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jueves, 20 de octubre de 2016

Un problema complejo por @miglatouche


Por Miguel Ángel Latouche


Hay gente que vive de espejismos, que se mueve entre las sombras intentando construir visiones que le permitan enmascarar la realidad. La alienación de algunos les lleva a encontrar explicaciones sencillas a situaciones complejas. Como si este drama colectivo que vivimos no fuese más que un problema coyuntural, que se resuelve con una elección, con el cambio de una élite por otra, con una vuelta al pasado o invocando a los héroes. La verdad es que uno debería poder reconocer que la situación es lo suficientemente grave como para dedicarle algunos minutos a la reflexión sesuda. La verdad es que acá no hay nadie pensando en la necesidad de construir un proyecto de sociedad con viabilidad en el largo plazo.

Nuestra discusión pública se limita a la malquerencia con la cual unos y otros nos vemos las caras. La verdad es que más que un país somos un montón de gente que vive junta, que sufre, unos más y otros menos, los embates del mal gobierno, la corrupción, la ineficiencia y la estupidez generalizada. Estamos construyendo un país que se destruye a sí mismo, que se come desde adentro, que sufre una profunda enfermedad social de difícil solución. Se trata de un inmenso circo político en el cual cada uno de nosotros representa un papel que ya resulta agotador. La verdad es que uno se siente cansado de esta dinámica abominable de dimes y diretes interminables, de insultos, acusaciones y amenazas. Nuestro discurso político sigue, con las excepciones correspondientes, la lógica burda y rastrera de los botiquines de antaño.


Así las cosas, se hacen evidentes las dificultades para construir los acuerdos que requiere la convivencia democrática. Es evidente, en consecuencia, que cada vez nos alejamos más de una construcción democrática sanamente instituida, cada vez nos movemos más cerca de la imposición autoritaria, cada vez la sociedad se encuentra más desguarnecida ante los embates de un poder que se hace omnímodo, que ha caído en la tentación, que percibe que los límites ante la imposición total de las formas rudas del poder son tenues, que no tiene nada al frente que sirva de contrapeso.

Así nuestra discusión se limita a los tecnicismos. Como si la dimensión de nuestra situación particular fuese pura y simplemente un asunto jurídico o tuviese que ver exclusivamente con el quehacer de los economistas. En realidad el asunto que tendríamos que estar revisando es el que tiene que ver con las posibilidades de la convivencia colectiva más o menos coherente en un país en el cual prevalece la desconfianza, la intolerancia, el fanatismo. Solo un miope puede no darse cuenta de que los venezolanos estamos frente a una situación de violencia potencial que pudiéramos no haber presenciado en la historia reciente de este país.

La división que se ha impuesto entre unos y otros hace imposible que veamos hacia el futuro, que marquemos una ruta para la inclusión. La verdad es que nos encontramos atrapados en medio de la destrucción del país. Si uno lanza la mirada alrededor puede ver fácilmente como se ha deteriorado la infraestructura, como nos hemos ido empobreciendo. Hay, sin duda, una política dirigida a destruir lo que queda de la clase media a sustituirla por una nueva burguesía afecta a los contenidos del proyecto político que se encuentra instalado en el gobierno. Si esto es así uno tendría que concluir con que no bastan las alianzas electorales, el país requiere de algo más. Es necesario redescubrir el tiempo para la política con significado, con la mirada puesta hacia adelante. Ya sabemos suficientemente que el Gobierno Nacional lo ha hecho mal, que no ha satisfecho las necesidades de la gente, que son ineficientes. Ya basta de hablar de lo que sabemos, es necesario reinventar el discurso para empezar a decir cuál es la ruta alternativa que se le propone al país.

Acá hay mucho discurso vacio, mucha consigna que ha perdido significación. Es necesario construir un mensaje que inspire a la gente a votar a favor de una idea y no en contra de otra. Es necesario comprender la necesidad que tenemos de reconciliarnos, de reconocernos, de reinventarnos como sociedad. Mientras el resto de América Latina se proyecta hacia el Siglo XXI, los venezolanos seguimos en las luchas intestinas que caracterizaron al XIX. Al parecer estamos condenados a llegar tarde a los inicios de cada nuevo siglo de nuestra vida republicana. Uno no sabe si es un asunto de mala maña o de mala leche.

19-10-16