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miércoles, 14 de diciembre de 2016

LAS TRES FOBIAS DE LA ULTRADERECHA EUROPEA, por @FernandoMiresOl



Fernando Mires 13 de diciembre de 2016

He de confesar: tengo ciertos problemas con los conceptos extremadamente generalizadores. Sobre todo con los que buscan identificar lo líquido con lo sólido, lo efímero con lo eterno, lo grandioso con lo mínimo.

Lo sé: estamos condenados a trabajar con conceptos. Conozco su utilidad académica. Pero también sé que en momentos determinados hay que saber renunciar a ellos. Todos los conceptos son provisorios. Fue esa la razón por la cual en una ocasión me pronuncie en contra del sobredimensionado uso dado al concepto populismo. Prácticamente sirve para todo. Se puede ser de izquierda o derecha; reaccionario o revolucionario; fascista o socialista, y ser populista. ¿No es cómo demasiado?

Si quitáramos la palabra populista para designar a un movimiento o partido o cualquiera cosa subsumida bajo ese nombre, comprobaríamos que la palabra populista -como tantas otras- en vez de revelar, oculta. En el caso de los llamados movimientos populistas de la ultra derecha europea ese ocultamiento resulta evidente.

¿Qué es lo que tienen en común esos movimientos? Si hacemos una revisión comprobaremos algo innegable. Todos provienen de miedos y cultivan fobias. De modo que si los llamamos populistas, no hacemos más que ocultar su principal identidad: el carácter fóbico que los une.

Entonces llamémoslos como son: partidos fóbicos.

Entendemos el concepto de fobia en su más freudiana expresión. Las fobias son miedos trasladados a determinados objetos que sustituyen el objeto del miedo originario. Por ejemplo: el miedo al padre de la infancia puede ser trasladado en la fase adulta al miedo (fobia) al tipo de corbatas que usaba el padre.

El miedo hacia lo desconocido –el más común de los miedos- suele manifestarse en  los niños como miedo a la oscuridad. En los adultos tiende a expresarse como miedo a la muerte pues no hay nada más desconocido que ese “después de la muerte”. Lo desconocido es, por lo mismo, lo que nos es extraño (lo Unheimlich, según Freud). Y lo que nos es extraño puede ser representado por lo extranjero.

Así se explicaría en parte por qué el miedo (odio, aversión, rechazo, fobia) hacia los extranjeros es –ha sido mil veces comprobado- mucho más fuerte en lugares en donde casi no hay extranjeros (aldeas, pueblos).

Freud lo explicaría así: precisamente donde no hay extranjeros, el extranjero es un extraño y como lo que viene después de la muerte nos es extraño, dejamos caer el peso de ese miedo sobre cualquier objeto que nos sea extraño, en este caso, el extranjero.

El extranjero puede actuar en consecuencias como símbolo corporal de lo desconocido, es decir, como representante de miedos ocultos. Más todavía si los partidos anti-extranjeros emplean imágenes mortales cada vez que se refieren al fenómeno migratorio como por ejemplo alud, invasión, inundación y otros.

En las grandes ciudades europeas, en cambio, los extranjeros no son extraños. Forman  parte del paisaje cotidiano y por la misma razón el miedo (odio, aversión, fobia) hacia ellos es menor que en las zonas rurales.

Son las mismas razones por las cuales los partidos xenófobos se manifiestan, además, de un modo homófobo. Siguiendo el ejemplo del patriarca de la homofobia internacional, Vladimir Putin –sus razzias en contra de los homosexuales son conocidas- los partidos racistas también se declaran en abierta rebelión en contra de la homosexualidad, masculina o femenina. “Xenofobia y homofobia, unidas, jamás serán vencidas” podría ser perfectamente el grito común de batalla.

La homofobia, así como su gemela, la xenofobia, también tiene orígenes en miedos recónditos, aunque su naturaleza es algo distinta. La homosexualidad produce, evidentemente, inseguridad en sectores sociales y culturales que han hecho de la virilidad y de la feminidad un mito. Más todavía si se toma en cuenta que la naturaleza humana es bi-sexual.

En cierto modo los heterosexuales hemos llegado a ser como somos mediante un trabajo de sistemática negación de una innata bisexualidad. El ideal social, religioso y cultural predominante ha apuntado en cambio a establecer una coincidencia exacta entre genitalidad y sexualidad. Sin embargo, en diferentes ocasiones, ese duro trabajo no ha logrado su objetivo. Suele suceder que un resto de bisexualidad no llega a ser plenamente domesticado, hecho que produce en muchos un sentimiento de culpa que puede incluso manifestarse en alteraciones mentales.

En cierto modo cada ser humano se encuentra en permanente lucha en contra de su sexualidad (contradicción básica ente el Yo y el Ello, según Freud). La fobia (aversión, rechazo, miedo) a los homosexuales es también un rechazo a ese ser extraño que habita en cada uno: “lo otro” dentro de nosotros. Objetivado, ese extraño puede ser un extranjero, pero también ese rol puede ser cumplido por una lesbiana o por un homosexual.

Odio a la ambivalencia llamó el sociólogo Sygmunt Bauman al proyecto de los totalitarismos modernos destinado a lograr la plena uniformidad de la sociedad y la cultura. Odio a la ambivalencia producido por seres ambivalentes que jamás han logrado un equilibrio interno entre su ser y su deber ser. Y representantes de esas  ambivalencias han llegado a ser los extranjeros y los homosexuales.

El extranjero contrarresta el ideal de la uniformidad. El extranjero es portador de idiomas, gustos, gestos y religiones desconocidas. El homosexual, a su vez, produce inseguridades entre los “normales”. Ambas “desviaciones” atentan en contra de los modelos predominantes de convivencia. Por eso, frente a las amenazas (internas y externas) los individuos recurren a la protección de instancias psíquicas represivas: un Sobre-Yo o un Sobre- Nosotros autoritario representado en ideologías, partidos y líderes.

La vida del hombre moderno ha sido la lucha por crear un orden monovalente destinado a fracasar. El ideal de familia perfecta con la mami, el papi, un auto, niños bien educados, auto, perro y gato, continúa siendo un ideal, pero no más que eso. Siempre algo escapa; siempre hay algo que no resulta.

Y bien, precisamente sobre la base del fracaso de los ideales sociales, culturales y familiares, laboran los partidos fóbicos prometiendo a sus electores un mundo sin extraños, un mundo donde todo sea igual a sí mismo, uno donde todos seamos del mismo color, de la misma religión y con un solo sexo, clara y genitalmente definido.

Xenofobia y homofobia son, además, las dos razones que han llevado a una tercera fobia. Se trata de la más política de las fobias de nuestro tiempo: el odio a la Europa liberal y cosmopolita heredada desde los tiempos de la Ilustración. Y, por supuesto, a sus valores.

No deja de ser sintomático que los partidos fóbicos se declaren  a sí mismos i-liberales. Defensores de una imaginaria tradición y de un supuesto orden nacional ven en la Europa moderna y liberal el origen de lo que ellos llaman la Europa decadente. Por eso intentan caracterizar a los defensores de esa Europa como cobardes, timoratos y –la última moda- “buenistas”.

Como los fascistas del siglo XX, los partidos fóbicos del siglo XXl protestan en contra de una Europa a la que acusan ser la cuna de la desintegración moral de sus naciones. La eurofobia, como se ve, no está muy alejada de la xeno y de la homofobia. Es, en cierto modo, su superstructura político-ideológica.

Ahora bien, sobre la base de la trinidad fóbica mencionada está naciendo -hay que decirlo con todas sus letras- un nuevo fascismo.

Sin embargo, la trilogía fóbica no es solo una característica del neo-fascismo europeo. Los sectores más radicales del Islam también rinden culto a la misma trinidad. Así se explica por qué los terroristas islámicos han terminado por convertirse en aliados objetivos de los partidos fóbicos europeos. En gran medida se retroalimentan. Dicen odiarse entre sí, pero se trata de un odio mimético, muy similar al que compartían en el siglo XX comunistas y fascistas, representantes ambos de ideales totalitarios.

Quizás cuando Putin y Erdogan celebraron su histórico encuentro, no fue ese un evento puramente político. Entre los dos autócratas existe una innegable empatía cultural. Que uno hable en nombre de la Iglesia ortodoxa rusa y el otro en nombre del Islam, es un asunto puramente formal. Lo cierto, lo objetivo, es que ambos gobernantes son xenófobos, homófobos y eurófobos. De ahí se explica que el entendimiento entre ambos haya sido espontáneo y perfecto.

Estás páginas, aunque redactadas con cierta prisa, intentan llevar a dos conclusiones. La primera dice que las luchas políticas suelen ser también culturales, hecho no siempre advertido por los actores y mucho menos por los analistas políticos. La segunda dice que, si queremos entender de verdad a los diversos movimientos sociales y políticos de nuestro tiempo, tenemos que pedir prestadas algunas herramientas a las disciplinas psicológicas.

Sin conocer el alma (ánima, lo que anima) de los nuevos actores políticos, nunca podremos entender su comportamiento. Es mi convencimiento. Frente a esa evidencia algunos docentes y ex docentes hemos insistido en que en los institutos de politología y sociología sean impartidos cursos obligatorios de sicología analítica. Pero hasta ahora nadie nos ha hecho caso.