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domingo, 6 de noviembre de 2016

Todo vale, vale todo


Por Marcelino Bisbal


I
Ese fue el lema de un momento, no muy lejano por cierto. Se dijo que la modernidad había finalizado y surgía un nuevo ciclo que, a falta de un mejor nombre, se empezó a denominar como tiempo de posmodernidad. Aunque modernidad y posmodernidad sean palabras de una misma raíz, en la acción de vida significan cosas distintas. La modernidad –como sistema– tiene que ver con la idea de normas claras, ideas estructuradas, sentido lógico, valores absolutos… Lo contrario, es decir confusión, relativismo, ambigüedad, enredo, mezcla… eclecticismo sería la posmodernidad. Aunque desde el mundo de la filosofía se nos diga que “intentar definir que es el posmodernismo sería atentar contra su razón de ser”. También hay quienes expresan que eso que llaman posmodernidad es tan solo una mezcla de imágenes heterogéneas.
Así, el colombiano y semiólogo Fernando Vásquez compara a la posmodernidad con el símbolo de Frankestein, ya que esta imagen del monstruo es la representación de la irracionalidad sin freno; la irracionalidad vengativa, vuelta contra sí misma. Es decir, Frankestein siempre produce monstruos como resultado de su acción pública que necesita, para valorarse como tal, el control público. De ahí que para el posmodernismo el refuerzo de la despolitización y la antipolítica sean los ejes que lo llevan al retorno de los fascismos de distinto signo.

II
A la luz de esas ideas, expresadas de manera muy sintética, digamos que si la posmodernidad es una mezcla de imágenes confusas en las que todo vale y se vale, pues en estos tiempos del chavismo-madurismo, y de lo que representa, estaríamos en presencia de un gobierno posmoderno. Aunque visto lo que ha venido sucediendo en los últimos días la designación más precisa sería la de una dictadura posmoderna. Una dictadura en la que todas sus políticas y acciones están orientadas a la legitimación del des-orden, a la coerción y al engaño. Además que esas variables se van consolidando o institucionalizando en el día a día.


Desde ese escenario es donde se sitúan nuestras cavilaciones políticas y éticas para tratar de entender cuál es el sentido de esta forma de gobierno que hoy tenemos y padecemos los venezolanos, hacia dónde quieren conducir al país, cuál es la idea política que anida en ellos, qué concepción de la realidad y de democracia tienen, cuál es el imaginario de la palabra pueblo que tanto repiten en sus discursos y alocuciones, qué representación tienen de lo público (res publica) y del llamado bien común… En la respuesta a esas preguntas no todo vale, no todo da igual, no todo tiene idéntico valor. Porque la vida de muchos venezolanos, de la nación entera, está en juego.

Son ellos y nosotros, como nos diría Juan Nuño. Ellos actúan para mantenerse en el poder y sus acciones no solo discursivas así nos lo demuestran. Nosotros queremos una nación y un país próspero en donde se pueda vivir sin la zozobra del instante, sin las violencias de todos los días. Ellos no creen en la democracia como sistema de diferencias y pluralidad de ideas, creen en el autoritarismo como una forma de gobierno que unifica al ciudadano para hacerlo manejable, condicionado y de conciencia pasiva. Nosotros pensamos que las diferencias son ricas y bienvenidas porque alimentan una sociedad, una forma de gobierno y una forma de vida que hace que la democracia sea un sistema de ciudadanos libres. Ellos piensan, por tanto así actúan, que las fuerzas armadas son la garantía de que el gobierno perdure en el tiempo y de ahí su participación en la vida política del país y en todas las esferas públicas. Nosotros creemos que una sana democracia desliga a las fuerzas armadas de sus poderes tutelares en la vida política, amén de ser despojadas de poder y responsabilidad en la vida de la sociedad civil.

III

Después de 18 años del proceso llegó el desencanto. Se ha instalado en la mayoría de los ciudadanos. Todos los estudios de opinión pública nos lo están diciendo. Conclusión: hoy el gobierno está en minoría política en el país. Sin embargo, no sabemos cómo será el desenlace final. Lo que sí sabemos, pues lo sentimos en el ambiente y lo vivimos, es que el país está quebrado, la ciudadanía está cansada y realmente fastidiada. Siente que estamos en un barco a la deriva en el que el lenguaje gubernamental no da cuenta de lo que nos sucede como sociedad. Cuánta razón tenía Wittgenstein: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. De igual manera, las medidas que anuncia el poder tienen el tufo del fracasado que ya no sabe qué hacer, que está quemando los últimos cartuchos, que responde al “sálvese quien pueda”. Otra vez el lema del posmoderno: todo vale, vale todo.

Ante la fragilidad del gobierno, surge el despotismo (Diccionario de la Real Academia: “Abuso de superioridad, de poder o de fuerza… El despotismo es propio de regímenes totalitarios…La frase ‘todo para el pueblo, pero sin el pueblo’ resume el programa del despotismo” o “Soberano que gobierna con un poder total sin someterse a leyes ni a limitaciones”). El presidente de la República y su círculo se comportan como déspotas (DRAE: “Que abusa de su autoridad y trata de imponerse con dureza”) Creemos, sin embargo, que el despotismo estaba allí presente, incubándose para salir a flote en tiempos más propios y mejor ubicados históricamente. Ahora se ha hecho visible, se ha exteriorizado sin rubor y de manera descarnada. Luis Castro Leiva nos lo expresa claramente:

“Hablo entonces del despotismo como si se tratara de una desviación general del gobierno o forma de gobierno constituida por el gobierno de uno solo y de aquellos (mucho más importante) que resulta del modo de hacer funcionar la desigualdad sobre la indignidad de tantas acciones morales recriminables, pero inevitables dentro de esa manera de vivir: la adulación, la lisonja, la calumnia, las exterioridades, etc,”.

Llegados hasta aquí aparece la pregunta, una más, por el futuro: el futuro del país, el futuro de nuestra democracia como sistema d vida, por nuestro futuro. Estamos en un momento de las ilusiones pérdidas(Juan Nuño), aunque la palabra gubernamental anuncie todos los días el retorno de esas ilusiones. No se les puede creer. La realidad de estos momentos es demasiado cruel y descarnada.

Por estos días leía que José Ignacio Cabrujas se había ido un 21 de octubre de 1995, es decir 21 años sin su presencia. Recordaba uno de sus últimos ensayos publicado en el libro colectivo Balance del siglo XX (1996) y leía:

“Es como si, de repente, la imagen de nosotros mismos se hubiese agrietado, como si hubiésemos perdido la historia o al menos la noción de eso que solíamos llamar historia. El país se ha vaciado de sus significados, y ahora no alcanza a mirarse ni a entenderse. Lo ideológico dejó de existir al menos en nuestras prioridades. Somos una nación de derechos, ¿pero qué tienen que ver esos derechos con nuestra propia vida? Somos una nación democrática, pero, ¿qué tiene que ver la democracia con lo que sucede? (…) La realidad ha descarado el pensamiento. Abrimos los ojos traspasados por una desilusión que comenzó a asombrarnos (…)”

IV
Mientras pienso en lo que dijo Cabrujas, pasa el tiempo. Y este se acabó y se nos acaba. Vivimos en el más grande des-orden que nos hayamos podido imaginar. ¿La salida? Está en nosotros y no solo en los políticos. ¡Unidos, sumamos! Se trata de una salida política, constitucional, pacífica y ordenada. Para eso, el pensar y actuar en consecuencia con sentido de realidad, no es un método más, sino el método.

04-11-16

http://www.el-nacional.com/marcelino_bisbal/vale_0_951504885.html