Por Tulio Ramírez
Parte de
esta esta frase la tomo prestada de José Ignacio Cabrujas. Si lo notaron saqué
de la ecuación a los Tiburones de La Guaira, el equipo «de sus tormentos».
En esta oportunidad el objeto de mis
tormentos es nuestra querida Universidad Central de Venezuela. Ella, a
diferencia del equipo de Cabrujas –y con el perdón de su fanaticada– lleva
demasiadas temporadas ganando el campeonato de simpatías y respeto por parte de
la mayoría de los venezolanos.
El amor por la UCV lo he sentido desde muy
joven. He dicho en varias oportunidades que me convertí en ucevista antes de
ser aceptado formalmente como estudiante. A los dieciséis años, estando en
cuarto año de bachillerato en la también querida Escuela Técnica de Campo Rico,
en Petare, reservaba los sábados para asistir a la Sala de Conciertos del
campus. No faltaba a las obras del Teatro Universitario, los conciertos de la
Estudiantina o las profundas e intensas películas de Bergman, Polanski y
Hitchcock.
En esa época era una suerte de rara
avis. En lugar de dedicar los domingos a un encuentro de chapitas o
a alguna caimanera de beisbol me iba con Horacio, otro amante de esa casa de
estudios (aunque nunca se inscribió en ella), a disfrutar lo que estaba en
cartelera.
Casi siempre el espectáculo dominguero era
un concierto de la Orquesta Sinfónica de Venezuela. Hoy aprovecho para
confesarlo: en realidad nuestro interés no era la música académica, sino estar
en la UCV y sentirnos miembros de su comunidad. Éramos lo que los gringos
llamarían hoy unos ucevistas “sin papeles”.
Como era de esperarse al presentar la
prueba de la Oficina de Planificación del Sector Universitario (OPSU) marqué la
UCV en las cinco posibilidades de ingreso. Recuerdo haber colocado la carrera
de Sociología como mis dos primeras opciones y Trabajo Social como la tercera.
La memoria no me da para recordar qué rellené en las restantes.
Corría el año 1975. Era la primera vez que
la OPSU aplicaba la Prueba de Aptitud Académica. Al tiempo, se publicó el
listado. Mi decepción fue enorme. Me ubicaron en una carrera que no quería y en
una institución que ni siquiera conocía.
Para no entrar en conflicto con mi familia
procedí a inscribirme en el Colegio Universitario donde me asignaron. Cursé un
semestre y me fue bien, aunque no era la mío. Ni los espacios ni el ambiente
tenían que ver con mi querida UCV. Al año siguiente me inscribí nuevamente en
la prueba de la OPSU. Para decirlo de una vez: uno de los momentos más
emocionantes de mi vida fue cuando leí en el listado: Tulio Ramírez,
Sociología, Universidad Central de Venezuela. ¡El que insiste vence!
Ni siquiera me despedí del Colegio
Universitario, simplemente dejé de asistir a clases. En febrero del 76 puse por
primera vez mis pies en la UCV como ciudadano ucevista de pleno derecho.
Todavía conservo el primer carnet estudiantil con el que “chapeaba” en todas
partes. Me sentía un venezolano de primera.
El primer semestre fue como caminar por las
nubes (no las de Calder, por supuesto). Pertenecer a esa comunidad daba esa
sensación. Andar por sus pasillos y encontrarse con aquellos profesores de los
que había tenido noticias solo por la prensa o por sus libros era realmente
mágico. En mi segundo día de clases, estando en el cafetín de sociología,
observé a Héctor Malavé Mata que conversaba animadamente con Héctor Silva
Michelena, Francisco Mieres y Alfredo Chacón. Toda una experiencia. Luego,
rumbo a la clase de Historia Social I, divisé en el jardín un petit
comité conformado por Simón Sáez Mérida, Domingo Alberto
Rangel, Heinz Sonntag y Rómulo Henríquez discutiendo quizás sobre el destino de
la izquierda en Venezuela. Aquello fue como entrar a un juego de grandes ligas
y ocupar la sección VIP.
Durante aquel tránsito estudiantil
comprendí por qué se le llamaba Ciudad Universitaria. En la práctica, casi
vivía allí. De lunes a domingo, de siete de la mañana hasta las nueve o diez de
la noche me sumergía en esas pocas hectáreas que albergaban tanto conocimiento
y tanta gente importante del país. No solo recibía clases, sino que había
bibliotecas, espacios para el deporte organizado, vida cultural, comedor (tres
comidas diarias por solo cinco bolívares); servicio médico, odontológico y
psicológico, beca de seiscientos bolívares mensuales que alcanzaba para pagar
una residencia y transporte gratuito hacia los puntos centrales de la capital.
Como parte del currículum intrigábamos, por supuesto, contra el gobierno.
Era una ciudad, pues, con todas las de la
ley. Salíamos al mundo exterior solo cuando era absolutamente necesario. Claro,
era otra Venezuela y los presupuestos, a pesar de los recurrentes reclamos por
sus insuficiencias, alcanzaban para garantizar todos estos servicios.
Estoy seguro de que al escuchar cantar al
orfeón: «Campesino que estás en la tierra,/ marinero que estás en el mar,/
miliciano que vas a la guerra/ con un canto infinito de paz» los graduandos
experimentan los mismos sentimientos anudados en el pecho que sentí hace
décadas cuando me gradué. En ese momento uno se pasea entre la alegría por
haber culminado exitosamente la carrera y la tristeza por saber que ya no
volverá a pisar la Tierra de Nadie para estudiar entre sus árboles o esperar
bajo el reloj (siempre dañado) a su amada, como lo testimonia Laureano Márquez
en su «Credo de la UCV».
Tuve suerte. Un año después de concluir mis
estudios ingresé como profesor en la Escuela de Educación. Tenía apenas
veintisiete años. Mi primer día como docente lo sentí igual a mi primer día
como estudiante: un sueño cumplido. Hace ya treinta y nueve años de ese
episodio y lo recuerdo como si hubiese sido ayer.
¿Qué cómo fue mi vida como profesor de la
UCV? Lo resumiré de manera tajante: si tuviese la posibilidad de volver a nacer
escogiendo el país y el lugar donde pasar los siguientes cuarenta años de mi
existencia no lo dudaría: en Venezuela y su UCV. Escojo Venezuela por su
historia, su cultura, sus paisajes, su comida, sus tradiciones, sus playas y,
por sobre todo, por los venezolanos: gente alegre, solidaria y orgullosa de su
gentilicio. Escojo la UCV porque allí aprendí a ser mejor ciudadano, allí aprendí
que el respeto, la tolerancia, el conocimiento, la argumentación y la auctoritas no
están determinados por el apellido ni el lugar y las condiciones en las que
naces, sino por el esfuerzo individual reconocido y valorado por una comunidad
que intercambia y genera ciencia, tecnología y saberes humanísticos, en un
ambiente de libertad y democracia.
Demás está decir que gracias al apoyo
institucional y a ese ambiente que estimulaba de manera permanente la
producción intelectual pude emprender una exitosa trayectoria académica hasta
llegar al último escalafón como profesor Titular. Pero alguien podría decir que
esos logros son parte del cumplimiento de mi trabajo y que, además, por hacer
eso me pagaban. Pues, no le quitaría razón a ese argumento y con ello no demeritaría
el hecho de haberlo logrado gracias a un ambiente intelectualmente estimulante
y retador. Por cierto, ese debería ser el ambiente natural de toda institución
que se haga llamar “universidad”.
Es importante mencionar que, en nuestro
caso particular, intervino un elemento muy subjetivo que aunado a las
condiciones objetivas arriba descritas potenció mi sentido de responsabilidad
con la labor docente que llevaba a cabo. Ese aspecto personal es la
identificación plena con una institución que a lo largo de casi trescientos
años ha legado al país venezolanos que han consolidado nuestra nación. Vivir un
pequeño trecho de esa historia me hace sentir privilegiado y orgulloso.
Todavía hoy –jubilado– siento las mismas
emociones. Cada vez que entro al Aula Magna su característico e indescriptible
olor me reafirma como ucevista. Lo mismo sucede cuando visito el lobby de
la Biblioteca Central y observo el ambiente impregnado con las luces coloridas
que se filtran a través del hermoso vitral de Léger. En fin, cada uno de sus
rincones atesora vívidos recuerdos.
Lamentablemente, nuestra UCV –la que cada
cierto tiempo se viste de moza para darle al país el regalo de profesionales
bien formados y con alta moral–vive hoy una hora menguada. El castigo por no
ser sumisa al poder la ha colocado en una situación calamitosa no acorde con su
condición de primera universidad del país. Ya no hay laboratorios equipados, la
maleza se come los espacios, la pérdida de los azulejos muestra sus piscinas
como ancianas desdentadas, no se puede comprar el más mínimo insumo –un lápiz,
digamos– porque no hay recursos. Por otra parte, la delincuencia –organizada o
no– se la ha llevado por pedacitos.
A este deterioro se le suma un cuerpo
profesoral en el umbral de la miseria a consecuencia de los indignantes sueldos
que recibe.
Hoy, la UCV está gravemente herida, pero no
moribunda. Confío en que saldrá a flote. Mi esperanza está puesta en una de las
cualidades que mejor dibujan la personalidad ucevista: la rebeldía irreductible
frente a las injusticias. Ese rasgo debe resurgir, pues lo que se está haciendo
con la universidad «de mis tormentos» es una gran injusticia.
Estoy seguro de que mi amigo Horacio,
lamentablemente fallecido, estaría dispuesto a defender su UCV a toda costa a
pesar de que nunca pisó sus aulas. Espero que quienes sí lo hicieron estén
igual de dispuestos.
25-02-21
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