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jueves, 27 de octubre de 2016

Crónica de aquella vez que en Venezuela se inició un juicio contra Nicolás Maduro por @WillyMcKey


Por Willy McKey


1. Los barrotes y esa otra cosa invisible

Desde la esquina de San Francisco resulta fácil contar más de cuatro decenas de guardias: bastaría con mirar alrededor desde La Ceiba para dar con las primeras tres decenas. El bloqueo de los corredores peatonales por las barandas antidisturbios desplaza el tránsito de la gente hacia la esquina de La Bolsa y los lados de San Jacinto, de modo que la cantidad de efectivos en el acceso más oriental del Palacio Legislativo dan la impresión de que en esa cuadra de dimensiones coloniales hay más militares que civiles.

Y es un espejismo eficaz.

En medio de ese cuadro costumbrista verde militar con urbanismo de Guzmán Blanco al fondo y una escena más del alcalde Jorge Rodríguez transcurrió la sesión legislativa que será recordada como aquella vez que en Venezuela los diputados iniciaron un juicio de responsabilidad política contra Nicolás Maduro.
Hay un grupo tempranero que conversa en medio del patio del Palacio Federal Legislativo. Algunos no sabían que el principal encargado de esta obra era hijo de Rafael Urdaneta n ique cuando se terminó, en 1877, hubo una polémica que hoy puede resultar cándida: en lugar de los casi 43.000 bolívares de la época que se habían presupuestado para la obra, el monto sobrepasó los 170.000.

“¿En cuánto tiempo lo habrán hecho?” pregunta una de las tertuliantes antes de acudir a Wikipedia desde su teléfono y volver con la respuesta: “Carajo: se construyó en cuatro años”. El dato basta para devolver la conversación a este siglo: “Pensar que la Torre Este de Parque Central se quemó hace doce años y esta gente todavía no la termina de habilitar”.

Es probable que esos minutos de iluminación e infraestructura hayan sido los únicos que no dedicaron a conversar sobre el episodio del secretario ejecutivo de la MUD del día anterior y un supuesto diálogo con el gobierno agenciado por El Vaticano. El humor echa mano de que muchos líderes dijeron haberse enterado por la televisión. En cada grupo de gente que suena aparecen teorías y desenlaces posibles (o de los otros).

El temor mayor es que se haya desmovilizado a quienes quieren protestar. “Esto que va a pasar hoy aquí no tiene ningún sentido si mañana no llenamos la calle”. Pero cambian rápido los tópicos de las conversaciones: a medida que se acerca la hora de la sesión dejan de aparecer con tanta relevancia las palabras “calle”, “diálogo” o “referendo” ceden su protagonismo a otra noción que algunos diputados van ayudando a colocar: “juicio de responsabilidad política”.

En lo que las teorías empiezan a repetirse, aparece la tentación de ver si el acceso al Palacio por donde entró la breve turba el domingo fue dotado con más seguridad. Y no. La media docena de efectivos deslucía frente al operativo desplegado del otro lado, al menos durante estas horas de entrada.
Esta estructura no es una reja capaz de detener a cualquiera que goce de la salud suficiente para escalarla. Los endebles y pretendidamente decimonónicos barrotes se confiesan vulnerables. Este tipo de edificios necesita de algo más para que la gente los respete. Algo invisible pero poderoso, capaz de representar simbólicamente una barda más alta que estos escasos tres metros.

Algo que lleva tiempo agrietándose y que, como todo lo invisible, es muy difícil de reparar.

2. La dilación de un prólogo

En la planta alta del edificio está la Biblioteca Luis Beltrán Prieto Figueroa. Se llega hasta ella por una angosta escalera de madera que pone en evidencia cuánto puede envejecer un edificio cuando las escalas del futuro pretenden medirle su eficacia. Y aunque algunos parecen habituados al asunto, quienes más sufren con los pocos espacios de maniobra en las escaleras y recovecos son los camarógrafos y sus asistentes.

La premura siempre es cruel con quienes deben llevar consigo vocaciones tan pesadas que requieren de un trípode y muchos cables.

El apuro se debe a que el diputado Julio Borges va a dar algunos anuncios previos a la sesión. Basta ver la naturalidad con la cual usan el espacio para entender que desde hace rato la biblioteca ha pasado a ser una suerte de bullpen para los oradores del día. Mientras tanto, en la antesala ya está dispuesto el rosario de micrófonos de los medios que llegaron y el muro conformado por las cámaras de más canales de Internet que de televisión abierta.

                                     Fotografía de Gabriel Méndez. 

Ya son las diez y media de la mañana. Un grupo representativo de las distintas toldas políticas que conforman la Unidad se distribuyen dentro del tiro de cámara. Consiguen maneras de quedar por encima de la altura calculada de los oradores sirviéndose de sillas y taburetes de plástico. Hay quienes, movidos por el afán de aparecer, se atreven a encaramarse en muebles patrimoniales y reciben de inmediato el regaño de los diputados más jóvenes que forman parte de un backing humano dónde quizás son demasiados aquellos que quieren aparecer.

En apenas unos veinticuatro metros cuadrados se concentra una buena parte de la mayoría parlamentaria. Casi la mitad afina los detalles para unas declaraciones que servirán de prólogo al resto del día. El resto forma parte de un diorama donde pueden verse representados los arquetipos de esa singular fauna que es “la fuente política”.

Julio Borges pregunta si se sabe algo de Freddy Guevara y es así como el bullpen confirma su pítcher abridor y anuncia el relevo en la declaración. Los periodistas, la mayoría mujeres, se distribuyen estratégicamente: quienes cuentan con la confianza de los voceros intentan ubicarse “donde siempre” mientras que aquellos que pretenden descolocar varian su lugar de abordaje.
Es algo que toma tiempo. Y quizás el arranque de este prólogo está tardando demasiado.

3. Los ritos de entrada de la otra esquina

Los diputados oficialistas suelen llegar justo antes de la sesión, podría pensarse que con la intención de comprometer el quórum. El líder del rito de entrada es el diputado Francisco Torrealba, encargado de revisar el clima antes de que llegue el resto de la bancada.

No le faltan edificios cercanos para poder reunirse sin exponerse a los medios ni apretujarse en una biblioteca.

Sin embargo, hoy algunos diputados del llamado Bloque de la Patria llegaron antes. Están en el umbral del Salón Francisco de Miranda, ubicado en la planta baja del Palacio. Ven en la pantalla de un smart-phone la transmisión de la rueda de prensa que dan Borges y Guevara. Ignoran que ya han empezado a dar acceso al Hemiciclo, pues la mayoría de los medios está en la biblioteca y Henry Ramos Allup no habitúa comenzar la sesión hasta que los periodistas estén activados en la transmisión y registro.

Sin embargo, a veces basta cambiar una jugada de rutina para cambiar todo el juego.

                                        Fotografía de Diego Vallenilla. 

Los síntomas más claros de que no esperarán a los ausentes se ven en un par de pantallas que fueron instaladas para transmitir el debate a quienes no tengan posibilidad de entrar. A todo esto hay que sumarle otra rareza: repartieron unos tickets con un número y una firma para asegurarse de que sólo pasen los medios registrados por la secretaría encargada. Algunos de los periodistas habituales se toman la novedad como una broma, pero igual atesoran el papaelito con las rayas de tinta azul que les aseguran el acceso al palco de prensa.

“¡Esta vaina ya empezó!”. Aparecen el empujón, la viveza, el bochinche. Los pasillos y accesos del Palacio Legislativo vuelven a poner en evidencia que la arquitectura del siglo XIX nunca previno tanto apetito por entrar, mucho menos con un ritmo que estuviera marcado por la angustia de quedarse con una cobertura incompleta.

Francisco Torrealba también luce acelerado. La parte de los diputados de la fracción del PSUV que no ha llegado a sus curules pasó del retraso estratégico a la misma urgencia, retando a los encargados del acceso a la hora de separar los autorizados de los espontáneos.

Una brevísima puerta debe soportar las ganas de entrar de una masa de entusiasmo político, trípodes y papelitos que son expuestos como banderines y salvoconductos.

                                      Fotografía de Diego Vallenilla. 

4. Como si el tiempo fuera propio

Minutos antes, en la biblioteca, Tomás Guanipa invitaba a los medios a la antesala donde ya se habían instalado las cámaras. Ubicarse se transforma en un tropiezo. Julio Borges comienza y echa mano del recuerdo para revivir aquella “hoja de ruta” anunciada hace meses para afirmar que sigue en curso. Todo le resulta útil para poner en contexto lo que será el eje de la sesión de hoy: activar los primeros pasos para un juicio de responsabilidad política contra Nicolás Maduro y, al mismo tiempo, el estudio del caso que les permitiría aludir a la bancada opositora el “abandono de cargo” como argumento legal contra el Presidente de la República.

Los periodistas lo oyen, pero en cada silencio le disparan dudas sobre el supuesto diálogo en Margarita. Las preguntas se amontonan en los oídos de los presentes pero sólo sobrevive aquella que haya logrado superar la confusión. Es ésa la que Borges intentará responder antes de darle la palabra a Freddy Guevara. La respuesta del jefe de la fracción opositora es que las acciones de calle anunciadas para los días 26, 27 y 28 de octubre se mantienen… aunque le hayan preguntado otra cosa.


                                      Fotografía de Gabriel Méndez. 

Cuando le toca a Guevara, empieza por aclarar que puertas adentro de la Unidad hay muchas cosas por decidir y acordar, pero que entienden que hay que generar las condiciones para que ese diálogo “que en algún momento será real” al menos parezca posible. Borges lo complementa afirmando que “en Venezuela no hay democracia y nosotros tenemos el compromiso de rescatar el hilo constitucional y hacer que la democracia sea gobierno”.

Cuando empiezan a explicar que ven como una conquista política de la Unidad que el Papa haya enviado a alguien para conocer la situación en Venezuela, “pues es algo que nosotros mismos hemos solicitado”, la diputada Adriana D’ Elía revisa su teléfono y les hace saber que la sesión está a punto de iniciar. Era necesario estar presentes antes del conteo habitual para el quórum y puede que ya no les dé tiempo.

                                       Fotografía de Diego Vallenilla. 

Todo se agita. Miguel Pizarro y Freddy Guevara repasan un par de ideas y forman parte de los sorprendidos junto a varios periodistas de la fuente. Por primera vez en mucho tiempo se da inicio a la sesión sin que estén la mayoría de los medios presentes.

En las manos vuelven a aparecer los pequeños tickets como escapularios que pretenden detener el tiempo. Para cuando pudo entrar el último de los periodistas acreditados, ya el diputado Juan Miguel Matheus estaba haciendo uso de la tribuna de oradores.

5. El Debate I: Héctor Rodríguez

Antes que repasar en lo que dijo cada quien, algo que las coberturas en vivo que terminan convertidas en videos en YouTube resguardan mejor que la crónica, la visión cenital del Hemiciclo permite atender al papel de cada diputado en este enrarecido ecosistema que convive debajo de la cúpula del Capitolio.

Mientras Juan Miguel Matheus abría el debate sobre el juicio de responsabilidad política a Nicolás Maduro, yendo desde la revisión del escenario político actual hasta dirigirse directamente a las Fuerzas Armadas, en la fracción del PSUV escuchan con atención a Héctor Rodríguez. No fue sino hasta que se dirigió al pueblo militante del chavismo que algunas cabezas decidieron virarse hacia la tribuna de oradores: “Esto no fue lo que se les prometió. La lucha democrática es para que todos vivamos mejor”.

                                       Fotografía de Gabriel Méndez. 

Si hubiera que utilizar alguna alegoría deportiva capaz de resumir el papel de Héctor Rodríguez, sería la del un coach de primera base en béisbol. Mientras otros diputados inscritos en el orden de intervenciones (como Julio Chávez o Pedro Carreño) no le prestan mayor atención a las palabras de la bancada contraria, a Rodríguez parece que le hubieran encomendado estar atento a cuanto sucede para poder prever líneas de oratoria capaces de recolocar el mensaje.

Cuando Matheus citó al Papa Francisco y se refirió a quienes ejercen el poder desde el partido de gobierno como “una casta de pan sucio”, fue Rodríguez quien se acercó a Julio Chávez, el primero de los suyos en intervenir. Hizo lo mismo con Pedro Carreño después de que consignaran el proyecto de acuerdo que contiene la activación del juicio de responsabilidad política contra Nicolás Maduro y cuando Omar Barboza se refirió a los “jueces de rocola, que suenan según lo que les metan”. También Edwin Rojas conversó con él, luego de que Carlos Berrizbeitia cerrara su participación.

En lo que va de año legislativo, en los debates la oposición se ha decantado por el ethos mientras el oficialismo se atrinchera en el pathos. Rodríguez, en cambio, apela por la singularidad del logos. La retórica siempre ofrece estos tres caminos y a muy pocos se les da bien el tercero. Resulta paradójico que sean él y Henry Ramos Allup quienes compartan esa condición, aunque eso sirva para explicar que sean una constante en cada debate.

Rodríguez soporta la dinámica impuesta por los representantes de la oposición, quienes retoman lo que ha dicho su contrincante anterior para usarlo a favor. Pero, en detrimento de ese talento, tanto a Julio Chávez como a Pedro Carreño (en featured con un video de Hugo Chávez que terminó jugando en contra) y a Edwin Rojas se les hace imposible descubrir el secreto de estos giros. Quizás tenga que ver con que atender al otro es imprescindible para poder apuntarse alguna victoria en cualquier debate.

El desdén por la palabra ajena impide alcanzar esa cuota de dinamismo vital para que el piquete del intercambio alcance a dolerle un poco al contrario.

Cuando le tocó a Rodríguez, en efecto, pudo devolverle un par de ideas a William Dávila, posiblemente gracias a los apuntes que tomaba mientras lo escuchaba repetir su frase álgida: “El pueblo no conspira, ¡el pueblo revoca!”. Sin embargo, ya la fracción estaba lacerada por los descuidos previos. Cuando decidió enunciar que “Nosotros no somos una coyuntura electoral: somos una fuerza histórica y politica” y luego reconoció a la oposición como otra fuerza política ganó espacio y atención. Cuando le recriminó a la oposición que “Tienen que dejar de hacer política prestándole atención a las redes sociales” supo dónde dar. Pero confiado en la táctica cometió un error estratégico al decidir que el punto que atacaría de la intervención de Dávila sería Rómulo Betancourt.

Apenas empezó a hacerlo, la sonrisa iluminó el semblante de Henry Ramos Allup. Era como si sintiera que Héctor Rodríguez había caminado derechito hasta su patio.

6. Motofobia

La curva de una escalera de madera es la que permite el acceso a ese primer piso que es el palco destinado para la prensa. Justo en medio, a la altura del sexto escalón, se puede ver a través de un ventanal la fachada del Palacio de las Academias. Sólo quienes suben o bajan concentrados en sus teléfonos logran evadirlo.

Desde que Juan Andrés Mejías hablaba hasta que le tocó a Américo De Grazia, cada cinco minutos se decía que había militantes oficialistas concentrándose en las afueras. La reacción sólo es notoria cuando dicen que están en la puerta oeste, pero era un mismo mensaje cumpliendo ciclos de rumor, saliendo y volviendo a las mismas pantallas que volvían a difundir una foto que mostraba a un grupo de motorizados que quienes estaban en el ventanal vieron pasar hace casi dos horas.


                                      Fotografía de Diego Vallenilla. 

Cuando le toca al diputado Pedro Carreño una buena parte de los presentes prefiere visitar el ventanal de la escalera. Cualquier cosa antes que escucharlo hablar del Plan Cóndor. El tránsito de los automóviles se mantiene en condiciones regulares y el rumor cambia: de vez en cuando pasan breves oleadas de la marcha oficialista con dirección a la concentración en Miraflores.
No hay nada sino eso: pueblo que camina hoy hacia donde fueron convocados, sólo porque otra parte del pueblo va a caminar mañana.

7. El Debate II: Henry Ramos Allup

La intervención de Juan Andrés Mejías pudo anclarse en los excesos referenciales de Julio Chávez: antes que referirse a sucesos de hace cuarenta, prefirió hablar de los presos políticos de hoy, el derecho a la salud, la situación de los pueblos indígenas, el crimen ambiental que significa el Arco Minero y, directamente, el intento de “la instalación de la dictadura de Nicolás Maduro”, sin dejar por fuera la destitución de alcaldes y diputados.

Edwin Rojas llegó al la tribuan de oradores con un solo objetivo: afirmar que en Venezuela no cabe la figura de la responsabilidad política del presidente, porque el sistema es presidencialista y no parlamentarista, soltando un “Nosotros no somos Brasil” que le atajó Américo De Grazia. “Es verdad no estamos en Brasil, porque aquí la salida posible era el Referendo Revocatorio y esa salida ustedes la bloquearon” fue la primera, aunque no dejó sin riposta a Julio Chávez, quien había colgado en el ambiente la idea de que en la MUD sólo había una pelea por las candidaturas regionales: “¡Allá ustedes que no tienen candidatos para las elecciones regionales!”

Mientras todo esto sucede, Henry Ramos Allup entra y sale del Hemiciclo, quizás poniéndose al tanto de lo que sucede en la puerta oeste. Un fotógrafo que salió a fumar vuelve a los ocho minutos: “Sí hay gente, pero son unos poquitos. ¿Todavía no ha hablado Henry?” Lo mandan a callar. Ramos Allup anota, apunta, sonríe. Cuando avisa que será él quien cerrará el debate, le devuelve al murmullo de la bancada oficialista un “¿Tienen miedito?”. El tono es socarrón y libre de cualquier solemnidad.

Hay un derecho de palabra para Julio Borges, quien pidió que al terminar el debate se sometiera a votación formal el inicio del procedimiento contra Nicolás Maduro y pedir que se le notificara al propio presidente que compareciera ante la Cámara para responder a las acusaciones allí descritas. También quería dejar constancia de la posibilidad de abrir un expediente para llevar a juicio a Nicolás Maduro, con la consideración relativa del abandono del cargo. Ramos Allup lo aprueba y afuera, quienes no han podido entrar al Hemiciclo y miran las pantallas, oyen y aplauden la decisión.

Quizás fue ahí cuando decidió cambiar por segunda vez una jugada de rutina.
8. Final de Partida

En retórica, una mudanza del logos al pathos puede generar efectos diversos en la audiencia cuando se hace de manera inesperada.

Sobre todo quebrantar al contrincante.

Luego de aprovechar los espacios que había dejado abiertos Héctor Rodríguez y felicitarlo irónicamente por estar estudiando a Rómulo Betancourt, Ramos Allup describió el contexto de aquel primer gobierno posterior a la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Así llegó a las estrategias de la memoria, donde la juventud suele jugar en contra, para explicarle que aquella situación de guerrillas y grupos armados no podía compararse con las crisis actual.

                                       Fotografía de Diego Vallenilla. 

Y estando resuelto aquello desde el logos, tal como es su costumbre, Ramos Allup viró el tono: había decidido dirigirse a Padrino López, el Ministro de la Defensa, quien de ahí en adelante fue el destinatario único de su intervención. Usando como punto de partida el comunicado que se había hecho público el día anterior, le soltó dardos como “Responda, Ministro. Usted que sólo tiene palabras para defender a un gobierno que se cae”. Incluso llegó a retarlo a un debate público, “a ver si ronca como ronca cuando está armado y en el seno de un cuartel”.

Una vez más el sujeto político se convirtió en esclavo del sujeto que recuerda. La evidencia estuvo en el remate: “Si quieren organicen otro asalto a la Asamblea como el del domingo, porque ustedes no creen el el voto sino en que destrozando las instituciones se atornillan más”.

El diputado Ramos Allup que había hecho referencia a las posibilidades de determinar la responsabilidad política de Nicolás Maduro mediante las atribuciones de la Asamblea Nacional y había explicado las consecuencias posibles en caso de que resultara el abandono de cargo o algún indicio en responsabilidades civiles, penales y administrativas había sido raptado momentáneamente por el pathos. Y Héctor Rodríguez, en lugar de resguardarse y monopolizar el efecto diferenciador del logos, se dejó arrastrar por fuerzas que son más poderosas que la razón en el uso de su derecho a réplica, cuando retó a Ramos Allup diciéndole que que no tenía “ni la fuerza ni los cojones para defender lo que dijo”.

La altisonancia desató una gresca que no llegó a mayores. Sin embargo, mientras la tensión vaciaba las bancas, el Presidente de la Asamblea Nacional parecía haber logrado el efecto esperado y dirimía la tensión llamando a los diputados a votar: hizo el camino de vuelta al logossonriente, a sabiendas de que el efecto en el debate había resultado a su favor.

Justo en ese momento una cadena de radio y televisión ocupó las señales abiertas con la noticia de que Nicolás Maduro ya estaba en el país.

9. Caracaos y el rédito de ser visto

El conato de violencia duró apenas unos segundos. El proceso de votación fue rápido y se hizo con la señal de costumbre. Cuanto siguió no fue otra cosa que la convocatoria a las acciones que la MUD planea para el día siguiente y una tensa solemnidad que hizo que el himno nacional contrastara con la música que las cornetas ubicadas afuera imponían como coordenada del resto del día.

                                      Fotografía de Diego Vallenilla. 

La llegada de Nicolás Maduro al país, después de una breve gira, todavía no había podido comprobar otro éxito que la concentración madurista en Miraflores que comenzaría en minutos.

De nuevo en la esquina de San Francisco, seis horas después, el alcalde Jorge Rodríguez aparece en una pequeña concentración que reúne a unas doscientas personas. Sólo han pasado quince minutos desde que se terminara la sesión que dio inicio a un juicio de responsabilidad política contra Nicolás Maduro en la Asamblea Nacional.

No hay mucha gente y puede que para ninguno esto sea noticia.

Hace casi 48 horas el alcalde estaba en la misma manzana, sólo que del lado oeste, intentando poner orden en la turba que invadió los jardines del Palacio Legislativo, aprovechando una aparente ausencia de la Guardia Nacional Bolivariana, encargada de la custodia de las instalaciones. Hoy le toca conducir una concentración frente al palacio presidencial.

                                          Fotografía de Willy McKey

Un casco que está colocado sobre el tanque de la moto que lo lleva deviene sintomático. Desde hace una par de días la imagen del alcalde y ex-rector del Consejo Nacional Electoral representa algo más que un hombre a quien no multarán por una infracción menor como la de ir de parrillero sin proteger su cráneo. ¿Pero cuál podría ser el motivo para que un alcalde decida ir de parrillero, en medio de un acto político a cielo abierto, sin casco?

¿Ser reconocido con facilidad por los manifestantes, quizás?

El gesto sólo tendría sentido si arroja algo de rédito político o, al menos, un poco de fuerza a la militancia.

Habrá quien crea que una contundente acción de calle podría sacar del foco central la noticia de esta primera mitad del día: en Venezuela ha comenzado un juicio de responsabilidad política contra el presidente Nicolás Maduro, al tiempo que las fuerzas políticas de la oposición hacen un llamado a manifestar en las calles.

Hoy, al menos, quienes pueden se muestran sonrientes y optimistas.

Tenemos el humano derecho a evadir por un momento todo cuanto nos recuerde que hay cosas que alguna vez se nos escaparon de las manos.

Mientras tanto, camino al metro, vuelve a aparecer la misma frase: “Esto que va a pasar hoy aquí no tiene ningún sentido si mañana no llenamos la calle”.

26-10-16

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