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domingo, 28 de mayo de 2017

La ultraderecha apátrida por @cgomezavila


Por Carolina Gómez-Ávila


La muchedumbre ha salido a abrirse camino por las calles, autopistas y avenidas de Venezuela. Familias enteras de todos los estratos socioeconómicos protestan por el hambre y enfermedad que padecemos. Un número creciente se une al llanto clamando por justicia. No tantos como quisiera vocean los artículos de la CRBV que legalizan la protesta, pero son los suficientes para asegurar que en el asfalto se entrelazan los motivos legales con los legítimos tanto como los vínculos entre los manifestantes. Nunca antes vi tan variopinta unidad de propósito. De esta coyuntura ha surgido un nuevo ente social, un sujeto histórico decidido a recuperar la democracia y restituir el orden constitucional.

En el pavimento ardido se empiezan a despegar las suelas de los zapatos. No hay con qué comprar unos nuevos pero sobra determinación para continuar. ¿Cómo es posible –me digo- que alguien se atreva a llamarnos la ultraderecha apátrida?

Miro a mi alrededor y apuesto a que, tras minucioso examen y superada la reactividad a los términos políticos desvirtuados en estos largos años, la mayoría puede ser ubicada políticamente en la centroizquierda, en la socialdemocracia. No en balde, de los 4 partidos políticos principales de la MUD -única plataforma que contiene a todas las ideologías democráticas y, por lo tanto, única de oposición- 3 están inscritos en la Internacional Socialista: Acción Democrática, Un Nuevo Tiempo y Voluntad Popular. De Primero Justicia sabemos que, desde su primera candidatura presidencial, Henrique Capriles se declaró progresista que es más o menos lo mismo.

La calle está caliente. La suela se despega más pero la etiqueta de la ultraderecha apátrida sigue ahí -impertinente y testaruda- tachando a la masa desposeída. ¿Existe la ultraderecha en Venezuela?


Sí. Cuesta rescatar los recuerdos pero hay que hacerlo. Y contarle a los más jóvenes sobre aquella cadena de tiendas gigantesca que vendía ropa baratísima y la gente corría para llegar primero y poder escoger; también de aquella empresa de seguros que ponía sus avionetas a la orden; de aquel que otrora fuera un prestigioso periódico (hay que hacer memoria, ¿eh?); de aquel canal de televisión querido, de ese otro siempre fastuoso y del de más allá, arrebatado, que salvó su radio de galena unido a la corporación que comerciaba aviones de guerra. Memoria para recordar a los poderes fácticos que se aliaron para llevar al poder a un candidato antisistema -a un auténtico representante de la antipolítica- en 1998: la ultraderecha apátrida.

Memoria para recordar los nombres de los miembros de aquel primer gabinete y decir que sí, que la ultraderecha llegó al poder ese año. Y unos pocos después se traicionaron mutuamente. En 2003 se hicieron los arreglos necesarios para seguir operando, desde entonces no ofrecen resistencia y unos y otros continúan prósperos. A la fecha, sus más conspicuos miembros no están en el país pero no han perdido su poder y están más activos que nunca. Parecen decididos a no ser excluidos de un próximo Gobierno, dispuestos a recuperar lo perdido y lo que planeaban ganar con intereses. Esta vez corren con ventaja porque su títere les hizo el favor de proscribir el financiamiento que el estado daba -y debería dar- a los partidos políticos para evitar que estos sean literalmente comprados por los poderes fácticos.

Sí, existe la ultraderecha apátrida, pero no somos nosotros. Entonces, ¿por qué nos llaman ultraderecha apátrida, si somos una muchedumbre hambreada y enferma? Por propaganda, cumpliendo el principio nazi que recomienda aglutinar a los adversarios en un enemigo único. Y escogieron al que tienen bajo control, su gemelo univitelino. Así fue como todos terminamos siendo la ultraderecha apátrida, a pesar de estar menesterosos de leche y de pañales, de ser mendicantes de aspirinas, dolientes de la fuerza bruta y criminal, sin acceso al poder hoy ni mañana.

27-05-17