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domingo, 22 de diciembre de 2013

Jesús, el profeta de Nazaret

RAFAEL LUCIANI sábado 21 de diciembre de 2013

Solo habrá felicidad cuando la justicia y la paz guíen nuestras opciones y actuaciones personales


La actualidad de la persona, del mensaje de Jesús de Nazaret, va más allá de las creencias religiosas o las adhesiones políticas. En él se nos revela el paradigma de lo humano, un modo de ser con el que nos podemos identificar, porque su acción incluye a todos en una oferta continua de humanización, reconociendo y potenciando lo mejor de cada uno.

Para lograr esto, Jesús no asume el camino de la monarquía: rechaza ser Rey (Jn 18, 33-37); además no tiene ejércitos ni actúa con violencia (Jn 18,36); incluso se opone a la opción de los revolucionarios políticos, los zelotas (Jn 18,11), porque entiende que los que matan serán víctimas de su propia violencia (Mt 26,52). Él no asume el estilo de los representantes religiosos -sacerdotes, saduceos y fariseos- a quienes reclama por haber abandonado a su pueblo (Mt 9,36), exigiendo culto antes que compasión (Sal 50).

A diferencia de muchos sacerdotes y políticos, Jesús sí sabe tratar a las personas fuera del culto, en su cotidianidad, donde ofrece un modo de vivir que libera (Lc 4,18-21). En sus palabras y acciones están los signos de una nueva humanidad (Mt 14,13-14), siempre discerniendo, con honestidad, los problemas reales que nos afectan impidiéndonos crecer como sujetos (Mc 8,1-13).

Él se afana por devolvernos el gusto por lo humano y reencontrar sentido en el servicio al necesitado; no descansa hasta que cada uno sea tratado como «hijo» amado por Dios y «hermano» de todos. Aquellos que están agobiados, rechazados y olvidados pueden, así, encontrar esperanza, reconstruir sus vidas. En Jesús, Dios nos sorprende porque no se muestra como un Dios «de justos y devotos», sino de aquellos que «sufren y han sido excluidos» por la religión o la política (Mt 9,13).

Profeta no es quien predice el futuro o dirige el porvenir humano; en la tradición bíblica es aquel que actúa como Dios lo haría: anunciando la buena noticia de salvación con palabras de paz, verdad, justicia, y realizando gestos a favor de las víctimas. A Jesús no lo mueve el deseo de tener poder para controlar el destino de las personas, sino la compasión ante lo que padecen los pobres, olvidados, enfermos y despreciados. A Él le duele la impiedad y hace todo por sanar el resentimiento, el odio, para devolver la fe en la fraternidad, en la justicia. Por todo esto, su voz resonará en la conciencia de los indolentes, que no hacen nada para que las cosas cambien porque viven cómodamente en sus pequeñas burbujas económicas, políticas o religiosas.

Si no discernimos sus palabras y acciones, podemos convertir a Jesús en un objeto de devoción o en un discurso político vacío, olvidando que Él nos enseña que sí es posible construir, aquí y ahora, relaciones similares a las del Reino de Dios, donde el odio y la violencia queden superados por la solidaridad fraterna. Pero solo habrá felicidad cuando la justicia y la paz guíen nuestras opciones y actuaciones personales.

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