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jueves, 1 de diciembre de 2016

La Avenida del Poder por @marconegron


Por Marco Negrón


Es difícil encontrar una metáfora más potente del menosprecio del poder por la ciudad y los ciudadanos que la caraqueña Avenida Urdaneta, en cuyos escasos dos kilómetros se concentra la mayor cantidad de despachos del alto gobierno, desde la Presidencia de la República hasta el Banco Central y no menos de cuatro o cinco ministerios. También, en épocas más prósperas, llegó a alojar las sedes centrales de varios de los bancos privados más importantes del país.

Junto con la Baralt, la Fuerzas Armadas y la Bolívar ella fue planteada ya a fines de la década de 1930 en el Plan Rotival y construida en los cincuenta. Se trató de una operación de penetración del centro histórico que, al amparo de la ideología modernizadora de la época, consideraba esencial facilitar el acceso del automóvil para que los viejos cascos de las ciudades no murieran, tesis duramente cuestionada por la realidad pero que no le impidió convertirse en la “principal vía comercial” de la capital.

El tratamiento dado a cada una de esas avenidas fue diferente: contrariamente al concepto original de bulevar parisino esbozado por Rotival, la Bolívar, montada sobre un terraplén, fue construida como autopista vedada a los peatones; la Baralt y la Fuerzas Armadas se construyeron como avenidas urbanas normales, con tres canales por sentido y aceras con acabado en concreto, de dimensiones razonablemente generosas para los parámetros de entonces. Las medidas de la Urdaneta no fueron diferentes, pero su característica distintiva se plasmó en las aceras: en vez del acabado en concreto, fueron rematadas en mosaico con un limpio y hermoso diseño que recordaba el de la playa de Copacabana en Río de Janeiro y le otorgaba un aire de especial distinción: un gesto sutil a través del cual se subrayaba la particular importancia que se otorgaba a la vía.


Hoy ella es irreconocible: el dibujo original se difumina bajo capas de mugre cuando no ha desaparecido del todo, sustituido por parches colocados sin criterio alguno, obras a todas luces de albañiles neófitos si se juzga por el desprolijo acabado; aquí y allá se encuentran restos de mobiliario urbano que en algún momento se decidió eliminar sin retirar las planchas y pernos que los fijaban al pavimento, convirtiéndose en escondidas amenazas al caminan-te. Las sucesivas crisis financieras le pusieron la guinda a la torta: los edificios de los bancos intervenidos pasaron a manos del Estado a través de Fogade y en muchos se instalaron dependencias públicas que muestran total desapego hacia el inmueble, induciendo su deterioro prematuro. Por supuesto, al calor de esta debacle universal los comercios de calidad han ido desapareciendo, los vendedores ambulantes (y las motocicletas) invaden las aceras; los quicios de los edificios se han convertido en el refugio donde pasan la noche los muchos indigentes que la habitan. La calzada, generosa en huecos, la saturan filas interminables de humeantes “camioneticas”, el incalificable transporte público superficial caraqueño, que van dejando o recogiendo pasajeros donde mejor les parece.

Por supuesto, las ciudades cambian y con ellas sus calles; pero una cosa es cambiar y otra degradarse. La Urdaneta sigue siendo la sede del poder, por lo que, inevitablemente, refleja la calidad de quienes lo detentan. Por eso, cuando veamos que ella recupera su esplendor, sabremos que ha habido un cambio positivo en quienes la habitan y que la nación entera comienza a salir del foso al que ha sido conducida por la desidia, incompetencia y corrupción de quienes, abusivamente, pretendieron ampararse bajo el manto de la revolución.

29-11-16