José Rafael Herrera 15 de marzo de 2024
@jrherreraucv
“La tarea de la filosofía es concebir lo que es, pues lo
que es es la razón”. G.W.F. Hegel
Según afirmaba el maestro Núñez Tenorio, “Toda theoria es theoria de una praxis y toda praxis es praxis para una theoria”. Con este aforismo iniciaba su exposición de las relaciones existentes entre Theoria y Praxis, en sus cursos de Filosofía de la Praxis I de la Escuela de Filosofía de la UCV. Como buen medievalista de formación, para el Maestro, la distinción era el presupuesto, la premisa, de la relación “dialéctica” de lo uno y de lo otro. Así, pues, la teoría es de una práctica, mientras que la práctica es para una teoría. Como se podrá apreciar, los términos puestos y fijados permanecen recíprocamente indiferentes, recíprocamente aislados, sin llegar a su mutuo reconocimiento y compenetración, por más que se concluya en la necesidad de establecer una relación de tipo contractual entre ellos, a los fines de una cooperación de intereses compartidos que incluya la correspondiente “separación de bienes”. Lejos queda la sinnlich menschliche tatigkeit, ese “término del pensamiento” -¡ese Gegenstand!– en virtud del cual la teoría deviene ‘verdad objetiva’, es decir, praxis. Es verdad que los rigores del entendimiento abstracto custodiaban las ilustrativas representaciones conceptuales y hermenéuticas del maestro Núñez Tenorio. En ellos, todavía los términos de la oposición correlativa permanecen aislados, indiferentes, fijos, y se entrelazan -a la manera de Kant- por medio de “el método” cognoscitivo. Y sin embargo, ello no obstaba para que la fuerza de su discurso estimulara a su siempre numeroso estudiantado a proseguir el camino de la fe, desde aquella escala intermedia -desde aquel imprescindible ‘segundo escalón’ spinoziano-, sin el cual -y al decir de Adorno- resulta imposible dar concreción a la intentio obliqua de la intentio obliqua, dando así el “salto cualitativo”, determinante y necesario, que permite adentrarse en las profundas densidades de la “constelación de conceptos”, propio de la filosofía en “sentido enfático”.
La
verdad es que la relación de theoria y praxis trasciende los
límites de la discusión relativa a la efectividad -o no- de un pensamiento que
adolece de objetividad, pues planteado bajo tales premisas queda al descubierto
el escolasticismo oculto tras las abstracciones revestidas de cientificidad. La
cuestión, en cambio, sugiere la confirmación de si, en efecto, un determinado
modo de pensar es o no constitutivo de la realidad de verdad. En
una expresión, no es posible relacionar lo que no existe. Las ideas, como dice
Spinoza, no son pinturas mudas sobre un lienzo: “quienes creen que las ideas
consisten en imágenes que se forman en nosotros al ser afectados por los
cuerpos, se persuaden de que aquellas ideas de cosas de las que no podemos
formar imagen alguna semejante no son ideas, sino sólo ficciones”. Las ideas ni
son palabras ni son imágenes ni son esquemas sin vida de las cosas. Ellas son “el
término de la realidad” efectiva, su resultado objetivo. Es por eso que la
palabra “pensar” quiere decir “objetar”. Y habrá que preguntarse, en
consecuencia, si, de hecho, este determinado período de la realidad nacional ha
sido objeto de un estudio detenido y comprehensivo, y si, a partir de sus
resultados, se ha sido capaz de conformar una auténtica theoria, un
cuerpo teórico, que posibilite la superación de su crisis orgánica.
No es
que, por un lado, está la teoría y, por el otro, está la práctica, y de lo que
se trata es de entrelazarlas, como se entrelazan los cordones del calzado o
como se entrejuntan con la ayuda de una cuerda un hueso y una piedra. Pero
tampoco es que “hay una teoría que no se ha llevado a la práctica”. Cabe
preguntarse cuál será esa “teoría” o, en todo caso, qué se entiende por ella.
Aparte de los anacronismos propios de lecturas sin contexto, es momento de
reconocer que uno de los mayores defectos de la llamada “oposición” venezolana
ha sido, precisamente, su poco interés en la construcción de un corpus teórico
lo suficientemente adecuado a la cosa misma, cabe
decir, al ser social -a la sociedad civil- del presente, cosa no muy distinta
ni distante a los pre-juicios de los gansters que, hasta ahora, han
ejercido el control absoluto del país, convencidos de que toda teoría -aparte
de lo aprendido en ciertos manuales doctrinarios- es una expresión nítida del
“pensamiento burgués”, por lo que “sólo la práctica” cuenta para la toma de
decisiones. O sea, que “como va viniendo vamos viendo”. Y habrá que agregar que
nisiquiera se trata del pragmatismo que, en realidad, es una concepción
filosófica respetable, con independencia de que se acepte o se rechace. Más
bien, se trata del más craso y mediocre de los empirismos, cuando no del mero
instinto salvaje. Pensar, pues, sería algo malo o por lo menos despreciable.
Actuar, en cambio, sería lo bueno. Mejor el mero impulso que “perder el tiempo”
con sofisticaciones conceptuales traídas del “viejo mundo”. Mejor seguir
repitiendo hasta la saciedad las frases hechas, los unos en nombre de la
esperanza, los otros en nombre del temor. El resto es una sarta de consignas
cargadas con las miserias de sus pasiones tristes. Es esta la más auténtica
manifestación de la pobreza de espíritu de un pueblo sometido y humillado, de
la cual, por cierto, da cuenta la cada vez mayor mediocridad de su lenguaje.
Que
los partidos políticos no se cuenten a sí mismos como parte de la sociedad
civil o que un régimen atrapado por sus propias ilusiones autárquicas la considere
“enemiga del pueblo” y se haya propuesto destruirla, da cuenta de aquello que
decía Marx a propósito de los intentos de Proudhon por explicar la dialéctica
de Hegel: “Pese a todo su celo por escalar la cima, no ha podido jamás pasar de
los dos primeros escalones y, además, les ha puesto el pie encima sólo dos
veces, y de estas dos veces una ha resbalado y caído boca arriba”. Es verdad
que el concepto de sociedad civil -como todo concepto- ha terminado
enriqueciéndose a lo largo de la historia, precisamente porque un concepto que
no se identifica con su objeto no puede llamarse concepto. Y es que sólo
después de la consolidación histórica de la sociedad civil comprendida
como burgerlischegesellschaft, fue posible concebir la
inescindibilidad de la relación theoria-praxis, su concreta acción
recíproca. Por eso mismo, representarse la sociedad civil a lo Paine, es
decir, como si el hombre es naturalmente bueno y el Estado malo, es tan absurdo
como creer -al modo del comunista palurdo- que la solución a los problemas
sociales consiste en eliminar la sociedad civil.
Los
primeros se representan a la sociedad civil liberada del yugo normativista del
Estado y los segundos como un Estado liberado de los intereses propios de la
sociedad civil. Dos términos abstractos, aislados, estáticos. Dos “modelos” sin
contexto, sin historicidad, escindidos de la realidad de verdad. Son Dr.
Jekyll y Mister Hyde, el otro yo del Doctor Merengue, la
“lógica del sentido” de Deleuze, que no es más que un intento de lógica sin
sentido. Los integrados y los apocalípticos de Umberto Eco insisten en que uno
de los dos lados es el bueno y el otro es el malo. Y lo más patético de sus
maniqueísmos: uno de los dos “siempre” tiene que destruir al
otro para ganar.
José
Rafael Herrera
@jrherreraucv


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