Américo Martín 27 de octubre de 2019
El
drama humano más grave e intenso que acompaña hasta el final a los seres
humanos deriva de un hecho irreparable: su capacidad subjetiva es infinita en
tanto que él, en cuanto objeto natural es, al igual que las demás cosas del
mundo, limitado y finito. Imagina lo que quiera. ¡Todo cabe en su universal
cabeza! Aladino, Einstein, María Curie, Shakespeare, Golda Meier reduce
vehementes deseos y audaces planes a la humilde dimensión real. De La esperanza
del sueño encarnado se viaja a la quimera que desencarnada.
Hará
unas cinco décadas, Herman Kahn, estratega militar, teórico de sistemas y
futurólogo excepcional preguntó a un cónclave de colegas cuáles de las
fantasías de la ciencia-ficción podrían materializarse en el porvenir.
Conclusión: todas, menos la máquina del tiempo. A estas alturas deberíamos
dudarlo.

















