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viernes, 28 de octubre de 2016

Padrino, la FAN y la línea Maginot por @angeloropeza182


Por Ángel Oropeza


Después del fin de la 1ra Guerra Mundial, Francia decidió construir un conjunto de fortificaciones militares a lo largo de su frontera con Alemania e Italia para evitar la repetición de una invasión del país por fuerzas extranjeras. Ese conjunto de edificaciones, bautizado como la “Línea Maginot” en honor de su creador y entonces Ministro de Defensa André Maginot, es conocido como la mayor línea de defensa militar construida en el mundo moderno. Su costo total fue superior a unos 5.000 millones de euros de hoy, y su complejidad tecnológica y militar comprendía más de 100 fuertes principales construidos con gruesos muros de cemento armado y blindajes de acero, y más de 400 km de galerías conectadas subterráneamente, las cuales albergaban tropas y artillería que hacían de estas construcciones una fortaleza inexpugnable.

No obstante todo ese derroche de dinero y materiales, ello no sirvió para impedir la derrota de Francia al comienzo de la 2da Guerra Mundial en 1940, y la arrogante gran Línea Maginot quedó para la historia como uno de los fracasos militares más costosos e inútiles. Los franceses cometieron el error estratégico de confiar en su experiencia de la guerra de trincheras de la 1ra Guerra Mundial, lo que suponía un paradigma bélico de frentes de batalla estáticos, y desdeñaron la incursión de nuevas tácticas y nuevos elementos, como la guerra relámpago y el uso de la aviación. Confiaron en que lo que les había servido una vez, serviría para siempre, no importa los cambios que estaban ocurriendo y los nuevos escenarios que se suscitaban.


El fracaso de la Linea Maginot es un eterno recordatorio al mundo militar de la inutilidad de una fuerza sin el necesario discernimiento estratégico. Y de cómo no importa el poder de fuego, si la ceguera hace que no se vea lo que está pasando más allá de sus cuarteles y cálculos.

El gobierno de Maduro ha dejado caer la última hoja de parra que ocultaba su indigencia democrática, y ha dispuesto acabar con el requisito sine qua non de cualquier democracia por más primitiva que sea: permitir las elecciones como mecanismo fundamental de soberanía del pueblo. No se trata sólo de impedir la realización del constitucional y muy legítimo referendo revocatorio del mandato presidencial o de las obligatorias elecciones para gobernadores de estado, sino que los alegatos expuestos permiten predecir que tampoco se permitirán elecciones presidenciales cuando correspondan. El miedo a perder el poder ha llevado a la oligarquía gobernante a traspasar la raya roja que separa la legitimidad democrática de la inconstitucional usurpación autoritaria.

El gobierno se ha quedado solo, sin pueblo y sin Constitución. Pero confía que la Fuerza Armada Nacional le ayudará en esta aventura inconstitucional, prestándose para reprimir y para impedir las fundadas demandas de cambio de casi todo el país. El problema es que a lo interno del mundo militar siempre ha quedado claro que si el gobernante no se cuenta, ya no es no es ni democrático ni legítimo.

Para tragedia de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, ella aparece en las últimas investigaciones de opinión pública entre las instituciones peor vistas y evaluadas por la población. Mientras la Iglesia Católica, sin tomar partido por ninguno de los factores de poder, ha insistido en que la única forma de resolver la crisis es permitiendo que el pueblo –el soberano- sea quien decida, y es la institución hoy por hoy de mayor confianza y credibilidad, la FANB se desliza hacia abajo en el afecto popular.  Ya ha comenzado a recibir una factura que no le es propia, salvo que la quiera hacer suya. ¿Que se impone entonces ahora?  ¿La voz de los que quieren una Fuerza Armada sólida, querida y respetada por todo el país, o la voz de quienes creen que las violaciones a la Constitución por parte del gobierno van a beneficiar y a proteger a la FAN?

El madurocabellismo está jugando a la desestabilización política de un sistema del cual la Fuerza Armada es actor y garante. En otras palabras, el gobierno está desestabilizando el piso donde el estamento militar también está montado. Y esto es una jugada muy riesgosa para quien no tiene pueblo.

El poder legislativo nacional es el único de los poderes del Estado, junto con el presidente del poder ejecutivo, que es electo directamente por el pueblo y por tanto, a diferencia del resto de los poderes, es expresión directa de la soberanía popular.  Pues bien, la mayoría calificada de ese poder del Estado acaba de aprobar un “Acuerdo para la restitución del Orden constitucional en Venezuela” en el cual se establece que “la Fuerza Armada Nacional tiene el deber de respetar y defender la Constitución, en lugar de subordinarse a una parcialidad política y que la obediencia debida no los exime de responsabilidad por la violación de Derechos Humanos,”, y le exige a la Fuerza Armada Nacional “no obedecer ni ejecutar ningún acto o decisión que sean contrario a los principios constitucionales o menoscaben derechos fundamentales del pueblo de Venezuela, emanados del Poder Ejecutivo, Judicial, Ciudadano y Electoral”.

Con el respeto y el afecto que se merecen, la Fuerza Armada debe saber que el país la quiere fuerte, constitucional, sin afiliación partidista, querida y respetada por todos, y no humillada y usada por un grupo que no les importa ni el futuro ni la reputación de la familia militar con tal de proteger sus beneficios.

Por favor, no se presten al entierro de una Constitución que ustedes juraron defender, y mucho menos a la represión de un pueblo al que están obligados a defender. Recuerden al Libertador: “Maldito el soldado que vuelva las armas de la República contra su pueblo”. Vean lo que está pasando en las calles. Nadie puede contra las demandas de cambio de un pueblo decidido. No cometan el error estratégico de los franceses.

25-10-16