Por Antonio Pérez Esclarín
La supuesta Revolución
Bonita ha dejado al país abandonado y feo. Venezuela luce por todas
partes sucia, descuidada, llena de basura y huecos. Barrios enteros llevan años
sin agua y los apagones siguen siendo un problema a pesar de que las represas
están llenas. La Revolución del Amor terminó por convertirnos en uno de los
países más inseguros del mundo, donde impera la violencia, la agresión, la
impunidad. Calles, carreteras, plazas y parques están tomados por la
delincuencia, e incluso ni las escuelas, hospitales, autobuses o iglesias son
lugares seguros. Algunas zonas de paz terminaron en nidos de malandros.
De lo único que no hay inflación en Venezuela es del valor de la vida que
cada día vale menos. La búsqueda del hombre nuevo ha multiplicado los pranes,
los sicarios, los narcos, los cobravacunas, los delincuentes, los
especuladores, los bachaqueros, los paramilitares. La promesa de convertirnos
en el país más feliz del mundo ha llenado los rostros de angustia y
desesperanza y millones de venezolanos se han marchado o piensa irse por no ver
aquí futuro.
Las expropiaciones en pro de
la productividad y la soberanía alimentaria nos han traído colas, escasez,
desabastecimiento y hambre. ¿Dónde quedaron los fondos zamoranos,
los gallineros verticales, las areperas socialistas, los huertos hidropónicos,
la ruta de la empanada, las cooperativas productivas, el trueque? ¿Dónde están
las cosechas de la agricultura urbana con el tomate a más de tres mil
bolívares? ¿Quién va a responder por los miles de millones que se esfumaron sin
ningún logro o fueron a parar a los bolsillos de los corruptos? La PDVSA del
pueblo terminó como una empresa semiquebrada, que lo único que ha logrado
aumentar considerablemente es la burocracia y la nómina. En cuanto al
llamado bolívar fuerte que iba a competir ventajosamente con el dólar es hoy
una moneda sin valor, que da vergüenza.
Hoy siguen presos algunos
porque supuestamente llamaron a la violencia, pero ¿quién responde por los
miles de muertos de la delincuencia y por los cada vez más numerosos fallecidos
por la falta de medicinas o comida? ¿Cómo es posible que se siga impidiendo la
entrada de medicamentos que podrían salvar las vidas de venezolanos y que
incluso se detuvo a personas por haber aceptado la entrega de medicinas donadas
por otros países para aliviar los sufrimientos de los enfermos?
¿Será que los que nos
gobiernan están cegados a ver la realidad porque ni ellos ni sus familiares y
amigos sufren las carencias y problemas que debemos enfrentar los demás? ¿Será
que la ambición y el deseo de mantenerse en el poder los ha vuelto insensibles?
¿O será que tienen miedo a rectificar y abandonar el camino trazado por Chávez
para no ser considerados “traidores” a una revolución que saben fracasada?
Estoy convencido de que cada
vez son menos los que sirven con honradez la idea de una revolución justiciera.
A la mayoría sólo le preocupa, más allá de la retórica, el poder o su
bienestar. Tan sólo busca el provecho y la ganancia por sí misma. Le importa
muy poco la revolución e incluso la suerte de los venezolanos. Por
ello, se niegan a tomar las medidas para resolver los problemas que angustian a
las mayorías: hambre, inseguridad, medicinas, inflación…
09-12-16
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