde los seguidores están convencidos de las cualidades extraordinarias del líder y creen que gracias a ellas, a los métodos redistributivos y/o al intercambio clientelar que tienen con el líder (tanto material como simbólico), conseguirán mejorar su situación personal o la de su entorno”

Podríamos resumir entonces que el populismo es aquél sistema dirigido por un personaje carismático y paternalista que aprovechándose de la democracia llega al poder, una vez allí, adopta medidas contrarias a la República haciendo que las instituciones funcionen en beneficio de sus propios intereses y no la de los ciudadanos como deber de ser.

Y es que este populismo se presenta hoy día en Iberoamérica como una gripe que infecta a la mayoría de los ciudadanos que no entienden ni reflexionan al respecto.

En Latinoamérica hemos tenido muchos populistas, aquí señalamos entre otros a los finados Juan Domingo Perón, Hugo Chávez y en el presente a Nicolás Maduro, Evo Morales, Cristina Vda. de Kirchner, Daniel Ortega, y Rafael Correa, en España ahora nos encontramos ante dos populistas, uno se encuentra en Barcelona promoviendo la separación de España, nos referimos al presidente regional, el nacionalista Artur Mas, el otro es el líder de Podemos, Pablo Iglesias, quién tiene todas las características para seguir los pasos de estos latinoamericanos, Iglesias se le mira “populista, nacionalista y demagogo versado en las artes histriónicas y con unas ansias de poder ilimitadas, lo vemos y lo oímos que se siente un iluminado, el “salvador” de los españoles, típico de estos enfermos de poder, un megalómano más, aunque se exponga como el que no lo quiere, no le creemos, su discurso nos recuerda al difunto Hugo Chávez en su primera campaña política y a muchos otros locos con esas características que han aparecido a través de la historia”.

Todos los mencionados menos Iglesias que no ha gobernado aún, se han aprovechado de la democracia en el pasado y en el presente para concretar sus fines en donde gobiernan.


Carlos Vilchez Navamuel
http://www.carlosvilcheznavamuel.com/
@carlosvilchezn

viernes, 13 de septiembre de 2013

De extrema derecha y liberales en el mundo



Por Carlos Vilchez Navamuel, 10/09/2013

Interesante como son las cosas, los llamados socialistas carnívoros y los comunistas constantemente hablan en contra del capitalismo, de los liberales y de la extrema derecha, como si sus argumentos fueran  inequívocos.  Con ello, acostumbran a condicionar  a las masas que no entienden nada de esto con tal de obtener su único objetivo, el poder.

La enciclopedia digital Wikipedia por ejemplo nos define este concepto y nos dice que “Extrema derecha o ultraderecha son términos utilizados en política en sentido peyorativo para describir movimientos y partidos políticos con tendencia POPULISTA que sostienen un discurso ULTRANACIONALISTA, xenófobo y AUTORITARIO, en defensa exacerbada de la identidad nacional QUE NO ABOGA POR EL MANTENIMIENTO DE LAS INSTITUCIONES Y LIBERTADES DEMOCRÁTICAS.  Se considera que existe un gobierno de ultraderecha cuando sobre la base de instituciones no democráticas éste aplica políticas racistas, xenófobas, contrarias a diversas expresiones culturales y religiosas”.

Para nosotros, esta definición podría describir en parte también a gobiernos socialistas como el de los chavistas en Venezuela que son populistas, autoritarios, no abogan por mantener las instituciones y las libertades democráticas, pretenden un totalitarismo de Estado y un único Partido en materia de gobernar.

viernes, 1 de febrero de 2013

APORTES ALEMANES PARA ENTENDER EL POPULISMO


H. C. F. Mansilla 30 de enero de 2013

Los réditos que generan las versiones elementales del particularismo político y de su correlato, el multiculturalismo relativista, pueden ser estudiadas brevemente en base a escritores alemanes y austriacos que en los últimos años se han dedicado a enaltecer acríticamente (pero con un gran despliegue conceptual) los regímenes populistas en América Latina. Estos estudios apelan astutamente a las emociones del lector, envolviéndolo en una atmósfera de solidaridad con los explotados, para luego iniciar una defensa de los regímenes populistas (y de la Revolución Cubana). Los autores de estos estudios ─ sobre todo Herbert Berger, Hans-Jürgen Burchardt, Heinz Dieterich, Leo Gabriel, Olaf Kaltmeier y Robert Lessmann ─ no ofrecen una sólida base empírica y documental, sino que justifican estos modelos sociales en casi todas sus manifestaciones a causa de su oposición “indeclinable” frente al imperialismo norteamericano.

Una de las mejores justificaciones del populismo se logra por medio del relativismo postmodernista. No existirían, se dice, criterios definitivos para juzgar a los regímenes populistas, que deberían ser calificados por el voto de sus usuarios, es decir de los ciudadanos que viven en ellos. Estos estudios favorables al populismo atribuyen una relevancia excesiva a los (modestos) intentos de los regímenes populistas de integrar a los explotados y discriminados, a las etnias indígenas y a los llamados movimientos sociales dentro de la nación respectiva. Resumiendo toda caracterización ulterior se puede decir aquí que estos estudios presuponen que las intenciones y los programas de los gobiernos populistas corresponden ya a la realidad cotidiana de los países respectivos. Es decir: los análisis proclives al populismo desatienden la compleja dialéctica entre teoría y praxis y confunden, a veces deliberadamente, la diferencia entre retórica y realidad. Por lo general los autores de estos estudios no se percatan adecuadamente de la dimensión de autoritarismo, intolerancia y antipluralismo, contenida en los movimientos populistas, pues tienden a subestimar la relevancia a largo plazo de la dimensión del autoritarismo tradicional. Sus opciones teóricas, influidas por diversas variantes del postmodernismo y por un marxismo purificado de su radicalidad original, se diluyen frecuentemente en un relativismo axiológico y pasan por alto la dimensión de la ética social y política. Para estos autores los regímenes populistas practican formas contemporáneas y originales de una democracia directa y participativa, formas que serían, por consiguiente, más adelantadas que la democracia representativa occidental, considerada hoy en día como obsoleta e insuficiente.

Estos enfoques teóricos son ilustrativos por varias razones. Todos los regímenes populistas y sus dirigentes cultivan una visión maniqueísta que contrapone la democracia meramente formal, basada en los derechos políticos clásicos, a la democracia directa y sustantiva, que se expresaría principalmente en los derechos vitales a la salud, a la educación y a la vivienda. Un buen número de cientistas sociales apoya esta democracia sustantiva en detrimento de la "formal". El mejor ejemplo apologético ─ a causa de su elevada pretensión teórica ─ es el enfoque propiciado por Hans-Jürgen Burchardt en su análisis del régimen venezolano de Hugo Chávez. Por un lado, Burchardt admite la mediocridad y el desorden en el desempeño del aparato estatal, constata un "marcado incremento de incoherencia institucional", critica la falta de transparencia, la "corrupción desbordada" y los afanes curiosos de brindar a toda costa legitimidad a las actuaciones gubernamentales y de complacer las "preferencias subjetivas cortoplacistas" de las "capas sociales bajas". Este autor reconoce sin ambages el clientelismo prevaleciente en casi todos los vínculos con el Estado venezolano, el paternalismo del presidente ─ Chávez como el "señor personal" de la esfera política ─ y la "manera jerárquica y autoritaria" en la que se implementan los celebrados programas sociales del régimen. Pero, por otro lado, Burchardt celebra no sólo el aspecto del creciente éxito material que él atribuye a las políticas sociales de Chávez, sino que asevera enfáticamente que lo genuinamente importante de las políticas sociales reside en que estas han "devuelto a los pobres de Venezuela también una voz, dignidad, esperanza y una nueva auto-estima", todo esto dentro de una eficaz movilización política.

Al mismo tiempo Burchardt alaba la constitución y los planes de desarrollo chavistas porque estos per se garantizarían una democracia social y participativa, la cual sería cualitativamente mejor que la "fracasada democracia liberal-representativa". En el marco de su argumentación Burchardt supone que la mera existencia de la nueva constitución chavista aseguraría sin duda una ciudadanía social basada en una "universalización de los derechos sociales y excluyente de toda forma de discriminación", la creación de una auténtica justicia social como "primera meta" del orden económico y la conformación de un "espacio participativo para todos los ciudadanos". Cuando se trata de los instrumentos jurídicos y las declaraciones programáticas del régimen venezolano, Burchardt presupone que estos factores pertenecientes al plano de los programas, la retórica y las buenas intenciones tendrían efectos reales inmediatos e insoslayables, olvidando, de modo sintomático, la diferencia y la distancia entre pretensión teórica y realidad cotidiana que generó el pensamiento crítico en los albores de la reflexión filosófica. El enfoque de Burchardt celebra el modelo chavista de forma clara e inequívoca, y sólo encuentra unos determinados elementos criticables que son los mismos que mencionan todos los analistas opuestos al populismo.

Como resumen se puede aseverar que Hans-Jürgen Burchardt ha realizado una oscura apología de las fuerzas políticas colectivistas en menoscabo del individualismo racionalista, con lo cual también reproduce uno de los tópicos centrales de todo populismo teórico-programático. Numerosos pensadores latinoamericanos han elaborado doctrinas para justificar corrientes particularistas y regímenes nacionalistas, enalteciendo enfoques favorables al autoritarismo, combatiendo las tradiciones liberal-democráticas y rechazando la cultura occidental en sus rasgos principales, aunque para ello se basen en mistificaciones historiográficas y en una utilización político-partidaria de datos históricos dispersos. Estos teóricos ─ que abundan también en el ámbito europeo ─ dan a entender que la auténtica misión de los intelectuales es asumir la vergüenza propia a causa de la explotación occidental-capitalista del mundo entero.

Otro representante de esta tendencia es Robert Lessmann, cuyo último libro sobre Bolivia nos muestra una vigorosa porción de esos réditos mencionados y derivados de un multiculturalismo elemental aplicado a la esfera política de un país andino. La obra de Lessmann es, ante todo, el intento de demostrar una continuidad histórico-cultural entre el Tiwanaku prehispánico y el gobierno actual de Evo Morales. El transfondo común de ambos sería un protosocialismo de rasgos muy originales, no derivado de otras fuentes, basado en la genuina voluntad popular, expresada ahora por los movimientos sociales y las organizaciones indigenistas. Todo el texto está engarzado en especulaciones esotéricasen torno a la historia de Tiwanaku y al periodo colonial español. Lessmann reconstruye con esmero rituales religiosos aymaras para demostrar la continuidad y la fortaleza de las tradiciones indígenas desde épocas inmemoriales hasta el gobierno actual. La entronización de Evo Morales en Tiwanaku (enero de 2006) como monarca según los reconstituidos ritos incaicos de coronación, es considerada por Lessmann como el “comienzo de una nueva era”, tomando así la propaganda oficial como un genuino hecho empírico. Muy similar es la creencia de Lessmann de que la nueva constitución boliviana de 2009 representaría una realidad social totalmente renovada, por supuesto mejor que cualquier  régimen anterior. Los movimientos sociales bolivianos, presuntos herederos directos de la gran tradición tiwanakota, serían los portadores legítimos de la nueva identidad revolucionaria, que representaría, por otra parte, la solidaridad práctica de una gran cultura que ha resistido todos los intentos por subyugarla.

El libro de Lessmann reúne así los elementos que hoy exhiben algunas corrientes importantes de las ciencias sociales: una visión idealizada y edulcorada del periodo prehispánico, una vinculación arbitraria entre un pasado remoto y un presente estilizado, y una descripción apologética de los modestos logros del régimen populista El relativismo axiológico sirve para justificar al régimen populista boliviano, pues, como Lessmann lo muestra, no importa el análisis concreto de fenómenos comprobables según criterios racionales, sino la elaboración de una visión especulativa que satisface ante todo necesidades emocionales de solidaridad con causas de aparente justicia social e histórica. O sea: como no hay un criterio racional siempre válido para juzgar un fenómeno histórico, la opinión circunstancial de los “usuarios” del régimen populista sería tan o más válida y aceptable que los análisis de los especialistas. A este tipo de conclusiones llevan las variantes relativistas del multiculturalismo. Es superfluo añadir algo sobre su pertinencia política y calidad intrínseca.

Todos estos enfoques reproducen el paternalismo que numerosos europeos de izquierda y derecha cultivan con respecto a los países latinoamericanos, que son considerados, en el fondo, como sociedades de segunda clase, paternalismo que afloró claramente durante el debate que sostuvieron Günter Grass y Mario Vargas Llosa hace treinta años. Como aseveró Vargas Llosa,  muchos socialistas europeos aconsejan a los latinoamericanos adoptar regímenes autoritarios de izquierda que ellos jamás tolerarían en su propio país, pero que consideran recomendables para las naciones “pobres” del sur. Nihil novi sub sole.

Tomado de:
http://polisfmires.blogspot.com/2013/01/h-c-f-mansilla-aportes-alemanes-para.html

sábado, 17 de noviembre de 2012

Decálogo del populismo


Por Enrique Krauze, 07/11/2012

El populismo en Iberoamérica ha adoptado una desconcertante amalgama de posturas ideológicas. Izquierdas y derechas podrían reivindicar para sí la paternidad del populismo, todas al conjuro de la palabra mágica “pueblo”.
Populista quintaesencial fue el general Juan Domingo Perón, quien había atestiguado directamente el ascenso del fascismo italiano y admiraba a Mussolini al grado de querer “erigirle un monumento en cada esquina”. Populista posmoderno es el comandante Hugo Chávez, quien venera a Castro hasta buscar convertir a Venezuela en una colonia experimental del “nuevo socialismo”. Los extremos se tocan, son cara y cruz de un mismo fenómeno político cuya caracterización, por tanto, no debe intentarse por la vía de su contenido ideológico sino de su funcionamiento. Propongo diez rasgos específicos.
1 El populismo exalta al líder carismático. No hay populismo sin la figura del hombre providencial que resolverá, de una buena vez y para siempre, los problemas del pueblo. “La entrega al carisma del profeta, del caudillo en la guerra o del gran demagogo ¬recuerda Max Weber¬ no ocurre porque lo mande la costumbre o la norma legal, sino porque los hombres creen en él. Y él mismo, si no es un mezquino advenedizo efímero y presuntuoso, `vive para su obra’. Pero es a su persona y a sus cualidades a las que se entrega el discipulado, el séquito, el partido”.
2 El populista no sólo usa y abusa de la palabra: se apodera de ella. La palabra es el vehículo específico de su carisma. El populista se siente el intérprete supremo de la verdad general y también la agencia de noticias del pueblo. Habla con el público de manera constante, atiza sus pasiones, “alumbra el camino”, y hace todo ello sin limitaciones ni intermediarios.
Weber apunta que el caudillaje político surge primero en las ciudades-Estado del Mediterráneo en la figura del “demagogo”.
Aristóteles (Política, V) sostiene que la demagogia es la causa principal de “las revoluciones en las democracias”, y advierte una convergencia entre el poder militar y el poder de la retórica que parece una prefiguración de Perón y Chávez: “En los tiempos antiguos, cuando el demagogo era también general, la democracia se transformaba en tiranía; la mayoría de los antiguos tiranos fueron demagogos”. Más tarde se desarrolló la habilidad retórica y llegó la hora de los demagogos puros: “Ahora quienes dirigen al pueblo son los que saben hablar”.
Hace 25 siglos esa distorsión de la verdad pública (tan lejana de la democracia como la sofística de la filosofía) se desplegaba en el ágora real; en el siglo XX lo hace en el ágora virtual de las ondas sonoras y visuales: de Mussolini (y de Goebbels), Perón aprendió la importancia política de la radio, que Evita y él utilizarían para hipnotizar a las masas. Chávez, por su parte, ha superado a su mentor Castro en utilizar hasta el paroxismo la oratoria televisiva.
3 El populismo fabrica la verdad. Los populistas llevan hasta sus últimas consecuencias el proverbio latino “Vox populi, vox dei”. Pero como Dios no se manifiesta todos los días y el pueblo no tiene una sola voz, el gobierno “popular” interpreta la voz del pueblo, eleva esa versión al rango de verdad oficial, y sueña con decretar la verdad única. Como es natural, los populistas abominan de la libertad de expresión. Confunden la crítica con la enemistad militante, por eso buscan desprestigiarla, controlarla, acallarla. En la Argentina peronista, los diarios oficiales y nacionalistas ¬incluido un órgano nazi¬ contaban con generosas franquicias, pero la prensa libre estuvo a un paso de desaparecer. La situación venezolana, con la “ley mordaza” pendiendo como una espada sobre la libertad de expresión, apunta en el mismo sentido; terminará aplastándola.
4 El populista utiliza de modo discrecional los fondos públicos. No tiene paciencia con las sutilezas de la economía y las finanzas. El erario es su patrimonio privado, que puede utilizar para enriquecerse o para embarcarse en proyectos que considere importantes o gloriosos, o para ambas cosas, sin tomar en cuenta los costos.
El populista tiene un concepto mágico de la economía: para él, todo gasto es inversión. La ignorancia o incomprensión de los gobiernos populistas en materia económica se ha traducido en desastres descomunales de los que los países tardan decenios en recobrarse.
5 El populista reparte directamente la riqueza. Lo cual no es criticable en sí mismo (sobre todo en países pobres, donde hay argumentos sumamente serios para repartir en efectivo una parte del ingreso, al margen de las costosas burocracias estatales y previniendo efectos inflacionarios), pero el populista no reparte gratis: focaliza su ayuda, la cobra en obediencia. “¡Ustedes tienen el deber de pedir!”, exclamaba Evita a sus beneficiarios.
Se creó así una idea ficticia de la realidad económica y se entronizó una mentalidad becaria. Y al final, ¿quién pagaba la cuenta? No la propia Evita (que cobró sus servicios con creces y resguardó en Suiza sus cuentas multimillonarias), sino las reservas acumuladas en décadas, los propios obreros con sus donaciones “voluntarias” y, sobre todo, la posteridad endeudada, devorada por la inflación.
En cuanto a Venezuela (cuyo caudillo parte y reparte los beneficios del petróleo), hasta las estadísticas oficiales admiten que la pobreza se ha incrementado, pero la improductividad del asistencialismo (tal como Chávez lo practica) sólo se sentirá en el futuro, cuando los precios se desplomen o el régimen lleve hasta sus últimas consecuencias su designio dictatorial.
6 El populista alienta el odio de clases. “Las revoluciones en las democracias ¬explica Aristóteles, citando `multitud de casos’¬ son causadas sobre todo por la intemperancia de los demagogos”. El contenido de esa “intemperancia” fue el odio contra los ricos; “unas veces por su política de delaciones… y otras atacándolos como clase, (los demagogos) concitan contra ellos al pueblo”. Los populistas latinoamericanos corresponden a la definición clásica, con un matiz: hostigan a “los ricos” (a quienes acusan a menudo de ser “antinacionales”), pero atraen a los “empresarios patrióticos” que apoyan al régimen. El populista no busca por fuerza abolir el mercado: supedita a sus agentes y los manipula a su favor.
7 El populista moviliza permanentemente a los grupos sociales. El populismo apela, organiza, enardece a las masas.
La plaza pública es un teatro donde aparece “su Majestad el Pueblo” para demostrar su fuerza y escuchar las invectivas contra “los malos” de dentro y fuera. “El pueblo”, claro, no es la suma de voluntades individuales expresadas en un voto y representadas por un parlamento; ni siquiera la encarnación de la “voluntad general” de Rousseau, sino una masa selectiva y vociferante que caracterizó otro clásico (Marx, no Carlos sino Groucho): “El poder para los que gritan `¡el poder para el pueblo!”.
8 El populismo fustiga por sistema al “enemigo exterior”. Inmune a la crítica y alérgico a la autocrítica, necesitado de señalar chivos expiatorios para los fracasos, el régimen populista (más nacionalista que patriota) requiere desviar la atención interna hacia el adversario de fuera. La Argentina peronista reavivó las viejas (y explicables) pasiones antiestadounidenses que hervían en Iberoamérica desde la Guerra del 98, pero Castro convirtió esa pasión en la esencia de su régimen: un triste régimen definido por lo que odia, no por lo que ama, aspira o logra. Por su parte, Chávez ha llevado la retórica antiestadounidense a expresiones de bajeza que aun Castro consideraría (tal vez) de mal gusto. Al mismo tiempo hace representar en las calles de Caracas simulacros de defensa contra una invasión que sólo existe en su imaginación, pero que un sector importante de la población venezolana (adversa, en general, al modelo cubano) termina por creer.
9 El populismo desprecia el orden legal. Hay en la cultura política iberoamericana un apego atávico a la “ley natural” y una desconfianza a las leyes hechas por el hombre. Por eso, una vez en el poder (como Chávez), el caudillo tiende a apoderarse del Congreso e inducir la “justicia directa” (“popular”, “bolivariana”), remedo de una Fuenteovejuna que, para los efectos prácticos, es la justicia que el propio líder decreta. Hoy por hoy, el Congreso y la judicatura son un apéndice de Chávez, igual que en Argentina lo eran de Perón y Evita, quienes suprimieron la inmunidad parlamentaria y depuraron, a su conveniencia, el Poder Judicial.
10 El populismo mina, domina y, en último término, domestica o cancela las instituciones de la democracia liberal. El populismo abomina de los límites a su poder, los considera aristocráticos, oligárquicos, contrarios a la “voluntad popular”. En el límite de su carrera, Evita buscó la candidatura a la Vicepresidencia de la República.
Perón se negó a apoyarla. De haber sobrevivido, ¿es impensable imaginarla tramando el derrocamiento de su marido? No por casualidad, en sus aciagos tiempos de actriz radiofónica, había representado a Catalina la Grande. En cuanto a Chávez, ha declarado que su horizonte mínimo es el año 2020.
¿Por qué renace una y otra vez en Iberoamérica la mala hierba del populismo? Las razones son diversas y complejas, pero apunto dos. En primer lugar, porque sus raíces se hunden en una noción muy antigua de “soberanía popular” que los neoescolásticos del siglo XVI y XVII propagaron en los dominios españoles, y que tuvo una influencia decisiva en las guerras de independencia desde Buenos Aires hasta México. El populismo tiene, por añadidura, una naturaleza perversamente “moderada” o “provisional”: no termina por ser plenamente dictatorial ni totalitario; por eso alimenta sin cesar la engañosa ilusión de un futuro mejor, enmascara los desastres que provoca, posterga el examen objetivo de sus actos, doblega la crítica, adultera la verdad, adormece, corrompe y degrada el espíritu público.
Desde los griegos hasta el siglo XXI, pasando por el aterrador siglo XX, la lección es clara: el inevitable efecto de la demagogia es “subvertir la democracia”.
Publicado en:

sábado, 28 de abril de 2012

EL PARTIDO POPULISTA


Rafael Quiñones en el Blog POLIS 27-04-2012

Los postulados comunes de los partidos populistas en Latinoamérica.

El elemento más generalizado en todos los partidos populistas en Latinoamérica, es la invocación deificada del concepto Nación como elemento de unidad social, al igual que el término Pueblo como elemento doctrinario que fundamenta la legitimidad de la soberanía política de la Nación sobre el de la Constitución política del Estado.  Un mayor énfasis en el factor pueblo suele ser la marca distintiva de los partidos más populistas y personalistas de la región, mientras la supremacía del término Nación suele ser el objeto de los partidos más nacionalistas del sub-continente: La tendencia más populista hace el énfasis en la lucha del pueblo contra la oligarquía, la vertiente más nacionalista se enfoca en el conflicto Nación  contra el Imperio.

Por eso el populismo  apela a lugares comunes y fórmulas abstractas de aglutinamiento de las masas entorno a una acción política coherente contra el actual orden de las cosas. La lucha contra el sistema se cristaliza con la aversión ante el modelo económico del capitalismo productor y exportador de materias primas en los países latinoamericanos, y también contra el comunismo promovido desde la Revolución Bolchevique y los partidos comunistas de la región. La integración dentro del populismo fue también, en parte, concebida como la incorporación de los grupos marginados al "pueblo", noción opuesta a la de las oligarquías liberales y conservadores de los siglos XIX y XX latinoamericano. Esta visión populista narodkiana, en la medida de que estuvo asociada a la búsqueda de la unidad nacional y a la oposición entre el pueblo “bueno” y la oligarquía “malvada” tendió a favorecer los mecanismos monopológicos de representación política y a erosionar los instrumentos y valores pluralistas de la democracia moderna. 

El partido populista reivindica el papel del Estado central para materializar un ideal de sociedad nacional unificado a través de la institución estatal. El partido populista tiene la intención de conquistar la esfera del poder político estatal, a través de la organización de determinadas partes de la sociedad civil de la comunidad oligárquica, que buscan su cohesión a través de la misión de alcanzar el dominio de la maquinaria del Estado. El poder estatal es el único capacitado para destruir el poder hegemónico de las oligarquías tradicionales y emprender las reformas sociales que garanticen el mejoramiento de las oportunidades económicas y políticas de las clases oprimidas del sistema oligárquico. Esto obliga a una forma de conquista y uso del poder por parte del movimiento popular de carácter autoritario, excluyente y antipolítico, donde la orientación de la masa popular y sus contradictorios intereses sólo pueden ser canalizados por un Estado fuerte que maneje de manera unilateral a la nación.

La ausencia de una forma de hacer política alrededor de partidos e ideologías (y más alrededor de retóricas y lugares comunes) evidencia el carácter poco democrático y político del movimiento populista, donde el nacionalismo sirve como coartada para no respetar los mecanismos de regulación de poder de la democracia, y la búsqueda de respaldo en el militarismo suele ser una constante dentro de estos movimientos. Sencillamente el Estado tiene un papel unificador de las aspiraciones populares y la regulación del poder gubernamental es contraria al éxito de las reformas sociales necesarias a implementar para alcanzar la justicia popular en el país.

Otro elemento definitorio de todo partido populista latinoamericano es que todo proyecto popular es un proyecto nacionalista, en contraste al internacionalismo de los partidos socialistas y comunistas de los siglos XIX y XX. El nacionalismo tiene su razón de ser en la lucha coyuntural  contra la dominación de las potencias industriales en la dinámica económica y política del país, especialmente la norteamericana. Se ataca toda política de intervención de las potencias dentro de la región latinoamericana, más no se desea auspiciar un conflicto irreconciliable con las potencias del mundo desarrollado. Por ende, el nacionalismo del movimiento popular termina siendo más retórico que ideológico en su conformación como movimiento político, apostándose al pragmatismo político si las grandes potencias están dispuestas a tolerar la existencia del movimiento populista en la administración del aparato estatal en los países latinoamericanos.

El nacionalismo populista adicionalmente trata de tener como soporte la aversión a las ideologías extranjeras, tanto del liberalismo económico como del comunismo, que pueden quitarle el nivel de apoyo a grupos sociales de la comunidad nacional como los empresarios o la clase obrera, además que el proyecto nacional busca resucitar el localismo característico del régimen oligárquico. Esto puede ser nuevamente retórico, el populismo de Fujimori era en la práctica abiertamente neoliberal mientras que el de los países del ALBA tiende a ser socializante. De esta manera se tiene para elementos culturales aglutinantes que puedan canalizarse contra enemigos externos a la nación o distraer a las masas de las incompetencias del régimen popular en el poder.

Por último, el elemento más generalizable del partido populista latinoamericano es su manifestación abierta como partido de masas o multitudes, donde la movilización del pueblo como una unidad se dirige ya sea a través de la insurrección política contra el régimen oligárquico o como proclamación del líder carismático en el poder. Tanto como fuerzas de oposición como fuerzas solidificadas en el aparato del estado, el partido popular es un movimiento de multitudes, que trata de aglutinar a las clases medias y bajas de la sociedad latinoamericana contra las élites liberales y conservadores del régimen oligárquico. Se evita de esta forma apelar a una clase social determinada como lo hacen los movimientos socialistas, donde el proletariado rural, industrial, las clases medias y la clase empresarial pro-populista están clasificados bajo el mismo concepto de "Pueblo" o "Nación".

Está dinámica de masas posibilita  la instrumentalización de las aspiraciones sociales y demandas de los colectivos de la sociedad latinoamericana, sin segregar a ninguna. El intento de conciliar un gran número de intereses pluriclaciales dificultaba el ejercicio del poder político cuando se alcanzaba el dominio del Estado, siendo la fuente de la inestabilidad de los gobiernos populistas, donde la solución más rápida para solucionar esta disyuntiva es neutralizar las movilizaciones de colectivos organizados bajo la organización de multitudes manejadas por medio de la identidad del líder carismático. El líder carismático ejerce el papel de punto de confluencia de los intereses de las clases que forman el movimiento popular, tratando de minimizar los conflictos de intereses a través de la repartición de cargos estatales para los diferentes sectores que integran el movimiento popular. De esta manera neutralizan la fuerza de los movimientos populares que puedan materializar una propuesta alternativa de gobierno al del liderazgo popular ya acentuado en la maquinaria del Estado.