10 Últimos

lunes, 21 de noviembre de 2016

Crítica y pensamiento mágico, por @AngelOropeza182



ANGEL OROPEZA 20 de noviembre de 2016

Una de las herencias lamentables del modo de pensar neo-militarista que ha contaminado la cultura política del venezolano, es la tendencia a clasificar el mundo y sus eventos en categorías dicotómicas reduccionistas.  Según esta concepción, nada puede existir fuera de las rígidas bipolaridades que caracterizan su precaria noción del hombre y su entorno. Todo se limita a una clasificación ramplonamente maniquea: bueno o malo, blanco o negro, amigo o enemigo.

La psicología evolutiva nos enseña cómo la clasificación dualista es, desde el punto de vista del desarrollo ontogenético, lo más primitivo y básico en el proceso de formación del pensamiento. El niño pequeño aborda su realidad desde estadios pre-operacionales y simples, y a medida que avanza en su madurez cognoscitiva va entendiendo progresivamente la importancia de los matices y múltiples gradientes y posibilidades de la realidad.

Cuando un análisis político recurre al reduccionismo dualista, evidencia su incapacidad para entender y administrar las diferencias propias de las realidades complejas. Y eso es lo que hemos estado presenciando en estos días a propósito de los primeros resultados de la llamada “mesa de diálogo”, del pasado 12 de noviembre.

Lo obtenido hasta ahora ha abierto la discusión. Por una parte, se han generado críticas interesantes y que merecen ser atendidas. Así, por ejemplo, se ha señalado que la metodología de submesas de trabajo temáticas con plenarias distanciadas en el tiempo está favoreciendo al gobierno en su estrategia de desmovilizar a la oposición y ganar tiempo. Se ha criticado igualmente la adopción de ciertas formas de lenguaje, la no coincidencia entre lo afirmado por el comunicado unilateral de la MUD y el llamado “comunicado conjunto” de la facilitación y las partes en conflicto, el hecho que no se haya hecho referencia expresa a un mecanismo de seguimiento de lo acordado y de vigilancia de cumplimiento, pero sobre todo la no mención de una válvula de escape electoral en el “Comunicado conjunto”, aunque sí se hizo en el comunicado unilateral del lado democrático.

Estas críticas y observaciones, así como las referidas al manejo comunicacional, confuso y no suficientemente alineado, por parte de algunos representantes del liderazgo democrático, y al necesario manejo racional de las expectativas, que son las que al final determinan la justicia o bondad de lo alcanzado, deben ser escuchadas, analizadas en su pertinencia e incorporadas en la evaluación continua de la estrategia opositora.

Paralelo a estos señalamientos, han surgido reacciones propias de nuestro crónico pensamiento mágico, ese según el cual el cambio político es consecuencia de una salida voluntarista, espectacular o de plazo tan inmediato como los deseos, y no como producto de la combinación inteligente de estrategias plurales propias de la política.

Este pensamiento mágico se nutre de algunos mitos que se repiten hasta ser creídos, como aquellos de que el gobierno de Maduro está prácticamente caído y sólo le hace falta “un empujoncito”, que basta con una marcha para desalojar a la dictadura, siguiendo el imaginario no superado del 11 de abril y el supuesto auxilio de militares buenos que acudirán en nuestro rescate, y que el cambio político se reduce sólo a un simple asunto de testosterona y sangre ajena.

El dato objetivo es en que en el diálogo se logró cierto avance, todavía lejos de lo deseado pero también alejado de la inutilidad o fracaso. No sabemos si era posible avanzar más a esta altura del proceso. Hay que insistir en que el régimen no es tan débil como algunos piensan, y tiene capacidad de maniobra pero sobre todo de represión.

La oposición democrática debe mantenerse en la mesa de negociación, entre otras razones porque no tiene hoy una alternativa lo suficientemente fuerte y desarrollada como para renunciar al diálogo en cuanto herramienta de estrategia política. Y el reto de estos días es precisamente desarrollar y fortalecer esa alternativa, estimulando simultáneamente al resto de las modalidades de la lucha cívica: organización popular, presión internacional, movilizaciones, protestas, trabajo a lo interno y externo de la Asamblea Nacional, huelgas, docencia social e incorporación de la ciudadanía, por citar sólo algunas. Desalojar a una dictadura por la vía civil y democrática, sistemática y continua, es una labor complicada y sin garantías de éxito. Pero es la única.

Mantenerse en la mesa de diálogo implica esforzarse y luchar cada vez más por resultados concretos, pero huyendo de la fantasía que ella constituye un escenario de juego “suma cero” a nuestro favor, donde la oposición obtiene cuanto quiere y el gobierno lo pierde todo. Una cosa son los deseos –por muy justos que parezcan-y otra la compleja y antipática realidad.

Pero, sobre todo, hay que insistir en que ningún triunfo será posible si nos alejamos de la unidad. La unidad es ahora más imprescindible y necesaria que nunca. Sin unidad, no sólo no podremos maximizar y darle direccionalidad a la inmensa avalancha de venezolanos descontentos y urgidos de cambio, sino que no pasaremos, sin ella, de ser una mayoría numérica, pero desagregada, desorganizada y políticamente inútil.

La situación de penuria generalizada y de urgencia social que hoy sufre el país amerita que todos demostremos capacidad de aprendizaje y evitemos repetir los caros errores del pasado, que resultarían en un agravamiento de las condiciones sociales y políticas de los venezolanos al permitir la relegitimación política de sus explotadores.

El cambio es tan urgente que no podemos darnos el lujo de cometer fallas que nos alejen de él. Nuestro camino tiene que estar siempre al lado de la gente, contra los falsos radicalismos de salidas que conducen sólo a las trampas de catarsis emocionales desordenadas, que adolecen de propuestas políticas factibles y viables para superar la situación de dominación, que no favorecen el robustecimiento de las estructuras orgánicas necesarias para el cambio político, que no contribuyen a ampliar la base popular de la alternativa democrática, y que sólo conducen a profundizar la frustración social y el fortalecimiento del gobierno.