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martes, 4 de octubre de 2016

EL CHIVO EXPIATORIO DEL PSOE, por FernandoMiresOl



Fernando Mires 03 de octubre de 2016

No voy a defender a Pedro Sánchez. Es lo último que se me ocurriría. Si hay que buscar al mejor exponente de la crisis política del PSOE y por ende, de la que vive toda España, no podríamos encontrar un mejor emblema que su persona. Es por eso que, en lugar de haber cumplido el sueño de todas las madres, el de que su hijo sea presidente de la república, Sánchez ha pasado a ser el chivo expiatorio de toda una nación.

La noción de chivo expiatorio tiene dos connotaciones. Entre los antiguos israelíes había dos chivos. Uno era sacrificado por el sumo sacerdote para que con su sangre fueran lavados todos los pecados cometidos por el pueblo. El otro chivo era enviado al desierto para que, en representación del pueblo, las culpas fueran expiadas.

La fina teología judía, al igual que la cristiana después, distinguía entre pecado y culpa. Los pecados debían ser castigados y las culpas (o deudas) pagadas. En un sentido no teológico, pero sí político, Pedro Sánchez llegó ser un chivo expiatorio en los dos sentidos mencionados: sacrificado primero (destituido) y enviado al desierto después (burocracia del partido). La diferencia con los chivos de los israelíes es solo una. Pedro Sánchez es definitivamente culpable de la crisis de su partido y no un simple objeto de sustitución como los pobres chivos bíblicos. Sin embargo, aquí asoma la gran pregunta: ¿es verdaderamente Pedro Sánchez el único culpable?

Desde un punto de vista macro- histórico no puede serlo. El declive del PSOE comenzó durante los tiempos de Rodríguez Zapatero y con ciertas interrupciones ha sido mantenido en forma continúa hasta hoy. Declive que, casi está de más decirlo, forma parte del inventario del descenso histórico de la socialdemocracia en toda Europa. En términos precisos, durante Sánchez tuvo lugar la debacle producida por el antiguo descenso.

En consecuencias, Sánchez no puede ser sindicado como el único culpable. Solo desde un punto de vista micro-histórico podría serlo. Aunque no sin ciertas reservas. Por cierto, desde que asumió la presidencia de su partido, Sánchez no ha dejado burrada sin cometer. Sus pachotadas al negar la mano a Rajoy, sus insultos personales al presidente, sus eternos coqueteos con Pablo Iglesias, sus promesas incumplidas a los dirigentes socialistas, todo eso estaba de más. Actitudes, gestos y discursos que no calzan con el estándar básico de un político moderno. Mucho menos con el de los políticos de la antigüedad quienes sabían distinguir perfectamente entre medios y fines.

Nunca, aparte de intentar ser presidente a todo precio, se supo acerca de cuales eran los objetivos que perseguía Sánchez. Pese a que Rajoy –al estilo de la señora Merkel con los socialistas alemanes - abrió posibilidades para que el PSOE, no en una participación directa sino con un simple apoyo a su investidura, lograra incrustar dentro del programa del PP algunas demandas sociales, la posición de Sánchez fue siempre destructiva

Quizás el único acierto que tuvo Sánchez fue haber acordado una interesante base programática con Ciudadanos. Pero C’S, debido a su extrema seriedad –me atrevería a decir, a su extrema decencia- no ha podido certificar con votos la gran simpatía ganada por sus jóvenes líderes, Inés Armada y Albert Rivera. No obstante, era de conocimiento público que Sánchez prefería codearse con Pablo Iglesias sin lograr acuerdos programáticos (es sabido que Podemos, aparte de un catálogo tipo IKEA confeccionado en dos semanas, carece de programa). ¿La razón?

Hay dos razones. La primera, Podemos posee más capital votante que C’s. La segunda –quizás la más decisiva- es que en no pocas bases del PSOE existe una indudable atracción hacia Podemos. En ese punto no están equivocados quienes afirman que dentro del PSOE convive una fracción podemita. Precisamente por eso afirmamos: no se puede señalar a Sánchez como el único culpable pues Sánchez no actuaba solo sino poyado por segmentos de su partido. Eso quiere decir que, después de haberse desembarazado de Sánchez, la tarea interna del PSOE deberá ser la de resolver sus relaciones con la fracción interna de Podemos dentro del PSOE, arriesgando incluso una escisión, una que después de todo tendrá que ocurrir más temprano que tarde.

En otras palabras, llegará el momento en que el debate al interior del PSOE deberá ser político-ideológico. Si eso no acontece, los barones socialistas habrán elegido el peor de los caminos: el de esconder la basura debajo de la alfombra reduciendo artificialmente la enorme magnitud de la crisis política que arrastra el partido, a un problema de simples relaciones personales.

Ahora –y este es definitivamente el gran desafío- el enfrentamiento con el podemismo dentro del PSOE lleva necesariamente a un enfrentamiento público con Podemos fuera del PSOE. Eso pasa por dejar de considerar al partido de Iglesias y Errejón como “compañero de ruta”, y eso, a su vez, por un desenmascaramiento de Podemos, haciéndolo aparecer no ya como “el otro” partido del socialismo español, sino como lo que objetivamente es: el partido del nacional-populismo, el equivalente al Frente Nacional francés, oculto detrás de unos delgados velos ideológicos que una vez fueron de izquierda.

¿Cuál es el problema que impide identificar a Podemos como partido populista y no como socialista-democrático? En parte, se trata de un remanente histórico. Pues hubo un tiempo en que el árbol de la izquierda crecía ramificado en dos astas. La socialdemócrata y la comunista nacida de la socialdemocracia.

De una manera u otra, dentro del socialismo democrático pervivía la tesis de que socialistas y comunistas, al provenir de un tronco común, pertenecían a la misma familia. Por lo mismo, había entre ambas corrientes una suerte de hermandad, cainesca si se quiere, pero hermandad.

Para seguir con la misma imagen, el asta comunista se vino abajo, derribado por las multitudes anti-comunistas de Europa Oriental. Los partidos comunistas italianos, francés y español, dejaron prácticamente de existir para convertirse en sectas minúsculas sin peso político, como es el caso de Izquierda Unida en España. Eso significa –para terminar de dibujar la imagen- que Podemos no es un asta del mismo árbol. Es otro árbol. Otro, nacido en otro tiempo y en otro lugar.

Podemos –a diferencia de lo que fueron los socialistas y los comunistas en el pasado reciente- no es, ni con mucho, un partido obrero. Tampoco tiene raíces ideológicas socialistas hundidas en el pasado. Proviene de multitudes socialmente desorganizadas pertenecientes al periodo del modo de producción digital, vanguardizadas por elites universitarias con cierta capacidad caudillesca. No existe un eje social que lo articule y por lo mismo carece de un programa definido. Así se explica por qué sus líderes –más allá de diferencias ocasionales de acentos entre Errejón e Iglesias – gozan de plena autonomía.

Pablo Iglesias, habilísimo sin dudas, no vacila en asumir poses anarquistas, lanzar consignas en contra de todo el sistema, insultar a los socialistas enrostrándoles “la cal viva”, y al otro día decirse socialdemócrata porque Marx también lo fue. De pronto se muestra conciliador con Pedro Sánchez, le promete un futuro gobierno de izquierda en contra del PP, y al mismo tiempo recurre sin ningún tapujo a los partidos nacional-separatistas usando un atavismo retórico que los fascistas envidiarían.

Todo hace deducir, al fin, que la alternativa de sobrevivencia para el PSOE no reside en su alianza sino en un enfrentamiento con Podemos.

Podemos –eso lo sabe Pablo Iglesias mejor que cualquier socialista- solo puede crecer sobre las ruinas del PSOE y para eso necesita destruir al PSOE. En ese sentido Podemos es el enemigo existencial del PSOE. Pero eso el PSOE no lo sabe. En ese “no-saber”, y no en otra parte, reside la tragedia del PSOE.

El diario El Mundo de España tituló una columna de opinión: Pedro Sánchez, mártir en el PSOE y “héroe” en Podemos. Pocas veces he leído un título tan acertado.