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sábado, 3 de diciembre de 2016

Un regalo de amistad


Por Alberto Lovera


A la memoria de mi amigo Bernardo Álvarez

Es muy difícil en nuestro país polarizado, con tantas fracturas sociales y personales, y que tantas heridas está dejando con afectos rotos o fracturados, rescatar los pequeños espacios que la amistad ha permitido sobrevivir por un empeño agónico de impedir que nos convirtamos en hermanos enemigos.

Muchos han intentado restañar las lesiones poniéndole sordina a los temas políticos de manera de ensayar un nuevo clima de convivencia, tratando de empezar a conjurar la intolerancia que se ha hecho moneda corriente.

Pero la prueba más ambiciosa es lograr un clima en el cual no haya temas censurados, en particular el debate de lo que nos sucede como sociedad. Para que ello sea posible hace falta una actitud que permita escuchar y reconocer al otro. Algo tan complicado en la atmósfera de tensión que sufrimos y de las ópticas diferentes como interpretamos lo que nos sucede.

Se nos murió de manera inesperada un gran amigo con quien durante tres décadas compartimos sueños y afectos, y en la convulsa situación nacional también tuvimos puntos de vista enfrentados, sólo que logramos la magia de siempre cuidar que nuestras razones y pasiones no quebraran la amistad, aún en momentos en los cuales no nos gustaba lo que hacía o decía cada uno de nosotros. Cuando la discusión llegaba a un punto muerto, la posponíamos para retomarla en un nuevo encuentro, dándole un paréntesis musical para el cual estaba bien dotado, como mi mujer, su comadre, no yo, que lo hago es gozar de ese elixir que nos alimenta el alma.


Más allá del contraste de sus convicciones políticas y las mías, Bernardo siempre tenía el canal abierto para la búsqueda de una zona de negociación. Lo reconoce con quien tanto polemizó, el secretario general de la OEA, que supo interpretar bien su talante. Aunque desempeñó importantes cargos públicos, lo hizo con un bajo perfil para lograr combinar la afirmación de las convicciones en las que creía y la mano tendida a gente muy diversa que estimulaba a que conversaran.

En el velorio de Bernardo Álvarez nos encontramos muchos que nos hemos confrontado durante todos estos años, pero gracias a él no rompimos los canales de comunicación. Fue capaz de inventarse maneras para que gente diversa nos encontráramos y conversáramos, sabiendo que en algún momento eso iba a ser útil para acordarse sin arriar las banderas de cada quien, pero si para la convivencia democrática.

Con su muerte nos duele hasta el aliento, como cantó el poeta Miguel Hernández. Nos regaló su amistad sin pedir condiciones (con los amigos, ni sí, ni no, decía), ahora que ya no está entre nosotros el mejor homenaje es poder construir un país donde nos reconozcamos mutuamente, respetando nuestras diferencias, donde se puede apostar a construir una sociedad donde impere la justicia y la libertad, y sobre todo donde podamos ser amigos, aunque no pensemos de la misma manera.


02-12-16