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sábado, 29 de octubre de 2016

Dialogar para cambiar por @pesclarin


Por Antonio Pérez Esclarín



Cada día es más fuerte en Venezuela el clamor por un diálogo sincero entre gobierno y oposición para resolver los gravísimos problemas que siguen sembrando miseria, violencia y muerte. Es la hora de los Políticos (con mayúscula), capaces de pensar en Venezuela y en la mayoría de los venezolanos a quienes cada día la vida se nos hace más cuesta arriba. No son tiempos ni para revanchismos, intolerancias, pero tampoco para ocultar o maquillar la terrible enfermedad que estamos padeciendo o para utilizarla meramente para obtener cuotas de poder.  ¿Cómo es posible que el Gobierno, ciego a la realidad y sordo a los clamores, siga empeñado en mantener unas políticas económicas que sólo han traído corrupción, miseria y desesperanza?
La primera condición para un diálogo verdadero es aceptar la realidad y asumir la responsabilidad de la situación que estamos viviendo. No va a ser posible superar los gravísimos problemas que tenemos si sencillamente los negamos y repetimos que son producto de una guerra económica o un complot mediático que presenta una visión falsa de Venezuela, y que los que claman por un cambio son agentes del imperio o personas sin corazón.  Hace falta ser muy cínico e irresponsable para negar la escasez extrema de medicinas que ya han ocasionado varios muertos, y la dificultad creciente de conseguir productos de la dieta diaria a precios congruentes con el salario que recibimos las mayorías.
El milagro económico del chavismo, en vez de sacar a las mayorías de la pobreza, nos ha hundido a casi todos en ella, pues prácticamente ha acabado con la clase media y con el estímulo al trabajo. ¿Cómo es posible que hayamos convertido a Venezuela, un país con tantas riquezas y potencialidades, prácticamente en el más miserable de América?  ¿Cómo seguir defendiendo unas políticas que nos han convertido en el país con mayor inflación en el mundo, y entre los más corruptos e inseguros?  Es evidente que los que nos gobiernan y siguen empeñados en mantener el actual rumbo sin vacilar en interpretar la Constitución a su conveniencia, no sufren la escasez de medicinas y comida y disfrutan de abundantes dólares baratos con los que pueden viajar por el mundo sin problemas  y permitirse un nivel de vida de espaldas a la realidad del país. Por ello, mucho me temo que detrás de sus llamados al diálogo se oculta la intención de seguir disfrutando del poder.

El diálogo implica disposición a abandonar conductas y prejuicios para superar los problemas, respeto a la verdad que detesta la mentira. Desde la mentira y la manipulación de los hechos o el ocultamiento de la realidad no va a ser   posible resolver los problemas. Lamentablemente, en política se miente mucho y con el mayor descaro, y hasta algunos polítiqueros han convertido la mentira en un medio muy eficaz para ascender y enriquecerse. Como ya lo intuyó Quevedo, en un mundo donde impera la mentira, “la verdad tan sólo perjudica al que la dice”.

 Nada puede resultar más dañino que llamar al diálogo sin verdaderas intenciones de cambiar.  Por ello, el diálogo, para ser creíble, debe ir acompañado de medidas que demuestren disposición a abandonar aquellas actitudes y conductas tanto políticas como económicas que han ocasionado la gravísima crisis que vivimos.

27-10-16