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jueves, 3 de noviembre de 2016

La memoria débil, por Jorge Edwards


Jorge Edwards 02 de noviembre de 2016

En los tiempos finales de la Guerra Fría, en la época de los grandes trastornos políticos en la Unión Soviética, de las canciones de protesta que se extendían por el interior de la Alemania comunista, de los comienzos de la transición española, me parece que había un conocimiento más claro, una experiencia directa, vivida, de la situación interna en los países del socialismo real. Algunos gacetilleros hacían méritos acusándome de los peores crímenes políticos a propósito de mi libro sobre la Cuba de Fidel Castro, pero la gente que sabía, la que venía del interior del «sistema», tenía una actitud muy diferente. Un alto delegado de la Unión Soviética en la Unesco, buen conocedor del idioma español, me decía que se reunía con otros colegas suyos en Moscú para debatir sobre mi testimonio cubano. Y algunos militantes aguerridos, gente de trinchera, me aseguraban que mi versión de los hechos era verdadera, pero que publicar esas cosas no era oportuno. ¡No había que darles argumentos a los enemigos de clase!

Tengo la impresión de que ahora esa memoria interna, que fue una de las experiencias esenciales del siglo XX, se ha debilitado. Se impone, en cambio, una desmemoria, una debilidad de la conciencia histórica, que conduce a la repetición de los errores de un pasado todavía reciente. Observo gestos, lenguajes, conductas, y me acuerdo de un célebre folleto de Lenin: «El ultraizquierdismo, enfermedad infantil del comunismo». Ya no se escucha hablar, sin duda, de esas reservas, esas inserciones de la lucidez en la pura y desaforada agitación. La autoridad de Lenin, su actitud fundacional, le permitían hablar en esa forma, y es probable que la llegada de Stalin haya acabado para siempre con todo eso.

Acabo de leer el último libro de Julian Barnes, El ruido del tiempo, novela testimonial sobre la vida del compositor Dimitri Shostakovich en la época de Stalin y en los primeros años del posestalinismo. El libro, en líneas generales, no ha tenido demasiada buena prensa, y me pregunto si nuestra actual indiferencia respecto a los fenómenos del socialismo real, unida a una memoria histórica más bien débil, no ha influido en esta apreciación. Existe una tradición de pensamiento crítico inglés, que quizá tiene su origen en viejos ilustrados ingleses y escoceses, que tiende a señalar desviaciones políticas sin énfasis excesivo, con algo de sordina, con humor que podríamos llamar distante. El humor de Bernard Shaw y la imaginación de H. G. Welles no les impidieron equivocarse a fondo sobre el caso de Stalin. George Orwell, por el contrario, escribió con impecable lucidez, y un poeta e historiador de años posteriores, Robert Conquest, hizo un clásico en la materia, El gran terror. En comparación con ellos, el libro de Barnes es probablemente más delgado, quizá demasiado fragmentario, algo rápido en su elaboración. Pero tiene momentos culminantes, que importa conocer y que conviene mucho recordar. Hay un par de sucesos esenciales, impresionantes, bien narrados. Años después de la muerte del camarada secretario general Stalin, en tiempos de relativo deshielo, las autoridades deciden que el autor de la Quinta y la Séptima sinfonías, de Baby Yar, de maravillosas obras de cámara, no podía representar a su país en eventos musicales internacionales sin ser militante del partido. El relato del trabajo del funcionario de confianza, un tal Pospelov, que se encarga de acompañarlo sin descanso, como su sombra, y de hacerle firmar los registros, es revelador y sorprendente. Pospelov es el agente perfecto de los organismos de seguridad del Estado en un régimen totalitario. El que no conoce el socialismo real por dentro es incapaz de imaginarse la sutileza de los Pospelov de este mundo. En cada recepción oficial, como por arte de magia, el compositor veía acercarse al infaltable, al oportuno Pospelov, con una copa del mejor champán para él y con la más encantadora de sus sonrisas. La presión, al final, sería irresistible. Descubrimos que la tortura psicológica de los años del deshielo no era menor que la de las etapas duras, aun cuando tenía una ventaja evidente: eran menos frecuentes en esos años la llegada de la Policía en horas de la madrugada, la relegación a Siberia y la desaparición. Al comparar la etapa soviética con los tiempos actuales, un testigo conocido que me visitó hace poco en Santiago de Chile me declaró lo siguiente: «Ahora, cuando suena el timbre a las seis de la madrugada en mi domicilio de Moscú, pienso que es el lechero o el repartidor de diarios, no la KGB». La diferencia no es poca, con Putin o con quien sea: no hay que equivocarse a este respecto.

Otro detalle apasionante que revela El ruido del tiempo tiene que ver con Igor Strawinsky, el autor genial de Consagración de la primavera, de Sinfonía de los Salmos, de tantas obras maestras, emigrado de Rusia a Occidente en los primeros años de la Revolución de Octubre. Shostakovich NIETO admiraba a Strawinsky con apasionada devoción. Estaba convencido de que era el primero de todos. En uno de sus viajes al frente de una delegación de artistas soviéticos, pidió ver a su admirado compatriota. El compositor de Petrushka respondió que por «razones éticas y estéticas» no deseaba ver a ninguno de los representantes rusos. No por eso disminuyó la admiración por él de Shostakovich. Pero después de su forzado ingreso al partido, estaba obligado a menudo a leer discursos que le entregaban los funcionarios, los Pospelov de turno. Mientras leía uno de esos papeles en una ciudad norteamericana, antes de un concierto, descubrió con horror que insultaba a su amado Strawinsky. Se cuenta que interrumpió la lectura y que esta fue continuada por un funcionario, pero este siniestro detalle no le consta a Julian Barnes.

Como ustedes ven, recordar y seguir la investigación de estos fenómenos es más que necesario. Y la escasa prensa de este libro me parece, en algunos casos, sospechosa. Pablo Neruda, que escribió una absurda Oda a Stalin, respondió años después, interrogado por un periodista francés conocido: «Je me suis trompé». Quizá era difícil no equivocarse, sobre todo bajo presiones burocráticas más sutiles de lo que uno pensaba, pero persistir en el error, ahora, con toda la información disponible, como sucede en estos días muy cerca de nosotros, es bastante más que un error.