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viernes, 25 de noviembre de 2016

Famélicos por @miglatouche


Por Miguel Ángel Latouche


Jean Valjean es sentenciado a 19 años de prisión por robar pan para alimentar a la familia, se trata de un crimen famélico que se realiza desde el hambre. El sujeto se ve obligado a robar para satisfacer sus necesidades básicas ante una situación que lo quiebra moralmente. Se trata de un hurto que no implica daño a terceros, que se realiza sin apelar a la violencia. El asunto pasa por considerar cual son los grados de culpabilidad de quienes actúan bajo un estado de necesidad. Cuando uno recuerda la obra de Víctor Hugo, ni puede más que sentir una profunda incomodidad moral ante quien se nos muestra como un buen sujeto que ha sido víctima de su circunstancia.

La verdad no sé si se trata de una situación similar a la que se relata en los Miserables. En todo caso parece la labor de algún periodista bromista preparando el ambiente para el día de los inocentes. En todo caso la escena parece risible. Un hombre de espadas se encuentra escoltado por un par de militares que, con sus armas en alto, posan para una foto;  al frente unas auyamas que, en número de cinco, han sido colocadas sobre una mesa. ¿Se trata de un hecho noticioso? Las imágenes dicen cosas: está en particular nos habla acerca de unos hombres que han frustrado el intento de otro por hacerse de unas verduras con las cuales hacer una sopa. Podemos estar tranquilos nuestros huertos serán defendidos por los agentes del orden en contra de los amigos de lo ajeno. Se trata de un argumento digno de un guion de ficción.


Pero claro vivimos en un país peligroso. Nos encontramos en una dinámica en la cual nuestra vida se encuentra siempre en riesgo. Como si jugásemos una ruleta rusa colectiva en la cual nos ponemos en juego cada vez que salimos a la calle. Claro que no hay estadística. No existen cifras públicas acerca de los cadáveres que ingresan a la Morgue de Bello Monte. Mucho menos sabemos el número de hurtos que se producen en las camioneticas o de los robos que se producen en el país, uno supone,  con cierta regularidad.

Lo bueno es que sabemos que las fuerzas del orden serán implacables en contra de quienes roben auyamas y otras verduras. Uno podría apostar por el hecho de que los viveros personalizados del plan de siembra urbana se encuentran a buen resguardo.Esperemos que lo mismo aplique en contra de otro tipo de actividades delictivas. Es interesante, cuando la administración de lo público se entiende desde una perspectiva instrumental es inevitable que se pierda de vista la dimensión real en la que se juegan los problemas que confronta la sociedad. Ciertamente debe actuarse con dureza en contra de quienes infringen la Ley pero una cosa es robarse unas auyamas y otra es cometer un homicidio. En este país, según los expertos, dejan de investigarse más del 90% de los muchos homicidios que se producen. Existe impunidad para los llamados crímenes mayores.

Entonces parece una ficción ridícula, producto, seguramente, de un exceso onírico presentarle al país a un roba- gallinas famélico en lugar de desarrollar un procedimiento que permita reducir la delincuencia de mayor envergadura que es la que verdaderamente afecta  a la comunidad sea que la misma tenga o no capacidad para usar la rampa Nº 4 del Aeropuerto Internacional de Maiquetía. Yo no tengo claro el número de planes de seguridad y despliegues policiales que se han puesto en marcha en los últimos años, lo cierto es que éstos se constituyen en una representación de uno de los mayores fracasos de este proceso que sufrimos los venezolanos. Vivimos en una dinámica de descomposición social signada por la violencia. Los venezolanos vivimos encerrados, nos movemos en horario de matiné. Nos domina el miedo.

Las cosas tienden a normalizarse. La gente se adapta a las dinámicas de la vida. Así ya forma parte de nuestra cotidianidad encontrarnos con gente que hurga en la basura tratando de encontrar alimentos o encontrarnos con una destrucción generalizada de la infraestructura,  nuestras calles están llenas de huecos. Yo no sé cuantas armas hay en la calle pero tengo la sensación de que son demasiadas. Si algo ha hecho la revolución es llevarnos directo al siglo XIX al menos en cuanto a lo que se refiere a nuestra seguridad personal.

La violencia incrementa los costos en los que tenemos que incurrir para salvaguardarnos, pero, de igual manera, se convierte en un factor que reduce los estímulos para la producción, que afecta nuestra capacidad para pensar, que limita nuestra recreación y que quiebra la voluntad de las personas. No se puede construir una democracia funcional si no se le garantiza a la gente la posibilidad de vivir con tranquilidad y sosiego. La vida civilizada implica la posibilidad de salir a la calle con tranquilidad a cualquier hora y sin temores.

Es una paradoja. Los autoritarismos serios son capaces de imponerle a la sociedad una idea de orden cuya trasgresión implica un costo severo, nuestra locura colectiva se mueve en una lógica  de anarquía bastante confusa en la cual el gobierno pierde el pulso de la sociedad y se repliega ante una dinámica hamponil cada vez más agresiva y violenta, ojala y al menos no se roben las auyamas aunque arrecie el hambre.

23-11-16