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lunes, 14 de noviembre de 2016

Estrategia, lucha y victoria por @goyosalazar


Por Gregorio Salazar


Aunque el enviado papal, Monseñor Claudio María Celli, ha dicho que su labor en la mesa de diálogo entre el gobierno venezolano y la oposición “es de acompañamiento”, a juzgar por sus declaraciones del fin de semana se pudiera decir que ya se ha percatado que su papel se asemeja más bien al de un técnico anti-explosivos. Debe hacer un esfuerzo mayúsculo, mover sus herramientas con mucha habilidad y tino para que la bomba de tiempo que es la crisis venezolana no le explote en las manos.

Eso lo dejó muy claro cuando destacó que si fracasara la mesa de diálogo el camino que transite la patria venezolana pudiera estar manchado de sangre. Y admitió que el Vaticano corre un riesgo muy grande al involucrarse en la coyuntura venezolana y eventualmente tener que retirarse con las manos vacías. Sabe que el diálogo es un proceso dinámico que debe nutrirse del reconocimiento de su necesidad por las partes en conflicto y la voluntad política de los actores. También que mientras más rápidas se produzcan las respuestas mayores serán las posibilidades de avances y frutos tangibles.

Teniendo las solicitudes de la oposición en la mano, fue a su segundo encuentro con Maduro y le habló sin ambages: «Señor presidente, esta mañana me encontré con la oposición y hay tres pedidos. Hay que dar señales y estas no necesitan tiempos bíblicos. Hay que dar señales de que el diálogo es el único camino, y que se puede recorrer en este momento», refirió al periodista argentino que lo entrevistó. Y enfatizó: “Se lo dije muy claramente”. Nada de juegos dilatorios, entonces.


No es difícil advertir en las declaraciones de Celli preocupación y desencanto. Después de haber visto como el presidente y otros altos personeros del gobierno han arremetido contra la oposición, a la que incluso tildan de terrorista, el enviado del Papa sabe que el diálogo tiene un camino minado, que prácticamente no hay ningún sector del gobierno que apueste a su éxito, lo cual por lo demás sólo parece alcanzable si el oficialismo contribuye a que se produzcan las decisiones que se esperan de órganos que les sirven dócilmente, como el TSJ y el CNE.

Si nos guiamos por el documento aprobado la madrugada del lunes 31 de octubre, podemos figurarnos que los tres planteamiento principales formulados por la oposición se centran en la revisión de la situación de los presos políticos (término no admitido en el documento); el caso de los diputados del estado Amazonas y un cronograma e institucionalidad electoral y respeto a los procesos electorales previstos en la Constitución. El primer enunciado del documento, dirigido al compromiso conjunto para el mantenimiento de la paz y el entendimiento entre los venezolanos, obtendría su mejor impulso si se concretara un acuerdo sobre los otros tres.

Lo impresionante es como, sin ningún recato, el presidente Maduro y otros actores del oficialismo, erigidos mediante la propaganda en los principales demandantes del diálogo han arremetido contra el sector opositor a horas apenas de haberse suscrito el listado de temas que fue aprobado en conjunto y haberse designado cuatro mesas para discutir el mismo número de ejes temáticos.

A esta hora, el país y diríase que también la comunidad internacional tienen claro quién quiere diálogo, quien ha dado pasos para bajar las tensiones alrededor de esa mesa y quien está dispuesto a voltearla y a patear el tablero. ¿A qué conduciría eso? A una crisis mayor a la que tenemos en todos los sentidos. Lo dijo Celli: “La situación está muy fea” y el riesgo de derramamiento de sangre inminente.

La Mesa de la Unidad no se hace ilusiones, pero está clara en sus expectativas y firme en sus directrices. Ya lo dijo Torrealba: “Lo que viene después del 11 de Noviembre no es demagogia, impaciencia y suicidio, sino estrategia, lucha de todos y victoria del pueblo democrático ¡Palante!”

13-11-16