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sábado, 12 de octubre de 2013

Mosca: ¡compren comida!


Por Ángel Oropeza, 09/10/2013
@AngelOropeza182

La historia nos enseña cómo en momentos de fuertes cambios o de crisis sociales, los rumores aumentan porque ante la incertidumbre y los huecos de información, se inventan cosas para llenarlas. En otras palabras, ante la angustia surge la distorsión. Ahora bien, así como los rumores pueden ser originados por situaciones de incertidumbre y falta de información, también pueden constituirse en herramientas intencionales de estrategia política, para provocar situaciones que, de lo contrario, no ocurrirían.
Los primeros estudios sistemáticos del fenómeno de los rumores se realizaron en Estados Unidos, debido a la proliferación de éstos durante la Segunda Guerra Mundial y los efectos negativos sobre la moral de las tropas. Revisando los documentos de las bases de la propaganda política y de guerra de los nazis, redactados por Goebbels, ministro de Propaganda de Hitler, se encontró cómo los nacional-socialistas hicieron del rumor una estrategia de guerra para desorientar al enemigo, engañar a las poblaciones que iban a invadir y crear falsas expectativas de triunfo en sus propias tropas. Estos documentos establecían que la propaganda debía afectar la acción del enemigo de dos maneras fundamentales:
1. Suprimiendo informaciones que pudieran ser útiles al adversario, y sustituirlas por rumores e imprecisiones que le distrajeran de su objetivo.
2. Difundiendo abiertamente rumores cuyo contenido o tono condujera al enemigo a elaborar las conclusiones deseadas por los propios originadores del rumor.

Los nazis hacían así un juego doble con la verdad, manipulándola y escondiéndola  a través de rumores y falsos informes, pero siempre buscando obtener un beneficio político a su causa.
Según Jean-Noël Kapferer, autor de "Rumores, el medio de difusión más antiguo del mundo", en el arsenal de instrumentos de la guerra política, el rumor goza de varias ventajas. En primer lugar, evita mostrarse al descubierto. La fuente permanece oculta, inaprehensible y misteriosa. Nadie es responsable, pero todo el mundo está al corriente, porque sobran los portadores voluntarios o involuntarios del mensaje. Además, el rumor no requiere pruebas. La opinión pública se construye más a partir de impresiones que de hechos, por lo tanto, a veces un rumor basta para generar creencias y actitudes. Finalmente, el rumor no cuesta nada: es un arma política sin un costo directo.
Durante las últimas semanas en nuestro país, hemos sido testigos de una extraña y repentina aparición de rumores sobre la estabilidad del gobierno, sobre la supuesta inminencia de su caída y sobre presuntos movimientos militares de todo tipo. La gente cita pretendidas informaciones provenientes de las fuentes más diversas –y, por supuesto– imposibles de corroborar, que no sólo han hecho reaparecer el tristemente recordado consejo de "compren comida, por si acaso", sino que han impregnado el ambiente nacional de un asfixiante y nauseabundo hedor militarista.
Cualquiera que tenga dos dedos de frente, o posea un mínimo conocimiento sobre cómo se bate el cobre en la política venezolana, se dará fácilmente cuenta que esta ola de rumores, dado su efecto sobre la conducta de los venezolanos, sólo puede tener un origen, y está en las elegantes oficinas de los asesores cubanos del débil gobierno del madurocabellismo. ¿Por qué? Simplemente porque el rumor militarista alimenta la abstención en las filas opositoras, justo cuando más lo necesita el gobierno, que conoce muy bien las encuestas y la realidad de las calles, y sabe que si la gente sale a votar el próximo 8 de diciembre, y canaliza a través de una participación electoral masiva su legítima indignación ante el caos en que la dupla Maduro-Cabello los ha obligado a vivir, al gobierno le espera una derrota tan aplastante que estará abriendo las puertas para viabilizar una salida democrática y constitucional a la crisis. Frente a este peligro, y a semejanza de las estrategias goebbelianas, se lanzan rumores que buscan paralizar a la gente, sacarla del estado organizativo y llevarla a un estado psicológico pasivo-expectante, donde se refuerza el pensamiento mágico de las soluciones fáciles y voluntaristas, y se retrotrae a la población a estadios fantasiosos alejados de la realidad. Nadie va estar pensando en organizarse ni en elecciones en ese estado. La apuesta del gobierno apunta desesperadamente en esa dirección.
La oposición no tiene ninguna intención de abandonar la que ha sido la única estrategia exitosa de los últimos 15 años: apostar todo a la organización popular, la acumulación de espacios de poder y la insistencia en la vía electoral como instrumento de cambio social. Nada ni nadie la va a sacar de ese camino. Dejemos al gobierno solo con sus rumores, y no le hagamos el juego a quien sólo merece ser vencido como lo hacen las grandes naciones: en las urnas y a punta de pueblo.

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