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martes, 25 de octubre de 2016

El asalto a la AN (o “Cuando el hombre del saco ya no asusta a nadie”) por @WillyMcKey


Por Willy McKey


Muchos venezolanos no pudieron ver lo que sucedió. El bochornoso espectáculo se reservó para esos pocos con conexión a Internet. En una imagen sin audio, la brevísima turba y la aparición señalada del alcalde Jorge Rodríguez, sin agentes de seguridad ni los antimotines que uno suele ver en otras manifestaciones políticas. Incluso: no poder escuchar los gritos ni las consignas le daban al alcalde cierto carácter similar al de un pastor a quien se le ha escapado sus ovejas, pero logra reconducirlas al redil con apenas unos toques de su bastón y algunos silbidos.

Todas las entradas y salidas al Palacio Legislativo son custodiadas por la Guardia Nacional Bolivariana. Todas. Nadie puede entrar al edificio sin su permiso o, al menos, sin su complicidad. Esos guardias son responsables de que nada amenazante cruce el patio ni pise la grama donde algunos militantes arrechos incluso tuvieron tiempo para abrazarse mientras obedecían a los silbidos. Sin embargo, el tono bucólico de la escena era exclusivo de los jardines. Adentro del edificio, según testimonian los periodistas y las heridas, ya estaban los lobos que pudieron cruzar las cercas, quizás disfrazados de ovejas del mismo rebaño.

En el análisis, el performance comunicacional puede despertar la suspicacia de muchos, a partir de preguntas que surgen de manera natural. Por ejemplo: la duda “¿Cómo cuestionar al alcalde, cuando se asegura de que lo vean intentando resolver la contingencia?” va de la mano con “¿Aquellos que entraron armados a agredir a varios de los presentes no son de la misma gente que afuera es devuelta al juicio por el alcalde?” Otra dupla de dudas podría ser “¿Cómo hicieron para superar la vigilancia de la Guardia Nacional Bolivariana?” junto a “¿Por qué es el alcalde en solitario y no en compañía de la GNB quien saca de esa zona de seguridad a los irruptores?” Más allá: “¿Cómo es que no hay ningún detenido, si estaban el alcalde y la GNB  y esos mismos funcionarios pudieron identificar a los irruptores?” junto a “¿Quiénes fueron los encargados de desalojar a los agresores del Hemiciclo?”.

Aunque todas parecen conducir hacia una misma pregunta: “¿Fue una acción espontánea o una demostración performática de activación política?”.

¿Vimos un rebaño de ovejas descarriadas o la acción política de una manada de lobos?

Puesto en contexto, si se tratara de una acción política, es evidente que ésta habría sido mucho más eficaz tras la intervención de Henry Ramos Allup, convirtiéndose en el cierre del día. Una acción como ésta, después de intervenciones como la del diputado y joven ex-ministro Héctor Rodríguez y antes de la tibia oratoría de Elías Jaua, genera un efecto que resulta tóxico para el madurismo: su amenaza fue aplacada por el orden, la sesión continuó y fue cerrada por el orador más aventajado de la oposición, y las consecuencias del hecho le permiten a la opinión pública suponer que (por inacción o por complicidad) el comportamiento de la Guardia Nacional Bolivariana fue pusilánime.

De no ser así, el gobierno también le quedaría debiendo a la opinión pública algo que explique el comportamiento del alcalde, de la GNB y de los diputados de la bancada madurista. Algo. Lo que sea. Un chivo expiatorio, al menos, que pueda darle verosimilitud a la acción y no la confiese como una farsa.

Porque la sesión no se interrumpió y el acuerdo que se pretendía aprobar tuvo su versión final.

La política, nos guste o no, siguió andando.

En las redes sociales muchos hicieron referencia a los Tonton-Macoute, violentos simpatizantes enmascarados que el dictador haitiano Papa Doc usaba para amedrentar a cualquier fuerza opositora o individuo que contara con algún apoyo popular. El nombre del sangriento colectivo podría traducirse al español como “el hombre del saco”, ese personaje sombrío que lleva a cuestas una bolsa de tela llena con los objetos inservibles que va recogiendo y que servía (¿o sirve?) de amenaza contra los niños que no son obedientes y se portan mal, a quienes le hacen creer que se los va a llevar “el hombre del saco”. Aquellos mercenarios ocultaban sus rostros y usaban torturas, armas de fuego y machetes contra sus víctimas, y se encargaban de lucir monstruosos con el fin de amedrentar a cualquiera que pretendiera oponerse al Poder. Fue una estrategia que le permitió a los Duvalier mantenerse durante bastante tiempo en el poder.

Y tiene algo de sentido la comparación, salvo por un atenuante: en el Haití de Papa Doc se decía que el jefe del clan Duvalier era el mismísmo Barón Samedi, El Señor de los muertos, hecho hombre. Hoy Nicolás Maduro se parece más a un dictador que sale del país cuando todo se nubla, escondido detrás de las togas de algunos jueces de provincia para no medirse electoralmente.

Nadie que proyecte una imagen con tantos temblores puede asustar.

Los mismos ciudadanos, periodistas y diputados que años atrás se habrían aterrado con el asalto a la Asamblea Nacional, hoy se preguntan indignados cómo es posible que esa pequeña turba que no ocupaba ni la mitad del patio haya entrado y salido del Palacio de esta manera. Y ver que el terror empiece a generar indignación antes que miedo puede resultar sintomático.

¿Y qué sucede cuando un niño ve que dentro de la bolsa que lleva El Hombre del Saco lo único que hay son objetos inservibles, desechos de algo que otro ya utilizó, limosnas en forma de chatarra o ropa vieja? ¿Qué pasa cuando ese niño entiende que si se atrevieran a meterlo dentro del saco de ese pobre hombre amenazante su propio peso le impediría seguir avanzando?

¿Qué pasa cuando el hombre del saco deja de dar miedo?

23-10-16

http://m.prodavinci.com/blogs/el-asalto-a-la-an-o-cuando-el-hombre-del-saco-ya-no-asusta-a-nadie-por-willy-mckey-2/